“Zama”, ese otro cine, está atravesada por el absurdo, el exceso y la degradación

La premisa de todo salteño es ver “Zama”, una de las más elegidas durante la Semana del Cine Argentino en Salta, a partir de esa necesidad de estar más conectados con el Cine Martel, de nuestra Lucrecia, la que se inscribe en un nuevo paradigma de este arte, la que de un día para el otro, a parir de su mirada potente y extrañada, se convirtió en una prestigiosa directora quien de arranque con “La ciénaga” no paró de sorprendernos. Este es su cuarto largometraje, sin embargo, sus películas son tan expansivas e infinitas, que pareciera que hubiésemos visto año a año sus films. Imágenes que perduran, imágenes sin tiempo como huellas mnémicas.

Apertura: novela y film. Martel y Zama o acaso Di Benedetto

Si en la novela “Zama” lo que se elabora es una visión del pasado, en la cinta se re-construye una visión de esa visión, especie de reescritura fílmica de la novela de Antonio Di Benedetto. Martel se apropia de “Zama”. Podemos decir que si bien entre novela y film se produce una diferencia activa, la deconstrucción opera como una resignificación de lo literario para transformarlo en una experiencia estética.

Lucrecia Martel, al haber leído la novela en 2010, no solo se convierte en lectora privilegiada sino que es la más calificada para atestiguar esa narrativa, la que la ha seducido para hacer una cinta después de nueve años de “ausencia” en los que algunos proyectos parecieron naufragar, pericia literaria que la ha transportado en ese viaje interminable en barco, un viaje vertiginoso, de aires tibios y sopores evidentes, de apasionamientos inevitables y deseos apagados, ya que Martel, como Zama, ha debido soportar la angustiosa hora, el paso del tiempo que para ella se llama creación y para su criatura, traslado. Martel, como Zama, como nosotros, vemos con ojos incendiados la oscuridad de la noche, frágil y somnolienta, casi pesadillesca, de un mañana que no parece traer consigo el frescor de primavera. Todos somos Zama en un punto o inevitablemente, lo hemos sido. Algunos abandonamos en el camino la espera como quien abandona los sueños, las metas que nos guiaban hacia un horizonte posible. Zama, su personaje, es la utopía; Martel, en cambio, es la traducción contrautópica de aquel; su proyecto estético como metáfora de aquellos hombres que esperan, que no se resignan a perder su jerarquía, su lugar en el mundo, y que incluso, fraguan batallas inútiles para ser reconocidos.

Creo, en cierta medida, que Martel siente que hay que “transigir”. Si en esta sociedad no nos volvemos seres mutables y permeables, desaparecemos. Nos consumimos en la espera, asistimos a la degradación por el inevitable paso del tiempo. Morimos de muerte metafísica que es idéntico a morir de muerte real. Morir al fin, quizá como una posibilidad de movimiento, de cambio. Migrar hacia otra vida, ser en otra cosa, irse de una vez. Conseguir el traslado imposible.

“Abelardo Arias diría más tarde, y con razón, que si Antonio Di Benedetto hubiese escrito sus cuentos y novelas en París y no en Mendoza, su ciudad, sería mundialmente famoso; a diferencia de otros escritores latinoamericanos que escriben desde Europa y han alcanzado de ese modo, y quizás por esa razón, gran renombre en las letras continentales pero no mundiales, Zama ocupará algún día ese lugar codiciado. Si los críticos de habla española hablaran de los buenos libros y no de los libros más vendidos y más publicitados, de los libros que trabajan deliberadamente contra su tiempo y no de los que tratan de halagar a toda costa el gusto contemporáneo, Zama hubiese ocupado en las letras de habla española, desde su aparición, el lugar que merece y que ya empieza, de un modo silencioso, lento y férreo, a ocupar: uno de los primeros. Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama.” (Juan José Saer, Prólogo de la novela)

El autor de la novela fue encarcelado poco tiempo después del golpe militar de 1976 sin saber cuál era el motivo, acaso alguno de sus escritos? Recuperó su libertad el 4 de setiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Volvió a la Argentina en 1985 y murió en Buenos Aires al año siguiente.

