De Freezers, Caranchos, de cerdos y de Duendes
Las dos chicas francesas eran estudiosas brillantes del Instituto de Asuntos Latinoamericanos de La Sorbona Nouvelle. El juez está a veinte centímetros de ser enjuiciado por encubrimiento. A cinco minutos, a dos nanosegundos.
La otra noche un amigo, a la postre responsable de una peña emblemática de la ciudad de Salta, y mientras se hablaba en la mesa sobre el bochornoso crimen de las chicas francesas, me dijo esto que sigue: no me gusta que me tomen por boludo, no me gusta cuando subestiman mi inteligencia.
Un conocido acababa de trasmitir para la mesa la versión de la Administración judicial y política sobre el asunto, bochornosa versión que trata de limpiar o de enlodar, eso nunca se sabe, una situación insostenible creada por un crimen que a la larga nos ha salpicado a todos.
¿Desde cuándo en Salta se asesina a la belleza? ¿Adónde quedado la tradición poética y musical de Dávalos, Castilla, Luzatto, el romanticismo que ha caracterizado desde tiempo inmemorial a la producción folclórica salteña? A dónde los cantores del Alba, Cafrune, Daniel Toro, Los Nocheros.
No estoy hablando del esteticismo superfluo. Estoy hablando de la belleza de la mujer, de la belleza de la vida, de la del asombro, de la impetuosidad del conocimiento, de la maravilla de una muchacha sonriendo en el paisaje.
Aunque, ante lo inapelable de una muerte semejante, pueda parecer superficial y hasta rococó esto que estoy mencionando, lo hago porque es inevitable mencionar cuestiones de costumbre y estilos en la arqueología del crimen, en la arqueología de la costumbre humana.
De Antropología se trata todo esto, se trata de antropología y de sociología, como estas dos chicas que eran estudiosas brillantes del Instituto de Asuntos Latinoamericanos de La Sorbona Nouvelle, según la carta que enviara a todas las universidades del mundo su Directora, la Profesora Marie Cristine Lemardeley (O El mar de la Ley). O sea que eran discípulas de Claude Levy Strauss y de Marcel Mauss, los fundadores de estas ciencias tan contemporáneas sin las cuales la significación del universo cultural, de nuestro mundo, no podría haber sido abordada. Su significación en su singularidad y en su complejidad.
O sea, digo, que eran hijas culturales de Levy Strauss y Marcel Mauss. Y si con alguien estoy en deuda seriamente, es con mi Maestro Levy Strauss, quien todavía vive con sus 101 años y sobrelleva más lucidez que todos estos bambacos de la escuela de Viena y el Chapare que nos están queriendo vender toneladas de perejil al precio de coca especial y despalillada.
A mí también me ofende que me tomen de boludo.
Por ejemplo, tenemos un juez de apellido Pérez ocupando un lugar en un predio semi privado que suele ser coto de caza de la oligarquía salteña. En la jerga de los abogados se le llama Ciudad Gótica a la ciudad judicial, ostentoso edificio para justificar tanta desmesura. Primer error, ser un Pérez en el momento justo pero en el lugar equivocado.
A quién le estará debiendo.
Quizá no lo sepa, pero está a veinte centímetros de ser enjuiciado por encubrimiento. A cinco minutos, a dos nanosegundos.
No va a ser, por supuesto, la justicia ordinaria la que lo haga, aunque a primera vista parece bastante ordinario. Lo va a enjuiciar el conocimiento. De la Sorbona se trata, se trata de la Sorbona Nouvelle, que tiene más deudores, amigos y parientes que todo el poder judicial de Salta. Y los tiene en todo el mundo. Esto para su comercio, por si no lo sabe.
Porque ignorar ciertas cosas que no se pueden ignorar sólo tiene dos alternativas. O ser un burro, o hacerse el pelotudo. Aunque en este caso se trate seguramente de las dos posibilidades, por lo que está a la vista. Ocupar un lugar que no se debe ocupar por pertinencia o pertenencia en cualquier campo social, sea una familia, una pareja, un grupo de boy scouts (como el que nos ocupa), una secta religiosa, cualquier institución social o un colectivo de la empresa Ale, se denomina usurpación.
Habría que averiguar cuántos burros deambulan por Ciudad Gótica, un estudio de campo habría que hacer, a ver cuántos onagros andan dando vueltas por la posición equivocada. De una profesión que el Cuchi Leguizamón nunca quiso a ejercer porque se negaba a lucrar con la discordia humana.
Yo, y toda la red comunicacional de la Sorbona, quisiéramos saber hoy que la Administración de la Provincia ha condecorado a toda la cúpula policial implicada en el asunto, porqué ese juez no ha citado a declarar al Carancho, a los perros, al popular zorrito, o a los chanchos que abundan en esa región montañosa que se encuentra a apenas algunas cuadras de los barrios privados donde asientan sus mansiones los Golden Boys, como se denomina en la jerga provinciana a estos nuevos ricos de la clase política provinciana.
¿Qué, en la escuela de los borricos no les enseñan que el Señor Carancho, con su espiral de vuelo presagioso viene siguiendo al animal enfermo veinticuatro horas antes de que caiga exhausto al suelo? Deberemos citar al poeta Nella Castro con música del Cuchi, Bajo el azote del sol, ésa es la zamba: tirado bajo un cebil / el hambre es un perro flaco/ que sube osamenta arriba / bajo un cielo de caranchos.
