La Deuda Moral y el Sueño Americano. La Justicia Póstuma Borgeana confrontada con el sueño del Mayflower y la traición que significó el Gran Garrote (Big Stick)*

Por cierto, amén del magnicidio de Laprida, la facultad creativa en Borges también se habría inspirado rememorando sus propias lecturas de obras alusivas al cruel “destino sudamericano”, como Los Proscriptos de Ricardo Rojas.

La esfera de deliberación donde se articulan elementos comunes y se dan cita los autores de discursos arqueológicos y donde tienen lugar las relaciones de poder dominantes es también un espacio público que tramita las reiteradas asimetrías al saber producidas en red y con efectos dominó, espiral y boomerang, que recaen en sus instituciones (universidad, justicia, iglesia, teatro, medios de comunicación), en su formación ideológica, política y legal, y en sus reiterados discursos políticos. Por el influjo de estas formaciones ideológicas y de estos relatos políticos adquiere relevancia la comparación de los discursos históricos y de los destinos políticos (barbarie, aristocracia, democracia, totalitarismo, populismo). Pero la mutua ignorancia de esos “Destinos” dividió durante siglos el hemisferio americano en la dialéctica del doble continente, perjudicando ambos espacios, el anglo-americano y el latino-americano, que vieron ahondarse entre ellos un abismo insondable.1

Entre los que primero contribuyeron a un nuevo tipo de relato en la historiografía universal se destacó en el siglo XIX el historiador romántico francés Jules Michelet, rescatado recientemente por el filósofo Jacques Rancière, quien le asignó suprema validez al sentido emocional del relato por encima de la erudición.2 Con ese poder de evocación que brinda el sentido en todo relato, Plot (2010) redescubre a Jorge Luis Borges en su Poema Conjetural (1943) haciendo una “lectura retrospectiva del caos fratricida” disparado por el golpe de estado de 1943.3 Más específicamente, en ese soliloquio dramático de rasgos fatalistas, que es la alusión en dicho poema al “Destino Sudamericano”, Borges habría profetizado la dialéctica del doble continente.4 La inevitable recurrencia de la barbarie, la anarquía y la tiranía (y también de la catástrofe populista), que es el “Destino Sudamericano”, se manifestaría ya en los mitos pre-colombinos, en el triple sometimiento al que Bolívar aludió en el Discurso de Angostura (1819),5 y en el Facundo de Sarmiento, lectura que Borges empieza a lamentar que haya sido sustituida por el Martín Fierro de Hernández.6

Sin duda, dicho soliloquio, que contiene una alegoría moral, arrastra su remoto origen a la anarquía fratricida de la conquista española (Pizarro vs. Almagro acentuada por las resultas del descubrimiento del Cerro Rico de Potosí), a la implacable conquista militar que no escatimó en medios por más oscuros o inhumanos (envenenamiento, descuartizamiento), al drama renacentista de La Tempestad de Shakespeare que fue escenificado en una isla del Caribe (Bermudas) y cuyos personajes pre-colombinos fueron asociados a la figura de Calibán;7 y más atrás al pensamiento y los mitos indígenas pre-ibéricos (aztecas, incas, mayas, guaraníticos, arawacos, araucanos, etc.).8 Efectivamente, seis años después, en 1949, como obedeciendo a una búsqueda preconcebida, engendrada por el Poema Conjetural, Borges escribió un cuento acerca de un chamán de raza Quiché, prisionero del conquistador Pedro de Alvarado, titulado “La escritura del dios” (que integra El Aleph).9
Pero el soliloquio dramático Borgeano no pudo haber nacido sólo de una inocente inspiración individual, como lo aseveró humildemente el propio Borges en un célebre reportaje montevideano, acontecido al mes de ocurrido el putsch militar de 1943. En su detonar, la explicación de esa inspiración poética se hallaría en el profundo compromiso moral de honrar la memoria de sus predecesores, unitarios en Argentina y colorados en Uruguay, que su madre de discutido origen oriental (uruguaya) le habría inculcado desde la infancia.10 Tan intenso habría sido ese juramento íntimo que la composición del poema la asumió como quien hereda una hipoteca sagrada (o deuda moral), que sólo podía ser cancelada mediante un testimonio letrado, no importando cuán tardíamente alcanzaba a ser honrada, y mucho más relevante que una mera repetición de arrojo militar.11

En un país donde escasea el abolengo autóctono, pues salvo unos pocos indios originarios y una mayoría mestiza, una gran parte en Argentina desciende de los barcos y cuenta con linajes cruzados (criollo-español, judío-alemán, español-italiano, etc.), y sin ufanarse de su involuntaria prosapia criolla y bandeirante pero con un extraño orgullo despojado de arrogancia,12 Borges eligió para su pasional y vindicativo conjuro poético, no la figura de sus abuelos militares (Francisco Borges, Isidoro Suárez), con sus efímeras y patrióticas cargas de caballería, ni la batalla de La Verde, donde el liberalismo Mitrista fue derrotado por el avasallador avance del Autonomismo Nacional, y donde su abuelo Borges perdió la vida (1874); sino la sacrificada imagen de un lejano ancestro materno, la del Padre Fundador de las Provincias Unidas del Sud el jurisconsulto Francisco Narciso de Laprida, y una cruel batalla, la del Pilar, acontecida a los inicios de la larga guerra civil entre federales y unitarios que enlutó al país (1829), la misma que unas décadas más tarde dramatizó Sábato en Sobre Héroes y Tumbas.13 La connotación trágica a vindicar por Borges, fue que aunque el letrado Laprida estaba fogueado en duelos de tinta y pluma, no lo estaba para el combate ecuestre, pues cuando huía del campo de batalla, la caballada enemiga del Fraile Aldao lo pisoteó a sabiendas de quien era, y más luego —sin protocolo ni pelotón de fusilamiento alguno— lo ”enterró vivo”, no habiéndose hallado nunca hasta el presente su cadáver insepulto.14

Por cierto, amén del magnicidio de Laprida, la facultad creativa en Borges también se habría inspirado rememorando sus propias lecturas de obras alusivas al cruel “destino sudamericano”, como Los Proscriptos de Ricardo Rojas.15 Y porqué no prolongar su cuento fantástico (la conquista del país Maya referida a Alvarado y a un chamán quiché) más hacia el sur del hemisferio americano, a la posterior conquista del Perú; al botín de guerra en oro y plata, al sol de oro —que fue el origen de la condecoración de la Orden del Sol— jugado al azar de un cubilete, y cuyo relato “Prescott ha salvado”;16 al rostro perdido del Inca celebrado en las efemérides religiosas del Cuzco, el mismo que el prócer Manuel Belgrano buscó infructuosamente para presidir las Repúblicas Unidas del Sur;17 y a la Crónica Perdida del conquistador Francisco de Chávez, tal como la soñó quien vino a sustituir a Borges en la tarea de ficcionalizar el pasado histórico de la conquista, el fallecido escritor piurano Miguel Gutiérrez Correa con su novela Los Poderes Secretos (1995).18

El apenas vidente historiador Prescott –aludido con nostalgia por Borges en su poema El Perú— reveló cómo los medios-hermanos Pizarro y los reyes incas (Atahualpa, Huayna Capac, Huáscar), al crepúsculo de sus vidas, los sorprendió una muerte violenta.19 Y en el caso de la oficialidad Inca en Cajamarca, nuevas y recientes investigaciones de la peruanista italiana Laura Laurencich-Minelli corroboran que el “destino sudamericano” que nos profetizó Borges en su fundacional Poema Conjetural había sido padecido ya por la elite incaica hacía cuatro siglos, en el primer encuentro con las huestes de Pizarro (que emulaban a Hernán Cortés y su Matanza de Cholula de 1519).20 Desde entonces el crimen había quedado siniestramente impune para la historiografía latinoamericana, pero la justicia póstuma finalmente arribó de la mano de una Amauta italiana. Laurencich-Minelli (2002) confirmó la celada con que Pizarro traicionó al estado mayor de Atahualpa, mediante un brindis con vino moscatel, contaminado con rejalgar (trisulfuro de arsénico), intermediado por el traductor Felipillo,21 y consabidamente bendecido por el Cura Valverde, celada que ni la Leyenda Negra (Raynal, DePauw) había alcanzado en su tiempo a conjeturar, pues la información de esos procedimientos de lesa humanidad fueron a posteriori censurados, y muchos de sus actores como el intoxicador Fr. Yepes habían sido expresamente desaparecidos.22