La orilla opuesta de la vida

Hay una inmovilización continua de la narración que se interrumpe con imágenes sobre sucesos como un robo, o como la falta de esclavos para mano de obra. Cuando nos descubrimos viendo algo que simplemente no cuenta nada del siglo XVIII sino que nos sumerge en la vida misma, en sus ruidos cotidianos, en el caer del agua o en el beber de licores, en la esponja que recorre un cuerpo, en una piel rosada frente a una piel negra, como si el cine transmitiera texturas de la carne o sonoridades recurrentes, ya estamos allí dentro, casi casi entregados a la misma angustia del personaje que ve correr el tiempo de manera lenta. Y un suspiro, una palabra a sotto voce rompe la armonía agónica de un devenir sin devenires, de un pasaje de la vida que se percibe como el sueño que de tan insoportable despide aromas. Un niño exclama: “¡El doctor don Diego de Zama!… El enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios, el que hizo justicia sin emplear la espada.” Es surreal. Estamos en Latinoamérica, la realidad latinoamericana es mil veces más delirante e ilógicamente cotidiana. El film no da al espectador lo que el espectador espera.

En 1790 el Doctor Don Diego de Zama, “un hombre sin miedo”, asesor letrado de la corona española, le escribe desde el Paraguay a su esposa Marta, su “Señora Mía...”, que el gobernador le ha dicho que no falta mucho para su partida. Recordemos que su esposa y su hijo lo esperan en Buenos Aires.

En “Zama” se llevan los acontecimientos cotidianos hasta sus últimas consecuencias. Como “estos sufridos peces” del río, está el protagonista inmerso en ese mismo sitio “de un modo penoso porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra”.

Hay en el Cine Martel, una filosofía del absurdo por el que un hombre despatriado se mimetiza con la suerte del hombre de la América profunda. Sus rasgos de conquistador español se borran con el paso del tiempo. Zama no es un hombre cualquiera, es un hombre sin patria, sin rango, sin amigos, sin amores, sin familia. Pierde su identidad. Y asiste a su miseria.

La realización marteliana

El elenco de “Zama” está formado por el actor hispano-mexicano Daniel Giménez Cacho, el protagonista; Lola Dueñas, la española que interpreta a Doña Luciana Piñares de Luenga; el brasileño Matheus Nachtergaele, el que hace al temible Vicuña Porto; y los argentinos Juan Minujín, Rafael Spregelburd, Nahuel Cano, quienes interpretan a españoles de diferentes rangos; y Daniel Veronese, este último encarnando a un gobernador despiadado.

Hay en la interpretación de estos actores una caracterización mayúscula de los personajes de esta historia.

“Zama” es una película de ritmos pausados y lentos que desmarca la acción tal y como la conocemos. El existencialismo propuesto marca una acción interna, lo que se subjetiviza en la angustiante vida soporífera del protagonista. La quietud es lo único que se mueve. A mayor silencio, soledad e inmovilidad, mayor degradación de los personajes. Gobernadores que se mandan a sí mismos, castigados con mayores beneficios que alguien correcto, doble moral de los conquistadores españoles que se doblegan ante el deseo sexual en una tierra ardiente, belleza del paisaje versus hambre y pobreza, esclavos libres frente a funcionarios serviles y cautivos, son algunos de los rasgos contrastantes de un film luminoso que apaga las alegrías entre sombras y delirios.

Impactante producción en la que se destaca vestuario, fotografía, música y ambientación. El trabajo sobre los detalles y la atención puesta en la configuración del universo lingüístico es magistral. Combina lengua guaraní y española en un trabajo de impecable vocalía.

Creo que las razones estéticas de Martel configuran una versión propia de la novela, y que le hace justicia a su narrativa; por ende y a consecuencia, su cine trasciende y logra, por fin, trasladar a Zama hacia una vida mejor. Zama el personaje de narrativa, muta hacia Zama personaje fílmico para alcanzar su gloria definitiva.

Lucrecia Martel se instala terminante e irrevocablemente en el cine mundial a partir de esta película.

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Mensajes

  1. No he visto aún "Zama", no sé cuándo lo haré (necesito un "estado" especial de mi mente para ver el cine de Martel, que me interesa mucho y me impacta y a veces, siendo sincera, me aburre), pero he leído innumerables críticas de renombradas (y no tanto) plumas cinéfilas. Debo decir que ninguna tan bien escrita, que transmita tantas sensaciones como ésta. Una joyita. Si "Zama" inspira a escribir así, debe valer la pena. :)

  2. Me encantó la frase:"todos fuimos Zama alguna
    vez"...
    El absurdo forma parte de nuestra existencia
    efímera, a todos nos toca esperar, muchas veces
    algo que quizás no llegue nunca, o
    algo en lo que se nos va la vida...

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