La elegida “Aklla Sumaq”: Teatro de corte existencialista contra el festival de muertes de mujeres

En el ritual de los tlaxcaltecas en la fiesta de Tóxcatl de los siglos pasados, ser el elegido como ofrenda a los dioses era un honor. En el siglo XXI, entre los vestigios de la cultura andina, la voz quechua aymara “Aklla Sumaq” quiere decir “La elegida por su belleza”. Aunque la alegría de los danzantes antes de la Conquista del siglo XVI no se asemeja a la agonía del presente, corre un paralelismo a fuerza de “sacrificio”, de muerte... Pero es un estado no elegido por las que después de la tortura, son brutalmente asesinadas. Sin embargo, cuando la tragedia se vuelve cotidiana en el noroeste de nuestro país, hay un grito que sale de las entrañas con la fuerza del reclamo. “Aklla Sumaq” es el grito. También la esperanza. Y la fuerza para iluminar la memoria.

“Quiero morir decentemente”. Jean-Paul Sartre

Las actrices de La Otra Vuelta-Artes Escénicas dirigidas por Diego López, interpretan a lo largo de la obra, diferentes roles femeninos y masculinos. Los segundos, representativos de la violencia del varón hacia la mujer: ya sea el discurso moralizante de un cura, unos con falsos piropos que se convierten en palabras obscenas, otros que cometen crímenes atroces y tipos sociales que defienden los símbolos de la tradición del gaucho que se “venden” como la superioridad del macho. Entre los roles femeninos, mujeres condenadas a las tradiciones culturales que las estereotipan como la fiesta de los 15 años, personajes míticos, amas de casa que lloran por sus niñas muertas, mujeres soñadoras que jugaban felices en su infancia… Todas ellas, fantasmas. Todas ellas, inexistentes. Todas ellas, asesinadas.

Lo que vemos son despojos vivientes que relatan su historia de manera original, entremezclando lo nuestro y lo propio; entre nombres reales de mujeres que fueron víctimas de femicidio como Cintia Fernández hace unos años o los recientes y resonados casos como el de Andrea Neri y Jimena Salas.

El registro es musical, vocálico, rítmico, en tono de humor y dramático. Se plantea un juego visual armonioso entre texturas diversas, telas que componen un vestuario funcional, acierto de Fabiana Funes, atuendos que en sí mismos apelan a circunstancias. Lo onomatopéyico se descarga en la escena como un potente recurso que acompaña las actuaciones siempre frescas, acompasadas, enérgicas y sumamente plásticas de las actrices. La ambientación se logra con la iluminación, como otro componente de áspera significación en esta puesta, logro de Álvaro Sanmillán Roberts. Diego López, el director, ha logrado amalgamar un discurso rico, potable, actual, que encierra una problemática cruel, con la potencia irresistible de un teatro ágil, que critica, que denuncia, que inspira, que conmueve, que dinamiza, que apela a la reflexión, para convertir ese discurso amalgamado en arte vivo. Un arte que expresa lo que nos pasa como sociedad, un arte que no calla, un arte que busca arrojar luz a tanta oscuridad.

María Eva Ferreira a quien podríamos identificar en la obra con la novia, Telma Jerez como la madre, Rosalía Rodríguez Yonson como la quinceañera y Mariana Enríquez como la Pachamama se desplazan por un espacio escénico que permite un enfrentamiento entre el público, un mirarse, un refractarse, un convivir… Ese público que no es otro que los ciudadanos de esta provincia observando sus miserias. Una comunidad que no es otra que la que clama justicia. Las actrices en sus roles buscan una complicidad en esa sociedad: que sean capaces de ver el dolor, que es “mejor iluminar que maldecir” (texto inspirado en un poema de Rosa Machado, entre otros que aparecen en la obra), que es “mejor iluminar que olvidar”. Un teatro que recoge los cadáveres de esas mujeres para transformarlas en la memoria colectiva de un pueblo entristecido, amargado, hecho sangre.

