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miércoles, octubre 28, 2020

El peronismo o el espejo monstruoso de Borges

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… amor y odio son dos caras de la misma moneda…

El “otro”, surgido desde la configuración imaginaria, alcanza, por cierto, ribetes que tienen que ver con el amor y el odio, por eso, puede decirse que amor y odio son dos caras de la misma moneda, de modo tal, que en el mito, Cupido arrojaba dardos de plata para causar odio y dardos de oro para causar amor.

Amor y odio rigen la cuestión del “otro” en Borges, pero en esa articulación también se sitúa lo monstruoso, esa instancia de horror que causa el propio reflejo o el reflejo de los otros, y que produce repulsión, pues puede aparecer como lo semejante y fraterno. Lo monstruoso presenta un punto de relación con quien lo contempla: es el espejo de Borges, que conlleva el rostro desconocido y temido como en el célebre retrato de Dorian Gray, es la guerra entre hermanos, imposible de explicar, el duelo entre pares, es, en fin, el crimen y el odio entre los hombres desde Caín y Abel… La relación entre Borges y Perón, está marcada por la cercanía, el asombro y la repulsa de lo imaginario que deviene del “otro”, marca que puede rastrearse en la escritura borgena y en las biografías de ambos.

En el cuento “La noche de los dones” (El libro de arena, 1975), hay una fecha que será recurrente en Borges: 1874. Ese año había nacido Jorge Guillermo Borges, su padre, y ese año también fallecía de manera heroica el Coronel Francisco Borges. Esa fecha fundamental en los antepasados de Borges, nada menos que el padre y el abuelo, se torna aun más significativa ya que en 1874 nacen quienes podríamos llamar padres literarios del escritor: Leopoldo Lugones y Macedonio Fernández.

Con Leopoldo Lugones, Borges tendrá una relación distante y compleja en su juventud, y reconocerá, ya en la madurez, a un maestro, según la dedicatoria a El hacedor (1960), reconocimiento al padre muerto que se erige en modelo luego del necesario parricidio, podría inferirse desde el psicoanálisis. Lo cierto es que el estilo modernista de Lugones fue rechazado no sólo por Borges sino por todos los ultraístas, salvo el desenfadado Lunario sentimental (1909), pleno de humor e irreverencias. Respecto de Macedonio la relación fue de admiración y franca camaradería, por la especial atracción que ejercía su figura desprejuiciada y revulsiva entre los jóvenes.

1874, la noche del 30 de abril, exactamente, será el índice temporal de “La noche de los dones”, donde un hombre mayor cuenta en una rueda de amigos (en un relato enmarcado cuyo narrador primario es el mismo Borges quien evoca el cuadro desde su propia memoria) su experiencia en un burdel de Lobos, en el cual se inicia sexualmente en brazos de “la Cautiva”, una pobre chica de Catamarca que ejerce la prostitución. Este joven verá de cerca a la muerte, pues allí es acorralado y matado por la policía, nada menos que el malevo Juan Moreira. Esa noche de “dones”, de “revelación”, es narrada en presencia del padre de Borges y el mismo Borges aún niño. Sabemos que en Lobos había nacido Juan Perón y que su abuela Dominga Dutey tenía, según la leyenda familiar, guardada la cabeza de Moreira en una caja (coincidencia también con Sobre héroes y tumbas (1961), de Sábato, donde la protagonista Alejandra Vidal Olmos alude reiteradamente a una cabeza guardada en una caja de sombreros, producto de las decapitaciones de las guerras civiles). En este punto, en esta encrucijada de tiempo y espacio, los fantasmas se encuentran, inmersos en la trama del padre, de la novela familiar del padre: Juan Moreira-Juan Perón y Jorge Borges padre y Jorge Borges hijo, en la revelación que se otorga a los hombres en momentos especiales, de honda significación particular en cada vida.

Esta convergencia reaparece negada y reprimida porque evoca algo de lo prohibido (acto sexual-muerte) y surge como lo monstruoso. Uno de los más famosos cuentos de Borges sobre el peronismo se llama precisamente “La fiesta del monstruo” en Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977). Este cuento, escrito en colaboración con Bioy Casares en 1947 (o sea un año después de la asunción de Perón a la presidencia) y publicado en 1955, año de la llamada “Libertadora”, muestra la jornada del 17 de octubre como el accionar de “la chusma”, gente proveniente del sur, del llamado “gran Buenos Aires”, que “invade” la civilizada ciudad de Buenos Aires, haciendo gala de grosería y barbarie. Siguiendo el esquema de El matadero de Echeverría, que presenta la dicotomía irresoluble civilización-barbarie, el populacho asesina a un joven judío que se niega a saludar la figura del “Monstruo” (Perón, quien hablaría en Plaza de Mayo). Desde el registro del lenguaje popular, Borges y Bioy pintan un abigarrado cuadro que corresponde a la triste caracterización clasista y oligárquica de “aluvión zoológico” pergeñada por el legislador Sanmartino, vocero de la burguesía. Este cuento tiene su antecedente en otro relato compartido con Bioy: Un modelo para la muerte (1946), publicado con el pseudónimo de B. Suárez Lynch, apellidos de los antepasados de ambos.

