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martes, marzo 9, 2021

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Irrumpieron en la tranquila plaza del pueblo alrededor de las once de la mañana del primer día de verano del año 2010. Traían algunos carteles con consignas simples pero decidoras tales como: “No a los desalojos de nativos de Las Pailas, Trancas, La Aguada, Algarrobal”. “Carlos Robles: Las tierras son nuestras”. “Abelardo Alancay, traidor” o “La tierra es nuestra vida, basta de atropellos”, “Respeten nuestros derechos”.

En el rostro reflejaban el cansancio y la angustia, cuentan que todo comenzó el viernes anterior con la llegada de la policía allá en las Pailas, con algún delegado de la justicia y el mismo dueño de las tierras. No pudieron detener la impensada locura de que gente con el mismo rostro de ellos voltearan sus casas, sus corrales, y que un paisano pasara encima de su tierra con la máquina del patrón destruyendo los cultivos. Todavía no salen del asombro que saquen a empellones a un viejo de casi cien años, portador de una sabiduría milenaria, violentado, humillado, ante la mirada de mujeres y niños. No se explican como pueden haber destrozado las pertenencias de don Cruz, un hombre grande, de mirada mansa, de trato respetuoso y tímido, ¿alguien pudo llegan a pensar que es un especulador, un ocupante irresponsable?

Casi todos hablaban a la vez en medio de la plaza, como en un ritual relataban su dolorosa historia al aire, para quien quisiera oírlas. Algún diputado se acercó, les dijo que estaba con ellos. Le contestaron ¿Por qué no hicieron nada para detener el desalojo, si todos lo sabían? El se negó, dijo que no sabía. Con esa respuesta no hizo más que aumentar la desconfianza. La otra diputada observa desde lejos, pareciera que no se anima a exponerse. Solo aceptan el acompañamiento de Edgard, un joven concejal, campesino, hijo de un viejo luchador por los derechos de los labradores de la tierra de Cachi.

La policía, escasa, miraba a cierta distancia y de una camioneta Toyota blanca de vidrios obscuros bajaron tres, “Son de Robles”, dijeron, pero los ignoraron; no les importaba sentirse vigilados, ¿qué puede importarle a quienes están perdiendo todo?

Alguno dijo “Vamos a la ruta, al puente a cortar la entrada al pueblo”, “Vamos” dijeron varios, “nos tienen que oír”. Salieron sin ninguna deliberación, decididos, con sus carteles y alguna bandera argentina y una whipala. Apenas llegaron al puente cruzaron un vehículo, quemaron algunas sucias cubiertas que ardieron desparramando al aire un denso humo negro que parecía anunciar obscuros presagios en vísperas de navidad y año nuevo en el tranquilo pueblo de Cachi.

De acá no nos movemos hasta que venga alguien del gobierno y nos escuche, dijeron, y así fue nomás. Estos hombres y mujeres lograron mantener por varias horas el corte. A pura convicción, sin ninguna agresión hacia la policía que los vigilaba de cerca, desarmados totalmente, sin palos, ni piedras; a cara descubierta. Si al fin y al cabo todos saben quiénes son, todos han comido de las hortalizas que cultivaron, de sus corderos, cabras e incluso algunas vacas, que siempre criaron bajando y subiendo de los cerros en sacrificadas travesías. Todo saben quienes son: lo saben los que viven en el pueblo, los almaceneros, los maestros, los enfermeros, y hasta varios de los mismos policías que ahora los vigilan. Los que están alrededor del fuego son todos campesinos, un poco mas lejos la gente del pueblo, algunos a veces se acercan y hablan con ellos, otros mantienen una prudente distancia. Hasta el cura anduvo escuchándolos, mientras el juez de paz miraba la escena de lejos. Es que una cosa es mostrar el dolor y la solidaridad desde lejos y entre algunos conocidos. Otra es hacerlo abiertamente y estar con ellos y decir “qué atropello”. Se entiende entonces la distancia, se siente el silencio extraño en el ambiente, algunas miradas parecen decir ¿y no habrán ido demasiado lejos? ¿Quiénes? ¿Los campesinos?, ¿los dueños de la tierra? Cuando el dolor aflora, cuando la injusticia se hace pública se altera la tranquila convivencia, a ver si en serio se enojan los patrones…

Los manifestantes solo parecieron enojarse y alzaron la voz cuando se acercó otro dueño de la tierra del lugar, le pidieron a gritos que se vaya, incluso un policía de civil le pidió que mejor se aleje. El se descubrió en el medio del ridículo, ensayó un gesto tirando besos en forma burlona y después sacó su celular haciendo el ademán de sacar una foto. A ellos no les importó, como ya dijimos ellos son conscientes de que todos los conocen, aunque ahora cada rostro esté tomando identidad propia, para los patrones, para la policía. Ahora están empezando a tener nombres, hasta ayer eran los de Las pailas, los arrenderos, los coyas esos …

La tarde se va, los carteles siguen gritando que Las Pailas, La Aguada, El Algarrobal, son territorios poblados desde muchos años por los nativos. Que los nativos son ellos, los campesinos, los arrenderos, los descendientes de los diaguitas, como ellos mismos dicen. Se lo dicen a Robles, quien a su vez dice que la tierra le pertenece, al menos lo que era San Miguel, donde antes había muchos arrenderos y solo unos pocos pudieron llegar a comprar una parcela, los otros también se tuvieron de ir, algunos “invitados” a hacerlo de manera similar a estas familias de Las Pailas. Se lo dicen a los otros dueños de tierras, los Durán, Los Wayar, etc. Están gritando que lo que hoy les pasa a ellos les puede pasar mañana a los otros arrenderos, y que hay que unirse para luchar y resistir. Le dicen a Alancay: “¿Cómo pudo hacer eso? ¿Arar la tierra de sus hermanos, porque se lo pidió el patrón, porque ahora es propietario de un pedazo de tierra?”

Está llegando la noche y se anuncia que se aproxima un funcionario de gobierno. Todo parece distenderse. De regreso me cruzo con dos carros de asalto de la policía, con numerosos efectivos bien pertrechados, me pregunto quién les habrá aconsejado que envíen tales refuerzos.(Al final supe que los carros policiales quedaron en Payogasta, alguien tuvo un rapto de inteligencia en medio de tanta locura) ¿Qué idea de los campesinos tienen los responsables de gobernar, saben desde cuando trabajan las tierras de Cachi? Los campesinos e indígenas, que están en Anta, Rivadavia, San Martín, en Santa Victoria, Iruya, en toda la provincia, están siendo desalojados con diversas argucias en nombre del progreso y el engrandecimiento de la provincia y de la patria.

Ya es de noche en Cachi, para ninguno de los que vivió de alguna manera la jornada tiene que haber sido un día cualquiera. En el silencio de Cachi se oye la furia del grito de los que reclaman dignidad y justicia. ¿Será?

– Salta, 22 de diciembre de 2010

Alfredo Pais

Ingeniero Agrónomo

– Nota relacionada:

Desalojo violento: en Cachi los diaguitas no son okupas!

https://www.salta21.com/Desalojo-violento-en-Cachi-los.html

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