Un siglo más tarde, en 1731, la Inquisición de Lima con la aprobación del vasco Virrey Marqués de Castelfuerte simpatizante de los Jesuitas —quien con la nueva dinastía post-Utrecht vino supuestamente a modernizar el Perú— ejecutó al líder de la Rebelión Comunera del Paraguay (a la sazón enfrentado a las Misiones Jesuíticas), el neogranadino nacido en Panamá José de Antequera y Castro.23 Cuarenta años después, el escarmiento de Antequera vino a ser el antecedente de la Rebelión Comunera de El Socorro (Santander) en el Virreinato de Nueva Granada (Colombia), cuyo líder el charaleño Jose Antonio Galán también fue ejecutado y su cuerpo desmembrado (1781) un año antes que se consumara la nueva rebelión tupamarista.24 Y durante todo el siglo XIX, y abarcando varias dictaduras, Roa Bastos –quien según la ecuatoriana Vintimilla Carrrasco mantuvo con Borges muchas afinidades literarias— alcanzó también a ficcionalizar la historia de un modo universal, pues describió la figura del déspota y la del tirano del Paraguay Gaspar Rodríguez de Francia (1811-1840), como aquel que se había propuesto apropiar e impedir la escritura e imponer la vuelta a la oralidad.25

Remontando la historia del Paraguay a los tiempos de la conquista, Borges y Roa Bastos seguramente habrían incursionado en la metáfora renacentista del “Paraíso de Mahoma”, que hacía referencia al botín de guerra y al trueque en alianzas y parentescos de las que eran víctimas las mujeres indias, y que las interpretaciones modernas bajo el influjo del antropólogo cubano Fernando Ortiz, entraron a denominar con el eufemismo de “dinámica transcultural”.26 Y retrotrayendo la historia a los tiempos de la guerra de independencia, Borges y Neruda abundaron en disquisiciones acerca de la enigmática entrevista de Guayaquil (1822), en la que Bolívar y San Martín mantuvieron tres conferencias, de las cuales no se guarda memoria alguna, ni actas ni testimonios que registren el contenido de las mismas.27 Respecto al tormento pan-amazónico engendrado a fines del siglo XIX por la fiebre del oro negro (caucho), Borges nos subyuga con la crítica a la novela histórica La Vorágine del colombiano José Eustacio Rivera.28 Y con relación a la postrer Guerra del Chaco (1932-35), ambos Borges y Roa Bastos se entrelazaron en una laberíntica dicotomía alrededor de los cuentos La Excavación (sobre el túnel de Gondra en el combate de trincheras) y de Los Teólogos (cuento en El Aleph).

Entre los mismos aciagos recuerdos, nos atrevemos a presumir que Borges también amplió el ámbito geográfico de sus referencias históricas al resto de la latinoamericanidad pues —aparte de los vínculos poéticos, heredados de su padre, con Evaristo Carriego y Macedonio Fernández—29 los relatos políticos alcanzaron a la intelectualidad colonial y revolucionaria de México, Centroamérica, la cuenca caribeña, y nuevamente también del Paraguay, que fueron seguramente transmitidos por sus amigos el regiomontano embajador Alfonso Reyes,30 el exilado hispanófilo dominicano Pedro Henríquez Ureña, y por el propio Augusto Roa Bastos; y más atrás en el tiempo, por la trágica defensa que hiciera José Martí en Nuestra América (1891).31 Aún más remoto en el siglo, debe haber influido en Borges el angustioso discurso de Bolívar en el Congreso de Angostura (1819). Bajo la inspiración del ideario de Miranda y de la Revolución Haitiana, Bolívar había denunciado que el pueblo americano estaba uncido “…al triple yugo de la ignorancia, la tiranía y el vicio”, admitió que su pueblo no había logrado “…adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”; y una década más tarde –luego de haber batido a los españoles en todas las batallas— acabó por reconocer enfermo, desolado y en articulo mortis “…que había arado en el mar”.32

Invirtiendo el orden de los recuerdos, y escalando al siglo de las luces, también debe haber prevalecido en su inspirado poema el influjo del Sermón Guadalupano de Fray Servando Teresa de Mier (1794), rescatado desde los albores de la Revolución Mexicana por su paisano Alfonso Reyes, más tarde un asiduo contertulio de Borges en las peñas poéticas (Fr. Servando se había fundado en la información que le brindó el anticuario Ignacio Borunda y en la Rebelión esclava de Haití de 1791, un reflejo inmediato de la Revolución Francesa).33 Y remontando el calendario americano otro siglo más, de no haber sido operado en Suiza, Borges se habría encontrado en su itinerario imaginario con los toledanos Virreyes del Perú y con el perseguido Jesuita mestizo Blas Valera, originario de Chachapoyas (Amazonía peruana), hijo de un conquistador uxoricida, citado por el Inca Garcilaso en los Comentarios Reales (este último muy influido por la Compañía de Jesús), y con su autoría de la Nueva Coronica y Buen Gobierno consentidamente oculta, pues a raíz de la represión post-toledana y a su temprana defunción jurídica fraguada en Málaga debió —para su imprimatur— transferir la misma al indio ayacuchano Guamán Poma de Ayala.34

Esta verdadera autoría fue recientemente confirmada por la documentación de una colección privada hallada por Laura Laurencich-Minelli en un palacio de Nápoles (propiedad de Clara Miccinelli), heredada de una donación de Amadeo de Saboya-Aosta (a su vez heredero de su abuelo homónimo el Rey de España en 1870) —que a fines del siglo XIX Paul Rivet, el autor de la Teoría Oceánica del poblamiento de América, había desistido de adquirir. Con una obstinación Borgeana, Laurencich-Minelli logró penetrar los secretos más recónditos de este laberíntico Archivo como si se tratara de un Códice Maya o fuera la misma Piedra Rosetta.35 Por cierto, la comunidad historiográfica peruana se dividió al respecto pero en un comienzo a fines del siglo pasado recibió el sensacional y explosivo descubrimiento con una inusitada indiferencia.36 Y en otros lamentables casos lo recibió con alusiones personales absolutamente ajenas a la vida académica.37 En su justa réplica, Laurencich-Minelli (2002) cita tres veces al desatinado crítico peruano, denunciando su superficialidad, su falta de rigor para analizar el envenenamiento, y su desdén por las comunicaciones científicas de los colegas que han abundado sobre estos mismos descubrimientos.38

A diferencia de la profecía Borgeana, que hace referencia a la recurrencia cíclica de miseria, desunión y violencia, Ralph Waldo Emerson había encontrado que la ficción orientadora del pueblo norteamericano fue por el contrario la de un “Destino Manifiesto“, que derivó de un mítico porvenir colectivo, el del utópico “sueño americano”, y también de un meditado imperativo moral. Procedería primero del legado puritano de los perseguidos peregrinos separatistas del Mayflower, arribados en la pre-guerra civil inglesa (1620), del sermón de John Winthrop (1630) acerca de “Una ciudad que brille en lo alto de una colina” (A shining city upon a hill) que alumbre al mundo; y del excepcionalismo de la colonización puritana de Nueva Inglaterra que se contrapuso a la recepción que se hiciera de la conquista española de América y su Leyenda Negra. En la Nueva Inglaterra, a diferencia de México y Perú, no se había hallado oro ni plata, ni tampoco –como en el Paraguay— se concedían las mujeres indias como botín de guerra.39 Sin embargo, pese al cuestionamiento de muchos disidentes puritanos, la conquista del pueblo indígena norteamericano fue avalada por la intelectualidad inglesa, ubicándola en situación análoga al derecho de conquista que los normandos habían ejercido con la población sajona a comienzos de la baja Edad Media (1066).40

