"Recreo": radiografía de los de 40

Se trata de un tipo de cine nacional de corte coral en el que seis personajes, prototipos sociales marcados por una pareja de arquitectos burgueses (Peterson y Mirás) y dos parejas de clase media (Gamboa-Slipak y Stuart-Minujín), deciden pasar un fin de semana en una casita de campo con pileta, tomarse un recreo de las obligaciones y de los hijos; pero resulta que vivir un tiempo libre entre litros de vino tinto y cierta regresión a la adolescencia, los coloca en jaque y se van cayendo, como capas de cebolla, las facetas más reales y dramáticas.

El existencialismo termina por derrumbar el hedonismo al que pretenden someterse temporalmente. Acostarse al sol o poner velitas en la cena mientras se habla de sexo, acaba por ser anecdótico.

Quizá fue algo precipitada la irrupción de la charla sobre sexo el primer día ya que todavía no conocíamos de cerca a los protagonistas, sobre todo el sincericidio de Andrea (Carla Peterson), esposa de Leo (Fernán Mirás), quien por parecer open mind frente a sus amigos “simples”, confiesa acerca de la inclusión de un tercero en las relaciones sexuales, que siempre es otro hombre. Leo queda mal parado y genera cierta homofobia de parte de Mariano (Juan Minujín), a quien se ve a menudo maltratar a su mujer, Lupe (Jazmín Stuart). La bombita sexual en la mesa no queda allí. En un intento por remarcar lo absurdo, Sol (Pilar Gamboa), imita un movimiento sensual que interrumpe uno de sus hijos, un trillizo que se levanta de la cama a medianoche -recurso medio recurrente del niño que mira- a quien sale a atender justamente un papá que no es atento, pero sí “piola”: Nacho (Martín Slipak).

Esta escena, de noche, a media luz, parecería anticipadora de lo previsible. Sin embargo, el film, escrito y dirigido por Jazmín Stuart (Desmadre, Pistas para volver a casa) y Hernán Guerschuny (El crítico, Una noche de amor), comienza a tomar mayor consistencia, los conflictos ganan a los superficial y lo que parecía cómico se torna dramático.

Reaparecen rivalidades entre los amigos de quienes comenzamos a ver sus imperfecciones. Uno de los diálogos más logrados es el de Carla Peterson como Andrea con su hijo adolescente (Agustín Bello Ghiorzi) quien le reclama la falta de afecto. Esto desnuda un conflicto serio: el de la madre ausente y hasta negadora de su maternidad. Ocurre cierta performance, notable en el gestus de Peterson, cuando Lupe, interpretada por Stuart, una actriz que co-escribe y co-dirige, le pide que vea un ratito a su bebé. Al colocarlo en sus brazos recibe la mirada elogiosa de su hijo: ella ha mutado, su rostro es el de una madre y no ya el de la mujer cuarentona que quiere ser sexual, hedonista, superficial.

Por otro lado, la obsesión por la caza de parte de Leo (Mirás), tiene que ver con su dilema sexual: se siente hombre cazando. Es parte de un exhibicionismo inconsciente, que le permite reafirmar su masculinidad, hacia el afuera.

Pero el asunto no termina aquí. Ciertas distensiones terminan por ser “peligrosas” y surge cierta atracción entre Lupe y Nacho (Slipak), lo que no pasa inadvertido entre sus respectivas parejas: Sol (Gamboa) y Mariano (Minujín). Los “roces” se potencian en medio de una fumata grupal. “Relajá” parece ser la palabra del metraje.

La adolescentización o la necesidad de verse siempre jóvenes, aparece cuando Mariano y Nacho deciden abordar un globo aerostático que hacía las veces de marco de lo extraño en este lugar casi soñado, idílico; y planean un viaje a Tailandia para tener todo el sexo que no tuvieron con otras mujeres y para recuperar el tiempo perdido, cuando no tenían ni un cobre. La escena se opone a la monótona imagen de dos mujeres que lavan los platos: Sol y Lupe, quienes además, creen que sus esposos se van a matar.

Esa noche, durante la cena, nada sería igual. Otra vez surge lo inesperado, la historia vuelve a consolidarse con un diálogo insólito y se consuma el drama. Es cuando el recreo termina.

El momento de la reflexión se instala sin querer: las imágenes finales sustituyen a las palabras, a los problemas, a las quejas, a los arrepentimientos, a los insultos, a los sueños adolescentes.

Es como un implante de realidad.

La película termina por mostrar facetas viscerales de los argentinos, reaviva la sensación de lo difícil que es mantener la pareja cuando hay niños, la necesidad de narcotizarse para desinhibirse, la fachada como tamiz de las relaciones, el amor en jaque: es o no es, lo efímero de la juventud y el paso del tiempo como condición inevitable del deterioro.

No podemos escapar de ciertas alusiones a “Perfectos desconocidos”, film de Álex de la Iglesia, remake de la comedia italiana Perfetti sconocitti, de la que su propio director dijo: “una cena se puede convertir en una película de acción"; y a la argentina “Dos más dos”, donde lo que parecía divertido aflora como conflictivo.

En síntesis, vemos cómo las cosas simples se convierten en una gran historia para ser mostrada a través del cine.

Una comedia dramática muy buena para ver en este verano 2018.

- Ficha técnica:

Dirección y guión: Hernán Guerschuny, Jazmín Stuart. Elenco: Pilar Gamboa, Martín Slipak, Juan Minujín, Jazmín Stuart, Carla Peterson, Fernán Mirás. Producción: Pamela Livia Delgado, Pablo Udenio, Matías Levinson. Distribuidora: Buena Vista. Duración: 100 minutos.

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