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viernes, septiembre 18, 2020

El Magnicida, un intento de aproximación psicológica

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La noche de los lápices, ¿41 años de un mito?

La Argentina necesita esclarecimiento, verdad, justicia, historia y memoria. Pero verdaderas. Emilce Moler, sobreviviente de "La Noche de los Lápices" fue secuestrada, torturada y liberada durante la última dictadura militar. Escribe el diario Crónica que junto a los otros jóvenes que hoy siguen desaparecidos, participó de las movilizaciones por el boleto estudiantil. "Los lápices, esta vez, escriben ¿dónde está Santiago Maldonado?", concluyó Moler. Sin embargo, ya en 2010, El Pregón se refería a "la corrupción moral que recorre la República Argentina desde que la progresía, las derechas y las instituciones esenciales del Estado se rindieron políticamente a la ofensiva mediática de una izquierda decidida a borrar de la Historia sus crímenes, se podría seleccionar, por su especial carga de cinismo y manipulación, el caso conocido como 'la noche de los lápices'.

Los magnicidas compartieron en algún momento los mismos sueños que los asesinados por ellos. La ceremonia totémica de los hijos comiendo al padre para introyectar sus atributos resuena en estos casos. Necrofilia, narcisismo y simbiosis incestuosa.

¿Será posible caracterizar psicológicamente al magnicida?
Intento hablar del que comete magnicidio por convicción, por causa, por “ideal”. Pienso en Ramón Mercader, convencido militante comunista, asesinando al creador del Ejército Rojo y uno de los líderes de la revolución bolchevique, León Trotsky; pretendo comprender al religioso israelí asesinando al Héroe de Israel y Premio Nobel de la Paz Izhak Rabin; trato de dar cuenta de Marco Bruto asesinando a su padre, Julio César, el genio político y militar que terminó con la República Romana dando inicio al imponente Imperio Romano.

Observemos que en los tres casos, los magnicidas compartieron en algún momento los mismos sueños que los asesinados por ellos: la revolución comunista como redentora de la humanidad; Israel como consumación del milenario sueño de retornar a la Tierra Prometida; la conquista del mundo, realización del destino Romano. Pero participan como oscuros personajes, no como los grandes realizadores de esos sueños, a los que en un momento dado ultiman.

Ramón Mercader vivirá sus opacos años restantes en una “dacha” stalinista; el joven ultrareligioso que viola uno de los 10 mandatos fundantes de su religión, vegetará el resto de sus días en una cárcel de seguridad israelí; Marco Bruto jamás podrá alcanzar la inmensa estatura histórica de su padre.

La ceremonia totémica de los hijos comiendo al padre para introyectar sus atributos, resuena en mí.

jpg_gandhi_time.jpgEl magnicida por convencimiento, participa fanáticamente de un gran sueño; el que perecerá en sus manos ha sido en algún momento un gran realizador de ese sueño; al tiempo del magnicidio, el que fue alguna vez ídolo viviente de ese sueño compartido, “lo ha traicionado” -según la mirada del magnicida. Él castiga esa “traición”, reivindica para sí la gloria que el otro mereció y “traicionó”. Y se convierte así, mágicamente, en el que posibilita que el sueño traicionado continúe, se realice. (Ramón Mercader “posibilitará” que Stalin realice el sueño comunista que Trotsky estaba “traicionando”; el asesino de Rabin “posibilitará” que se realice el sueño del Gran Israel “traicionado” por el héroe de la Guerra de los Seis Días; Marco Bruto “castigará” a su padre por traicionar la República y pretenderá que ésta continúe gracias a su criminal acción. Nótese que en los tres casos, el fracaso final corona estos asesinatos mesiánicos).

Erich Fromm, denomina “síndrome de decadencia”, al “estado patológico más grave y raíz de la destructividad e inhumanidad más depravada.”

La “necrofilia” integra el tríptico que compone ese síndrome. Adquiere cabal expresión en el “Viva la muerte” del general falangista español Millán Astray, que motivara la tremenda respuesta de Unamuno: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitarías algo que os falta: razón y derecho en la lucha.” El magnicida es un necrofílico. Ama la muerte como “solución final” o catalizador de la “solución final”. Carece “de razón y derecho en la lucha”, pero está convencido de tenerla. No duda. “La duda es la jactancia de los intelectuales” dijo un conocido carapintada argentino, disfrazado hoy de político. “Creando y destruyendo, el individuo trasciende su papel como mera criatura”. Destruir vida sólo requiere el uso de la fuerza: el magnicida, impotente para crear, para sostener su sueño, pretende “trascender” destruyendo la vida del “enemigo” de su sueño, o más aún, del que corporizándolo en alto grado en algún momento, “lo traiciona”.

jpg_Benazir2.jpgEl “narcisismo” es la segunda pata del trípode. El magnicida es un narcicista maligno. Él y sus cosas, su concepción y su pertenencia, son sobrevalorados. Todo lo exterior a ella es desvalorizado. Y lo que en su concepción mesiánica “se opone” a ella, debe ser destruido. Al narcicista -si toma conciencia de sus limitaciones- lo amenaza la depresión. Trata de curarse de la depresión enfermando mentalmente en grado más grave, hasta llegar a la psicosis. Deforma así la realidad: él salvará a la humanidad (o a la raza aria, o al comunismo o al judaísmo o a la República Romana). “Dios” o el “Ideal” o la “Patria” están de su lado. Si tiene capacidad suficiente, logrará el asentimiento de otras personas, quizá de millones de personas, a sus sueños mesiánico-destructivos: de allí saldrá un Hitler, un Stalin. Si carece de esa capacidad, asesinará al que sí la posee, pero que en su delirio místico-paranoide se opone a su visión: será el magnicida, será Ramón Mercader, será Marco Bruto, será el oscuro adorador del Rabino fanático Kahn.

La tercera pata es la simbiosis incestuosa. Así como es extraordinaria la energía que liga al niño a la madre, si no logra avanzar psicológicamente hacia la individuación y separación, cuando adulto reemplazará su adhesión simbiótica a la madre por una adhesión simbiótica y fanática a una idea, a un “Dios”, a un “Padre poderoso”. Si posee capacidad suficiente, liderará una nueva religión, una nueva causa, un nuevo imperio. Si no la posee, adherirá a los “mandatos” de la religión, de la causa, del imperio. Y matará al que se oponga a ella.

jpg_Lennon_John.jpg
El magnicida es un impotente que delira grandeza, vampirizando al que mata, pretendiendo mágicamente pasar así a la historia sorbiendo la vitalidad del que asesina, ya que no puede trascender de otra manera. Es un narcisista maligno, un necrofílico incapaz, un simbiótico inmaduro. Pero todo esto llevará al magnicidio, sólo si ha “totemizado” a su víctima. Se ha identificado primero con él, y lo ha convertido luego en el único obstáculo de la realización de su idea, de su dios, de su patria. Matándolo destruye el obstáculo y pretende sorber su fuerza trascendente. Pasará a la historia como “el que mató a…” ya que no pudo pasar como “el que lideró a…”

Magnicidios… Genocidios… ¡Cuántos “cidios” más conocerá la humanidad!

¿Llegará alguna vez la etapa profetizada por León Felipe: “Cuando el hombre sea libre, la política será una canción”?

Licenciado David Slodky

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