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jueves, septiembre 24, 2020

Ranni y Acosta sacaron la basura de una clase media en extinción

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“La noche de la basura” se estrenó en Buenos Aires hace 35 años, pero la dramaturgia de Beto Gianola con dirección de Carlos Evaristo no ha perdido vigencia y sus sentidos se resignifican en la actualidad. Se presentó el jueves 10 de mayo en el Teatro del Huerto con un público que brindó aplauso sostenido al talento de Ranni y Acosta.

Te reirás porque la propuesta es amena. “La noche de la basura” simplifica el irrisorio drama de una familia representativa de la clase media argentina, él (Rodolfo Ranni) y ella (Ana Acosta) son un matrimonio que decide hablar por primera vez de sus problemas luego de 26 años de casados, la noche en que el hijo de la pareja está llegando a Mar del Plata por su luna de miel. “Viví con un cerdo toda mi vida”– le espeta ella. José no se priva de tratar de “yegua” a la hermana de su mujer y de “cagador” a su suegro. En estos personajes se pueden reconocer muchos matrimonios que rivalizan descubriendo las debilidades de la parentela. Pero sus problemas son afines porque él es un carpintero que trabajó 12 horas por día toda su vida para darle la mejor situación económica al hijo mientras ella planchaba, lavaba, cocinaba, limpiaba y educaba a Oscarcito, por lo que descuidó el romance con su marido y la pasión se disolvió apenas arrancaban como pareja. Ella le reprocha las infidelidades con la mucama de los Ortiz, la chatura de sus conversaciones y la falta de intelectualidad del marido quien ve con recelos que su mujer haya noviado con un ingeniero – y que quizá por ello ambicionó que su hijo también lo sea. Un tipo simple que quería una vida simple, una mujer con aspiraciones que se casó con un obrero, enfrentan posicionamientos y diferencias sociales que los han llenado de silencios e hipocresías en lo que va de la convivencia.

Ambos se desbocan, pero al mismo tiempo, descubren que son uno para el otro. El público ríe con un humor culposo, hecho a la medida de nuestras carencias no sólo emocionales sino materiales, con conflictos en común, que permiten una gran identificación con los personajes. Rodolfo Ranni y Ana Acosta interpretan sus papeles de manera excelente, logran colocar el acento en lo cotidiano, sin exageraciones, con soltura y matices de un realismo convincente. Sus trabajos interpretativos son dignos de subrayar y también, la actualización y el toque que el director puso en la pieza para no perder de vista la vigencia temática.

Hay una construcción identitaria de notable valor en este texto y remueve cosas que generaciones de hombres y mujeres de entre los 40 y 60 años pueden reconocer en el tipo de educación, en las formas de trabajo, en los valores antiguos de las familias de antes, en los vínculos afectivos y sexuales, en esa necesidad de supervivencia de una clase, en la cultura del esfuerzo que existía en el pasado (no lejano) y hasta en el viejo álbum de fotos que hoy ya no existe porque todo se ha digitalizado.

Algo que me llamó la atención es que el protagonista lea el diario de Romero… Pensemos en un elenco salteño que actúe en Buenos Aires y su personaje central lea el diario de la Noble. Creo que un personaje de este calibre debe tener otro tipo de lecturas, sobre todo de medios menos monopólicos porque podría resultar de ello, una interpretación ideológica que quizá no esté acorde al propósito final de la obra.

Esta gran comedia dramática invita a vernos y reconocernos. Acaso como si aquellos fuesen el alter ego de lo más detestable que tenemos los argentinos, pero también, de lo mejor de lo que somos capaces. La intención reflexiva se ve reforzada no sólo por lo que suscita durante, sino por lo que genera después de asistir al teatro.

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