Y en segundo término, la utopía o “sueño americano” procedería de los Padres Fundadores que redactaron la Declaración de Independencia (abrevando de Maquiavelo, de Hobbes y de la obra panfletaria del cuáquero Thomas Paine);41 y también de la Constitución Americana (trasegando de la Ilustración francesa, escocesa y lombarda: Locke, Rousseau, Montesquieu, Beccaria);42 y en ambos documentos tomando prestado de las culturas griega y romana.43 Emerson, a quien el argentino Sarmiento conoció personalmente, le atribuye a esa utopía el acceso a prerrogativas que estuvieron signadas por la libertad de conciencia religiosa, por la necesidad de hombres virtuosos en la gestión republicana, por la igualdad de oportunidades, por movilidades sociales y culturales ascendentes, por un devenir migratorio orientado hacia el poniente, por un crisol de razas que en la práctica debido al racismo y la segregación (apartheid) estuvo limitado sólo a la vinculación de los europeos entre sí (melting pot o fusión cultural), y por un autogobierno secular y religioso con transiciones pacíficas, cada vez más anti-monárquicas, democráticas, solidarias y fraternales; y hasta ese entonces hipotéticamente desconocidas en la historia de la humanidad, pero de las que se tuvo conciencia que habrían de ser duraderas en el tiempo, en la medida que permanentemente se renovaran y no fueran traicionadas.

Esta utopía redentorista de origen religioso puritano, anti-papista y anti-anglicano—mediada por los Padres Fundadores, influidos por la Ilustración escocesa e inglesa (Locke, Hume, Gibbon, Robertson)— fue introducida en el campo literario norteamericano por los intelectuales “trascendentalistas” (de origen romántico) Walt Whitman y Henry David Thoreau, lecturas a las cuales fue muy afecto José Martí durante su estadía como exilado en Nueva York, previas a la publicación de Nuestra América (1891).44 También fue cultivada por la literatura norteamericana de diversas corrientes del siglo XX (Adams, 1931; Macleish, 1938; Miller, 1949; Carpenter, 1955; Cowley, 1964; Horbenger, 1968).45

Pero en el campo político y para justificar el expansionismo territorial de Estados Unidos, esa utopía o sueño americano del “Destino Manifiesto” fue producto de una larga construcción mítica, que se gestó con la tácita postergación de la abolición de la esclavitud por parte de la Convención de Filadelfia (1787), que apostó —en aras de la unidad de los nuevos estados— a su natural extinción por el transcurso del tiempo, a las adquisiciones de la Louisiana en 1804 y de la Florida en 1819, a la Doctrina Monroe de 1823 (que desafió la restauración monárquica de la Santa Alianza del canciller Metternich), a la anexión de Texas en 1845. Pero lo que decisivamente contribuyó a la construcción del mito fue la derrota del ejército Confederado en la Guerra de Secesión (1861-65), que constituyó —como sostuvo recientemente Doyle (2015)— una verdadera causa universal de todas las naciones del mundo (uno de cada cinco soldados del Norte era irlandés o alemán y en muchos casos era veterano de las barricadas de la revolución europea de 1848), recordada por Borges en la Historia Universal de la Infamia, y cuya memoria aún hoy perdura con marchas y canciones como lo acaba de sostener con soberbia elocuencia el historiador norteamericano James M. McPherson (2015), y también con las connotaciones trágicas que nos trae a colación Adams (2014).46

Para los orígenes de esa guerra santa es preciso tomar conciencia del muy significativo rol que tuvieron en ese tiempo las modernas instituciones de los nacionalismos alemán (Fichte, Bismark) e italiano (Mazzini, Cavour, Garibaldi, Verdi), del abolicionismo como corriente política nacida en Londres en el siglo XVIII, de la fiebre del oro en California (1849), de los sermones de los pastores que alegaban la lectura del Antiguo Testamento para justificar y/o combatir la esclavitud, y del seccionalismo y de su derivación bélica conocida como secesión, cruento drama separatista que incluyó la abolición del régimen esclavista –verdadero huevo de la serpiente—que a la sazón no había padecido Brasil.47 Esa extraña excepcionalidad del esclavismo la había podido usufructuar Brasil de modo exclusivo por tratarse de una monarquía imperial (no constitucional) que no respetaba las libertades y garantías de una república.48 Según May (2013), las dos geografías, la del oeste americano y la del tropical sur caribeño (Cuba, Haití, Dominicana) estuvieron “simbióticamente relacionadas con las incitaciones secesionistas, ant-secesionistas y anti-esclavistas”.49 Más precisamente, May (2013) argumenta que los proyectos tropicales caribeños bosquejados para el esclavismo norteamericano se insinuaron en los siete sucesivos debates celebrados en el estado de Illinois que en la pre-guerra habían entablado Lincoln y Stephen Douglas.50 Aparentemente, Lincoln temía que Douglas implementara la ficción mítica de la “voluntad popular” (Kansas-Nebraska) —la misma que con tanto esfuerzo intelectual había instrumentado James Madison para bosquejar la Unión Americana en menoscabo de las trece colonias y del monarca británico— al curso futuro que la esclavitud de los estados sureños podría tomar en Cuba, Centroamérica, República Dominicana y Puerto Rico.51

Posteriormente, los corolarios de la Doctrina Monroe fueron malversaciones de los políticos socio-darwinistas del movimiento progresista (el republicano Theodore Roosevelt que lanzó la expedición a Cuba en la Guerra Hispano-Americana, y construyó el Canal de Panamá, y el demócrata Woodrow Wilson), a los cuales Thoreau se venía oponiendo desde la Guerra Mexico-Americana (1846-48). Por la catastrófica herencia que dejó la derrota de España en la Guerra Hispano-americana (1898), la identidad del heraldo latinoamericano en La Tempestad de Shakespeare fue atribuida por el ensayista uruguayo José Enrique Rodó a la figura de Ariel, en oposición a Calibán, el que representaría al pueblo norteamericano y a la desviación de su sueño encarnada en el Gran Garrote (“Big Stick”) del republicano Teddy Roosevelt, la contrafigura de Abraham Lincoln.52

Y el novelista cubano disidente Reinaldo Arenas redescubrió aquel fatal y apocalíptico “destino sudamericano” en el infortunio que le tocó vivir a Fr. Servando Teresa de Mier —con quien se identificó intensamente—cuando quiso brindar una justificación teológica a la para entonces potencial emancipación sudamericana (que por cierto incluye a México, Centroamérica y el Caribe).53 Cuando se vivencia una crisis política dolorosa se disparan recuerdos de la historia que atraviesan todos los períodos del pasado, como le sucedió a Arenas cuando Fidel pronunció su Discurso a los Intelectuales; a Borges cuando ocurrió en Buenos Aires el golpe militar del 4 de junio de 1943, que le trajo inmediatamente a la memoria la funesta crisis de “el año 20”, de comienzos del siglo XIX, que inició la guerra civil en las Provincias Unidas del Río de la Plata;54 o como también le sucedió al pintor argentino Luis Felipe Noé con el golpe militar de 1966 que le despertó la evocación de las guerras civiles de comienzos del siglo XIX.55 Arenas desempolvó el recuerdo de Fr. Servando para desenmascarar la falacia de la Revolución Cubana, pues ella no solo había atentado contra las libertades de pensamiento traicionando el legado martiano en el famoso discurso de Fidel “Palabras a los Intelectuales” (“con la Revolución todo, contra la Revolución nada”) dado en la Biblioteca Nacional de La Habana en 1961,56 sino que agravió la “política de no alineamiento” con las grandes potencias al tomar inconsultamente partido por uno de los contendientes de la Guerra Fría.57

