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lunes, septiembre 28, 2020

2 de abril de 1982 y el descenso a los infiernos

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El general Galtieri, vaso en mano, astutamente en ese momento supo dónde estaba el punto de confluencia de las identificaciones imaginarias de los argentinos…

El 2 de abril de 1982, mientras iba a mi trabajo, escuché perplejo por la radio que el ejército argentino había recuperado las Islas Malvinas y pensé que si bien la recuperación en sí misma era justa, esa acción emprendida por las mentes satánicas de la dictadura constituía un acto de altísima locura, llevada a cabo no por ideales patrios, sino simplemente para maniobrar en el convulsionado escenario político interno y ganar alguna simpatía de la ciudadanía (y tener algún respiro en el corto plazo).

Sabido es que los dictadores, en el intento desesperado por lograr alguna cohesión interna, necesitan siempre crear o resaltar la presencia de un enemigo externo, real o no. Recordemos la película “La Aldea”, donde los dueños del poder, para abroquelar a los habitantes y crear un sentimiento de pertenencia, es decir, para facilitar una identificación colectiva y evitar así la salida y la crítica, necesitan de un factor amenazante que se ubique por fuera de los límites del poblado y que permita cerrar el conjunto. Inventan entonces la presencia de monstruos que asechan en los bosques de los alrededores, tras los límites de la ciudad. El combate a las amenazas de afuera, les permite justificar los crímenes y las fechorías de adentro.

La única diferencia, y la ventaja, con la película “La Aldea” es que la Junta Militar no necesitó inventar monstruos, ya que los enemigos estaban de antemano y eran reales en su enemistad. De manera tal que los colonialistas y usurpadores ingleses les vinieron como anillo al dedo para sus estrategias de poder telúrico. Por un instante el combate a los enemigos de afuera, les permitió disimular los crímenes y el genocidio de adentro, al menos en los pocos meses que duró la guerra. El general Galtieri, vaso en mano, astutamente en ese momento supo dónde estaba el punto de confluencia de las identificaciones imaginarias de los argentinos y habló para los fantasmas de una multitud congregada en la Plaza de Mayo, unida por sobre las diferencias ideológicas. La jugada le duró poco y fue desarmada por lo real.

Me jacto, como muchos, de no haber salido a festejar a las plazas (así como me jacto, sin modestia alguna, de no haber votado a Menen, jamás), porque ya avizoraba lo que se venía, la guerra, los muertos, los mutilados, los huérfanos, el dolor y finalmente la rendición. Sólo a débiles mentales se les podría haber ocurrido, por ejemplo, que llegado el caso, los EEUU iban a apoyar a la Argentina y ponerse en contra de uno de sus principales socios de la rapiña mundial.

Pero, lo que mi razonamiento no alcanzó a avizorar (mi imaginación no llegaba a tanto), fue lo que sucedió en las propias filas de los combatientes argentinos, con soldados de 18 años, mal pertrechados, padeciendo no solamente frío y hambre, sino fundamentalmente el maltrato y la crueldad psicopática de muchos de sus jefes y superiores, la cobardía infinita de los perversos, que ni Dante Alighieri podría siquiera haber imaginado.

Mientras todo eso sucedía, los medios de prensa afines a la dictadura, que hoy se prosiguen, cantaban loas y mentían sin escrúpulos diciendo que íbamos ganando la guerra, que los soldados argentinos eran bien tratados, que comían chocolate todo el tiempo mientras escribían emotivas cartas llenas de júbilo y esperanza a sus madres, esposas y novias, afectuosas misivas donde les contaban a sus seres queridos cómo retrocedían los ingleses en medio de los campos yertos y el frío de las islas. Casi virgiliano, casi bucólico.

Después supimos que en realidad los soldados argentinos no tenían ni yerba de ayer secándose al sol y que esas cartas, que circulaban en la prensa, eran en su gran mayoría falsas, ideadas por los agentes de la propaganda cívico-militar de la dictadura.

Hoy, cuando con motivo de este aniversario, veo esas fotografías y filmaciones de soldaditos estaqueados, algunos sin piernas, sin brazos, acurrucados en la intemperie, agonizando, abandonados a su suerte en medio del infierno más atroz e inimaginable, siento la necesidad imperiosa de apagar el televisor y escribir que pienso que los argentinos tenemos todavía una gran deuda pendiente y que hay un descomunal crimen que permanece impune, un brutal genocidio de jóvenes, de indefensos niños enviados a la masacre por mentalidades afiebradas por la infamia y el whisky, en definitiva, un crimen que no nos dejará ver la luz hasta que no haya verdadera justicia.

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