De luxe: “Rotos de amor” o la tragedia paradojal del amor

Cuatro dolientes hombres atravesados por historias de rompimiento amoroso, por la infidelidad, por el platonismo o por la pérdida de la persona amada, forman una célula vital en la pieza nacional “Rotos de amor” trasvasada por el humor negro. Tragicómica genéricamente y de poética absurdista, reviste el carácter de amarga. Podrías reír llorando con ella, puesto que la risa es la distracción de un planteo más profundo acerca del amor. Anoche en el Teatro del Huerto de Salta, los actores fueron ovacionados.

El lenguaje se ensancha en lo retórico y se empequeñece en lo vulgar, como una mezcla que pretende eludir la saturación de la sobriedad lingüística.

Afortunada o desafortunadamente, el autor no se queda en lo idílico y muchas veces, el sopapo viene del lado del léxico que te saca de lo trágico. Son vaivenes, como los estados de los personajes. En lo particular, pienso que está muy bien dosificado el uso de ciertos términos que contrastan con el lenguaje hiperbólico y grandilocuente de Rodríguez, interpretado excepcionalmente por Osvaldo Laport, quien compone en lo corporal y verbal a un personaje gris, un hombre taciturno quien vive la decepción más grande de su vida tras el engaño de su mujer con un hombre joven.

¿Qué es el amor? Rafael Bruza, el autor, lo interpretó perfectamente. El amor y la felicidad son incompatibles, si bien el móvil es alcanzar la plenitud, esta de alguna manera es inalcanzable. El filósofo Darío Sztajnszrajber lo analiza profundamente. “Paradoja trágica”, dice el especialista, que se disuelve cuando se alcanza. La pieza de Bruza es filosófica en este sentido. Y aborda aristas que nos trasladan al plano de la singularización, de manera que lo que vemos, son las rarezas de los personajes enmarcadas en sus situaciones amorosas de sombríos costados

Matías Scarvaci (en reemplazo de Víctor Laplace) es Artemio, Hugo Arana es Berlanguita, Pepe Soriano es “El Mudo” y Osvaldo Laport es Rodríguez. Entre la fuerza compositiva de Laport, el ingenio de Arana, la ternura inspiradora de Soriano y el aparente mundo feliz esbozado por Scarvaci, la actuación se convierte en un elemento clave para el éxito de la obra dirigida por Andrés Bazzalo, quien propone una puesta minimalista, y acompaña los estados con ambientes más bien lúgubres.

El espectador vive la tragedia del amor de estos hombres de a ratos como un sinsentido, como es el amor mismo, trágico en su inevitabilidad; de a ratos como el motor mismo de esa búsqueda, cuyo sentido es hallar la felicidad. Por ello, durante la puesta, los personajes sienten que son compatibles ante el dolor, y si uno de ellos lo superara, está fuera del club. Hacen de todo para evitar amar. Provocan situaciones desopilantes ante los remedios que buscan para curar el corazón roto.

El planteo se enfoca en la necesidad de completitud, como si a los hombres les faltara la otra mitad de su ser. Así lo expresa “El Mudo” en su resurgimiento a través de un soliloquio en el que clama la necesidad de volver a encontrar a una mujer a quién entregarle su amor.

En ese intento por hallar un remedio para el mal de amores, descubren su propia condición humana. O se suicidan o aprenden a vivir con el dolor. Ni recetas mágicas, ni curas milagrosas, ni heridas cicatrizadas de un día para el otro. Allí, con la vida por delante, van rotos de amor y ese es el desafío: vivir con ello, acaso lo inalcanzable es el ahora motor de su existencia.

- Foto de portada tomada por Salta 21

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