El mismo resultado pero de fruto inverso es la amnesia o estrés post-traumático (EPT) que ocasiona rememorar acontecimientos violentos del pasado histórico. Cuando un político se encuentra en el afán por conquistar pacíficamente el poder, la memoria de eventos que fueron dolorosos escalda o escarmienta produciéndole amnesia retrógrada, o intenta borrar o editar los recuerdos que le son crueles, lo que “les permite sobrevivir pero [que les] aniquila el sentimiento de identidad”.58 En efecto, a medida que se aproxima en el tiempo la eventualidad de alcanzar la democracia por vía electoral, la conmemoración de efemérides o la manipulación de recuerdos y calendarios que fueron aciagos, no importa cuán distantes en el tiempo o en el espacio, o cuan dignos u honrados, pueden impedir la transición de la monarquía a la república, o la transición del estado-nación a la integración continental, o al parecer de Pradera (1996) frenar el traspaso de la dictadura a la democracia (“Masacre de Ezeiza” ocurrida con el retorno de Perón en 1974), o en opinión de García-Bryce ocasionar efectos negativos en el resultado de los comicios.59 Estos múltiples enunciados serían necesariamente un corolario del Teorema de Baglini (1986), para el que –a diferencia de la ética de la convicción— la intensidad de la ética de la responsabilidad política “es inversamente proporcional a la distancia que lo separa del poder".

La gran dificultad de encontrar el origen histórico que explique la dialéctica del doble continente, o asimetría entre el norte y el sur del espacio geográfico americano, la descubrimos en el profundo antagonismo e indiferencia entre los discursos apocalípticos (Borges, Arenas) y las narraciones mesiánicas (Emerson, Whitman). Para el cientista político brasilero Feres Júnior (2004), inspirado en las teorías de Charles Taylor, Reinhart Koselleck y Axel Honneth, dicho antagonismo se manifiesta en tres formas distintas, la cultural, la racial, y la temporal. Es decir, se expresa en una muy peculiar tipología, compuesta por pares de conceptos asimétricos, la oposición cultural asimétrica, la temporal asimétrica, y la racial asimétrica.60

Confirmando ese anhelo por resolver la vieja dialéctica del doble continente en la que los ensayistas apocalípticos y mesiánicos habían apenas insinuado una solución, diversos autores —para indagar si ambas Américas tenían o no algo en común— intentaron adoptar el método comparativo.61 Por un lado, se confrontaron primero los países latinoamericanos entre sí (Bolton, 1937), y medio siglo más tarde se contrastaron ambos imperios ibéricos con el imperio británico, antes de la independencia de los Estados Unidos (Elliott, 1998).62 Por otro lado, Park (1995) nos advierte que el primero en intentar atacar la problemática comparativa durante la entre-guerra, en tiempos de la política del “Buen Vecino” (Good Neighbour Policy), fue el historiador latinoamericanista de Berkeley (California), Herbert E. Bolton, para quien los elementos comunes que identificaron las naciones de América Latina eran cinco: los orígenes coloniales comunes, el trasplante de la cultura Europea, la explotación de los pueblos indígenas, el saqueo de los recursos naturales, y la competición entre las nuevas naciones.63 Desechada esa comparación por insuficiente para formular hipótesis válidas y por no contemplar los mecanismos ideológicos (religiosos, antropológicos) con que se realizaba el trasplante, la explotación, el saqueo, y la competición, Aelo (2001) sostuvo que esos mecanismos eran las ideologías, los regímenes, o los movimientos políticos, que bien podrían explicar la decadencia histórica de América Latina, pero que lamentablemente esa “no ha sido una temática privilegiada”.64

Ese anhelo historiográfico frustrado no pudo aún ser saldado y nuestro trabajo pretende apuntar a ese difícil objetivo que intuyó Sarmiento con su Facundo, Borges con sus poemas épicos, y Arenas después con su Servando.65 En sus poemas épicos Borges le dio vida al menos a tres “testigos mudos”, el jurisconsulto Laprida (el que presidió la jura de la independencia de las Provincias Unidas del Sud), al chamán de raza quiché cautivo del conquistador Alvarado, y a William Prescott, el autor de las historias de la conquista de México y Perú, ilustradas ambas con láminas alegóricas. A Laprida, Borges lo hace exclamar con “júbilo secreto” y en “articulo mortis”, al momento que era sacrificado por la montonera del Fraile Aldao, la apocalíptica alegoría “Al fin me encuentro con mi destino sudamericano”, que era el de la barbarie, la anarquía fratricida, y la tiranía.66

Al chamán quiché lo hace desistir de su libertad por haber perdido la conciencia del tiempo circular, y al historiador no vidente Prescott lo hace reconsiderar la Leyenda Negra en aras de la reconciliación con América Latina luego de la guerra México-Americana. Y en cuanto a Arenas, a diferencia de la opinión escéptica de Halperin Donghi (1982), por cierto no compartida por la historiografía mexicana, este confirmó que las represalias sufridas por el fraile dominico Servando Teresa de Mier a fines del siglo XVIII se debieron al mensaje de esperanza transmitido en un sermón catedralicio, donde se atrevió a dar una relación entre herética y piadosa del mito guadalupano del Tepeyac (heredero de la prédica renacentista de Fr. Bartolomé de las Casas).67 Para Fr. Servando, la evangelización de los indios se había practicado por Santo Tomás –el único apóstol de Cristo que fue al oriente— quince siglos antes de la conquista española, quien viniendo de la India por la Polinesia, entró al Nuevo Mundo y llegó a México, y que por tanto la epopeya misionera española habría sido de una redundancia anacrónica.68 Por esa herética osadía, Fr. Servando fue acusado de blasfemia ante la Inquisición, y fue excomulgado y desterrado a un convento de España, con el mismo sádico método con que la disidencia política de la Revolución Cubana fue tenazmente atormentada.69

El único elemento común vigente en todos los países latinoamericanos, amén de los señalados por Bolton y Aelo, es entonces el de un extenso y repetido malestar o asalto a la razón (tomando prestada la expresión al húngaro Georg Lukacs), constituido por una compleja batería de agravios y discursos fratricidas que alimentaron la profecía borgeana del “destino sudamericano”, los cuales fueron asomando en cada etapa histórica, y se fueron replicando y sucediendo como un vendaval bajo distintos paradigmas, uno tras otro a lo largo del tiempo y de los centros de gravedad geopolíticos, fuertemente multiplicados por guerras irredentistas, intervenciones expansionistas, secesionismos (separatismos federalistas), golpes de estado, dictaduras, espionajes, contra-inteligencias, aventurerismos, fiebres mono-productivas mineras (oro, plata, salitre, estaño, cobre, petróleo), y agropecuarias (azucareras, corambreras, guaneras, saladeristas, cafetaleras, caucheras, cocaleras y sojeras), y últimamente el crimen organizado o fiebre narco-dependiente; y todo embalado en una dramática geopolítica de efectos en espiral (multiplicadores), dominó (escalonados) y boomerang (recurrentes), a saber: escolasticismo, conspiracionismo, secesionismo, autocratismo, espontaneísmo, irredentismo, rastacuerismo, personalismo, intervencionismo, pretorianismo, contra-secularismo, gatopardismo, fascismo y crimen organizado.70

Cada uno de los discursos que fueron complicando las historias latinoamericana y norteamericana en sus diversas etapas históricas, se dieron en contextos y modalidades ontológicas muy distintas, que vamos a comparar a la luz del método arqueológico foucaultiano, y de la tipología enunciada por el investigador brasilero Feres Júnior (2004), asociando selectivamente en pares de conceptos asimétricos los caracteres culturales de ambos hemisferios. Dicha tipología la formulamos sólo con referencia a los pares culturales (desechando los raciales y los temporales), con muy diferentes vocablos y con muy distintos grados de sensibilidad y vulnerabilidad respecto de acontecimientos externos que periódicamente los venían asediando y que se fueron sucediendo uno tras otro: la sumisión escolástico-papista a la letra muerta o amnesia forzada de la que habla el peruano Portillo vis a vis el éxodo mesiánico durante las guerras de religión en el mundo puritano; y los conspiracionismos/republicanismos y la crítica de la mentira en las dinastías ilustradas Borbón y Braganza vis a vis los Padres Fundadores y la independencia de los Estados Unidos.

