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miércoles, octubre 28, 2020

Cristina verá hoy al Papa: el último salvavidas para terminar su mandato

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La jefa del Estado le hará a Francisco un pedido especial: que hable con Barack Obama, con quien se verá el 26 de este mes, para que “le dé una mano”.

La segunda audiencia privada entre Francisco y la presidenta tendrá lugar en la residencia de Santa Marta, previo al traslado a Francia, donde CFK permanecerá martes y miércoles.

Las mejores fuentes del oficialismo coinciden esta vez con la impresión que campea extramuros del oficialismo, sean políticos, economistas u observadores: la visita que Cristina Fernández le hará mañana (por hoy) al papa Francisco en Santa Marta es pare ella casi el último salvavidas del que tratará de asirse para poder terminar más o menos salvando la ropa, su mandato constitucional.

Es una audiencia, trabajosamente conseguida por la Casa Rosada (que incluyó una audiencia, más que eso, casi un ruego, del secretario de Culto, Guillermo Olivieri, con el cardenal Mario Poli, sucesor de Bergoglio en la Argentina), que bien podría definirse como una causa en defensa propia.

No es menor el dato ni está desagregado de la realidad que rodea el viaje al Vaticano, escala previa a su llegada a Paris, donde también irá con algún que otro importante encargo en la mano.

En este caso, el pedido al presidente Françoise Hollande para que interceda ante sus pares del Club de Paris, que el viernes envió el esperado y ansiado mensaje por parte de la Casa Rosada: están dispuestos a iniciar negociaciones por la deuda de diez mil millones de dólares que el país mantiene con ese club de gobernantes poderosos.

No son tiempos estos, en los que el relato se va desgajando irremediablemente, de andarse con disimulos ni miramientos. De hecho, en la audiencia con Francisco habrá un pedido puntual que tiene que ver con lo otro: que el Santo Padre hable con Barak Obama, con quien se verá el 26 de este mes, para que le tienda una mano al gobierno de Cristina en la pelea con los bonistas en default y si es posible que haga alguna gestión ante la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Hay un dicho popular que se ha exacerbado desde que Bergoglio se convirtió en Francisco: refiere a que todos los factores de poder en la Argentina, desde políticos y candidatos, sindicalistas y empresarios, hasta gobernantes, falsos influyentes y otros personajes del folklore local, buscan “colgarse de la sotana blanca” del Papa.

Pues bien, no será distinto en el caso de Cristina. En especial porque la presidenta dejará atrás tras subirse al Tango 01, un país complicado e incierto, con inflación creciente, con un cada vez menos disimulado intento de aplicar un feroz ajuste neoliberal que impactará en los que menos tienen, con la inseguridad desmadrada y el narcotráfico cada vez más omnipresente ante la desidia, cuando no la complicidad, del gobierno.

Y una sociedad que ha empezado a enfurecerse porque observa pasmada cómo Amado Boudou –vaya a saber poseedor de qué secreto que lo hace manejarse con tanta impunidad– juega al Sudoku en el Senado; donde Jorge Capitanich, a quien antes que a nadie el vicepresidente le faltó el respeto, lo considera un “dato menor”; y Sergio Berni va para la foto a la casa del malogrado modisto Jorge Ibáñez, pero ignora olímpicamente a los familiares del chofer de 22 años de la Línea 56 asesinado en la madrugada del viernes. Al tiempo que se renuevan las asombrosas maniobras con las que el gobierno protege y encubre al juez Norberto Oyarbide.

La jefa del Estado no debería olvidar la advertencia que le dejó semanas atrás un consultor amigo: “la sociedad todavía no ha mostrado cuan enojada puede llegar a estar”.

¿Le pedirá Cristina a Francisco que interceda ante sus opositores y enemigos internos para que le permitan llegar sin graves sobresaltos al 10 de diciembre de 2015? En todo caso, ella seguramente va a refrescarle al notable jesuita su apelación no diaria pero casi semanal a todos los que lo llaman, o él llama, para pedirles que “cuiden a la presidenta”.

No es arriesgado sostener que tal vez a la mandataria el salvavidas de Bergoglio es lo único que le quede si quiere cumplir ese objetivo.

El descontento social ha trocado aquel fulgurante 54% de los votos de octubre de 2011 en el nivel más alto de impopularidad que su gestión registre desde 2007 a la fecha, con picos de rechazo cercanos al 60% según las principales encuestadoras.

Peor todavía: Carlos Zannini, su alter ego y el hombre sobre cuyas espaldas descansaron por igual éxitos y fracasos del gobierno, más de estos que de aquéllos desde la irremediable derrota del 27 de octubre del año pasado, ha comenzado a tomar distancias.

El llanto del secretario Legal Y Técnico en el Congreso parece haber sido algo más que el simple recuerdo de un obrero petrolero del Sur.

“Ya estoy harto de tener que tragarme todos los sapos”, asegura una fuente absolutamente confiable que le escuchó gritar aquel día tras regresar a su despacho desde el Parlamento.

Un picnic la voz temblorosa de Axel Kicillof intentando explicar ahora que el acuerdo con Repsol es bueno, aunque sea el mismo acuerdo que en aquel momento de la expropiación rechazó con golpes de escritorio y calificando de “estúpidos” a los que advertían lo que le costaría al país esa barrabasada.

De seguro, Cristina no imaginaba hace un año que tendría que ir al Vaticano en busca de ayuda del hombre al que le guardaba entonces (sentimiento convenientemente escondido pero no sepultado) un profundo rencor.

Menos todavía, que tendría que hacerlo en medio de un final de ciclo desdoroso, deshilachado, y de final incierto.

– Por Eugenio Paillet / lanueva.com

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