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martes, septiembre 29, 2020

“Está en juego la seguridad alimentaria del mundo”

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Marie-Monique Robin es la autora del libro – documental “El mundo según Monsanto”. La investigación se editó en veinte países y se tradujo a trece idiomas. La periodista denuncia las prácticas de la principal productora de semillas transgénicas a nivel mundial. En la siguiente entrevista, habla de las consecuencias del modelo que impone la empresa, sus estrategias y la complicidad de los estados.

La Ola – Periodismo de investigación – 25 de abril de 2009

– P. En su página web Monsanto se autodenomina como una empresa que busca la rentabilidad del campo a la vez que preserva los recursos naturales ¿Usted cómo la definiría?

– R. Monsanto es una empresa criminal. Llevan cien años en el mercado produciendo toxicidad que contamina al mundo entero. Un ejemplo son los PCB, que la empresa produjo durante más de cincuenta años y que hoy está prohibido. Es difícil deshacerse de estas sustancias, porque se acumulan en la cadena alimentaria. En mi investigación revelo que Monsanto sabía perfectamente que eran muy tóxicos y escondieron los datos que tenían. Si puedo decir esto públicamente es porque Monsanto ya fue condenada por tener una fábrica contaminante de PCB. En 2002 tuvieron que pagar 700 millones de dólares, la multa más grande de la historia industrial.

– P. ¿Qué otras sustancias tóxicas producen?

– R. Podríamos hablar del caso del Agente Naranja, que se usó en la guerra de Vietnam y esta empresa lo usa en sus herbicidas. Existen casos de niños nacidos con mal formaciones en zonas aledañas a la aplicación de estos productos. Otro ejemplo es el Roundup, un herbicida ligado a los transgénicos. En Argentina lo utilizan muchísimo por las 18 millones de hectáreas de soja que tienen.

En este caso Monsanto mintió una vez más: fueron condenados en Francia y Estados Unidos por publicidad engañosa. Siempre dijeron que este herbicida era biodegradable e inocuo. Todas mentiras. Entrevisté científicos que me confirmaron que da cáncer y que afecta al sistema de reproducción de los hombres. En Dinamarca está prohibido y ahora queremos extender este logro a toda Europa.

– P. Además en su investigación denuncia la intervención de la empresa en organismos estatales.

– R. Sí, en Estados Unidos Monsanto pudo controlar la agencia encargada de la seguridad de alimentos y medicamentos. Consiguieron que un abogado de la empresa entrara a este organismo (Food and drug Administration) para escribir el texto fundamental de la reglamentación de los transgénicos. Casualmente este abogado terminó siendo vicepresidente de la empresa. Toda esta situación es muy grave, porque lo que está en juego con el último producto de Monsanto (los transgénicos) es la seguridad alimentaria del mundo. La empresa busca tomar el control de la cadena alimentaria a través de las semillas transgénicas patentadas.

– P. ¿Qué consecuencias podría tener?

– R. Ya las tiene en Canadá y Estados Unidos. Básicamente un agricultor no puede cultivar sin firmar un contrato que dice se compromete a no conservar una parte de su cosecha para resembrar al año siguiente y que comprará cada año semillas nuevas a la empresa. Si violan el contrato, Monsanto le puede enviar “la policía de los genes”: una fuerza creada por la empresa que manda detectives privados a los campos para verificar que los agricultores compraron las semillas.

– P. Todo esto no podría ocurrir sin la complicidad de los estados.

– R. Efectivamente, si la soja transgénica pudo entrar a la Argentina a partir de 1995 es por la complicidad del gobierno de Menem (por no decir que hubo algo más que complicidad). Este es el único país del cono sur donde Monsanto pudo entrar tan fácilmente. Aquí pudo hacer lo que le dio la gana. También existieron un conjunto de factores que lo beneficiaron: la crisis por de la vaca loca en Europa (que llevó a la prohibición de las harinas animales y elevó el precio de la soja en el mercado internacional) y la crisis económica argentina.

