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Cuando no se sabe ni tampoco se quiere saber

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La directora de La ciénaga y La niña santa propone un tejido de subtextos y ambigüedades capaces de expresar un abanico tan amplio que va desde la deconstrucción familiar hasta la disolución de la responsabilidad y los modos de relación de las distintas capas sociales.

– Por Luciano Monteagudo. P 12
21 de Agosto de 2008

“Esa voz no parece la tuya…”, le dice desde su cetro inamovible en la cama la vieja tía Lala. La frase, como tantas otras en la película, es apenas un susurro y se va apagando sola, hasta quedar inconclusa.

Es verdad: Vero (María Onetto) se siente rara, confundida, como si fuera otra. En la ruta, justo antes de la tormenta, cuando se distrajo atendiendo el celular, cree haber atropellado a alguien, pero en la banquina sólo se ve un perro muerto.

En la superficie, La mujer sin cabeza es a priori apenas eso, la sombra de una duda, la historia de una mujer que parece perdida dentro de sí misma, como si se hubiera alejado de los sentimientos que la unen al mundo exterior. Pero por debajo de esa primera capa narrativa, la directora de La ciénaga y de La niña santa va proponiendo todo un riquísimo tejido de subtextos y ambigüedades capaces de expresar un abanico tan amplio que va desde la angustia personal y la deconstrucción familiar hasta la disolución de la responsabilidad y los modos de relación de las distintas capas sociales en una ciudad de provincia.

Rodada íntegramente en Salta, que fue también el escenario de sus films anteriores, La mujer sin cabeza se inscribe de manera neta en esa trayectoria previa, como si fuera el nuevo capítulo de una obra de una coherencia extraordinaria, que hace hoy de Martel una auténtica autora cinematográfica, como hay pocas.

Los intrincados lazos familiares, la pequeña conversación cotidiana de las mujeres, la constante superposición de diálogos, el tapiz musical que va componiendo esa sinfonía de diminutivos (“la hebillita, la cremita…”) forman parte de su mundo, que ahora habita también su nueva protagonista, esta mujer de una clase media acomodada –ella atiende en “el consultorio”, su marido en “el estudio”– que de pronto siente que ha perdido la cabeza.

Se diría que el film trasciende la mera noción de subjetividad para avanzar hacia un estadio más complejo: intentar que la construcción total de la película refleje el estado de Verónica. Para ello, Martel elabora un virtuoso entramado de imágenes y sonidos que van dando cuenta de un extrañamiento, de un desplazamiento de la realidad, como si algo de pronto se hubiera corrido de lugar. En términos de dramaturgia, de lo que habitualmente se conoce por “argumento”, poco y nada es lo que sucede en La mujer sin cabeza. Sin embargo, en la infinidad de detalles aparentemente nimios, banales, que va acumulando Martel, en la incalculable simultaneidad de pequeñas acciones y malentendidos (no exentos de humor), su película adquiere un sentido mayor: hay algo que oscila, que bascula en ese mundo en el que todo parece estar en su sitio, pero no lo está.

Por primera vez, Martel utiliza el formato Cinemascope, la pantalla bien ancha, y lo hace de manera muy original, no precisamente para ampliar el campo de visión al uso corriente –grandes planos generales, paisajes– sino para sumar distintas acciones sincrónicas en el mismo cuadro. Con la notable colaboración de Bárbara Alvarez en la cámara, Martel consigue que en un mismo plano convivan diferentes situaciones, aparentemente desconectadas entre sí, pero que sin embargo van sumando significados. No es casual, por ejemplo, que todo aquello que Vero entiende naturalmente como la clase prestadora de servicios, esté casi siempre en flou, fuera de foco, porque ésa es también su percepción: las empleadas domésticas, las enfermeras, los “changos” que lavan el auto por unas monedas son para ella y su familia apenas siluetas, sombras tan oscuras como el color de su piel.

El deliberado desequilibrio en la composición, la fragmentación de los cuerpos parecen remitir, a su vez, no sólo a una gruesa brecha social sino también a una fractura profunda de la realidad.

En este sentido, y sin necesidad de enunciarlo, La mujer sin cabeza es también un film de fuertes implicancias políticas. Hay en el núcleo dramático de la película todo un mecanismo internalizado de negación y complicidad que trasciende a Verónica y ocupa tácitamente a toda la familia.

Si hay una víctima que nadie puede ver ni identificar –¿ecos de las desapariciones durante la dictadura militar?–, tampoco hay un crimen. No se sabe ni tampoco se quiere saber: de eso no se habla.

Sin embargo, en una obra plagada de ecos y simetrías, todo parece apuntar al accidente que precipita la conmoción de Vero: las huellas de un niño en el vidrio del auto, el venado muerto que trae su marido de una partida de caza, el sonido de un pelotazo que deja tendido en el piso a un chico, un obstáculo que encuentra enterrado el jardinero que cuida de sus almácigos… todo contribuye a su sordo desasosiego, que ella insiste en negar: “Ya estoy bien, no era nada”, repite.

Aquí también es crucial el estupendo trabajo de María Onetto, pleno de matices y sutilezas, en una cuerda minimalista que evita cualquier desborde. Su andar vanidoso, con la cabeza levemente erguida, en un gesto de orgullo provinciano, no alcanza a ocultar su mirada perdida, sus fugaces llantos ahogados detrás de unos lentes oscuros, o su sonrisa descompuesta en un rictus de angustia.

En el último trabajo antes de su muerte, María Vaner (como la tía Lala) también está magnífica, en apenas un par de escenas, como esa en que –perdida en un desvarío que hace de su cama un refugio– cree ver la casa llena de ánimas. Justo en ese momento, detrás de Vero, la sombra de un niño atraviesa fugazmente el cuadro, como un fantasma.

Lo notable de La mujer sin cabeza es que es pasible de múltiples lecturas y se resiste a ser reducida a una visión simple y unívoca. Si hubiera, en todo caso, que pensar un antecedente habría que buscarlo quizás en los cuentos de Silvina Ocampo, en el tono y la atmósfera ambigua de su literatura, siempre al borde de lo fantástico. Algo de esa ambigüedad esencial es la que consigue Martel con su minuciosa composición de cada uno de sus planos, donde la información es siempre mucha, pero también equívoca, enigmática, fragmentaria.

– LA MUJER SIN CABEZA

(Argentina/España/Francia/Italia, 2008).

Dirección y guión: Lucrecia Martel.

Intérpretes: María Onetto, María Vaner, Claudia Cantero, Inés Efrón, Daniel Genoud, César Bordon, Guillermo Arengo.

Notas anteriores:

https://www.salta21.com/spip.php?article996 La mala memoria

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