Cuando de amores se trata, los lĂmites son virtuales.
En mis honestas intenciones de que mi primer libro Sexu-Bar se agote convenientemente por los esfuerzos personales, a pesar de estar en las LibrerĂas locales, es que recurro al “boca-boca”, al “puerta-puerta” de mis conocidos, exponiĂ©ndome a una firme negativa de aquellos que no leen ni siquiera en el baño. En esas tantas aproximaciones de ofrecimiento me frena en el umbral de su domicilio, mi amigo y vecino, Miguelo, por interpretar que el desarrollo literario de mi Ăłpera prima peca de una omisiĂłn, a la que atento dispongo mi oreja en la seguridad de que en los temas del amor, nunca se agotan las posibilidades y mucha razĂłn tenĂa, cuando entendiĂł que en los sucesivos capĂtulos faltaba el referido a: “Me enamorĂ© de la mujer de mi amigo”. Particularmente me cayĂł bomba, movilizándome toda la artillerĂa de prejuicios que esconden mi hermĂ©tica intimidad, a pesar de los esfuerzos en contra, pero nuevamente sostengo lo de mi abuela cuando decĂa: “lo que se hereda no se huerta”.
Poco me iba a durar la sorpresa, cuando en ”la tertulia de venta”, pactada con mi otro vecino Luis, al comentarle el episodio, le dio la razĂłn a mi caro comprador por cuanto la mujer de su primo, se escapĂł furtivamente con el del dpto. de arriba, dejando en el camino hijos/sobrinos y demás familiares polĂticos. Cuando de amores se trata, los lĂmites son virtuales. Me animĂ© a certificarle que en una oportunidad tomĂ© un remise, y el chofer, sin preguntarle demasiado, arrancĂł con su dolor interminable de haber perdido a su esposa en una “huida sentimental” como si eso, en las cosas del amor, fuera moneda corriente. Felizmente me dio la oportunidad de largar toda la maquinaria de mis represiones, que llegada la circunstancia, no son pocas. “Date una idea Luis, se acabaron los cĂłdigos. Con la mujer del amigo no se juega y está vedada”, pero parece que en el resto de los mortales, esta condiciĂłn, no es un impedimento para las razones de la carne.
Indudablemente que el tema me tocĂł en lo más hondo de mis principios, y no querĂa darme por vencido, pero la fuerza de la realidad era contundente con sus reflejos de reiteraciones. Mi amiga Fernanda, me dictĂł al pasar: “Lo que sucede es que muchos acompañantes”, se referĂa a aquellos comedidos que acompañan a la mujer del amigo en trances de internaciĂłn, prolongan esas atenciones, dilatadamente, en la humanidad de la cĂłnyuge del caro amigo, procurando reafirmar esas consideraciones indefinidamente. Toman con tanta seriedad ese apoyo, que terminan apoyando a la esposa del amigo. Fueron tan contundentes las versiones (con sus variaciones) que me refrescĂł lo vivido por mi amigo Burguito, quiĂ©n acompañó a su primo hermano, en una prolongada convalecencia que terminĂł, su primo, en el cajĂłn mortuorio y Ă©l como esposo de la mujer del primo. Eso sĂ, todo, absolutamente todo, con la intermediaciĂłn del cura párroco, con la consiguiente bendiciĂłn cristiana. AsĂ la historia, vale la pena.
Cosas de mujeres
Todo lo que a la mujer se refiere no deberĂa causarme desconcierto, toda vez que son capaces de lo inaudito, como lo de mi amiga Sabina, que siendo una impactante morocha (¡espectacular!), cambiĂł su natural imagen por el de una blonda muchacha, dejando por el suelo la expectativa de sus innumerables admiradores. Por suerte, hay tiempo para rectificaciones de colores capilares. El mismĂsimo S. Freud, dio testimonio de ello, preguntándose: “QuĂ© quiere la mujer”, abriendo un abanico de conjeturas para sus sucesores. Son tan enigmáticas, que hoy la teorĂa pone en duda la “tradicionalmente” funciĂłn materna; es decir, ser Mujer no es sinĂłnimo de ser madre como se aceptaba comĂşnmente. Hoy se puede asegurar, sin temor a errar, que la biologĂa no alcanza y que no todas las mujeres pueden ser madres. SĂłlo se puede ser madre por el deseo. Aquellas mujeres que deciden no ser madres, por la razĂłn que fuera, es un acto de valor, de coraje, de separarse del Otro, de no hacerlo consistir en un hijo. Ese valor de reconocer que no se desea un hijo, es reconocer las limitaciones y liberarse de un mundo de fantasmas sociales y culturales y poner en juego su verdadero deseo. Estas mujeres deciden otro camino que el de la tierna “madrecita”, marcando su proyecto en otras vĂas del deseo.
De ahĂ a que se vayan con un amigo del esposo, con el primo hermano del finado o con el transeĂşnte circunstancial de turno, es un tema menor.