En 1955, Borges firma un artículo donde habla no sólo de dictadura, sino de humillación, ultrajes y tortura, es “L `illusion comique”, publicado en la celebérrima revista Sur de Victoria Ocampo, en noviembre de 1955, o sea pocos meses después del golpe de estado militar.

Son muchas las anécdotas y expresiones de Borges contra el peronismo, en entrevistas y conferencias, pero en los textos, ese entramado tan consistente porque allí se juegan todas las partidas, aparece pintada la ceguera política del escritor, que no hace otra cosa que ser “patéticamente fiel a su clase”, como afirma el ensayista y poeta cubano, Roberto Fernández Retamar en Fervor de la Argentina (1993).

Así, en El hacedor (1960), dos cuentos ejemplifican esta posición, “El simulacro” y “Martín Fierro”. En el primero, un hombre monta un espectáculo teatral, la escenificación de un funeral, entre grotesco y circense, en un “pueblito del Chaco”, durante los días de julio de 1952, fecha que remite inmediatamente a la muerte de Evita, a quien se representa en la dramatización con una muñeca rubia. El actor(o simulador) dice ser Perón y la gente se acerca a saludarlo, mientras deposita en una alcancía una cuota de dos pesos, en un acto de borramiento de límites, como si el teatro invadiera la realidad o viceversa (a la maneara de la escena de los cómicos en Hamlet, dice el narrador). La conclusión es la triste constatación de que también Perón y Evita eran simulacros, y que nadie los conocía, nadie sabía quiénes eran. En este cuento hay sin dudas reminiscencias de la concepción dramática del barroco que muestra la contaminación teatro-realidad (Shakespeare, Calderón de la Barca).

En “Martín Fierro”, el narrador evoca dos tiranías en el país, la primera, la de Rosas, con degollados y proscriptos y la segunda, la de Perón, con” cárcel y muerte”. Este cuento entronca con “El otro”, en El libro de arena (1975), donde el Borges maduro, ciego y escéptico conversa con el “otro”,él mismo, joven, idealista, lector de Dostoievski, ingenuo casi, y le comenta como un visionario que “Buenos Aires, hacia mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente”. En esta alusión irónica a Perón y al parentesco con Rosas, puede leerse que hay un territorio compartido, más allá de lo concreto: el territorio de los fantasmas. Si Perón es parecido a Rosas, y Rosas es pariente de Borges, puede inferirse que no está lejos el parentesco Borges-Perón, en ese universo de sueño donde transcurre la materia del relato. Pero demos un paso más, en esa expresión está presente el escritor argentino más admirado por Borges: Sarmiento, quien asevera que Rosas era producto de la culta Buenos Aires y por lo tanto más perverso. De algún modo, Borges avizora que Perón no provine de la barbarie,
( Perón era un militar de carrera, egresado del Colegio Militar de la Nación, en donde solamente ingresaban los hijos de la más rancia aristocracia argentina, y sus abuelos paternos pertenecían a la élite porteña ya que el abuelo Tomás Liberato Perón había sido profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Buenos Aires y había combatido en la guerra contra el Paraguay, o sea que, como los abuelos de Borges, era un héroe de la Patria), sino de la querida Buenos Aires, la ciudad de sus amores, la europea Buenos Aires. En síntesis, muestra que la barbarie puede venir de la civilización, que surge de lo cercano y doméstico, que es lo monstruoso o lo siniestro, que se convive con ella y que “la fiesta del monstruo” no sólo atañe a los peronistas sino también a la burguesía, jamás dispuesta a deponer sus mezquinos privilegios.