Una vez en el siglo XIX, le siguieron otras asimetrías tales como el secesionismo/ unitarismo en el patriotismo independentista; el autocratismo/liberalismo en los cesarismos o caudillismos federalistas; el irredentismo/expansionismo en los territorialismos nacionales de las fiebres guaneras, salitreras y caucheras (incluida su secuela genocida); y el rastacuerismo/nacionalismo en la cuestión del saber y las relaciones sociales en las zonas rurales (derecho de pernada). Ya en el cambio de siglo, le siguieron como asimetrías el patrimonialismo/liberal-reformismo en la pre-guerra finisecular; el neutralismo/ intervencionismo disciplinador en la Gran Guerra; y el pretorianismo/frentismo durante el golpismo proto-fascista de la Entre-guerra, incluidos repetidos pogroms en las zonas fabriles. Con la última Guerra Mundial, la acompañaron el colaboracionismo/internación enemiga de la II Guerra; el populismo/democratismo en la pos-guerra fría; el contra-secularismo/modernización en la pos-guerra caliente; y el aventurerismo armado fundado en la ficción del “enano teológico” vis a vis la contra-insurgencia en la pos-guerra insurreccional. Despertando de la pesadilla del terrorismo de estado le siguieron como asimetrías el gatopardismo/globalismo meritocrático en la posguerra tripolar; y el provincianismo/cosmopolitismo en la pos-modernidad globalizada. Por último, se ha dado también la asimetría crimen organizado/anti-narcodependencia, un monstruo que ha aparecido con fuerza en la posguerra multi-polar. Estas circunstancias han puesto en crisis terminal la institución del estado-nación, obligando a reconsiderar la necesidad de plantear una nueva unidad política que sea abarcadora y que tenga el poder de acabar con la pesadilla fantasmal de la recurrencia autoritaria y fratricida.

Debemos hacer entonces hincapié en los diversos factores (geográfico-territoriales, religiosos, económicos, ideológico-políticos, étnicos, sociales, lingüísticos, culturales y psicológicos); y en las modalidades ontológicas o sentidos que cada discurso tuvo, que nos permitan comparar y evaluar arqueológicamente el malestar sudamericano vis a vis el mítico sueño norteamericano. Son estos malestares los que han anarquizado a nuestros estados-naciones al extremo de conducirlos dramáticamente a sucesivas guerras irredentistas (Domínico-Haitiana, Cisplatina, Farrapos o Farroupilha, Triple Alianza, Pacífico, Acre, Chaco, Fútbol, etc.), y a un éxodo interminable para cuyo freno se están instrumentando muros físicos que vendrían a traicionar dicho sueño americano.

Combinados interdisciplinariamente con la ciencia política, y con los géneros de la poesía épica, de la dramaturgia trágica, y de la novela histórica, nos abocamos al estudio de la identidad latinoamericana confrontada con sus dos modelos históricos: el de la revolución norteamericana y el de la revolución francesa;71 y con sus dos protagonistas shakespereanos, el de Ariel y el de Calibán.72 También nos abocamos al mensaje testimonial, y sus efectos espiralados. En cuanto a la identidad, en el siglo XVII, desde el teatro isabelino, confrontamos con los protagonistas de La Tempestad de Shakespeare; en el siglo XIX con las obras de Renan y de Rodó; y en el siglo XX con Fernández Retamar y los personajes shakespereanos de Próspero, Ariel y Calibán, abundantemente discutidos en cuanto a su verdadero rol y protagonismo.73

En materia territorial, a diferencia de USA que salvo el archipiélago de Hawai cuenta con una frontera terrestre y un espacio puramente continental, Latinoamérica consiste en un arduo complejo de espacios geográficos profundamente disímiles: continentales (Sudamérica, Mesoamérica), insulares (Antillas mayores y menores) e istmianos, oceánicos y bi-oceánicos (Panamá, Nicaragua), atravesados por fronteras y ejes orográficos (andinos), y fluviales, verticales y horizontales, que significaron desde los tiempos de Bolívar y de Martí un insistente obstáculo para la posibilidad de gestar un interés común.74 En ese sentido geograficista, en los espacios continentales, los traslados de capitales, la reconfiguración de las unidades políticas, las guerras irredentistas y las guerras civiles en pos de construir un estado-nación tuvieron un rol determinante en los equilibrios de poder interno y en la configuración, reconfiguración o desequilibrio de los reinos, virreinatos, capitanías, estados-naciones y confederaciones.75 De igual forma, la prolongación de hidrovías y las canalizaciones respectivas, ayudarán a renovar los equilibrios de poder interno amenazado.

En la temática socio-étnica, también a diferencia de USA, donde las etnías caucásica, indígena y africana se hallaban profundamente separadas, en América Latina abundó un proceso de miscegenación o mezcla muy acentuado, que dio lugar a una paleta de colores sociales muy intensa. A su vez, la intensidad de la mezcla varió regionalmente de sur a norte, y de este a oeste.76

En cuanto a lo económico, América Latina es también un complejo de economías profundamente disímiles: recolectoras, agrarias, mineras, comerciales, financieras, industriales, y narco-dependientes que han sufrido sucesivas fiebres mono-productivas (aurífera, corambrera, guanera, salitrera, cauchera, cocalera y sojera), bajo el control monopólico de diversas autocracias (sacarocracia, guanocracia, cauchocracia, estañocracia, cuerocracia, uríferocracia), como también sucesivos cambios e innovaciones tecnológicas (vapor, telégrafo, teléfono, electricidad, radio, cine, televisión, internet). Por otro lado, América Latina consiste en un complejo de espacios religiosos disímiles, donde en cada país se dan contextos bi-confesionales o tri-confesionales, en la sierra peruana, en las Guayanas, o en Colombia.77 Y también un complejo lingüístico, donde en cada nación existen realidades bilingües y trilingües; y en el contexto histórico, donde los agravios por excelencia, las intervenciones expansionistas, las secesiones o separatismos, los golpes de estado y las burocracias políticas y académicas, persistieron en forma anacrónica.

Y en materia de sociología, antropología y arqueología de la guerra, nos abocamos a la experiencia histórico-militar, de la conquista, de las guerras intestinas producidas en la misma conquista, y de las guerras de independencia, las guerras irredentistas, las guerras civiles, y las guerras irregulares de guerrilla.78 Ellas se redujeron a una lucha donde lo que se dirimía era el control monopólico de recursos naturales (plata, guano, caucho, petróleo). Respecto a las guerras de guerrilla, la teoría del foco o foquismo y sus efectos espiralados fue excepcionalmente exitosa para Fidel Castro en la Sierra Maestra de Cuba, pero no alcanzó para exportar su revolución y su ideario socialista al resto de América Latina y al África (Congo, Angola).79 También fue intentado con anterioridad, ingenua e infructuosamente, tanto por el tenentismo republicano de la Columna Prestes en Brasil durante la entre-guerra (aunque hay quienes sostienen que sus ciudadanos soldados pretendían emular a los Jóvenes Turcos de Kemal Ataturk); como por Hugo Blanco en la sierra peruana entre 1961 y 1963;80 y luego en 1967 por Régis Debray y el Che Guevara en Bolivia con su “revolución en la revolución” en plena guerra fría.81 También sucedió el efecto búmeran o boomerang respecto al genocidio, lo que fue demostrado por Hannah Arendt en El Origen del Totalitarismo. Para Arendt, el colonialismo y el pangermanismo europeo, consagrado por Bismark en la Conferencia de Berlín de 1884, fueron el verdadero antecedente histórico del Holocausto y no la Ilustración Europea, como lo pretendieron Adorno y Horkheimer en la Escuela de Frankfurt con su Dialéctica de la Ilustración.82 Finalmente, en materia de relaciones internacionales incorporamos el análisis y aplicación de las teorías realistas del equilibrio de poder.83

