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viernes, septiembre 25, 2020

Arturo Bonín es Whitelocke: en busca de la libertad de Sudamérica

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Teatro del desencanto en dos obras salteñas

Ninfa, de corte experimental, estrenada el 3 de marzo por el grupo Kurlis Garlan recuerda a esa suerte de nihilismo en la que el hombre es un puente, la producción de un movimiento circular que no conduce a ninguna meta más que a la superación por la superación misma. Globo, estrenada en la misma sala el 4 por el Grupo Santa Rita de Rosario de Lerma, produce ese aire de frivolidad ante la muerte pero deja una luz de esperanza hacia el sentimiento del amor. Aquí, un breve comentario crítico y reflexivo del teatro que se ve en Salta apenas inicia el año, una manera de pintar la humanidad presa de falta de valores. El próximo fin de semana, los salteños podrán asistir a ambas obras en la Sala Mecano de Casa de la Cultura y sacar sus propias conclusiones

Un teniente coronel es acusado por una Corte Marcial: el ajuste de cuentas de la historia es porque el “general”, así titulado, no bombardeó Buenos Aires y perdió las Invasiones Inglesas. La obra asesta con tres frases memoriosas: “un periodista no puede tener amigos”, “todos tenemos un uniforme adentro” y “la esclavitud consiste en hacerle creer al hombre que es libre”. Bonín, brilló en la Juan Carlos Dávalos, anoche, con “Whitelocke, un general inglés”.

A todas aquellas víctimas del autoritarismo” (Krämer y Castelli)

La obra de Cristian Krämer y Jorge Castelli se inicia con el fallo de la Corte Marcial Británica contra el Teniente Coronel John Whitelocke (Arturo Bonín), en el siglo XIX: El rey Jorge III decide deshonrarlo, expulsarlo y degradarlo para que su nombre sea leído como ejemplo de inconducta.

El juicio ha durado 7 meses con pruebas y alegatos. La causa es seguida por un periodista del Times, Richard Hunter (Marcelo Méndez) al cual podría llamársele Richard, el cazador.

La hipótesis de Hunter es que hubo un pacto económico y no un fracaso político. Se habla de una “Conspiración de los catalanes” para justificar la derrota inglesa pero el inglés Whitelocke hará un acuerdo “bajo silencio y no divulgación” con el periodista en el que le revelará la versión no oficial ni conveniente para la historia ya que esta sólo rescata cadáveres que flotan y está escrita con soberbia.

El juego teatral consiste en el relato de hechos según fechas, lugares y situaciones por parte de los generales de guerra y cómo se fueron dando las circunstancias. Tal es así que aparecen en escena el General Crauford (Gabriel Ferrari), el General Gower (Roberto Bobe) y el General Auchmuty (Miguel Dao) como las voces del espanto de la guerra. Son detestables, oscuros, autoritarios y fríos. Presentan los hechos desde el 8 de julio de 1806 hasta el 6 de julio de 1807, según sucesos ocurridos en Montevideo, Haití, De la Cruz (Three names), Ensenada de Barragán, Reducción de los indios Quilmes, Corrales de Miserere y El Retiro.

En el pueblo de los tres nombres, Three names o Cruá o de la Cruz o Cruz, el inglés conoció a María (Irene Bazzano), hija de un pescador a quien le derribaron su casa y por orden del inglés, se la mandan reconstruir. Se enamoran y María pare un hijo. Esta suerte de bastardía se cumple también en Whitelocke, quien confiesa a Hunter ser hijo bastardo cuyo sueño era la gloria. Aparece la contrafigura de Lady Whitelocke, la esposa del inglés, fría y blanca, fina como una porcelana, comparada con “esa Londres”.

Del lado de Sudamérica está María, que representa El Caribe, el sol, el café, la canela: “me hizo su prisionero” -dice el inglés- al tiempo que exclama: “El amor es una conspiración real”. Aquí sienta su primera causa sobre la acusación de la Corte Inglesa: el amor.

jpg_ingles_3.jpgLa segunda causa se titula “obediencia” frente a un capitán Sternwood (Julio Vera) debilitado por las absurdas órdenes de la Corona y con el derecho que le concede estar entre los 14 sobrevivientes de los 425 que entraron en una colina. Este capitán se rebela y no quiere usar la casaca roja, símbolo de la sangre derramada. Entonces el inglés inventa una falsa acusación de traición del hombre más probo del pueblito caribeño del capitán y lo obliga a fusilarlo para retomar su subordinación.

La tercera, sin título, podría llamarse Crucifixión. Crauford ordena a Whitelocke arrasar con “Three names” y es cuando muere mancillada María y crucificado su hijo. Aquí se quiebra el inglés, luego de haberse bebido el brandy para soportar tanta pena por no haber sido capaz de salvar a nadie. El recurso usado en escena es fuerte, duro, cruel, y uno siente la impotencia ante lo injusto de la guerra y la debilidad de los oprimidos. Aparece la imagen de la crucifixión de los inocentes niños, medida absurda, realizada para sembrar terror. La obra se nos revela dramática y la historia es vomitada con horror hacia nuestras consciencias.

El inglés vaticina no buen futuro para Sudamérica: el padecimiento por el Imperialismo y la dominación encubierta bajo formas distintas de la que somos víctimas. Dice que si él fuera Londres condenaría a Sudamérica a la esclavitud, “estaría en todas partes y en ninguna”. Por lo que uno comprende, de pronto, que somos los hijos del colonizador que nos hace creer libres. Estos amos invisibles se llaman mercado, dólar, guerras entre nosotros, muerte, corrupción.

