Estamos ante una generación de padres sobreprotectores, culposos y castradores.
Daniel no estaba en sus dĆas normales, toda vez que apareció en la cafeterĆa despuntando el primer dĆa de la semana (no se olvide que me refiero al domingo), dejando la actividad parroquial para momentos de santa relajación. El motivo era especĆficamente familiar, relacionado con la necesidad de alquilarle un espacio habitable para su hija (quiĆ©n ya portaba una carga familiar=un bebĆ© en franco crecimiento). Antes de concretar la operación, aprovechó para descargar su aflicción en mi humanidad, sobrentendiendo que en mi carĆ”cter de jubilado en ejercicio, era la persona indicada para aligerar sus justificadas preocupaciones.
En esa fracción de la espera, aparecieron otros rostros (tambiĆ©n demudados) por las demandas filiales, como por ej. Jorge, que tuvo que desprenderse de un inmueble, para satisfacer la presión de otra hija, o tal vez Miguel, que se vio obligado a pedir un prĆ©stamo para satisfacer los requerimiento de su hijo que le exigĆa un medio de movilidad, o quizĆ” Guillermo que perdió peso por conseguirle mejores comodidades para su hija, próxima a graduarse; y asĆ sucesivamente hasta el infinito, ya que forma parte de la cotidianidad de los padres modernos.
Los hijos de este tiempo
Los hijos de esta Ć©poca, mĆ”s que traer un pan bajo el brazo, pareciera que traen una proclama de exigencias en la manga, sobre todo por las caracterĆsticas de multipropósito de esta cultura. La mujer estĆ” obligada a tener un trabajo externo (salvo contadas excepciones), ya que la mujer de hoy se procura su propio ingreso, lo que implica ayuda en las tareas domĆ©sticas: entiĆ©ndase, la persona que la sustituya en las normales e imprescindibles tareas de cocinar/lavar/planchar/cuidado del niƱo-s/ limpieza del hogar (que en estas condiciones, ya no es tan dulce)/ el calendario de vacunación obligatorio, sin desmerecer las numerosas y obligatorias visitas al galeno/ y eventualmente el pago de los servicios.
A su vez, desde el arranque, los padres tienen la obligación de la guarderĆa maternal (por la necesidad de que el reciĆ©n nacido tenga las estimulaciones pre/y posnatales), no vaya a ser que no desarrolle la creatividad iniciĆ”tica de los primeros aƱos. Luego sigue la ininterrumpida cadena de la escolaridad, con los presupuestos que ello implica: lĆ”pices/cuadernos/mochila/gastos de transporte/maestra particular de apoyo. No dejar en el tintero, la asistencia familiar (padre-madre) en los innumerables actos y compromisos a lo largo y ancho del calendario escolar. Digamos que esta es la primera instancia, porque lo peor estĆ” por venir: el querido filio entra en la adolescencia y habrĆ” que bancarse el proceso de crecimiento de los próximos aƱos, algo asĆ como que el terremoto ingresa al domicilio familiar, con los nuevos y novedosos gastos de esta franja etaria y de esta cultura cibernĆ©tica. Acostumbrarse a que su sano adolescente tiene derecho y mĆ©rito a acceder a todos los nuevos chiches de la informĆ”tica.
Con toda suerte saldrĆ” del secundario, momento que Ud. sugestiona que la tarea ya terminó. Craso error, reciĆ©n empieza. TendrĆ” que abrir el paraguas para una justificada orientación vocacional, ya que es el momento exacto en que la billetera paterna se ofrece generosamente, para futuras terapias alternativas. Se darĆ” cuenta que todo su empeƱo fue vano y el joven en ciernes, necesita el apoyo inexorable de una Psicopedagoga-go/de una Psicóloga-go/ de un Parapsicólogo-ga/ de la asistencia obligada a un gimnasio (los fierros son su estilo)/el carnet socio del club, para practicar: Rugby-natación-fĆŗtbol-hockey-tenis-paleta o cualquier deporte que todavĆa no se inventó. Y, llegamos al final del principio, o sea al lugar desde donde partimos, o mĆ”s precisamente, al momento en que hijo exige: el auto propio/el departamento propio/la tarjeta propia/; etc., pero todo absolutamente a cargo de sus āadoradosā progenitores.
Las obligaciones de la socialización
Esto tĆ©cnicamente se llama el Proceso de socialización familiar, yo prefiero llamarlo comĆŗnmente: las distintas formas de enloquecerse con la crianza de la prole. Lo que ocurre es que no hay padre (generalizando) que se despreocupe ātotalmenteā de la suerte de sus hijos. Los mĆ”s y, pareciera ser una constancia de la Ć©poca, estamos pendientes de sus logros, sosteniĆ©ndose que estamos ante una generación de padres sobreprotectores, que nos cuesta ayudarles a soltar las alas, prĆ”cticamente padres castradores y culposos.
Argumentar sobre esta policausalidad, serĆa prender la procesadora de las acusaciones, en donde los primeros destinatarios estarĆan, privilegiadamente, los Medios Masivos de comunicación y su tremenda influencia en la conformación de la opinión pĆŗblica y privada. A esto se suma el desgaste del modelo socioeconómico que ha evidenciado su principal contradicción en la oferta constante y prĆ”cticamente ilimitada de posibilidades para ser y para tener frente a un acceso cada vez mĆ”s limitado. El consumo al centro de la identidad.
Es muy difĆcil que los padres y menos que menos la descendencia, intente substraerse de esta realidad delirante instalada por la sociedad de consumo y sus mecanismos (reglas) publicitarios de difusión. Las sociedades modernas estĆ”n atadas a este callejón sin salida y la razón de la existencia humana se juega en estos andariveles, a riesgo de ser un excluido de la Ć©poca. Para ser y estar en esta cultura hay que tener una mĆnima alianza con el mercado, sino, el riesgo es muy alto.