En cuanto al caudal teórico, nos hemos de centrar en la ciencia política, y específicamente en los golpes de estado y en el rol de las burocracias, que no se pueden entender por fuera de la política. Rescatamos para su análisis un amplio bagaje bibliográfico, entre ellos El Cesarismo Democrático de Vallenilla Lanz (1919), que hace referencia al culto del hombre providencial; la obra de Curzio Malaparte (1931) sobre La técnica del golpe de estad, centrada en el control de la infraestructura comunicacional; y una serie de autores que arrancando con el prócer cubano José Martí se continuó con el peruano José Carlos Mariátegui, el brasilero Raymundo Faoro, y culminó con el historiador chileno Mario Góngora, y sus múltiples críticos, así como el politólogo brasilero Feres Júnior (2004), y el antropólogo cultural germano-argentino von Barloewen (2010), y todo acompañado por una frondosa bibliografía existente en Internet.84

Y también rescatamos un análisis comparado de ciertas políticas, magnicidios y representaciones artísticas. En ese sentido comparamos la naturaleza precursora de los cambios políticos con la muerte violenta en combate, con la esperanza frustrada de los liderazgos agresivamente amputados, con la crítica estrategia militar adoptada, y con las revanchas postreras por el desempeño militar en la guerra. En lo que respecta a su naturaleza precursora tenemos las muertes de Antequera en Paraguay, de Murillo en Alto Perú, y de Tiradentes en Brasil; respecto a las muertes violentas en combate, poseemos las de Sandino y José Martí; y respecto a los asesinatos como esperanzas de liderazgos frustrados observamos la de Madero en México y la de Gaitán en Colombia. Más recientemente, respecto a la estrategia militar y la muerte derivada de ella conocemos la epopeya boliviana de Guevara comparada con la de Luis Carlos Prestes en Brasil y con su famosa Columna; y respecto al crimen como detonante del magnicidio, conocemos el triste caso de las hermanas Mirabal en República Dominicana, representadas por Vargas Llosa en La Fiesta del Chivo.85 Y respecto a la revancha postrera por el desempeño militar, se conocieron las muertes en México de Zapata y de Obregón, y en Colombia las de Jaramillo Ossa y de Pizarro Leóngomez; y respecto al magnicidio como respuesta al crimen político tenemos el célebre caso del Coronel Sánchez Cerro en el Perú en 1933, y el del General Aramburu en Argentina en 1970.86

Y para el análisis de la burocracia rescatamos el debate crítico sobre la noción weberiana de dominación legal, personificada por la burocracia moderna —fruto de la histórica lucha de la burguesía contra el nepotismo y la concepción dinástica del poder, de reminiscencias feudales— y centrada en las relaciones cívico-militares. Más específicamente, para la comparación de las burocracias política, académica y militar destacamos las diferencias que las distinguen en cada etapa histórica: la cesarista, la proto-fascista, la anti-comunista, la contra-insurgente y la anti-narcodependiente. Y también destacamos el debate crítico sobre los conceptos de colonialismo supérstite, intervencionismo expansionista, y pretorianismo, planteado este último en forma muy crítica tanto por Amos Perlmutter como por Gordon Welty.87

Por cierto, estos agravios y asimetrías son muy desiguales entre sí y cada uno tiene un peso específico y un contexto histórico-político muy distinto en el resultado final del borgeano “destino-sudamericano”, al que hoy estamos existencialmente abocados.

* Capítulo introductorio de Entre la Fatalidad y la Utopía en América Latina (1500-2000): el contraste del “Destino sudamericano” con el “Destino manifiesto” norteamericano

http://www.er-saguier.org/obras/2016/Entre%20la%20Fatalidad%20y%20la%20Utop%C3%ADa.pdf
http://www.salta21.com/Entre-la-Fatalidad-y-la-Utopia-en.html