El planteo civilización-barbarie aparece en su cruda dimensión, vista por los fantasmas del escritor, en “Historia del guerrero y la cautiva” (El Aleph, 1949)), relato donde los elementos autobiográficos remiten inmediatamente al contexto familiar del escritor Jorge Luis Borges. Uno de los personajes, la abuela inglesa del mismo Borges, se ha “desterrado” prácticamente en el fuerte de Junín, donde su esposo, el Coronel Borges, es jefe de fronteras. Leemos: “Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo…”En ese ámbito rústico, Fanny Haslam de Borges, encuentra a su “doble”, una mujer inglesa como ella pero que ha devenido en india. Apenas pueden reconocerse la piel blanca y los rasgos europeos en esa cuasi salvaje, que bebe sangre cruda de animales y habita en las pampas, que ha olvidado, en gran medida, su lengua, que lleva una vida “feral” entre fogatas, carne de potro, poligamia, magia y suciedad. Esa transculturación no puede ser entendida, en un primer momento, por el narrador-Borges, quien transmite la impresión de su abuela: “Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver.”

Sabemos que en Junín transcurrieron la infancia y adolescencia de María Eva Duarte, luego Eva Perón, por lo que este cuento articula nuevamente las constelaciones existenciales e históricas de Perón y Borges. La abuela y bisabuela maternas de Evita, habían trabajado en el fuerte de Junín en las épocas de la guerra contra el indio. Sin duda el apellido Borges les debería de haber sido conocido, lo mismo que a Evita. No es desatinado pensar que esas mujeres hubieran visto en alguna ocasión al mismo Coronel Borges en esos años difíciles y crueles en que se decidió el exterminio de los pueblos originarios, siguiendo los postulados europeos de la llamada civilización blanca. Hay que destacar que en la economía del relato borgeano que nos ocupa, la historia de Fanny Haslam, explica la historia que preocupa a Borges y con la que comienza el cuento, la del guerrero lombardo Droctulft (narrada por Croce en La poesía, que el escritor confiesa haber leído, siguiendo su técnica de narrar, completar, glosar, anotar, reflexionar sobre historias contadas oralmente o escritas en otros textos o sea escritura palimpsesto), que invadiera Ravena para morir luego defendiendo esa ciudad. Los raveneses graban un simbólico epitafio sobre su tumba para expresarle su gratitud. El lombardo, tal vez antepasado del Alighieri, dejó su mundo bárbaro para invadir el mundo romano, ese sur atractivo y diáfano, de ciudades con capiteles, estatuas, gradas y jardines, urbes diseñadas con esmero, en suma” la civilización”. De modo paralelo, la inglesa, la cautiva robada por el malón a sus padres, vive con un “capitanejo” indio y le ha dado dos hijos, pues ha pasado, en un movimiento inverso, de la civilización a la barbarie. Dice el narrador borgeano: “Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias” y más adelante: ”En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro, y todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles”.

Sin embargo Borges no se conforma, da un paso más. Dice: “A esa barbarie se había rebajado una inglesa” y finalmente concluye: “Francisco Borges moriría poco después, en la revolución del 74; quizá mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino…”O sea la “otra” mujer, la de la imagen, la par, pero también la desconocida, la enigmática, la temida, instancia determinante en la sexualidad femenina, según Freud, pues la pregunta de la mujer remite siempre a la “otra” mujer.

De este modo, la fecha 1874, año del nacimiento del padre y muerte del abuelo de Borges, cierra el ciclo pero anudándose con ”lo monstruoso”, ahora del espejo, del “otro”, temido y rechazado, pero cercano, “el monstruo” tan odiado en nosotros mismos, el semejante, el que nos refleja en su reverso, el horror al espejo que recurre en Borges. En “Historia del guerrero y la cautiva” ese horror aparece representado por la certeza de la abuela que el narrador intenta adivinar o dilucidar: “…un espejo monstruoso de su destino…”

Anudamiento entre el uno y el otro, “La fiesta del monstruo”, Juan Perón, civilización y barbarie, reflejos de un engañoso espejo. Tal vez esta cuestión explica los límites de la tesis largamente sostenida por la ideología colonialista, al tratar de arrojar luz sobre relaciones históricas, económicas y sociales, dentro de un supuesto marco teórico, que se sostiene solamente por lo que Lacan llama imaginario, sin arribar a lo simbólico de lo que es el discurso científico. La relación imaginaria conlleva la desconfianza hacia el otro, la falta del crédito, el odio y, paradójicamente, el amor, lo que será siempre engañoso, un “espejismo”.

Amor-odio, dos caras de la misma moneda y que se vislumbra en los duelos de los gauchos y compadres de la narrativa borgeana, dos caras de la misma moneda reveladas en el mito y en su subsidiario: la literatura.

