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lunes, septiembre 21, 2020

Ana María es la Lolita del conventillo

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Una mujer sola en una “residencia para bohemios”. El pasado se llena de voces perturbadoras. La actriz se deshace en una especie de humor amargo. Se desdobla. Actúa para sí; para él, ese otro que configura la dupla fantasmagórica de su personaje. Ana María Parodi desterritorializa su cuerpo para ser Lolita: personaje de profundidades, de una locura racional, de un racionalismo loco. El espectador viene a convertirse en único testigo de su soledad, de su degradación. Cuando el mundo se ha ido, las luces se encienden para la función de “esta noche”.

“Yo tengo un brillante” (Nicolás Dorr) es la excusa de la actriz para lucirse en su protagónico. El personaje de Lolita supera a la dramaturgia y se impone la pura actuación. Ya no es lo que hace sino cómo lo hace. El brillante de Parodi es su esencial composición. La anécdota (historia) es secundaria.

Construida desde una cosmovisión realista, se ampara en una estética del exceso, es decir, en el grotesco, y aparece la técnica de la caricaturización en que Lolita representa un tipo social que no encaja con lo establecido, salvo por aquel conducto que nos transporta hacia el ocaso de un artista.

La actriz encara el desfase entre las expectativas de su vida y las realizaciones: los ideales del pasado desaparecen ante los ideales económicos porque se ha entronizado el valor del dinero. La realidad, tan confusa y fragmentada sólo puede ser comprendida a través de nuevas fragmentaciones: la parte de Lolita que alguna vez fue gloriosa retorna deformada, como el espejo en que se observa. Deteriorada moral y espiritualmente, entiende que su destino ha sido reemplazado por el azar: no hay nada que sea inmutable. La única garantía de su estar viva, presente, aquí y ahora, es la posesión de un brillante. La simulación de lo real le permite a la actriz/personaje configurar un espacio de ficción dentro de la ficción: Lolita representa su glamoroso pasado, su presente y su caída.

La metáfora que da sentido a la acción dramática es el “tener”. Tener un bien, tener un talento, tener éxito, tener un amor, tener-se. Cuando el símbolo se pierde, hay silencio, soldad, abandono, muerte.

Lo amargo devuelve una sonrisa dramática. Con una poética del desencanto, Ana María resurge como una joyita de las tablas salteñas. Los conventillos en el siglo XXI han desaparecido, se han museificado. Cuando cae el telón, Lolita es el recuerdo de una mujer que brilló con luces artificiales. Una obra con gran vuelo actoral que resplandece con luz propia.

– Foto de portada tomada por Salta 21

– Nota relacionada:

Ana María Parodi de regreso al escenario: “Soy una obrera teatral”
https://www.salta21.com/Ana-Maria-Parodi-de-regreso-al.html

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