La noche triste de Cristina

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Massazo. Ni el Gobierno ni las encuestas preveĆ­an un triunfo tan claro del intendente de Tigre.

Dicen que al caer la noche, Cristina lloró desconsoladamente al enterarse de las dimensiones de la derrota que le propinaban millones de ciudadanos. Tenía motivos para sentirse traicionada por la realidad. Puede que nunca se haya creído la autora exclusiva del gran relato nacional, pero durante varios años pudo actuar como si lo fuera, negÔndose a prestar atención a quienes le advertían que el pueblo estaba escribiendo otro muy distinto. Pues bien: el domingo pasado los votantes le entregaron el borrador de un relato en el que le toca un papel humillante, el de una presidenta repudiada por la mayoría abrumadora de sus compatriotas no tanto por los errores de gestión que se han cometido en el transcurso de los años últimos cuanto por su propia personalidad. En el cuarto oscuro, una mayoría abultada aprovechó una oportunidad para decirle que le indignaban la corrupción, la arbitrariedad, la virulencia verbal, el autoritarismo y el desprecio altanero por las leyes que, de acuerdo común, son sus características mÔs notables.

Aunque Cristina espera cambiar muchos detalles del relato sumamente desagradable que estĆ” confeccionĆ”ndose en la mente colectiva antes de las elecciones legislativas de verdad del 27 de octubre, temerĆ” que los resultados le sean mĆ”s negativos aĆŗn. A menos que muchos decidan que la seƱora ya ha sufrido bastante y que por lo tanto les corresponda perdonarle sus excesos para que se vea beneficiada nuevamente por los votos de los compasivos, los candidatos, seleccionados por el dedo presidencial, del Frente para la Victoria, podrĆ­an terminar compartiendo menos votos que los obtenidos por NĆ©stor Kirchner en las elecciones de 2003. En aquella oportunidad, le bastó al Eternauta un escuĆ”lido 22,2 por ciento de los sufragios; en las engaƱosamente llamadas ā€œprimariasā€ del domingo, el FpV kirchnerista consiguió apenas el 26 por ciento en todo el paĆ­s.

Cristina y sus incondicionales rezan para que se repita el milagro que se dio despuĆ©s de las elecciones legislativas de 2009, cuando, luego de haber sido fustigado por los votantes, su gobierno logró reconciliarse con ellos hasta tal punto que dos aƱos mĆ”s tarde pudo celebrar un triunfo plebiscitario. HabrĆ” sido por este motivo que la noche del desastre Cristina, bien maquillada, pronunció un discurso casi eufórico; aprovechó la ocasión para embestir por enĆ©sima vez contra los medios y la Justicia, ademĆ”s de comprometerse a seguir ā€œprofundizando el modeloā€.

Mientras que en otras latitudes un gobierno que acabara de recibir una paliza tan brutal como la asestada por el electorado procuraría salvarse modificando radicalmente el rumbo y echando a docenas de funcionarios, el de Cristina parece resuelto a no darse por aludido. Se entiende; para la Presidenta, cualquier retroceso sería tomado por un síntoma de debilidad, razón por la que la mejor forma de reaccionar frente a un revés doloroso consistiría en emprender una gran ofensiva que, supone, le permitiría desconcertar tanto a sus enemigos que, aterrorizados, no tardarían en batirse en retirada.

Todo serĆ­a mĆ”s sencillo si Cristina y sus acompaƱantes fueran demócratas habituados a acatar las reglas constitucionales, pero a juzgar por lo que han dicho y hecho a partir de la reelección apoteósica de menos de dos aƱos atrĆ”s, no lo son. Antes bien, se suponen ā€œrevolucionariosā€, en clave populista, como los chavistas venezolanos y sus Ć©mulos en paĆ­ses como Ecuador y Bolivia. Para ellos, ser demócrata significa gobernar en nombre del pueblo, el demos, el que a su entender no incluye a todos, ya que amplios sectores de la clase media, los oligarcas, los vendidos a las corporaciones o tentados por el liberalismo no forman parte del pueblo autĆ©ntico que, por casualidad, se ve limitado a su propia clientela electoral y a aquellos iluminados ā€œmilitantesā€ que los apoyan.

Huelga decir que tales personajes creen que, por su condición de ā€œrevolucionariosā€, tienen el pleno derecho a apropiarse de los recursos proporcionados por la caja estatal y a pasar por alto los obstĆ”culos erigidos preventivamente por generaciones de constitucionalistas burgueses y juristas reaccionarios. Desde el punto de vista de quienes piensan asĆ­, el que coyunturalmente solo cuenten con el respaldo de una minorĆ­a reducida no quiere decir que deberĆ­an pensar en objetivos mĆ”s modestos que merecerĆ­an la aprobación mayoritaria. Por el contrario, como seƱaló Cristina, significa que tendrĆ­an que concentrarse en ā€œprofundizar el modeloā€ para que los cambios económicos, sociales y culturales que tienen en mente resulten irreversibles, les guste o no les guste a los demĆ”s. Lo mismo que aquellos totalitarios de izquierda y derecha que en diversas regiones del mundo han perpetrado tantos crĆ­menes horrendos en nombre de sus doctrinas particulares, estĆ”n tan convencidos de su propia rectitud que les importan muy poco las opiniones ajenas. En palabras de Daniel Filmus y de La CĆ”mpora: ā€œno vamos a dar ni un paso atrĆ”sā€.