Este punto no puede escapar a Borges, ya que se trata de un gran escritor. Entonces se pregunta acerca de la razón oculta de las decisiones del bárbaro lombardo para hacerse “civilizado” y defender a Ravena y de la inglesa para hacerse india. Habla de “ímpetu secreto”, esa pulsión última, en terminología freudiana, situada más allá de la razón y que por lo tanto los protagonistas no hubieran podido jamás justificar. Ese ímpetu, ese punto misterioso, irreductible a la palabra, que a menudo avizoran los poetas, puede manifestarse en la expresión del narrador-Borges:”Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y reverso de esta moneda son, para Dios, iguales”.
Ese encuentro de opuestos conviene al oxímoron, figura emblemática de la escritura borgeana y con la cual da cuenta de las contradicciones más íntimas de la existencia y el universo con las que elabora sus más grandes ficciones.

Así, la sabiduría del escritor Borges supera la dicotomía civilización-barbarie, y la historia de Drocrulft explica la historia de las dos inglesas en el desierto pampeano, destinos anudados por opuestos constituyentes.

También de esta manera se plantea la relatividad del Norte y el Sur, pues para el lombardo la civilización estaba en el sur, lo que para la mayoría de los personajes borgeanos, y para el mismo Borges, es lo contrario, ya que el sur implica el atraso, la barbarie, la muerte, condicionado por la ancestral experiencia de las familias criollas argentinas que relacionaban el sur con la tierra del indio pues era “el desierto”, el lugar de las tolderías que representaban en su imaginario el peligro, el malón, y los cautivos. Por eso, tanto en Borges como en Marechal, el sur se carga de una connotación negativa, la muerte viene del sur, el viento sur trae presagios oscuros. En el mapa ciudadano, el sur de Buenos Aires, encierra esa dimensión fantasmática. Se desliza “por la puerta que mira al sur”, la tía Florentina con el puñal de Juan Muraña para matar al “gringo”, hacia el sur se encamina Juan Dalhmann al encuentro de su fin, en el sur aguarda a Lönnrot, el bandolero Red Scharlch para ajusticiarlo en el cuarto y último vértice de “La muerte y la brújula”, hacia el sur, en un cupé, es llevado el narrador-personaje borgeano para ser asesinado bajo “Las hojas del ciprés”, en su último libro, Los conjurados (1985)

El norte y el sur para Perón y para Borges

Si el sur se plantea en la cosmovisión borgeana con cualidades negativas, explicadas, como hemos dicho, por un antiguo imaginario criollo, también, por un movimiento inverso, ese sur representa el encanto y la reliquia del pasado. Las quintas y casonas, las pulperías gauchas que se pierden en la llanura conmueven al poeta Borges de la juventud y atraen de un modo fascinante al narrador de la madurez que no cesa de nombrarlas, aunque también a menudo evoca el norte, ese Palermo de la infancia, lugar de fantasmas, y sombras como la sombra de Muraña. Palermo, norte de la ciudad, será con el paso del tiempo y desde otros lugres de la producción borgeana, también símbolo del sur, pues visto desde la cultura europea que reverenciará el autor de Fervor de Buenos Aires, ese ámbito de guapos, tango y guitarra, pertenece indiscutiblemente al sur, con su rostro abigarrado, mestizo y enigmático, lo que corrobora la relatividad de los puntos cardinales, como señala Luis Toledo Sande en su libro Más que lenguaje (2008).

Las sombras pueblan el espacio suburbano y la pampa de los criollos, dice César Fernández Moreno en La realidad y los papeles (1967), en cambio para los inmigrantes, la llanura y el sur no connotan la tierra inhóspita del indio y la barbarie, el ámbito de lo mortal y oscuro, sino que ven con optimismo esos espacios, pues son los lugares que intentarán conquistar con su trabajo. Por eso la dimensión del sur en Sábato se amplía y va más allá de La Boca y Barracas, va hacia lo que era “Tierra Adentro” en el lenguaje de los argentinos viejos, su personaje Martín, en Sobre héroes y tumbas (1961) va hacia un sur inusitado, impensado para las generaciones del siglo XIX y principios del XX, va hacia la Patagonia.