El menemismo apoyó mucho la sojización porque generaba divisas en momentos críticos. Puede ser que los gobiernos no estaban al tanto de la peligrosidad de los productos de Monsanto, porque la empresa miente y manipula tanto, hace tanto lobby con falsas informaciones, que es muy difícil saber la verdad. Aquí he conocido comunidades pegadas a grandes sembrados de soja transgénica y la cantidad de niños y mujeres enfermas me impactó muchísimo. El país se está contaminando en su totalidad: agua, aire, alimentos, habitantes. Además la deforestación genera desastres como las inundaciones y la catástrofe ecológica que implica aniquilar los bosques nativos. Es un sistema totalmente loco que tiene consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Entiendo que le traiga divisas al país, pero hay que pensar un poco cuáles son las consecuencias.

– P. ¿Qué opina de los convenios que logró la empresa con distintas carreras de universidades públicas en Argentina?

– R. Bueno, en principio me sorprendió que en mi conferencia estuvo el Decano de Agronomía, una carrera que tiene mucha plata que viene de Monsanto. Por ahí cambia de opinión (risas). Este problema lo encontré también en Brasil. Es un problema general de la privatización de las universidades y los laboratorios. Es la manera que encuentra la empresa de controlar lo que se produce a nivel científico y académico.

– P. ¿Qué estrategias nota que utiliza la empresa para lavar su imagen?

– R. Es interesante ver cómo se presentan a sí mismos: una empresa agrícola que ayuda a los campesinos a producir una alimentación sana reduciendo la contaminación del medio ambiente. Además dicen que los transgénicos van a resolver el problema del hambre en el mundo. Son puras mentiras: lo vi en India, en Paraguay, en Argentina. Los monocultivos de soja transgénica, por el contrario de lo que promociona Monsanto, van a llevar al hambre. No existe seguridad alimentaria si se destruye la biodiversidad. Son grandes operadores de propaganda.

– P. ¿Cree en la vía judicial como una solución posible para condenar a Monsanto?

– R. Siempre hay que buscar por la vía judicial. Creo que todavía hay jueces que pueden entender, no creo que haya corrupción en todos lados. Siempre le digo a las familias afectadas que tienen que reunirse, porque cada uno se queja por su lado. Insisto con que hagan las demandas correspondientes. Creo que tiene que haber una presión desde los movimientos sociales. Tomemos por caso el conflicto actual argentino entre el campo y el gobierno: se trata únicamente de cómo se van a repartir las ganancias de la soja transgénica. Falta un tercer actor que tiene que ser la sociedad civil. Un actor que discuta a fondo este modelo, que ponga de relieve las consecuencias sanitarias, alimenticias, medioambientales. En diez o quince años van a saltar todos los casos juntos. En este sentido, creo que la sociedad ve el conflicto de afuera, medio dormida. Hay que denunciar, lograr que se etiqueten los productos transgénicos para identificarlos, boicotear el Roundup (que se utiliza en los sojales pero también en los jardines), hablar con los políticos y llevarles información, promover la agricultura orgánica. Por eso es urgente buscar los denominadores comunes entre todas las organizaciones de la sociedad civil para juntar fueras y luchar. Monsanto sabe muy bien lo que está haciendo y ellos no se dividen.

– P. Es un problema cuando se realiza la denuncia ante la misma policía que después corre a las familias de los campos, obedeciendo al interés de los sojeros…..

– R. Es cierto, estuve en Santiago del Estero y vi desalojos, gente armada que iba a correr a los pequeños campesinos que denunciaban la contaminación y el saqueo, otros que llegaban con falsos títulos de propiedad. Sin embargo hay que seguir resistiendo. Creo que también hay que hablar con los medios de comunicación, aunque ellos avalen este modelo. Igual he visto medios locales de los lugares afectados que están empezando a hacer su trabajo de informar como corresponde.

– P. ¿Sufrió alguna represalia por haber realizado esta investigación?

– R. Yo tenía mucho miedo de lo que me podía pasar. Hay antecedentes de cantidades de personas en el mundo que, tanto en la esfera pública como privada, denunciaron los efectos nocivos de los productos Monsanto y perdieron su trabajo o fueron víctimas de campañas de difamación. En mi caso, por ahora tuve suerte. El libro y el documental salieron en 20 países y se tradujeron a 13 idiomas. El éxito a nivel internacional es la mejor protección que puedo tener. Además revisé todo muy bien con los abogados.

– Nota relacionada:

El escandaloso expediente de la soja transgénica

https://www.salta21.com/spip.php?article1853

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