NOTAS

1 Para la dialéctica del doble continente americano en América Latina y Norteamérica, ver Barloewen, 2010.
2 Para la contribución al nuevo relato por parte de Jules Michelet, ver Lefebvre, 1974, 195-213; y Rancière, 1993, 58-59 y 63-64. Y para la contribución de Jacques Rancière a la resucitada interpretación de la obra de Michelet, ver Plot, 2010a, 15.
3 Plot, 2010a, 14.
4 Ver Gyngell, 2012, 179. Para el “Monólogo Dramático” en el Poema Conjetural de Borges, ver Zambra Infantas, 2005.
5 Para las expresiones apocalípticas de lo moderno en el posboom latinoamericano, ver Maíz, 2014. Para el triple yugo de Bolívar, ver Pachón Soto, 2013, 215.
6 Para el Martín Fierro en Borges y Martínez Estrada, ver Rodríguez Monegal, 1974.
7 Oliveira Bentley, 2010, 17. Para el problema de la épica en el Poema conjetural, ver Alonso, 2002. Para el auge y caída de la antítesis Ariel-Calibán en Latinoamérica, ver Reid, 1978; Jenkins, 2006; y 2008. Para un análisis pormenorizado de La Tempestad, ver Kott, 2007, 378-400.
8 Para el Manuscrito de Huarochirí traducido por José María Arguedas, ver León Llerena, 2012. Para el mito maya del Popol Vuh (manuscrito cuyo original se encuentra en la Newberry Library de Chicago) como instrumento de poder, ver Kerr, 1992; y López, 2009.
9 Para “La escritura del Dios”, y la resignación de Tzinacan (sacerdote Quiché de Guatemala, víctima del conquistador Pedro de Alvarado) al destino de un encarcelamiento inexorable, ver Álvarez, 1984, 464-467; y Balderston, 1993. Para la conducta de Alvarado en Guatemala, ver Martínez Peláez, 1970, 56-61. Para la forma y sentido de “La Escritura del Dios” de Jorge Luis Borges, ver Giordano, 1972. Para cómo escapa el encarcelado sacerdote Tzinacan de su prisión ilusoria, ver Holloway, 2004.
10 Para una indagación psicoanalítica de la obra de Borges y el rol que tuvo su padre en ella, ver Woscoboinik, 1991.
11 Para la potencialidad creadora de la adversidad y la desesperanza, ver de la Torre, 2003; y Pizzi, 1999.
12 Para su prosapia bandeirante, leer el poema El Conquistador, en La Moneda de Hierro (1976). Esos orígenes bandeirantes explicarían su ninguna simpatía por los Jesuitas.
13 Para el tratamiento de lo histórico en Sobre Héroes y Tumbas de Ernesto Sábato, ver Domínguez Domínguez, 1993.
14 Para la sanguinaria muerte de Laprida, ver Páez de la Torre, 2015.
15 Para la relación entre la literatura y la nación en Ricardo Rojas y Jorge Luis Borges, ver Funes, 2003. Para el discurso de Ricardo Rojas en materia etno-histórica, ver Ferras, 2011.
16 Poema de Borges titulado El Perú, del poemario La moneda de hierro de 1976. Sobre los motivos para que Borges no incluyera la poesía de Vallejos, ver el soberbio artículo de Granados, 2007. Para la denuncia del conquistador Francisco de Chaves al Rey sobre el envenenamiento del estado mayor de Atahualpa en Cajamarca, ver Laurencich-Minelli, 2002. Para la civilización chibcha y la construcción de la nación neogranadina, ver Guarín Martínez, 2010.
17 Para las ficciones orientadoras en la formación de las naciones modernas, ver Shumway, 1991. Para el Incaísmo como ficción orientadora en los umbrales de la independencia sudamericana, ver Díaz-Caballero, 2009.
18 Para el rostro del Inca Perdido y la etnía de los Ayarmacas en el Cuzco colonial, ver Cahill, 2005. Para la Relación de Francisco de Chaves acerca de la conquista del Perú, ver Hampe-Martínez, 2000.
19 Orrego Arismendi (2009) afirma que Prescott objeta el modo como Garcilaso sesga sus juicios a favor de los peruanos (Orrego Arismendi, 2009, 65).
20 Para lo exótico en el cine sobre la conquista de América, ver López Lizarazo, 2010.
21 Para el comportamiento del intérprete indígena Felipillo en su rol entre los Incas y los conquistadores, ver Plotz, 2016, 86, 89, 90 y 96.
22 Para una interpretación de las Leyes Nuevas como causal de la guerra civil entre los conquistadores, ver Martínez Peláez, 1970. Para el paradigma de Prescott en la historiografía latinoamericanista de los Estados Unidos, ver Kagan, 1996. Para la muerte por envenenamiento de Atahualpa, ver Laurencich-Minelli, 2002.
23 Para la Revolución Comunera en Paraguay (1721-1735), ver López, 2005; y Caballero Campos, 2012. Para el primer intento borbónico por reformar el Perú con el Marqués de Castelfuerte (1724-1736), ver Moreno Cebrián, 2000. Para los intereses públicos y privados del gobierno virreinal en el Perú de Felipe V, ver Moreno Cebrián y Sala i Vila, 2006. Para constatar la opinión de Roa Bastos y la de Gabriel Casaccia sobre la Revolución Comunera, ver El Abkari, 2007.
24 Para la Revolución Comunera en Colombia, ver Phelan, 1980
25 Ver Parra Ortiz, 2008; y Vintimilla, 2013.
26 Para la dinámica transcultural de las relaciones hispano-guaraníes en el Rio de la Plata: 1516-1580, ver Tuer, 2011. Para la conquista, el sexo y la esclavitud en Asunción del Paraguay y São Vicente, Brasil, a mediados del siglo XVI1, ver Frühauf Garcia, 2015.
27 Para la Entrevista de Guayaquil, entre Borges y Neruda, ver Hoefler, ‎2003. Para el «Guayaquil» de Borges y La sombra del caudillo (una historia de imprecisiones, silencios y davídicos coregas), ver Robles, 2010.
28 Ver Rincón, 2016.
29 Para Evaristo Carriego y una lectura borgeana de la literatura gauchesca, ver Gotschlich, 2000. Para la relación de Macedonio y Borges y la atmósfera intelectual porteña de la década del 20, ver García, 2007. Para la inquietante extrañeza de la autoría entre Macedonio y Borges, ver Prieto, 2007. Es interesante observar que a diferencia de Borges, y a pesar de ser hijo de un militar, Macedonio no presumía o no se le conocía prosapia guerrera.
30 Para Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges y Nuestra América, ver DeCastro, 2013. Para la dimensión ética de Alfonso Reyes en su relación con Nieves Gonnet y con Borges, ver Aguirre, 2015.
31 Para la utopía del silencio en Pedro Henríquez-Ureña, ver Valerio-Holguín, 2011. Para José Martí y su “Domingo triste”, ver Colombi, 2016.
32 Para la agonía y muerte de Bolívar, ver García Márquez, 1989. Para Fray Servando Teresa de Mier, ver Borinsky, 1975, 613-616.
33 Para la formación de la conciencia nacional de México y el rol del mito sincretista Guadalupano, ver Lafaye, 1977; y O´Gorman, 1978. Para la labor de Alfonso Reyes en el rescate del mito guadalupano y la figura de Fr. Servando desde los mismos albores de la Revolución Mexicana, ver su publicación en El Sol de Madrid, de 1918, en Manzoni, 2005. Para la apasionante historia de Fray Servando Teresa de Mier en su relectura del mito guadalupano, ver Marcelo Pérez, 2013. Para un enredo detectivesco del licenciado Borunda en las causas judiciales contra jacobinos franceses de 1794 acontecidas en México, ver Torres Puga, 2005.
34 Para el caso de Blas Valera como líder de un movimiento neo-inca cristiano en el Perú, ver Laurencich-Minelli, 1999; y Hyland, 2003. Para un complemento a la polémica sobre Guamán Poma de Ayala y su supuesta autoría de la Primer Nueva Coronica y Buen Gobierno, ver Laurencich-Minelli, 2012. Para la presencia de Valera en la obra del Inca Garcilaso, ver Mazzotti, 2016, 5-8.
35 Para los Documentos Miccinelli y su impacto en una nueva versión de la conquista del Perú, ver Favale, 2001. Para una documentación contestataria de la historiografía tradicional del Perú, ver Meyers, 2007.
36 Partidarios de la autoría del Padre Blas Valera “son Manuel González de la Rosa, José Toribio Polo, el padre jesuita León Lopetegui, Philip. A. Means, Francisco Esteve Barba, Enrique Fernández García, Francisco Loayza, Alfred Métraux, Henrique Urbano y Sabine Hyland. Contrarios a Blas Valera son Marcos Jiménez de la Espada, José de la Riva Agüero, José Durand, Pierre Duviols y Chiara Albertin” (Laurencich-Minelli, 2015).
37 Hampe Martínez (2000) pretendió sembrar dudas sobre la autenticidad de la colección documental hallada en Napoles, aduciendo para ello la “curiosa relación investigadora (y afectiva) de Clara Miccinelli con el ilustrado napolitano Raimondo de Sangro, príncipe de Sansevero (Hampe-Martínez, 2000, 38, nota 7).
38 Entre ellos de la historiadora Francesca Cantú, en el Coloquio Internacional Guamán Poma de Ayala y Blas Valera (2001).
39 Para la inexistencia de oro en los Apalaches, ver Slaughter, 1977 (debo este valioso dato bibliográfico a la generosidad de Alfredo Gutiérrez Girault). A las mujeres indias, en la guerra de los puritanos con las tribus Pequot, se las envió como esclavas a las Islas Bermudas, pero no fueron objeto de dinámica transcultural alguna como lo fue masivamente en el Paraguay (ver Freeman, 1995; y Fickes, 2000).
