Un merecido Homenaje al Cuchi Leguizamón

Cargado de dichos, de alegrías, de locuacidad, pero sobre todo, de una sana picardía, el dr. Gustavo Leguizamón fue un personaje irrepetible vestido de natural talento. Podría pasarme horas hablando de él porque hay tantas facetas de su vida que un comentario de cada una de ellas sería casi una infinita historia.

Salta, jueves 28 de setiembre de 2017. Homenaje a Gustavo “Cuchi” Leguizamón. Ballet Folclórico de la Provincia “Gral. Martín Miguel de Güemes”. Orquesta Sinfónica de Salta. Maestro Jorge Lhez: dirección musical. Maestros Alejandra Vidala Barboza y Omar Cácerez: coreografía y dirección general. Invitados: Luis Leguizamón, Balvina Ramos. Obras del “Cuchi” Leguizamón. Arreglos de Eduardo Alonso Crespo, Gustavo Spatocco, Juan Ramón Jiménez Peyret, Gerardo Di Giusto, Marcelo Serena. Aforo 95%.

Sonrisa de dientes grandes y amarillentos. A veces transformada en estentórea carcajada entre infantil, hiriente y orgullosa; mirada soñadora y profunda, un andar desparejo y tal vez poco elegante, vestimenta de traje y chaleco, aún cuando hiciera calor, su decir pintoresco y localista, su pensamiento rápido, agudo, bañado de ironía e inteligencia, a grandes rasgos así fue el dr. Gustavo Leguizamón, el “Cuchi” Leguizamón a quien tuve el privilegio de conocer. Personaje inolvidable que se fue un 27 de setiembre de 2000, justo dos días antes de sus ochenta y tres años.

El detalle inexorable de la vida es la muerte y cuando ésta llega siempre resulta inesperada por muy esperada que haya estado. El “Cuchi” llevaba un lapso enfermo. Hacía ya tiempo que el laberinto intrincado de su mente se había deteriorado dejándonos huérfanos de su talento inigualable. Podría pasarme horas hablando de él porque hay tantas facetas de su vida que un comentario de cada una de ellas sería casi una infinita historia. Esta noche se rindió homenaje a uno de los ilustres hijos de esta tierra salteña quien en su devenir dejó aspectos que en conjunto conformaron una personalidad que siempre se recordará.

Manuel José Castilla, Jaime Dávalos

, César Perdiguero, Armando Tejada Gomez, Miguel Ángel Pérez, Raúl Aráoz Anzoátegui, Hugo Alarcón, José Ríos fueron entre otros, altos representantes de las letras salteñas que colaboraron con el genio musical del “Cuchi” en decenas de páginas que se convirtieron en una de las mas bellas expresiones folclóricas de esta parte del país. Su música de inagotable melodía, poseía y lo seguirá haciendo siempre, de una cualidad que roza lo fantástico, su armonía, su estructura armónica, producto tal vez más que de su academicismo, del inmenso talento que anidaba en su ser.

Recuerdo como para un Abril Cultural, cuando luego de actuar en la sala del ex teatro Alberdi, llevamos a comer al Club 20 a esas legendarias figuras del teatro argentino que formaban parte del elenco de la Comedia Nacional. También lo invitamos al “Cuchi” y él fue. No puedo describir el placer que sentían esos grandes actores y actrices compartiendo la cena con él. De pronto alguien susurró en mi oído “Cristina Juárez, esa joven actriz que está sentada en el extremo de la mesa sabe cantar La Pomeña. El dr. Leguizamón no querrá acompañarla al piano?” Le pregunté y el “Cuchi” que era un caballero aceptó de inmediato. La juvenil actriz cantó. El “Cuchi” la acompañó. Todos felices. Pero de pronto la admiración se adueñó de la escena cuando luego de los aplausos, el “Cuchi” giró la cabeza y dijo “Bueno, esa es La Pomeña cantada, ahora, por favor, escuchen La Pomeña tocada” y el piano comenzó a sonar con ese estilo tan particular que él tenía, sin decir la línea melódica entera, solo usando las notas fundamentales, dejando que la imaginación del oyente hiciera el resto.

Cargado de dichos, de alegrías, de locuacidad, pero sobre todo, de una sana picardía, el dr. Gustavo Leguizamón fue un personaje irrepetible vestido de natural talento. No habrá otro “Cuchi” pero si queda para los tiempos el regalo de su música, la forma de pintar su tierra con el sonido, un referente de lujo del canto popular basado en sus emociones y en su sabiduría.

Este intento descriptivo acerca de la persona homenajeada, carece de la extensión deseada. Es casi una breve pincelada sobre una figura especial pero tiene un mérito: relata lo que la orquesta local, el ballet folclórico, las coreografías, los arreglos musicales, uniendo sus capacidades orgánicas, construyeron el merecido homenaje.

El grupo instrumental liderado por Jorge Lhez irreprochable; el ballet estuvo imbuido del espíritu del “Cuchi”, con esas figuras en la penumbra deliberada, con esos cuerpos agachados como quien representan diabladas del compositor; las coreografias fueron imaginadas y ejecutadas atento a los textos de cada tema; tal vez en los arreglos pude encontrar algunos que podrían haber respetado más esas originalidades del edificio sonoro del “Cuchi” que reconocen influencias tan disímiles como la de Bartok, Debussy, Satie o Bizet convirtiendo sus atrevidas disonancias en música casi subversiva para aquellos tiempos. Recordar al “Cuchi” es la búsqueda eterna del surrealista musical, que de chico ya tenía música en su mente pero que de grande, luego de estudios con el húngaro Kardos, vio en su Salta, en sus calles, en los patios, en sus historias, el campo propicio para bromas monumentales, para el apodo puesto a amigos o conocidos de confianza con tal exactitud que no podía pensarse siquiera en algún termino diferente, para la filosófica forma de ver a algunos personajes que él describía extrayendo de una realidad, la parte grotesca de la que nacía la carcajada de quienes lo rodeaban. En este homenaje, la cadencia de su andar lento, de manos en los bolsillos, volvió a transitar las calles que alguna vez lo vieron pasear su parsimonia de una región que gracias a él, fue conocida en todo el país

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