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lunes, septiembre 28, 2020

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Arnold Toynbee fue un historiador británico que vivió entre 14 de abril de 1889 y 22 de octubre de 1975, el cual, acorde al diario grande de Salta, anduvo por nuestra ciudad en alguna lejana época que no sé ni deseo precisar.

En Historia, en Filosofía de la Historia, es el iniciador de lo que podríamos denominar “culturalismo espiritualista”, por el cual lo importante en los procesos sociales son el factor cultural y la conciencia, en particular, ética –claramente, Toynbee pretende diferenciarse del “reduccionismo” marxista que le adjudica un predominio a lo económico, a la producción de riqueza y a lo que se denomina “base” (no está de más aclarar que contra el marxismo que él lucha, es el leninismo en sus diversas variantes –Lenin, Trotski, Stalin, Mao, Althusser, Gramsci, etc.– y no cierto otro marxismo que no sería economicista, causalista, determinista, mecanicista, torpemente materialista, lineal, torpemente marxista…).

Lo extraño es que si bien el inglés da a entender que es ateo, en su libro La gran aventura de la Humanidad hace una encendida defensa de la conciencia y de la moral, al punto de sostener que el gran avance en la evolución de la especie Homo fue la aparición de la conciencia de sí y casi en simultáneo, la emergencia de la conciencia de lo bueno y de lo malo –por eso es que para ser materialista, no metafísico, no idealista y crítico no basta con ser ateo, como advertían los denostados anarquistas, sino que es necesario ser anti teos y en suma, practicar determinado humanismo radical por el cual la existencia o inexistencia de los dioses no sea ya un problema.

Entiende que por el modo en que se dieron las múltiples historias de la civilización, que son historias de lo espiritual (cultura y conciencia ética), hubo desde el mítico relato de Caín y desde la elección de Buda o de san Francisco, un dilema que se vuelve cada vez más agudo, que es el de elegir vivir una existencia terrena, entregada a los placeres, a la mundanidad del mundo, o bien, optar por una vida “moral”, espiritual, digna de la espiritualidad de los hombres, domesticando la ciencia, la técnica y las tecnologías para no reventar la biosfera –no puedo dejar de marcar que en Toynbee asoma esa persistente “dieta (moral) del alma” por la cual se efectúan recomendaciones “ortopédicas” para corregir los “desvíos” en los que mujeres y varones nos abismamos, por ser “demasiado” carnales y poco espirituales, etéreos…

El caso es que todas las historias espirituales y culturales de la espiritualidad del hombre, o sea, las historias de las sociedades, demostraron que hemos elegido persistentemente, la mundanidad del mundo, el poder, la fama, el dinero, el lujo, los “excesos”, en detrimento de nuestro entorno. La diferencia es que hoy nos encontramos con capacidad de dinamitar esa delgada piel que recubre al planeta, que es la biósfera. Los chillidos de Toynbee se hicieron sentir desde los últimos años de su vida, a punto tal que con un orientalista llamado Daisaku Ikeda, dieron a luz a un engendro titulado Escoge la vida.

Una de las limitaciones de la militancia “verde” del británico, además de sus erradas objeciones al marxismo, su eticismo laico, etc., es que no ancla el problema de la depredación de la biosfera en la lógica de una gran etapa histórica que Engels denominó “economía animal parasitaria de la Naturaleza”, ni se apoya en los modos de producción. Porque no es El Hombre –¿cuál?– el que contamina irremediablemente, sino que son formas de economía y sociedad, históricamente situadas, que son en términos generales, más o menos depredatorias, con un modo de producción en particular, que es el capitalismo, que es terriblemente contaminante –don Toynbee descree que seamos capaces de viajes interplanetarios de largo alcance y que podamos zafar de la depredación aguda, yéndonos a otro sistema solar.

El desenfoque de Arnold es el mismo que atraviesa a ciertos movimientos verdes y hasta a determinados feminismos, que no comprenden que el maltrato a la Madre Tierra no es una violencia ejercida en el aire, sino en el contexto de una larguísima fase histórica que no concluyó, en la que sobresale el capitalismo en lo puntual –el patriarcalismo, la misoginia, la exclusión de las mujeres, el sexismo, etc. tampoco se dan fuera de determinada dinámica de producción de valores de uso, de orientación de la economía, de empleo del trabajo y de lógica de la base que interacciona con la superestructura.

Por supuesto, no falta en Toynbee el gesto de tratar al marxismo como una religión laica, sin percatarse que él mismo cae en una metafísica religiosa cuando dice que las religiones son la esencia del hombre, tal cual un Obispo en una procesión, y cuando estipula que la biosfera puede salvarse con una actitud ética distinta. Rosa de Luxemburg se habría acodado en una posible afirmación del intuitivo Engels, que detenta plena vigencia para superar la encrucijada ecológica y feminista: ¡Socialismo o barbarie! –quisiera yo despertar en un mañana, una noche que fuera la ventana hacia un orgasmo político que no terminase, sin que decayera no obstante, la voluntad de orgasmo liberador.

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1 COMENTARIO

  1. Toynbee y el Apocalipsis de la contaminación
    Quería saber si leyó el autor de esta nota el libro Escoge la Vida, le recomiendo si no lo hizo.
    Ramiro Burgos

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