Nació Tsushima Shuji en Kanagi en la prefectura de Aomori, en 1909.
Su padre era el mayor propietario de tierras. Dazai fue uno de los once hijos. Como su madre era demasiado dĆ©bil para cuidar de todos sus hijos, vivĆa con una tĆa. Empezó a escribir temprano y, en 1943, fue a la Universidad de Tokio para estudiar literatura francesa. Al mismo tiempo, comenzó a coquetear con el comunismo. Fue tambiĆ©n en esta Ć©poca, que hizo su primer intento de suicidio. Osamu Dazai se suicidó con su amante en Tokio, arrojĆ”ndose a un canal del rĆo Tama. Era 1948 y estaba a punto de cumplir los cuarenta aƱos. Anteriormente, ya lo habĆa intentado en otras cuatro ocasiones. HacĆa pocos meses que habĆa sido publicado Ā«Indigno de ser humano / Ningen ShikkakuĀ» (1948, Ed. SajalĆn 2010), considerado la mejor obra de su breve bibliografĆa y pieza clave de la literatura japonesa contemporĆ”nea, habiendo llegado a superar, en la actualidad, los diez millones de ejemplares vendidos. DĆ©cimo hijo de una familia acomodada, estudió literatura francesa en la universidad de Tokio. Cuando la dejó, fue para militar en el clandestino movimiento comunista, lo que le valió ser encarcelado y torturado por el rĆ©gimen militar.
Autor de varios libros de relatos y de dos novelas, fue candidato al premio Akutagawa en 1935 y 36. Desheredado por su padre a causa de una relación con una geishade rango menor, Osamu malvivió devorado por su adicción a la morfina y al alcohol, que le llevaron a intentar quitarse varias veces la vida hasta que finalmente lo consiguió. Conviene no olvidar el fuerte componente de honor que en la cultura japonesa suele llevar asociado el suicidio.
ESPERANDO
Todos los dĆas voy a la pequeƱa estación de tren a buscar a alguien. QuiĆ©n es ese alguien, no lo sĆ©.
Siempre paso por ahĆ despuĆ©s de hacer las compras en el mercado. Me siento en una frĆa banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraĆdamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que estĆ” frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraĆdamente. ĀæQuĆ© sucederĆa si alguien sonriese y me hablase? Ā”Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua frĆa en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continĆŗo esperando a alguien todos los dĆas. ĀæA quiĆ©n podrĆa ser que estuviera esperando? ĀæA quĆ© tipo de persona? Pero quizĆ”s lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como āĀæquĆ© tal, cómo estĆ”?ā, o āĀ”cómo refrescó!ā, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona mĆ”s falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez mĆ”s repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y asĆ pasa la vida.
A mĆ no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo mĆ”s cómodo ha sido para mĆ estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra (1), y el ambiente se puso tan tenso, que empecĆ© a sentirme culpable de quedarme en casa todo el dĆa sin hacer nada. Me sentĆa angustiada y no podĆa relajarme en absoluto. QuerĆa hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. PerdĆ toda fe en la vida que habĆa llevado hasta ese momento.
No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningĆŗn lugar adonde ir. AsĆ que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraĆdamente en la frĆa banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ĀæquĆ© harĆa? La idea me da pĆ”nico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcarĆ” mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasĆas impudentes se entretejen de una forma muy extraƱa. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeƱa y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revĆ©s. La sensación es vaga, como si estuviera soƱando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. Ā”Ay! ĀæQuĆ© cosa estoy esperando? Acaso yo no sea mĆ”s que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser Ćŗtil, quizĆ”s sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasĆas indiscretas. Me siento aquĆ con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mĆ puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.
ĀæPero, a quiĆ©n diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continĆŗo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquĆ todos los dĆas a la vuelta de las compras y me siento en esta frĆa banca a esperar. ĀæY si alguien me sonriera y me hablara? Ā”Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, Āæa quiĆ©n? ĀæQuĆ© espero? ĀæUn marido? No. ĀæUn novio? No, para nada. ĀæUn amigo? De ningĆŗn modo. ĀæDinero? Es ridĆculo. ĀæUn fantasma? Ā”Ay no, por favor!
Algo mĆ”s apacible y alegre, algo maravilloso. No sĆ© quĆ©. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a travĆ©s de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteaƱera que viene todos los dĆas a la estación y regresa a su casa sintiĆ©ndose vacĆa. Por favor recuĆ©rdeme, y no se rĆa de mĆ. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verĆ” algĆŗn dĆa.
(1) Se refiere a la Segunda Guerra Mundial (N.T.)
Traducción de Pablo Figueroa.
SIN BROMAS
ĀæQuĆ© iba a ser de mĆ? Solo pensar en ello me estremecĆa, me consternaba hasta el extremo de quedarme en casa sentado sin hacer nada. Un dĆa salĆ de mi apartamento en el barrio de HongĆ“ y me dirigĆ arrastrando el bastón de bambĆŗ hasta al parque de Ueno. Era una tarde de mediados de septiembre. Mi yukata blanca ya no resultaba apropiada para la Ć©poca del aƱo y me sentĆa horriblemente llamativo, como si brillase en la oscuridad. Estaba tan abatido que no querĆa vivir mĆ”s.
De la superficie del estanque de Shinobazu se levantaba un viento estancado y pestilente. Las flores de loto que crecĆan allĆ habĆan empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas, atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estĆŗpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debĆa de andar cerca.
Caminé sin proponérmelo hasta la estación de Ueno.
