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martes, septiembre 22, 2020

No le peguen: es Guillermo

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La Argentina necesita esclarecimiento, verdad, justicia, historia y memoria. Pero verdaderas. Emilce Moler, sobreviviente de "La Noche de los Lápices" fue secuestrada, torturada y liberada durante la última dictadura militar. Escribe el diario Crónica que junto a los otros jóvenes que hoy siguen desaparecidos, participó de las movilizaciones por el boleto estudiantil. "Los lápices, esta vez, escriben ¿dónde está Santiago Maldonado?", concluyó Moler. Sin embargo, ya en 2010, El Pregón se refería a "la corrupción moral que recorre la República Argentina desde que la progresía, las derechas y las instituciones esenciales del Estado se rindieron políticamente a la ofensiva mediática de una izquierda decidida a borrar de la Historia sus crímenes, se podría seleccionar, por su especial carga de cinismo y manipulación, el caso conocido como 'la noche de los lápices'.

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Un vendaval de críticas y elogios ha recogido una entrevista de Salta 21 a Guillermo Romero Ismael, qué duda cabe, un artista destacado de nuestro medio. Algunos rozan el agravio y otros la exaltación desmesurada. ¿Por qué somos así los salteños?

Esta reacción insólita de los lectores mueve al asombro, pero también a la reflexión y a la duda. Políticos y artistas están ahí, en el escenario público, y están sometidos a escrutinio, endiosamiento, amores, odios, ataques y elogios.

Lo peor, sin duda, es la indiferencia. Por eso aquello de “que hablen -bien o mal- pero que hablen”. La peor opinión es el silencio. De última si un cantante nos gusta lo escuchamos, si un escritor nos atrapa lo leemos, si una pintura nos gusta la miramos detenidamente y con fruición.

Romero Ismael parece de esos artistas que engendran en algunos veneración, en otros rechazo. Pero es cierto también que si tenemos un impulso a alentar y sostener a nuestros artistas y a valorarlos, también hay una cosa tanática -más exacerbada con lo propio- de matarlos, de aniquilarlos, de negarlos.

jpg_Lucrecia_Martel_invertida.jpgConvengamos que la más grande artista que tiene hoy la provincia fue aceptada aquí a regañadientes, cuando su talento fue reconocido en París, en Nueva York y en Buenos Aires. Aún así sus filmes deben tener más detractores en Salta que en todo el resto del mundo. No nos queda sino aceptar que a menudo se cumple aquello de “nadie es profeta en su tierra”, pero esto ya es el colmo. Lucrecia ha confesado que la opinión de los salteños es la que más le interesa, pero no se enoja. Cada uno, dice, tiene derecho a que le gusten o no sus películas. Claro que también aquí -ella lo sabe- hay una secta de martelófilos sin parangón en el mundo, que rendimos culto incesante a “La niña santa”, “el rey muerto”, “La mujer sin cabeza”, “La ciénaga” y hasta la insólita y poco conocida “La ciudad que huye”.

Es verdad que conozco -y aprecio- a Guillermo Romero Ismael desde hace mucho tiempo. Me concedió una entrevista hace mucho en la que repasamos su vida desde cuando era un niño pobre que se iba caminando de Villa Mitre hasta la Escuela de Música a las clases de canto.

Nunca me dijo que cantó en la Scala de Milán, sí me mostró fotos -que publiqué en una revista- de una actuación en Roma. No lo considero un mitómano. Sí tiene ese fuego de la pasión por su arte que se percibe en los verdaderos artistas.

Nosotros comentamos en Salta 21 su recital “Inolvidable” y señalamos que nos pareció muy bueno, aunque desparejo. Dijimos libremente lo que nos gustó y lo que nos pareció flojo. Pero vimos allí esfuerzo, seriedad y profesionalismo a un grado que es inusual en Salta. Lo que logró Guillermo junto a notables músicos salteños, acompañado por bandoneón y coro, fue un espectáculo de un nivel infrecuente.

Lo que a mí me hacía ruido, y por eso le pregunté sobre Juan Carlos Romero y la Iglesia Católica en la entrevista, era justamente una presunta cercanía con ese político y con esa institución que a mí, personalmente, no me convencen. No sé si quedar pegado a esa persona y esa Iglesia sea algo bueno para un artista. Pero tampoco me parece que si él tuviera una convicción política o religiosa sincera ello sea un motivo para crucificarlo. Como pretendió hacer Fontevecchia con grandes artistas populares argentinos a partir del apoyo o identificación que ellos tienen con el gobierno de Kirchner.

jpg_Guillermo_Romero_Ismael_2.jpgSi Guillermo Romero Ismael nos entrega en el concierto navideño una Noche de Paz en quechua yo recibo ese presente y no me retiro indignado porque tengo una pésima impresión del papa Ratzinger y no quiero saber nada con nada que venga del cristianismo o del catolicismo. Al contrario, disfruto -por ejemplo- del canto gregoriano y me conmuevo con esa alta expresión de la espiritualidad humana a pesar de los horrores de la Inquisición, porque ese es el lado luminoso, rescatable, de la tenebrosa cultura medieval: quiero decir el arte entrega lo mejor de los pueblos, de las personas y las épocas, a pesar de que podamos encontrar mil defectos en el artista, que es, no lo olvidemos, un ser humano.

Lo sorprendente es que en la polémica que se armó los detractores de Ismael me terminan agradeciendo por emitir conceptos que en general yo no comparto y los defensores de su talento parecen responsabilizarme por esas opiniones y hasta hay quien insinúa que yo tengo la culpa de todo: Olvídense por un momento de las opiniones de esos lectores -que acepto como tales pero que unas y otras no son mías aunque puedan tener su fundamento- y relean las notas que hice sobre Romero Ismael y la entrevista, en forma desapasionada, para que se vea claramente que mi actitud con Guillermo es de respeto y consideración hacia un artista que, sin ser yo musicólogo, reconozco como uno de los tenores salteños que se forjó una trayectoria destacada no sólo en Salta sino también con estudio y actuaciones fuera de la provincia.

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