Para una presidenta que se ha acostumbrado a actuar como la dueña absoluta del país, tratar como sirvientes a sus colaboradores y a tomar decisiones importantes sin consultar con nadie fuera de un círculo Ôulico restringido a familiares, algunos amigos y obsecuentes mÔs interesados en complacerla que en ayudarla a gobernar con un mínimo de eficacia, encontrarse de súbito abandonada por buena parte del país no puede ser del todo grato.

¿Qué harÔ Cristina si se rebelan los parlamentarios, intendentes, gobernadores y otros que hasta ahora le han obedecido sin chistar? Todavía retiene lo que aún queda en la caja y seguirÔ repartiendo fondos según criterios netamente personales, pero ya no le es dado asegurarles los votos que necesitan para continuar ocupando lugares de privilegio en la inmensa y muy costosa corporación política que se ha creado. Puesto que a ojos de los mÔs preocupados por su propio futuro Cristina se ha transformado en la mariscala de la derrota, un piantavotos, muchos pensarÔn que les convendría distanciarse cuanto antes de ella. No les faltarÔn pretextos legítimos; ademÔs de humillarlos personalmente, la Presidenta se ha dedicado a privarlos de poder forzÔndolos a dejarse acompañar por comisarios políticos insolentes provistos por La CÔmpora.

Entre otras cosas, Sergio Massa mostró no solo que hay vida fuera del kirchnerismo, sino también que se trata de una que puede ser mucho mÔs promisoria. No sorprende, pues, que esté difundiéndose con rapidez la sensación de que el movimiento que se aglutinó en torno a los Kirchner y la caja estÔ en vías de desintegrarse y que por lo tanto ha llegado la hora para vincularse cuanto antes con los presuntos triunfadores de mañana. Por estar tan fragmentado el mundillo político, trasladarse de un sitio a otro es muy fÔcil, ya que, con la excepción de la UCR, no existen agrupaciones tan consolidadas que sus miembros se sientan leales no hacia un dirigente determinado sino hacia el partido como tal.

Como ha sucedido una y otra vez a través de las décadas, la plétora de organizaciones políticas que luchan por sobrevivir ha entrado en una fase de descomposición y recomposición. Los distintos pedazos que la constituyen estÔn recombinÔndose, formando alianzas a menudo sorprendentes, como la confeccionada hace muy poco por Massa, o rompiéndose al no coincidir los socios acerca de la mejor forma de enfrentar el desafío planteado por el fin aparente de la hegemonía de Cristina.

El panorama serĆ­a menos confuso si el FpV oficialista fuera un partido genuino, pero sucede que es nada mĆ”s que un sello electoral que depende por completo del atractivo de una sola persona. Desgraciadamente para esa persona, la Presidenta, su estilo autocrĆ”tico le ha impedido contar con sucesores en potencia que sean a un tiempo confiables y capaces de cosechar votos en cantidades suficientes. Rodearse de mediocridades puede ser muy reconfortante para un dirigente narcisista, pero entraƱa la desventaja de que, al dejar de funcionar como antes el ā€œcarismaā€ mĆ”gico salvador, se verĆ” desprotegido en un mundo repentinamente frĆ­o y hostil.

El voto castigo del domingo pasado fue mucho mÔs cruel de lo que habían previsto Cristina y sus estrategas. Es por lo menos posible que en octubre les aguarde una experiencia que sea aún mÔs amarga, lo que sería el caso si la mayoría decide que el kirchnerismo ya fue y que por lo tanto hay que pensar en la construcción de un orden mÔs apropiado para los tiempos que corren.

En otro paĆ­s, aquel mĆ­tico ā€œpaĆ­s normalā€ de los discursos polĆ­ticos, la Presidenta no tendrĆ­a mĆ”s opción que la de buscar el apoyo de algunas fuerzas adversarias, ofreciĆ©ndoles concesiones, para asegurar, en base a un programa consensuado, la gobernabilidad hasta diciembre de 2015. Pero la Argentina no es un ā€œpaĆ­s normalā€ y para Cristina la alternativa a todo suele ser nada y, para colmo, sabe que en el llano le esperarĆ­a una multitud de personajes tan vengativos como ella misma que querrĆ­an verla encarcelada. ĀæLe serĆ­a soportable gobernar como le gustarĆ­a contra la voluntad de tres cuartas partes de la ciudadanĆ­a? ĀæTratarĆ” de reconciliarse con la sociedad a fin de ahorrarse problemas en los aƱos siguientes, aun cuando tenga que desmantelar su ā€œmodeloā€? Pronto tendremos algunas respuestas a dichos interrogantes.

– Ilustración: Pablo Temes

– Por James Neilson, PERIODISTA y analista polĆ­tico, ex director de ā€œThe Buenos Aires Heraldā€. En Noticias

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