Notable dúo de violín y piano en el Mozarteum

Tartini fue un gran violinista, tal vez uno de los mejores de su tiempo hasta la aparición de Paganini que eclipsó a cualquier intérprete de la época. Su sonata de esta noche es una de las mejores páginas escritas en su interesante producción.

Salta, miércoles 23 de agosto de 2017. Teatro de la Fundación. Roberto Buffo (piano – Argentina) y Guillaume Barli (violín – Francia). Sonata en sol menor “El Trino del Diablo” de Giuseppe Tartini (1692-1770). Sonata en do menor op. 30 nº 2 de Ludwig van Beethoven (1770-1827). Sonata en fa mayor de Felix Mendelssohn (1809-1847) y Sonata nº 2 de Maurice Ravel (1875-1937). Cuarto concierto del ciclo anual del Mozarteum Argentino Filial Salta.

Un buen concierto sin duda. La sólida formación individual de Buffo y Barli, ambos con antecedentes internacionales que acreditaron en esta presentación, permitió al oyente acceder a un recital digno de la entidad patrocinante.

El maestro Buffo es el actual director de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de Tucumán. Lo fue también en el período 2004-2009 y regresó por concurso en el 2016. Al mismo tiempo es un excelente pianista que cuenta con innegable musicalidad, dotado y sensible. No es un acompañante sino que su protagonismo en el dúo es, a todas luces, equivalente al del violinista visitante.

Barli a su vez es dúctil, de elevadas condiciones, cuenta con una alta dosis de virtuosismo y a pesar de sus escasos treinta y siete años es decididamente maduro. Su técnica lo habilita para acometer con valentía los pasajes más complicados del recital de esta noche y al mismo tiempo, decir con extrema delicadeza cuando la línea así lo exige. Sin embargo, tal vez lo más importante es el grado de comprensión que los une y que produce el resultado escuchado, llegando por momentos al grado de exquisitez que las obras del repertorio exigían, un repertorio que intentaba mostrar el cambio producido en la creación musical –no me agrada la palabra “evolución”- desde que se pasó del barroco, al clasicismo, luego al período romántico para llegar al siglo XX.

Tartini fue un gran violinista, tal vez uno de los mejores de su tiempo hasta la aparición de Paganini que eclipsó a cualquier intérprete de la época. Su sonata de esta noche es una de las mejores páginas escritas en su interesante producción. Originalmente escrita para violín y bajo continuo hoy se toca por violín pero con piano. Contaba el autor que el diablo tocó en su instrumento del modo que solo los virtuosos lo hacen oyéndose los trinos que originan su nombre, en el último de los movimientos. No fue un detalle muy relevante pero ya ha sucedido en otras oportunidades.

El piano del Mozarteum tiene un sonido brillante y me parece que la prueba previa con sala vacía quizás dio como respuesta un toque sobresaliente del instrumento generando un desequilibrio sonoro felizmente corregido después.

En 1770 moría Tartini y nacía Beethoven. Justamente de él la segunda obra. La segunda de las tres sonatas escritas y catalogados luego bajo el op.30. La música instrumental del autor es esencialmente pianística. De hecho él fue un excelente pianista hasta la llegada de su hipoacusia donde la digitación no fue un problema pero si lo fueron las diferentes intensidades que cada obra y su significado requerían. En este caso, luego de un extenso y también denso “allegro con brío” de cierto carácter abstracto llegó un momento de la producción beethoveniana, inspirado, amable, lírico, en un bello “adagio cantábile”. De pronto un lenguaje opuesto en el “scherzo” siguiente finalizando con exigente “allegro-presto”. Acá el sonido del dúo ya estaba al nivel esperado y la conjunción funcionó de maravillas.

Es probable que uno de los compositores más elegantes del romanticismo fuera Félix Mendelssohn. Esta sonata en fa mayor, descubierta durante el siglo XX por el famoso Yehudi Menuhin así lo demuestra. El compositor, de raíces judías, era hijo y nieto de banqueros por lo que su vida fue un pasar sin sobresaltos. De todas formas, su formación intelectual era producto del ambiente de su hogar donde la cultura, en sus aspectos antropológicos, reinaba en un marco de severas aunque elegantes costumbres. No fue difícil entonces que su producción musical, en su corta vida, haya tenido similares características. Su escritura buscaba permanentemente la inalcanzable perfección y seguramente allí está la explicación del porqué sus dos sonatas para violín y piano en fa mayor no llevan número de opus pues en opinión del autor ambas eran obras menores de su profusa elaboración.

Finalmente, apareció el siglo XX. Maurice Ravel tuvo una violinista amiga con la que compartió su apego al jazz que comenzaba a llegar a Europa. El compositor francés escribió esta sonata para violín y piano teniendo en su mente giros de una música que se estaba descubriendo además de ser música directa y atractiva. De allí el blues del segundo movimiento y el “perpetuum mobile” del final, un bellísimo “allegro” que intenta y logra arribar al movimiento perpetuo o como dicen los italianos, al “moto perpetuo”. Por tanta enjundia musical, los oyentes expresaron su satisfacción y el dúo provocó, en el bis, alguna lágrima sentimental con el famoso tema de la “Meditación” de la cortesana Thais dicha con indescriptible dulzura y expresión.

Por lo que hace a la música camarística, el dúo visitante deja relevante recuerdo de una combinación instrumental de muy buen nivel.

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