La grieta y los miserables

Tantas veces se ha tratado de definir el sentido de la palabra grieta en nuestro país y desde los medios de comunicación, del ámbito de la política y del análisis sociológico se han ensayado diversas hipótesis.

La promesa electoral básica del ex presidente Mauricio MACRI fue precisamente que él cerraría la grieta, acusación velada hacia el kirchnerismo gobernante, en particular a partir del año 2008 y la famosa Resolución 125.

Se endilgó con mayor énfasis la creación de la grieta, desde ese intento de equilibrar cargas fiscales con los privilegios de los exportadores de materias primas, y se acusaba en particular a Cristina FERNÁNDEZ de haber generado una tensión social perjudicial para los argentinos.

Pero el origen de las secuencias de esa grieta se debe buscar mucho más atrás en la historia de la Nación. Desde los albores mismos de la Argentinidad se han definido y distanciado dos sectores bien diferenciados en nuestra sociedad, y en los periodos de convulsión social es cuando más evidente se hacen.

Así los intentos de desarrollo de una economía nacional y popular del radicalismo Irigoyenista en la década del treinta, contrastó con transparencia el aggiornamiento de una elite oligárquica que no quería ni quiere hasta hoy perder privilegios de clase.

Y ese primer escenario contemporáneo demostró cómo gestaron el golpe militar contra ese gobierno radical, panorama que se repitiera invariablemente en los años posteriores.

Lo hicieron con la Unión Democrática, con el bombardeo a Plaza de Mayo en junio de 1955, con el golpe posterior de la Revolución Fusiladora de Septiembre del mismo año, con el derrocamiento de ILLIA, con el golpe de la dictadura genocida de marzo de 1976, con el golpe institucional a a Alfonsín en junio de 1989, y con la grosera gestión del Macrismo.

Es que la grieta social-económico-clasista-política no es un fenómeno casual, es una forma histórica de la puja entre dos países distintos dentro del mismo territorio, sin resolución definitiva hasta la fecha.

Cada vez que se ha intentado poner en práctica modelos de distribución social con matices populares, el poder económico concentrado en manos de esa oligarquía ha atentado de manera directa, sin límites, y con derramamientos de sangre sin trepidar en costos a la hora de defender sus prebendas.

Porque está claro que cualquier modificación del sistema de distribución del ingreso, groseramente desparejo en base a privilegios y corrupción, acabaría con la comodidad de una elite acostumbrada a sentirse elegida, y ejercer esa superioridad con total desprecio a todo lo popular.

En momento en que se han cambiado todas las reglas de juego en la convivencia social del país entero, los generadores de la grieta de siempre, los partícipes de la fiesta de la abundancia en cualquier época, pretender seguir viviendo su mundo a la manera acostumbrada.

Y la sola idea de la imposición de un impuesto de emergencia a las grandes fortunas –creadas sobre los privilegios y la corrupción genocida mencionados antes- le genera a sus propietarios más preocupación que el mismo COVID 19, poniendo en evidencia su condición inocultable de pequeñez e insignificancia entre tanta riqueza.

Y sus exponentes menos lúcidos, como el ex gobernador Juan Carlos ROMERO son los que se atreven a dar la cara ante la sociedad toda para advertirnos que si ellos tienen que poner partes de sus fortunas, se agrandará la grieta.

Y una confesión de semejante crudeza, pinta de cuerpo entero a ese núcleo carente de toda humanidad, pues para ellos la grieta es el desprecio por el otro, por el pueblo, por la justicia social, por la solidaridad, por el bien común, por la equidad y la superación de las mayorías.

Por eso la objetiva grieta se expone más ante nuestros ojos en cada situación como la del presente, y en buena hora que así sea, ya que no existe ningún bien nacido en nuestra Argentina que pueda sentirse a gusto pasando al otro lado de esa grieta, en la que están ellos, los que no necesitará la Argentinidad del futuro.

Lugar donde abunda la avaricia, el egoísmo, la falta de principios, la adicción al poder y la creencia de distinción que los califica como auténticos prescindibles en el proyecto de país que anhelan las mayorías, que necesariamente deberá generarse sin ellos.

Las carencias, el hambre, la desprotección, la represión, la discriminación, y los atropellos se suceden a diario contra los sectores más vulnerables de la sociedad, bajo la invocación de emergencia sanitaria, mientras los miserables desde sus economías de elite se siguen sintiendo superiores y temen por la grieta.

Cuando la verdadera solidaridad humana que a diario combate contra las necesidades, la lucha contra el hambre, la enfermedad, la pobreza y la exclusión, logre sacarnos de esa emergencia, tendremos que cerrar la grieta de una vez y para siempre.

Y en esa empresa no podrá haber lugar para esos miserables, que juegan a ser superiores e intocables.

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