Avaricia y hermetismo del gobierno

La avaricia del dinero

Este gobierno tiene la imagen de ser una gerencia de avaros, en donde la representación del otro es vacía o al menos indiferente. Son herméticos al dolor ajeno, cual alejados de los principios evangélicos o muy alejados, de la solidaridad social. No hay una instancia de “otredad” como para cotejarse y ganar en sensibilidad social; muy por el contrario, su goce (excesivamente sádico) se alboroza con el dolor del pueblo y la vociferación de sus “agachadas”, comprimidas en sus grupos de negocios. Con ellos, empezamos a familiarizarnos con la gimnasia de las evasiones con destino en paraísos fiscales.

La ayuda literaria

Con el ingreso a la adolescencia, llegó a mis manos los clásicos de la Literatura universal, tal es el caso de W. Shakespeare y su impecable narrativa, como por ej. “El mercader de Venecia” y su descripción inolvidable de Antonio (el mercader de la época) que sale de garante de su amigo Bassonio que ha pedido un préstamo de x$ a Shylock. Éste pone como condición que, en caso de no pagar la deuda a tiempo, el cobro a través de la Justicia, de una libra de carne a ser extraída del cuerpo de Antonio, de la zona del corazón. Shylock odia a Antonio y por ello le presta dinero, para tomarse revancha de las humillaciones y burlas de la que es objeto por parte de éste y, harto de que Antonio socorra a los deudores amigos en apuro, sin cobrar ningún interés, frustrando la ganancia de usura del prestamista. La posterior ruina del mercader ocasiona que la deuda no pueda ser pagada el día acordado y el usurero reclame, ante la Justicia, la libra de carne. (Continuará).

Si nos vamos al nacimiento de nuestra civilización, la Biblia refiere el acto en que Jesús expulsa a los mercaderes del Templo, En este episodio Jesús visita el Templo de Jerusalén, el llamado Templo de Herodes, cuyo patio es descrito como "lleno de ganado" y tablas de cambistas, que cambiaban las monedas griegas y romanas por monedas judías y tirias (las únicas que podían ser usadas en las ceremonias del Templo). Jesús se molestó tanto por esa situación que formó un látigo con varias cuerdas y a golpes hizo salir al ganado y tiró las mesas de los cambistas y de los vendedores de palomas, haciendo caer las monedas por el suelo.

Nada más ilustrativo de las crueldades de este gobierno con el endeudamiento impagable, transferido “graciosamente” al grueso de la población, además de la quita progresiva de los beneficios obtenidos con Cristina y su gigantesca solidaridad social inclusiva; pero no obviemos el semblante de irrealidad sostenido en cada intervención del Presidente y sus adláteres imperturbables. Cada vez más, se siente que son “negociantes” advenidos, triste y fatalmente, a administradores de la función pública, para desgracia y perplejidad de la población que, lenta y paulatinamente, van despertando de esta pesadilla. La desgracia ya se cobró dos víctimas fatales: una maestra y un ordenanza del Gran B.A., sin dejar de mencionar el colectivo de desocupados creciente que no cesa.

La otredad

Los actuales pensadores humanistas, no se cansan de repetir, que la solidaridad está en integrar a toda la población (sin atenuantes) en el macro social, como un acto de amor. En tal sentido S. Freud, afirma que “el amor es un movimiento de base pulsional (o sea instintivo) orientado hacia un objeto…con necesidad de un escenario para desplegarse y con la posibilidad de lograr a través de otro mayor representatividad…y que impulsa a una búsqueda permanente…Es el amor infantil, el que no tiene en cuenta al otro como tal…” Estaríamos planteando que la relación de alteridad (ser otro) es el motor del amor, acuñado por S. Frued como el “amor genuino”, en contraposición al amor infantil.

Haciendo un salto contextual, se transparenta que los que gobiernan (con el Presidente a la cabeza) pecan de extrema inmadurez en su tacañedad infantil, al no querer compartir bienes del Estado. Son “chicos” que mezquinan sus pertenencias, con el agravante de que en su avaricia se apila el sufrimiento ajeno. No tan sólo son inmaduros e infantiles, sino el propio niño “perverso polimorfo” freudiano, que acapara las cosas sin compartirlas, como si fueran dueños absoluto de lo público. Sabrá el lector, agregar sus propios ejemplos específicos, siempre en la continuidad de la perversión y crueldad reinantes.

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