“Mi reparación es con mi hembra, con mi hijo y con mis soldados”- expresa el inglés, y niega a Inglaterra ante quien no debe ningún tipo de reparación.

Nos vamos con esta historia dramática, narrada a propósito de una nota periodística que no saldrá, supuestamente, a la luz. Ya hemos sido testigos, ahora conocemos ese secreto por el que no podemos permitirnos ser ciegos. Queda en nosotros la manera en que elijamos vivir: libres o esclavos. Flota la idea de la rebelión sudamericana.

Arturo Bonín sostiene la obra, está creada para un actor de su talla; compone un personaje compuesto con hidalguía. Se nos muestra humano, errado y digno. El resto del elenco maneja su cuerpo y su presencia escénica de modo armónico. No hay fisuras.

La obra de a ratos padece de una densidad propia del relato cronológico pero es llevada con altura y buen ritmo por lo que no se pierde la historia y hace que nos concentremos permanentemente. No es para cualquier espectador, es para un ser reflexivo de su paso por el mundo y para un espectador entrenado, amante de profundidades y subtextos.

Con Arturo Bonín: desde el camarín

jpg_Bonin2.jpgLa generación nueva te identifica con tu trabajo en Vidas robadas ¿Cómo transitó este trabajo en vos, cómo influyó, qué sentiste?

– ¿Vidas robadas ? Yo siento que a partir de Vidas robadas se retoma digamos de alguna manera algo que la televisión le estaba adeudando al público que es prestar un servicio, la prestación de un servicio. Yo entiendo que este es el rol del actor. El actor es el testigo y el testimonio de su época, debe contar su historia, debe contar lo que le pasa y si nosotros no podemos contar quiénes somos nuestros nietos no van a saber quiénes son ellos. Y un poco esto es lo que se retoma: la mejor tradición en la televisión con Vidas robadas , a mi entender, y siento que dignifica la profesión del actor.

Es como que los artistas están tomando algo que los demás están dejando fuera y cobran una importancia social muy fuerte, ¿no?

– En toda la Argentina los hay. En algún momento hubo periodistas que eran referentes para la sociedad, actores, músicos. Tenemos en las distintas disciplinas el referente social. Los pintores, hubo pintores que son referentes sociales, hubo escritores de cine y sí. Hay veces que no se hace posible la viabilidad, el canal, el vehículo como para poder llegar a la gente. En este caso se toma la complicidad de la televisión para poder hacerlo.

¿Cómo estás con “Puerto Sur”?

– Con “Puerto Sur”, bien, trabajando bien, de a poco. Es un proceso muy largo y te lleva mucho tiempo, mucho esfuerzo, mucho dinero. Pero bien, con expectativas. A veces las desgracias de uno son las fortunas de otros. Como nosotros trabajamos con el turismo, fundamentalmente, para nosotros estos últimos años fueron muy buenos. Ahora vino un pequeño receso por esta cosa del problema, el conflicto que uno tiene y demás que hay entre Europa y Estados Unidos entonces la afluencia turística es un poco menor pero de todas formas se sigue trabajando.

¿Es cierto que vendés 70 remeras por día?

– ¡Ah! No lo sé. Eso no lo sé (se ríe). Esos números los sabe mi mujer. Yo no sé nada de eso.

¿Cómo es que te convocan para hacer este trabajo del inglés?

– Este es un viejo anhelo mío. Esta es una obra de teatro que está basada en una novela que fue premiada en el año 2000, yo la leí en el año 2000 cuando salió premiada y editada y hablé con Jorge Castelli que no lo conocía, le dije que para mí era una obra de teatro. Me sacó volando, me dijo “no de ninguna manera”. jpg_Bonin.jpgCuatro años después apareció Cristian Krämer con la misma idea que tenía yo, se puso en contacto con Jorge Castelli y Jorge le dijo “hay otro loco como vos que se llama Arturo Bonín que piensa que es una obra de teatro”. Entonces empezaron a escribirla entre ambos y rápidamente me convocaron. Este proyecto se armó con Rosario Zubeldía, la directora, lo llevamos al Teatro Cervantes hace dos años y el año pasado nos llamaron y nos dijeron “queremos que hagan esto”, cosa que nos pareció bárbaro: que un teatro oficial se preocupe por este material.

¿Cómo evolucionó Arturo Bonín desde aquel “Asesinato en el Senado de la Nación”, pasando por “Iluminados por el fuego”, terminando en “Vidas Robadas” y bueno, ahora esta obra de teatro?

– Esto es un proceso de aprendizaje. No sé si es una evolución o una involución, un quedarme en un lugar. Esto es, como dice Pepe Soriano, esto es un duro oficio, es una cosa que se va aprendiendo día a día. Y en la medida que me sigan convocando evidentemente estoy dando algún resultado. (Sonríe, saludos finales, un fuerte abrazo.)

1 COMENTARIO

  1. Arturo Bonín es Whitelocke: en busca de la libertad de Sudamérica
    pude disfrutar de la emoción de este actor en un texto inteligente, ante tanta pavada dando vuelta, ante tanta idiotez de moda, ver a Bonín anoche fué una bocanada de aire fresco. No estamos perdidos…, aunque el vicegobernador vea el champán!

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