Veinticuatro horas antes de su última, al animal lo siguen por cielos, montes y quebradas, y una vez que cae, aún vivo, le picotean los ojos para que no se defienda, y por los orificios púdicos comienzan a devorarlo hasta llegar a sus entrañas. Qué, ¿el burro no sabe eso porque ha estudiado en la escuela de los puercos? Se ha recibido en las Academias Pítman ¿Le ha faltado orientación vocacional acaso?
Entonces la platea quisiera saber adónde estaba el popular carancho mañero del Encón y San Lorenzo, aquél que inspirara una flor de chacarera a Don Abel Mónico Saravia, por si no lo sabe, autor de La Cerrillana y miembro prominente del Colegio de Magistrados.
Entonces en qué quedamos, adónde estaban durante quince días el carancho, los perros, chanchos y los duendes. ¿Por qué no fueron citados a declarar por tan ominosa y suspicaz ausencia?
Y dónde andará el zorrito, que come semillas y raíces, que se despierta solo y escondido con toda el hambre llena de perdices, según el soneto de Manuel Castilla.
Le propongo a Pérez un duelo intelectual entre Levy Strauss y el Doctor Menguele: hacer una reconstrucción del hecho, pero bien hecha.
Tiremos cuatro chanchos en estado criminal en la puerta de una sanadora nazional vitalicia, que tiene un caserón por cerca de los lugares de los hechos, a ver qué pasa. A ver si las bajas temperaturas de la temporada invernal salteña impiden los procesos de descomposición. Durante quince días y que no se meta nadie. Ni la Unesco, ni la FAO. Tampoco la Secretaría o Ministerio de Medio Ambiente, o como se llame.
Estoy recontra seguro de que, salvo que sean bombardeados por la OTAN, van a aparecer más que puntuales el premonitorio Señor Carancho, Carancho Mañero si es en San Lorenzo, con todo su séquito de fauna subtropical incluidos los parientes de los chanchos, que como buenos chanchos no tienen ningún problema de ser antropófagos.
Salvo que le pidamos prestado un freezer a algún pariente de Giacosa, presidente vitalicio de las cámaras legislativas, que tienen una casa cerca de por ahí.
Por lo demás, dentro de la cadena de ignorancias o de encubrimientos, lo escuchaba al doctor Pedro Antonio Álvarez, cuarenta años de médico forense, preguntarse de qué muestras de ADN se trataba, recogidas después de quince días, si los espermatozoides duran apenas 48 horas (48, el muerto habla), cosa que sabe todo el mundo que ha pasado primer grado, y en particular los católicos que practican el método Ogino Knauss para prevenir el embarazo. Después de la hora señalada se separa la cabeza de la cola y puede ser confundido, visto desde arriba, es decir con visión satelital, con cualquier célula del organismo sea humano o extra terrestre. Que después de eso entra en franca descomposición, o sea que se licua, se evapora y se entristece. Adiós reencarnación, adiós amor.
En la arqueología de la conducta y la costumbre humana o animal se sabe que nada suele acontecer sin que tenga una larga, muy larga cadena histórica de ensayos y anticipaciones. Es decir que, en antropología social, nada ocurre por que sí. Todo tiene antecedente:
Mencionaba la tradición romántica y de gentes que siempre ha caracterizado a Salta para remarcar el hecho de que, al menos en veinte años, no se sabe de crímenes sexuales de ese tipo en nuestra cultura. Quiero decir que no pasa todos los días ni quince veces en un año.
Salvo, claro está, algunos hechos dramáticos de crimen pasional que son atribuibles al carnero. O a los cuernos.
Artidorio Cresceri, protofundador del folclore salteño le vació el cargador de su arma a su amada esposa, y después escribió una de las mejores zambas y más sentidas, construida con los ladrillos del arrepentimiento: La López Pereyra, que lleva ese nombre en homenaje al juez que lo absolviera de tan horrendo crimen por emoción violenta.
Otro caso que se conoce es el de la Juana Figueroa, también pasional, cosa de celos, y terminó generando un culto popular que no pueden extirpar las ordenanzas municipales ni el progreso. Y más de cuatro temas del folclore salteño. Dos hechos, dos traumas sociales que no terminan de ser elaborados cada vez que una zamba le canta al amor. Cómo será ese asunto de jodido.
En la arquelogía de la costumbre social humana, ya se tendría que haber hecho con más de la mitad de las salteñas eso que dicen que dos perejiles borrachos que andaban cazando pajaritos han hecho con dos brillantes alumnas de Levy Strauss, que no serían tan bambacas. Perejiles cazando pajaritos, buen título para una novela.
Para terminar quisiera saber si a ese cabeza de chorlito, con menos de dos dedos de frente, le han enseñado en algún lugar que todo se paga. Que en algún momento de la historia alguien los va a poner en su lugar, es decir allá por los años cuarenta que es el tiempo que les corresponde a los fascistas. Y antes de los cincuenta seguro, pero bien seguro, que los va a agarrar la Resistencia Francesa, que los andaba buscando ya por ese tiempo.
Ya sabemos dónde están los freezer y los chanchos. Ahora busquen al Zorro, busquen al Carancho.
Arqueología del crimen I
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