Triunfal debut de Noam Zur

Noam Zur fue el ganador del concurso que se realizó este año para dotar a la Orquesta Sinfónica de Salta del titular que no tenía. Hubo solos y momentos espectaculares como los de Santiago Clemenz y Julio Quinteros (flauta), Paula Daffra (corno inglés), Martín Bonilla (percusión) y Eugenio Tiburcio (clarinete) pero insisto, lo destacable fue la actitud global, todos tenían que ver con todo, o sea, que la masa instrumental funcionó de maravillas.

Salta, jueves 7 de diciembre de 2017. Teatro Provincial. Orquesta Sinfónica de Salta. Director Titular maestro Noam Zur. Tres movimientos de “Sueño de una Noche de Verano” de Felix Mendelssohn Bartholdy (1800-1847). Obertura de la ópera “Tannhäuser” de Richard Wagner (1813-1883). Sinfonía nº 9 en mi menor op. 95 “Desde el Nuevo Mundo” de Antonin Dvorák (1841-1904). Presentación del nuevo director titular de la Orquesta Sinfónica de Salta maestro Noam Zur. Adhesión al 10º aniversario del Teatro Provincial. Adhesión del Mozarteum de Salta. Aforo 95%.

Sueño de una Noche de Verano es música incidental compuesta por uno de los primeros exponentes del romanticismo del siglo XIX. Refleja casi con precisión cronométrica el espíritu shakesperiano aunque su partitura, final, delicada, deliciosa, está cargada de dificultades técnico-interpretativas. Sus figuraciones veloces, el manejo de las intensidades sonoras no son fáciles de decir.

El “scherzo”, verdadero modelo compositivo sobre cómo se construye esta forma, fue estupendo y no obstante ser la primera obra del repertorio de esta noche, la orquesta lo tocó brillantemente. Es, sin dudas, una obra maestra de belleza inconmovible. Es cierto que faltó el cuarto movimiento, la famosa Marcha Nupcial que desde esa época se usa muy a menudo en las ceremonias de casamiento, pero más abajo está la explicación. La obra teatral tiene hadas, amantes, cazadores y artesanos como lo dice el programa de mano. Todos tienen sus temas representativos desapareciendo así el carácter abstracto de la música de la época que se usaba para transmitir emociones románticas.

Luego nos llevó el director a la majestuosidad del coro de peregrinos con que se inicia la historia del poeta medieval Tannhäuser cuyo interior, lucha entre nobles y bajos pensamientos pasando por la bacanal del Venusberg donde la diosa Venus dirigía las orgías de las que el protagonista se libera encontrando su salvación en el prístino amor de Elizabeth. Prolijo inicio de maderas y metales hasta la entrada de violonchelos con el tema principal de la obertura que no solo pinta la idea central de la ópera sino que representa la solidez de la figura principal, el caballero Tannhäuser, personaje alemán del 1300 que el drama musical, como Wagner acostumbraba a decir de sus óperas, en este caso, tuvo inicios no comprendidos por los oyentes de esa época al punto que fuera criticada por su falta de melodías, sus disonancias, sus complejas armonizaciones.

A estos detalles hay que agregar que todas las obras para la escena, del compositor alemán poseen una base legendaria e histórica cualidades ambas que tiene Tannhäuser y por muchos de esos tiempos, no fueron comprendidos. Hoy, esta bella obertura está en los repertorios de casi todas las orquesta sinfónicas del planeta.

Segunda parte: uno de los mas célebres representantes del nacionalismo musical, el checo Dvorák, que en los tiempos de su vida en Nueva York, dirigiendo el flamante conservatorio de esa ciudad escribió una hermosa sinfonía que si bien posee algunos momentos de los sonidos norteamericanos, es una manifestación nostálgica de las danzas y temas populares de su tierra. Es seguramente, una de las mas notables sinfonías del compositor eslavo que con su bohemia a cuestas mostró añoranzas de su lugar de origen.

El “adagio” inicial tiene a los violines lamentando la lejanía checa; hay melancolía en el “largo”, luego aparecieron los vigorosos golpes del timbal marcando el paso de la danza bohemia para llegar finalmente a la magnificencia del “allegro con fuoco”. La sinfonía es altamente conocida y por tanto podrían esperarse faltas de sorpresas y sin embargo trajo el disfrute, el gozo de una música, vaya a saber porque, llega al corazón del oyente que entrega su empatía a una interpretación de altísimo nivel.