La marca negativa y tanática del sur, lleva a Borges a concebir las muertes violentas, “sudamericanas”, como la de Laprida, en el Poema Conjetural, unidas al destino en un país como la Argentina, un país del sur, casi bárbaro aun, perturbador e imprevisible. Así fantasea con su muerte que ocurrirá en Buenos Aires y con su tumba que, asegura en más de una ocasión, estará en el cementerio porteño de la Recoleta, donde, paradójicamente no están sus mayores, Isidoro Suárez, héroe de la batalla de Junín, su abuelo Francisco Borges, ajusticiado luego de la capitulación de Mitre, ni su padre, Jorge Guillermo Borges, ni su madre Leonor Acevedo Suárez (“La Recoleta”, en Atlas, 1984), fantasía que repite ese poema fundante que se titula también “La Recoleta” en Fervor de Buenos Aires, de 1923 y la angustia onírica propia de los sueños diurnos del poeta en “Las uñas” (El hacedor, 1960). Esos fantasmas-o fantasías- lo llevarán, en 1986, a dirigirse al norte, a la Suiza que conoció en la niñez y adolescencia, a esa Suiza serena y de plácido orden, para morir y cumplir e incumplir paradójicamente el vaticinio de su escritura.

En cambio, Juan Domingo Perón, quien amaba el sur del país, la Patagonia, pues allí había partido en su niñez, ya que su padre, Mario Tomás Perón, se había trasladado con toda la familia a Río Gallegos. Juan Domingo evoca la caravana de carretas que los llevó a la Patagonia, junto a su hermano Avelino y a su madre, recuerda las araucarias, las violetas amarillas, la ceremonia del mate, el viento, los amaneceres gélidos, la nieve, los perros y a los baqueanos, gauchos amigos y callados que los guiaron por esos desiertos. Por otra parte, doña Juana Sosa, su madre, descendía de criollos e indios, pues Juan Sosa, su padre, pertenecía a atávicas y provincianas familias de Santiago del Estero y su madre, Mercedes Toledo, era de origen mapuche.

En alguna oportunidad, Perón confiesa que su amor hacia los perros provenía de esa etapa de su vida, cuando salía, junto a su padre, hermano y peones, a cazar guanacos en las heladas planicies patagónicas. De este modo, la edad de oro de Perón se sitúa en ese sur indómito y semisalvaje que Borges temía. Sabemos que los Borges viajarán a Europa y vivirán en Suiza y en España varios años. Entonces, el sur se alejará mucho más de la vida del niño y del adolescente Jorge Luis.

Sin embargo, cuando regresa a la Argentina, en la década del veinte, su juventud le muestra lo que había de fascinante en los arrabales, en especial los del sur, y se enamorará otra vez de los almacenes, las parras y los aljibes, los geranios y los zaguanes, los enrejados y las milongas orilleras, del lunfardo, el truco, el tango y los compadritos.

De ese sur huirá, de ese fantasma que lo atrae y repele, ese fantasma dual que sostiene toda su obra, y que encierra la cifra de lo real en el sentido de Lacan, esto es, aquello que precede al lenguaje, aquello que sucede al lenguaje, el goce definitivo, aquello que no puede ponerse en palabras. Ese lugar es temido y añorado por Borges, de ese lugar surgen sus sueños y sus textos, y de ese lugar escapa como Edipo para abrazar al Amo absoluto, en un lugar claro y cartesiano, un lugar que desdice su destino de hombre sudamericano.

Perón, en cambio, el 21 de junio de 1973, atraviesa el ecuador, en una travesía del Norte al Sur, que lo devuelve a Buenos Aires, a la pampa, al suelo querido, al suelo de la madre india y hace realidad los versos de Santos Vega:

Yo, que en la tierra he nacido

Donde ese genio ha cantado,

Y el pampero he respirado

Que al payador ha nutrido,

Beso este suelo querido

Que a mis caricias se entrega,

Mientras de orgullo me anega

La convicción de que es mía

¡La patria de Echeverría,

La tierra de Santos Vega!

Perón morirá en Buenos Aires, el 1 de julio de 1974, evocando los pehuenes de la Patagonia y los ojos de su madre Juana Sosa. Borges lo hará en Ginebra, el 14 de junio de 1986, evocando a las abuelas Suárez y Haslam, una católica, la otra protestante, unidas en el lugar último o primero del escalón del único paraíso de las vidas.

La nostalgia por el viejo sur de la ciudad de Buenos Aires, escenario del irreversible paso del tiempo y de la melancolía del arrabal, tal como lo siente Borges, se plasma en la letra del magnífico tango de Homero Manzi (letra) y Aníbal Troilo (música):

(…)

Sur…paredón y después…

Sur…una luz de almacén…

Ya nunca me verás como me vieras,

Recostado en la vidriera

Esperándote,

Ya nunca alumbraré con la estrellas

Nuestra marcha sin querellas

Por las noches de Pompeya

Las calles y las lunas suburbanas

Y mi amor en tu ventana

Todo ha muerto, ya lo sé.

Bibliografía:

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Publicado en Revista Casa de las Américas, número 266, La Habana, enero-marzo de 2012, pgs.95-102

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