40 Ver Walzer, 2008. Para el comparatista William Blackwood que confrontó la conquista normanda con la de Nueva Inglaterra, ver González, 2010, 16. Para la pretensión de Cromwell y la teoría de la conquista durante la guerra civil inglesa, ver Galimidi, 2004, 195-200.
41 Para el conocimiento y difusión del panfleto más incendiario (Common Sense) del cuáquero Thomas Paine en América Latina y la de su traductor venezolano Manuel García de Sena, publicado en 1811, y leído por el Fraile Monterroso, secretario de Artigas, ver Ferreiro, 1981, capítulo 9; Bastin, 2011, 40; y González Núñez, 2014.
42 Para Dunn (1969), a diferencia de lo que sostienen Macpherson y Leo Strauss acerca del origen lockeano de los Padres Fundadores del siglo XVIII, Locke debe ser analizado en el lenguaje de su siglo XVII, que era un lenguaje teológico puritano, y para los casos del individualismo y de la inalienabilidad de los derechos en Locke, estos derivaron del individualismo teológico, es decir de la relación del hombre con Dios (Mansfield, 1993; Méndez Baiges, 1995, 72-73; y Alvey, 2004).
43 Para el concepto de América Latina en Estados Unidos: De la Leyenda Negra a la Anexión Territorial, ver Feres Junior, 2004. Para la dialéctica del doble continente americano en América Latina y Norteamérica, ver Barloewen, 2010. Sobre el Mayflower y su historia de coraje, ver Philbrick, 2006. Para la relación de los Padres Fundadores con los clásicos griegos y romanos, ver Wright, 1944; Bernsterin y Rice, 1987; y Bernsterin, 2009. Para la historiografía de los Padres Fundadores, la Ilustración Escocesa y Americana, y los Federalistas y Anti-federalistas, ver Onuf, 1989; y Richard, 1994. Para una aproximación a los orígenes ideológicos de la Revolución Norteamericana, ver Aparisi Miralles, 1995; y Bailyn, 2012.
44 Para el surgimiento de la idea de “nuestra América” en los ensayistas latinoamericanos decimonónicos, ver Sobrevilla, 1999. Posteriormente, Weber le asignó a la ética puritana el origen del capitalismo con lo cual dicha ética sería el punto de partida de la igualdad, del bienestar y del progreso económico capitalista.
45 Para un análisis pormenorizado sobre el rol del sueño americano en la literatura anglo-sajona, ver Erdheim, 2013.
46 Ver May, 2013; y su reseña y réplica en Magness, 2016. Ver especialmente a Doyle, 2015; y la reseña de Grant, 2017. Para una explicación de las causas de la guerra civil americana, ver Moore, Jr. 1973, 116-133. Su himno más elocuente ha sido la canción “When Johnny come marching home”, que como “Lily Marlene” en la II Guerra Mundial, la cantaba la tropa de ambos ejércitos, los del Norte como los del Sur.
47 Para el problema de la esclavitud y su justificación en los primeros congresos norteamericanos, ver Morgan, 2006, 279-304. Para el rol que tuvo la fiebre del oro californiano en los inicios de la guerra civil, ver Richards, 2006. Para la guerra santa que fue la Guerra de Secesión, ver Carwardine, 2000.
48 Para su comprensión es imprescindible conocer los siete debates que entre sí tuvieron Abraham Lincoln y Stephen Douglas.
49 Mc Clintock, 2008, 25, cit. en Magness, 2016.
50 Para el triunfo del nacionalismo antiesclavista de Abraham Lincoln, ver Peck, 2007.
51 Magness, 2016. Para las desmemorias en torno a la esclavitud negra y la abolición en Puerto Rico, ver Flores Collazo, 2011.
52 Oliveira Bentley, 2010, 17.
53 Para una biografía dramática y descarnada de Arenas, ver Abreu, 1998. Para el letrado colonial Fray Servando Teresa de Mier como inventor de mitos revolucionarios, ver Halperin Donghi, 1982.
54 Alonso, 2002. Sobre la facultad del poeta para enlazar los acontecimientos del pasado tanto como quiera, ver la cita de Lessing que hace Koselleck, 1993, 268. Para la democracia y el totalitarismo en el pensamiento político de Borges, ver Plot, 2010b. Para la lógica totalitaria, ver Lefort, 2004, 220-240.
55 Para la pintura y el conflicto civil argentino (1820-1830) a través de la Serie Federal de Luis Felipe Noé, ver Ponce, 2015.
56 Castro, 1961; Gilman, 2003.
57 Ortega y Blanco, 1991. Para la autobiografía e historia en El mundo alucinante de Reinaldo Arenas, ver Manzoni, 2005. Para una revolución Calibanesca en la escritura de Arenas, ver Morales-Díaz, 2006.
58 como la insurrección de Trujillo, en el Perú de 1932, o la república española de 1936 que desató la guerra civil, ver Vázquez, 2001, 151, nota 10. Para la pérdida de sentimiento de identidad por culpa de la amnesia, ver Candau, 2001, 151
59 Para la insurrección Aprista de Trujillo en 1932, ver García-Bryce, 2010.
60 Alonso, 2002; y Feres Júnior, 2004, 62
61 Para el rol de Bloch, Fritz Redlich, Braudel, Otto Hintze, Barrington Moore, Tilly, Brenner, y Skocpol y Somers en el género de la historia comparada, ver Elliott, 1999, 230-233. Para la atracción del método comparativo en el siglo XIX, ver Collini, Winch y Burrow, 1987, 233-277.
62 Elliott (1999) llamó la atención acerca de la mutua indiferencia que marcó a los historiadores de las colonizaciones británica e ibérica de América (Elliott, 1999, 245)
63 Para una reseña del libro de Park 1995, ver Berger, 1995.
64 Aelo, 2001, 200.
65 Para la idea americana de Sarmiento, ver Fernández Bravo, 2012. Para las invariantes pampeanas de Facundo a Perón, ver Borovinsky, 2010.
66 Para Plot (2010a), el fenómeno populista o emulación roosveltiana en el Cono Sur, era parte del borgeano “destino sudamericano” pues está en la base de la incapacidad de muchos conservadores para distinguir entre democracia y totalitarismo (Plot, 2010a, 15-16; y Plot, 2010b, 186).
67 Para el gran debate entre Las Casas y Sepúlveda, ver Brading, 1991, cap. IV.
68 Para los mitos y realidades sobre el origen del culto a la Virgen de Guadalupe, ver Wobeser, 2013. Sobre Fr. Servando como criollo insurgente, ver Brading, 1991, cap. XXVI.
69 Para la ideología y discurso en el proceso inquisitorial incoado a la hechicera Catalina de Miranda a comienzos del siglo XVII, ver González-Molina, 2013.
70 Liotta, 2002. Para el narcotráfico y crimen organizado, ver González Bustelo, 2014. Para los tiempos del golpismo latinoamericano, ver Paramio, 2001. Para una reflexión histórico política acerca de golpes de estado y militarización en América Latina, ver Serrano, 2010.
71 Para el modelo histórico de la revolución americana, ver Aparisi Miralles, 1995; y Bailyn, 2012.
72 Ver Kott, 2007, 377-432.
73 Para distintas visiones de Calibán, ver Vior, 2000. Para una comparatística de Latinoamérica, ver König, 2008. Para la identidad latinoamericana, ver Oliveira Bentley, 2010. Y para la revolución calibanesca en la escritura de Reinaldo Arenas, ver Morales-Díaz, 2006.
74 Dollfus, 1981. Para una frontera geográfico-literaria del Putumayo, en Colomia, ver Wylie, 2013.
75 Para la confederación antillana y los escritos de Ramón Emeterio Betances, ver Arpini, 2008.
76 Para la raza, la etnicidad, y la ciudadanía multicultural en America Latina, ver Hooker, 2005. Para la raza, la clase, y la imagen nacional en Venezuela, ver Wright, 1990. Para la identidad nacional, el mestizaje y la política censal en la Venezuela contemporánea, ver Angosto-Ferrández, 2014. Sobre las cambiantes metáforas de inclusión racial en Brazil, ver Alberto, 2012.
77 Para los pobres pentecostales en Bogotá, ver Bomann, 1999. Para la relación entre religión y geografía, ver Park, 2004.
78 Para las guerras civiles en la formación del Estado-Nación en América Latina, ver Melo Flórez, 2016.
79 Para una crítica histórica de la evolución de la teoría del foco, ver Childs, 1995.
80 Para el primer debate en el trotskismo latinoamericano sobre la lucha armada entre Nahuel Moreno y Daniel “Che” Pereyra en Perú, ver Cordal, 2016.
81 Jervis, 1997; Welch, 2015, 1-2.
82 Edkins y Vaughan-Williams, 2009, 31-41. Para el efecto Boomerang en los orígenes de la Guerra total, ver Owens, 2007. Para una crítica de la Dialéctica de la Ilustración, ver Honneth, 2009, 119-127.
83 Morgenthau, 1960. Para las teorías de la interdependencia compleja en relaciones internacionales, ver Keohane y Nye, 1998.
84 Para los encuentros, desencuentros, y vacíos entre Hispanoamérica y Brasil, ver Pizarro, 2004.
85 Para las hermanas Mirabal, ver Aquino García, 1996.
86 Para una catarsis del pasado, ver Leis, 2013.
87 Welty, 1998, 167.

- Por Eduardo R. Saguier
http://www.er-saguier.org

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