En este punto es oportuno hablar de la orquesta. Viene de presentaciones elogiosas y no obstante es posible hablar aún de crecimiento y profesionalismo. Las distintas secciones exhibieron una cohesión, una comprensión uniforme del material sonoro que se logra a partir del tecnicismo ejecutor, con una predisposición intelectual que tiene un responsable. De él hablaré más abajo.

Hubo solos y momentos espectaculares como los de Santiago Clemenz y Julio Quinteros (flauta), Paula Daffra (corno inglés), Martín Bonilla (percusión) y Eugenio Tiburcio (clarinete) pero insisto, lo destacable fue la actitud global, todos tenían que ver con todo, o sea, que la masa instrumental funcionó de maravillas.

Noam Zur fue el ganador del concurso que se realizó este año para dotar a la Orquesta Sinfónica de Salta del titular que no tenía. Debutó esta noche en el podio de la misma comenzando una actividad que le llevará no menos de tres años. Nacido en Israel ha conducida no pocas orquestas de Europa y América. Tiene importantes antecedentes que acreditan su valor musical. No sería serio un análisis completo de su arte con solo un concierto en nuestra ciudad pero es posible si, anticipar algunos aspectos.

El arte musical requiere tres sujetos básicos para desarrollarlo: el compositor, el intérprete y el oyente. Entre los dos primeros se forma el proceso comunicativo integrado por el emisor, el mensaje y el receptor. Dicho de otra manera, el compositor, la obra y el intérprete. Stravinsky solía decir que su música no necesita ser interpretada sino simplemente ejecutada. Pero en la realidad no sucede ésto. El intérprete recibe la obra o sea el mensaje contenido en una partitura y como el intérprete no siempre es el mismo y aunque lo fuera, no puede mantenerse siempre igual por una multitud de razones, el resultado final es diferente. Todo este prologo me sirve para señalar una vez más la importancia del responsable principal de que el mensaje llegue al oyente lo más parecido posible a lo que el creador haya pretendido decir.

No estuve en los ensayos pero intento especular cómo fueron. Seguramente el maestro Zur leyó las obras y a partir de allí, recurriendo a su inocultable conocimiento de las mismas, comenzó su verdadero trabajo de intérprete, observando, corrigiendo, pidiendo, midiendo el potencial artístico del instrumento que tiene en sus manos, la orquesta local. Si fue así, atento al resultado escuchado en concierto, su labor acertó desde todo punto de vista.

Entregó al público un producto finamente terminado. Un tempo glorioso, un Mendelssohn de avasallante empuje, el vendaval sonoro de un Wagner de gran majestuosidad y un Dvoràk imbatible. Consiguió no solo con su conocimiento, sino con su predisposición explicativa del porqué de cada cosa. Cuando conversé brevemente con él acerca de los motivos por los cuales no puso en acto el cuarto movimiento de Mendelssohn, se tomó el trabajo de explicar que las tres obras están escritas en la tonalidad de Mi y esa marcha está escrita en Do con lo cual se rompía la empatía auditiva creada. Un detalle que revela la búsqueda de la perfección sonora. Sus crescendos y decrescendos, o sea su dinámica musical, la cuidadosa afinación de sus dirigidos, la adecuada elección de los tempos y finalmente su clara gestualidad, fueron detalles importantes de este debut.

Solo tiene treinta y seis años. Ignoro si llegará a ser de esas figuras del podio que uno puede considerar “venerables” por su particular modo de fraseo, de enfoque artístico en lo que hacen, de su intención perfeccionista y detallista. Me refiero a esos músicos que con el paso de los años y el despliegue de arte adquieren características que lo convierten en esos gigantes que serán recordados permanentemente. Pero sí estoy seguro que le aportará a la orquesta local un sentido de progreso y madurez que el diletante podrá apreciar.

El público así lo comprendió y el teatro entero, de pié, agradecido por esta muestra de común espiritualidad, abrió un enorme crédito para su labor futura.

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