Entre los soportales de esa Ā«Maravilla de OrienteĀ» pululaba una oscura, serpenteante e incontable muchedumbre. Almas derrotadas. Todas y cada una de ellas. No podĆa hacer nada por evitar esa impresión. Para los campesinos que viven en los pueblos del lejano noreste, todo eso no son ni mĆ”s ni menos que las puertas del infierno. Pasas a travĆ©s de ellas para entrar en la gran ciudad y regresas de nuevo a casa, roto, destruido, con nada mĆ”s que harapos colgando de un cuerpo saqueado. ĀæQuĆ© esperabas? Me sentĆ© con una sonrisa en los labios en un banco de la sala de espera de la estación. ĀæNo te lo habĆan dicho?
ĀæCuĆ”ntas veces te advirtieron de que si te marchabas a Tokio no irĆas a ninguna parte? Hijas, hijos, padres. Sentados en los bancos a mi alrededor, despojados de todo su ingenio, ocultos tras sus ojos nublados. ĀæQuĆ© es lo que ven? Flores fantasmagóricas que bailan en la oscuridad, la historia de sus vidas desplegĆ”ndose como si fueran pergaminos frente a ellos, como lĆ”mparas giratorias decoradas con rostros indescriptibles.
Me levantĆ© para escapar de aquella sala y caminĆ© por el andĆ©n hacia la salida. Acababa de llegar el expreso de las siete y cinco. Un enjambre de hormigas negras empujaba y zarandeaba, caĆan unas sobre otras en la aglomeración que se dirigĆa y salĆa del tren. Cestas y maletas por todas partes. TambiĆ©n bolsos anticuados de viaje que yo tenĆa por desaparecidos hacĆa ya tiempo. ĀæLos habrĆan expulsado a tod los de su tierra natal?
Los hombres vestĆan con presunción. Portaban un tenso y
agitado semblante. Pobres cabrones. Ignorantes. Una pelea con el padre y huyen precipitadamente. ImbƩciles.
Un joven en concreto llamó mi atención. Fumaba de una forma
esplĆ©ndida y afectada. Sin duda lo habĆa aprendido en una
pelĆcula e imitaba a algĆŗn actor extranjero. Salió por la puerta con una Ćŗnica maleta. Con la ceja arqueada inspeccionó los alrededores. SeguĆa actuando. VestĆa un traje de cuadros chillón. Los pantalones, por no decir otra cosa, eran demasiado largos. ParecĆa como si le nacieran en el cuello.
Gorra blanca de deporte. Zapatos de cuero rojo. Apretó las comisuras de los labios y salió a la calle, tan elegante que resultaba cómico. Me entraron ganas de tomarle el pelo. Aquellos dĆas estaba bastante aburrido y no encontraba nada con lo que distraerme.
āĀ”Eh, tĆŗ! Ā”Takiya! āHabĆa visto su nombre escrito en la maletaā. AcĆ©rcate un momento.
CaminĆ© con brĆo delante de Ć©l sin mirarle a la cara.
El chaval me siguió dócilmente, como si lo arrastrara el torbellino del destino. Tengo cierta confianza en mi conocimiento de la
psicologĆa humana y, cuando la gente estĆ” distraĆda, la mejor manera de hacerte con ellos es comportarte de una manera
abrumadora, dominante. Se transforman en arcilla en tus manos.
Tratar de tranquilizar a tu vĆctima actuando de forma natural, razonando con cierto tono de seguridad, puede provocar un resultado opuesto al deseado.
Caminé hacia la colina de Ueno. Subà despacio por las escaleras de piedra.
āCreo que deberĆas ponerte en manos de tu viejo camarada ādije.
āSĆ seƱor ācontestó Ć©l, rĆgido.
Me detuve al pie de la estatua de Saigo Takamori. No habĆa nadie
alrededor. Saqué un paquete de cigarrillos y encendà uno.
MirƩ la cara del chico iluminada por la luz de la cerilla.
AllĆ estaba Ć©l, haciendo un mohĆn, con toda la ingenuidad de un niƱo. EmpecĆ© a sentir lĆ”stima por Ć©l y pensĆ© que ya le habĆa tomado el pelo lo suficiente.
āĀæCuĆ”ntos aƱos tienes?
āVeintitrĆ©s.
TenĆa un fuerte acento del campo.
āTan joven, Āæeh? āSuspirĆ© sin quererā. De acuerdo. Puedes
irte.
Iba a explicarle que tan solo querĆa darle un pequeƱo susto, pero de pronto me atrapó la tentación ānada comparable a la emoción de estafar a tu propia mujerā de tomarle un poco mĆ”s el pelo.
āĀæTienes algo de suelto por ahĆ?
Se inquietó y al cabo de un momento respondió:
Ā«SĆĀ».
āDame veinte yenes. āLa situación resultaba cómica.
Sacó el dinero.
āĀæPuedo irme ya?
Con su pregunta me daba pie para echarme a reĆr en su cara y
decirle: «Te estoy tomando el pelo. Es solo una broma, idiota. Ahora ya sabes el lugar terrible que puede ser Tokio. Vuélvete a casa y tranquiliza el corazón de tu padre». Sin embargo, no
habĆa empezado toda mi rutina solo por el placer de la diversión. DebĆa la renta del apartamento.
āGracias. No me olvidarĆ© de ti, colega.
Mi suicidio se pospuso un mes mƔs.
– Fuente: japandia.blogspot.com.ar
– Publicado por revistadeartes.com.ar