Es del tipo de cine cuya ficción se metió en la realidad o viceversa. Aunque el recado o relleno del film es mejor que la masa casera, puesto que de relleno hay una figura popular y comercial como Darín, más allá que en un punto se convierta en un sinsentido, el delirio está logrado. ¿No era acaso una buena tentación contar con el actor más taquillero y talentoso para que tres manyines se vuelvan ricos?
Aunque muchos críticos subrayaron que Darín hace de Darín, me parece que hay un error en la concepción, puesto que Darín actor hace de Darín personaje y ese personaje ya no es él mismo, es un personaje dentro de un personaje. El efecto que crea la duplicación de sí mismo mezcla los dos planos: el de ficción y el de realidad. Asistimos a la realidad de la realidad de la ficción, una suerte de suprarrealidad que nos avasalla porque no encontramos parecido ni en lo real de la realidad ni en lo real de la ficción. ¿Dónde está esto que creemos percibir como lo que pasa o puede pasar en el plano de la realidad pero que observamos en el plano de la ficción en un como si? Está en la mente de los manyines. Lo que hace el cuestionado director Carlos Kaimakamian Carrau es meterse en la cabeza de Martín (Ramiro Archain), el volanteador; Federico (Miguel Di Lemme), el quiosquero y Mariano (Emiliano Carrazzone), el que pide en los bondis, mentes donde reina el delirio, con la lógica de los delirantes.
Los que percibimos decimos todo el tiempo “qué locura”, “qué les pasa”. Pues no es ni más ni menos que el producto de la psicosis social por salir de la pobreza. ¿Hasta qué punto el director hizo una mala película? ¿No será que, en pocas palabras, no entendimos la psicosis de estos personajes y hasta dónde podían llegar en sus mentes delirantes, exacerbada por la ignorancia total de los acontecimientos del país y la negación de la realidad de la realidad? Es decir, de la vida real. Lo que hace el director es reproducir a nivel ficcional un delirio. La ficción dentro de la ficción pero de la mente absurda del delirante. Hay más de dos dimensiones, hay una tercera.
Es como si el film se desdoblara en lo cómico y en lo trágico. Qué bueno estaba esto de tener a Darín en un film, pero qué malo está esto de haberlo matado ficcionalmente en la ficción del delirio. Todo lo que se presenta no es real, es decir, está en la cabeza de tres sujetos que están en la cabeza de un director. El film es metaficcional de lo metaficcional.
En este delirio, Susana Giménez es la presidenta, y las imágenes del país del 2001 se cuelan delirantemente en estos planos metaficcionales. Un sobremontaje escénico.
Darín actor se permite reírse de sí mismo e integrar una ficción que lo lleva a su muerte irreal. Porque no es él. Parece tonto, pero es para demostrar que Darín no hace de Darín porque Darín está vivo, lo que hace es hacer de otro que es como él en el plano real pero es como otro en el plano de la ficción. Se autoparodia. Y la parodia provoca una metaparodización de la existencia de los argentinos.
¿Es tan mala la película de este director al que tildaron de amateur? ¿O su visión delirante produjo la sensación de estar frente a una película naufragante?
El amateurismo del director es análogo al de los manyines que no tienen idea de cómo es filmar una película, ni tienen recursos para tales fines, pero ese amateurismo es un juego, es la presentación del director ante la industria, es un falso amateurismo. Es hacer creer que no sabe cómo hacerlo y engañar al público, es la suprarrealidad de la que hablo. Por otro lado, hay un paralelismo entre el sueño “real” del director real (cuando Darín real le prometió filmar una película si él se hacía director) con el sueño “real” en la ficción de los tres manyines que quieren meter en su película a Darín. El resultado es un film dentro de otro.
El error si se quiere, fue no trabajar con la estetización del film soñado por el director real. Es decir, “blanquear” que puede hacer una película desde la belleza de lo mostrado. Mostró la fealdad del amateurismo y todos endilgaron el amateurismo ficcional al director, es decir, se creyeron la ficción.
Al matar ficcionalmente a Darín, el plan queda abortado. Sin Darín no hay película, sin Darín no hay riqueza, sin Darín no hay nada. Interrumpen ambas películas, la real y la ficcional. Y el efecto es Darín nunca estuvo “aquí”, fue un delirio. Lo que antes parecía el relleno, es lo principal. Primero crees que Darín personaje del personaje es secundario, luego descubres que el Darín actor es principal, luego te das cuenta que Darín actor es un fantasma del delirio del director real y que Darín personaje del personaje, es otro fantasma del delirio de los tres extraños sujetos delirantes. Los planos no sólo se cruzan, se abandonan a sí mismos, entran y salen de lo real, entran y salen de la ficción.
¿Es tan mala la película de Carlos Kaimakamian Carrau? Ya no está en cartel, y algunos se rieron la primera parte y putearon con la segunda parte. Porque el delirio de todos los espectadores es tener a Darín actor haciendo de Darín personaje del personaje en todo momento. Después que se muere Darín personaje del personaje, para los espectadores ya no hay más película, para el director real tampoco y para los manyines mucho menos.
Lo que nos salva del delirio es la realidad, pero ¿cuál? La construida por los medios, la que elaboramos nosotros, la que nos muestra el cine… Según este film la realidad es una construcción ficcional. Para pensar. No le parece?
– Dirección y Guión: Carlos Kaimakamian Carrau. Elenco: Ricardo Darín, Emiliano Carrazzone, Ramiro Archain, Miguel Dileme, Florencia Miller, Susana Giménez, Diego Torres. Producción: Rodrigo H. Vila. Distribuidora: UIP. Duración: 85 minutos.