Nada hay en las escenas que hiera los ojos o golpee por lo bajo. No hay densidad sino intensidad. Hay poesía, mito y canciones nuestras. Somos acaso la palabra que se esconde detrás del verso, pero las palabras acarician las heridas. Esas mujeres, en un no-espacio, ríen por no llorar, satirizan por no matar, parodian por no vengar.

En sus juegos, ellas soñaban con morir decentemente. De allí el epígrafe de esta crítica, para unir un poco esa voluntad existencialista cuya característica asume este teatro.

En una parte, mientras observaba la obra, me asombré a mí misma al percibir la cantidad de cosas que enfrentamos las mujeres a lo largo de la vida: desde dar a luz, amamantar, criar a los hijos, proteger a la familia, trabajar… hasta degollar gallinas…meterlas en una olla, desplumarlas, condimentarlas y servirlas en una fiesta de casamiento. Cuánto coraje tiene una anciana ama de casa. En la obra también están las enseñanzas de las abuelas, sabiduría que se transmite de generación en generación. Pero además, algo del machismo engendrado en las mujeres al criticar a sus hijas que salen con la pollera corta, el tema de los mandatos sociales poco felices como que si ya sabés repulgar una empanada, te podés casar; o de las que defienden y justifican al macho en situación de superioridad como si mostrar el poncho, las espuelas, el lenguaje vulgar y la postura que habla desde una “recia” cabeza erguida por sobre los hombros, fueran elementos dignos de un show.

Y lo que me pareció más justo imposible fue cuando entonaron “Amor salvaje”. Muy al tiempo en que quien canta estas estrofas en la vida real, se despachó en un festival con frases sexistas y homofóbicas. Allí, la viva representación del gaucho machista y vulgar. Por eso, el poncho salteño no representa a muchos ni es parte de nuestra identidad.

Además, hay una crítica manifiesta a una sociedad que cuestiona el amamantamiento. “En la casa del Señor, no” -dice el sacerdote. Pero "afuera tampoco porque llegará la policía", agrega el de sotana. La condena a la mujer por dar de mamar a su bebé como algo inmoral es un planteo que intenta revertir semejante atrocidad. Jamás en una sociedad evolucionada debiera cuestionarse siquiera esta práctica u observarse tal situación.

La dimensión de la obra es enorme. Gratifica salir de una puesta de este tamaño.

La Otra Vuelta cumple cabalmente con la idea de Augusto Boal de que "El teatro es un arma eficaz que puede servir de liberación si se sabe utilizar de forma adecuada". Permite tomar consciencia y sensibilizarnos con un tema que ha llevado a nuestra provincia a declarar una “Emergencia social”. Es un teatro que colabora con la búsqueda de una sociedad más humana y sin violencia. Sabemos que en Salta ocurren 1,5 casos de femicidios al día. La cifra es alarmante y los casos lo demuestran. Por eso, por ser un tipo de teatro “combativo”, el público aplaudió de pie anoche la función en la Sala Mecano. Los artistas cumplieron con dar una función gratuita para un programa de fomento. El director anunció que la obra podrá verse el jueves y viernes próximos (16 y 17 respectivamente) por un valor de $50, a las 21 en La Mecano (Caseros 460), únicas fechas en la que estará disponible la obra para funciones en Capital.

Al término de la función, Diego López agradeció muy especialmente a Lucrecia Ramos (profesora y directora de teatro), Elsa Mamaní (titiritera), Marité Cervera (actriz) y Rosa Machado (poeta) por sus aportes. Con Lucrecia, Elsa y Rosa “queríamos hablar sobre esto” - dijo. Al tiempo que señaló que si bien él es el director de la obra, estas personas colaboraron para poder hacerla. Se entregaron reconocimientos y el público, no paraba de aplaudir.

A todas las Andrea Neri…las Cintia Fernández y las Jimena Salas: “¿Olvidarte? ¡Qué inmaduro! Te siento en mis huesos. Tu silencio me ensordece.” (Jean-Paul Sartre)

- Fotos tomadas por Salta 21