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miércoles, septiembre 23, 2020

Intelectuales, segunda versión (In memoriam Nicolás Casullo)

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– Pablo Alabarces – Crítica (13.10.2008)

En los últimos días estuve acumulando materiales para una nueva nota sobre el rol de los y las intelectuales en la Argentina. Más que su rol, sobre su valoración; y mejor aún, sobre los mitos e imágenes que se han construido en torno de ellos y ellas.

Me habían llamado la atención dos cosas, minúsculas pero significativas: una de ellas en este mismo diario, hace pocos días, cuando ante el anuncio de un posible paro del Sindicato Argentino de Televisión el anónimo cronista aseguraba que se cumpliría “una fantasía recurrente de los intelectuales: quitar la televisión de la vida cotidiana”.

La otra aparecía en un portal de Luis Majul, “Hipercrítico”, en una columna firmada por Adriana Amado Suárez dedicada a criticar una de las contratapas que dediqué a Tinelli.

Adriana, intelectual ella misma (tiene un doctorado, es profesora universitaria, trabaja de esto), no podía leer la ironía de mi nota y se mandaba con un enojado “estos programas –por TVR– son los únicos que suelen permitirse ver algunos intelectuales y aquellos que militan en el partido ‘No vemos nunca televisión’”.

Es claro que hay aquí una enorme fantasía sobre los intelectuales, deudora de un populismo desbordado.

Y en tanto fantasía, abreva en los lugares comunes tradicionales: les falta afirmar que, además de no ver televisión, a los intelectuales no les gusta bailar y que no practican deportes y que no tienen hijos y que sus fríos corazones no tienen lugar para las pasiones humanas.

Tengo guardadas un par de notas de Jorge Rial, una de los 90 en Noticias , otra equivalente en los 2000 en Veintitrés , donde afirma más o menos lo mismo: de un lado está “la gente” con sus gustos y su amor por Tinelli y Susana, y del otro los intelectuales en sus penthouses –les juro que dice eso–.

Nuestro cronista y nuestra académica de cabecera, aunque esté lejos de sus intenciones coincidir con el epistemólogo de Intrusos, no pueden separarse de ese lugar común, fácil y a la vez bastante simplón, como todos los lugares comunes.

Sintiéndome un poco aludido, no puedo menos que reírme: si yo quisiera desterrar la televisión de la vida cotidiana, no podría ver ni House ni Capusotto ni la Copa Davis ni Chacarita-Fénix ni el porno light de The Film Zone ni Medium ni tantas otras cosas.

De la misma manera, veo TVR cada tanto por razones exactamente opuestas a las que supone nuestra crítica atolondrada: porque es un ejemplo de lo que la televisión argentina finge ser para engañar a la gilada hacerse la inteligente para perseverar en la idiotez, hablando siempre de sí misma como último horizonte de lo posible.

El problema, de todas maneras, no son Adriana ni el cronista anónimo: lo que me preocupa es la recurrencia de estas imágenes sobre los intelectuales, decididamente alentadas por el populismo dominante.

Decir esto no significa echarle la culpa –también de esto– al kirchnerismo, sino al plebeyismo que se ha vuelto modo fundamental de la organización de la cultura argentina: los K son populistas, Macri y Carrió también lo son. Todos ellos afirman la primacía de “los sentimientos de la gente” por sobre los argumentos y las teorías.

Otra versión derivada de la anterior supone que los intelectuales no trabajan, sino que alguien (seguramente, alguna fuerza destinada a convertirlos en mercenarios) los compra para que piensen a sueldo.

Y por detrás de todos planea el fantasma de Jauretche, un polemista genial pero cuya obra ha hecho ya suficiente daño, alegando que los intelectuales son cipayos alejados del pueblo y condenados a no comprenderlo.

Todo esto viene a cuento porque se nos acaba de morir Nicolás Casullo, un gran tipo al que sus alumnos insisten en recordar con amor y admiración en todas las intervenciones posteadas en los comentarios de lectores de los diarios.

En los últimos años se fueron demasiados: entre los más cercanos, Oscar Landi, Jorge Rivera, Eduardo Archetti, Juan Carlos Portantiero, Oscar Terán, José Sazbón.

Es muy probable que sus lectores –es decir, los lectores de parte del pensamiento argentino más relevante de los últimos años en la historia, la sociología, la antropología, la filosofía, la cultura– sean ridículamente pocos.

La sociedad argentina, en su mayoría, no cree que los intelectuales sean los sabios de la tribu. Cree que son seres prescindibles y que, para colmo, no ven televisión ni juegan al fútbol. Y que cuando intervienen políticamente –Casullo lo hizo, y no sólo con Carta Abierta– son mercenarios pagados por el oro de Kirchner o de Moscú.

Una sociedad que no reconoce a sus intelectuales está condenada a reemplazarlos por Palermo y Barros Schelotto, Jorge Rial y Marcelo Tinelli. Lo que nos pone, sospecho, en algunos problemas.

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