El pasado sábado 25 de junio a las 21 en La Ventolera, asistí a la obra de teatro «Turbio», versión libre de la obra «Faros de color» de Javier Daulte. Dirección de Alejandro Garay y actuaciones de Guillermo Katz y Marina Rosenzvaig.
El tema de esta obra no es cómo funciona lo de Daulte sino cómo llega esta dramaturgia textual (aunque hacer la aclaración es tautológico ya que nuevas teorías de teatro afirman que la dramaturgia es sólo textual y no se hablaría de dramaturgia de actor ni de director ni cosa por el estilo, lo que por ahora, merece un replanteo para otra oportunidad, pero es bastante pertinente la teoría). La pregunta es ¿funciona?
El título de la obra es orientador en varios sentidos: hay algo turbio… El problema es que lo que está verdaderamente turbio, además de la historia que lo anticipa, es la dramaturgia. El elenco dice sobre su obra:
“Carlos y Margarita se encuentran en una casa para vivir, una y otra vez, la noche en que ella mató al perro y Carlos volvió de viaje para reencontrarse con ella. Pero como las cosas no son lo que parecen ser, lo inesperado se convierte en el tiempo y el espacio del eterno retorno. Un retorno de lo idéntico que pone en marcha sortilegios que intentan batallar contra los límites entre la vida y la muerte, entre Eros y Tánatos.
Turbio narra la historia de Gerardo, Rafaela, Carlos y Margarita. Un viaje inventado, estadías en sanatorios, un perro, flores de Bach, una banana, disparos, una fotografía, un zapato, anteojos negros, un baile, recuerdos de la infancia, una luz encendida construyen un mundo donde lo aparente pareciera desdibujar los límites entre lo creado por la imaginación y los hechos, entre el pasado y el presente, entre los juegos de ficción y los vínculos verdaderos”.
“Narrar” fragmentariamente no es un desacierto porque un espectador entrenado puede reconstruir los retazos y armar como rompecabezas lo que pueda para alojar sentidos. Que se entienda, no es necesario el cuentito lineal de Margarita mató al perro. Lo de la recurrencia queda claro, vuelve al principio, las acciones están bien determinadas: Margarita entra, ve a Carlos, él toma Flores de Bach, ella mata al perro, come chocolate… Llega Gerardo (desdoblamiento del personaje), hay miradas… Ella busca a una Rafaela presente en la historia pero ausente físicamente… ¿Gerardo? tiene un revólver… ella lo ubica en una mesita… Las puntas quedan abiertas y todo está turbio.
Hipótesis: Gerardo y Margarita fueron asesinados por Rafaela en un crimen pasional (trío amoroso). Atmósfera extraña tipo “sexto sentido”. O parodia de la muerte, con la eutanasia del perro.
Puntas sueltas: ¿Por qué ella confunde a Carlos con Gerardo? ¿Margarita está amnésica? Rafaela la quiso matar (¿la mató?), ¿por qué Carlos quiere obligar a Margarita a tener sexo? ¿No eran una pareja? ¿Cuáles recuerdos de la infancia: un piragüitas Felfort? ¿Carlos es sólo un recuerdo del pasado? ¿Ella es veterinaria o es un juego? ¿Carlos inventa un viaje porque está muerto? ¿Los dos están muertos? ¿Los bloquea el crimen, el supuesto engaño sentimental, -¿hubo? ¿En realidad el muerto es Carlos? ¿Hay muertos? Etc., etc.
Creo que la dramaturgia está incompleta. Para graficar usaré el siguiente ejemplo, en el que se toma la elipsis como punto de partida un tanto reduccionista.
La elipsis funciona como un recurso (gramatical) cohesivo en la lengua. Timichi y Carol fueron al refugio. * Estuvieron varias horas. Allí, vieron el mar a lo lejos; también, * los cardenales.
El texto (anterior) tiene absoluta coherencia y el asterisco evidencia el uso del elemento elidido.
Ahora bien: Timichi y Carol fueron al *. Estuvieron varias horas. Allí vieron el mar a lo lejos. * los cardenales.
El texto antes dicho posee una construcción errónea aunque se haya colocado los asteriscos como prueba de que se usó el recurso de la elipsis.
En la obra, lo elidido no tiene el referente necesario para completar la dramaturgia. No tiene que ver con la actuación ni con la dirección, sino directamente con el texto. Hay imágenes conexas que evaden el sentido en un uso arbitrario de la fragmentación que termina por crear un hermetismo innecesario
Sin embargo, tiene el referente “afuera”, puesto que hay alusiones a “Faros de color” de Javier Daulte. Esta obra fue elogiada porque se trata de un ejercicio mental, y nada más (o menos). En “Turbio” hay demasiada x a resolver y en lugar de un ejercicio mental realizo un ejercicio visual: conecto imágenes que lejos de exigirme despejar x me exige mirar. En la obra de Daulte hay algo de eso, pero más que nada, sentarse a pensar. En mi opinión, la obra tucumana que llegó a Salta intenta poner en práctica la estrategia dramatúrgica de la obra referida: ser sólo un artificio teatral.
En la puesta hay un campo semántico que te hace caer en la necesaria complementariedad del intertexto, con relaciones a la dramaturgia original y con parecidos argumentales. “Turbio” es la idea de “Faros…” , versión incompleta.
Si funciona o no, depende sólo del espectador que tenga como pre-texto a su dramaturgia de base, porque le faltan piezas de rompecabezas que no están en el texto sino fuera de él. Y lo que suple esta “ausencia” es la tensión que se desprende por no poder llenar los blancos. Lo visual y auditivo son las marcas de la obra como especie de corrimiento hacia lo sensitivo.