… amor y odio son dos caras de la misma moneda…
El āotroā, surgido desde la configuración imaginaria, alcanza, por cierto, ribetes que tienen que ver con el amor y el odio, por eso, puede decirse que amor y odio son dos caras de la misma moneda, de modo tal, que en el mito, Cupido arrojaba dardos de plata para causar odio y dardos de oro para causar amor.
Amor y odio rigen la cuestión del āotroā en Borges, pero en esa articulación tambiĆ©n se sitĆŗa lo monstruoso, esa instancia de horror que causa el propio reflejo o el reflejo de los otros, y que produce repulsión, pues puede aparecer como lo semejante y fraterno. Lo monstruoso presenta un punto de relación con quien lo contempla: es el espejo de Borges, que conlleva el rostro desconocido y temido como en el cĆ©lebre retrato de Dorian Gray, es la guerra entre hermanos, imposible de explicar, el duelo entre pares, es, en fin, el crimen y el odio entre los hombres desde CaĆn y Abel⦠La relación entre Borges y Perón, estĆ” marcada por la cercanĆa, el asombro y la repulsa de lo imaginario que deviene del āotroā, marca que puede rastrearse en la escritura borgena y en las biografĆas de ambos.
En el cuento āLa noche de los donesā (El libro de arena, 1975), hay una fecha que serĆ” recurrente en Borges: 1874. Ese aƱo habĆa nacido Jorge Guillermo Borges, su padre, y ese aƱo tambiĆ©n fallecĆa de manera heroica el Coronel Francisco Borges. Esa fecha fundamental en los antepasados de Borges, nada menos que el padre y el abuelo, se torna aun mĆ”s significativa ya que en 1874 nacen quienes podrĆamos llamar padres literarios del escritor: Leopoldo Lugones y Macedonio FernĆ”ndez.
Con Leopoldo Lugones, Borges tendrĆ” una relación distante y compleja en su juventud, y reconocerĆ”, ya en la madurez, a un maestro, segĆŗn la dedicatoria a El hacedor (1960), reconocimiento al padre muerto que se erige en modelo luego del necesario parricidio, podrĆa inferirse desde el psicoanĆ”lisis. Lo cierto es que el estilo modernista de Lugones fue rechazado no sólo por Borges sino por todos los ultraĆstas, salvo el desenfadado Lunario sentimental (1909), pleno de humor e irreverencias. Respecto de Macedonio la relación fue de admiración y franca camaraderĆa, por la especial atracción que ejercĆa su figura desprejuiciada y revulsiva entre los jóvenes.
1874, la noche del 30 de abril, exactamente, serĆ” el Ćndice temporal de āLa noche de los donesā, donde un hombre mayor cuenta en una rueda de amigos (en un relato enmarcado cuyo narrador primario es el mismo Borges quien evoca el cuadro desde su propia memoria) su experiencia en un burdel de Lobos, en el cual se inicia sexualmente en brazos de āla Cautivaā, una pobre chica de Catamarca que ejerce la prostitución. Este joven verĆ” de cerca a la muerte, pues allĆ es acorralado y matado por la policĆa, nada menos que el malevo Juan Moreira. Esa noche de ādonesā, de ārevelaciónā, es narrada en presencia del padre de Borges y el mismo Borges aĆŗn niƱo. Sabemos que en Lobos habĆa nacido Juan Perón y que su abuela Dominga Dutey tenĆa, segĆŗn la leyenda familiar, guardada la cabeza de Moreira en una caja (coincidencia tambiĆ©n con Sobre hĆ©roes y tumbas (1961), de SĆ”bato, donde la protagonista Alejandra Vidal Olmos alude reiteradamente a una cabeza guardada en una caja de sombreros, producto de las decapitaciones de las guerras civiles). En este punto, en esta encrucijada de tiempo y espacio, los fantasmas se encuentran, inmersos en la trama del padre, de la novela familiar del padre: Juan Moreira-Juan Perón y Jorge Borges padre y Jorge Borges hijo, en la revelación que se otorga a los hombres en momentos especiales, de honda significación particular en cada vida.
Esta convergencia reaparece negada y reprimida porque evoca algo de lo prohibido (acto sexual-muerte) y surge como lo monstruoso. Uno de los mĆ”s famosos cuentos de Borges sobre el peronismo se llama precisamente āLa fiesta del monstruoā en Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977). Este cuento, escrito en colaboración con Bioy Casares en 1947 (o sea un aƱo despuĆ©s de la asunción de Perón a la presidencia) y publicado en 1955, aƱo de la llamada āLibertadoraā, muestra la jornada del 17 de octubre como el accionar de āla chusmaā, gente proveniente del sur, del llamado āgran Buenos Airesā, que āinvadeā la civilizada ciudad de Buenos Aires, haciendo gala de groserĆa y barbarie. Siguiendo el esquema de El matadero de EcheverrĆa, que presenta la dicotomĆa irresoluble civilización-barbarie, el populacho asesina a un joven judĆo que se niega a saludar la figura del āMonstruoā (Perón, quien hablarĆa en Plaza de Mayo). Desde el registro del lenguaje popular, Borges y Bioy pintan un abigarrado cuadro que corresponde a la triste caracterización clasista y oligĆ”rquica de āaluvión zoológicoā pergeƱada por el legislador Sanmartino, vocero de la burguesĆa. Este cuento tiene su antecedente en otro relato compartido con Bioy: Un modelo para la muerte (1946), publicado con el pseudónimo de B. SuĆ”rez Lynch, apellidos de los antepasados de ambos.
En 1955, Borges firma un artĆculo donde habla no sólo de dictadura, sino de humillación, ultrajes y tortura, es āL `illusion comiqueā, publicado en la celebĆ©rrima revista Sur de Victoria Ocampo, en noviembre de 1955, o sea pocos meses despuĆ©s del golpe de estado militar.
Son muchas las anĆ©cdotas y expresiones de Borges contra el peronismo, en entrevistas y conferencias, pero en los textos, ese entramado tan consistente porque allĆ se juegan todas las partidas, aparece pintada la ceguera polĆtica del escritor, que no hace otra cosa que ser āpatĆ©ticamente fiel a su claseā, como afirma el ensayista y poeta cubano, Roberto FernĆ”ndez Retamar en Fervor de la Argentina (1993).
AsĆ, en El hacedor (1960), dos cuentos ejemplifican esta posición, āEl simulacroā y āMartĆn Fierroā. En el primero, un hombre monta un espectĆ”culo teatral, la escenificación de un funeral, entre grotesco y circense, en un āpueblito del Chacoā, durante los dĆas de julio de 1952, fecha que remite inmediatamente a la muerte de Evita, a quien se representa en la dramatización con una muƱeca rubia. El actor(o simulador) dice ser Perón y la gente se acerca a saludarlo, mientras deposita en una alcancĆa una cuota de dos pesos, en un acto de borramiento de lĆmites, como si el teatro invadiera la realidad o viceversa (a la maneara de la escena de los cómicos en Hamlet, dice el narrador). La conclusión es la triste constatación de que tambiĆ©n Perón y Evita eran simulacros, y que nadie los conocĆa, nadie sabĆa quiĆ©nes eran. En este cuento hay sin dudas reminiscencias de la concepción dramĆ”tica del barroco que muestra la contaminación teatro-realidad (Shakespeare, Calderón de la Barca).
En āMartĆn Fierroā, el narrador evoca dos tiranĆas en el paĆs, la primera, la de Rosas, con degollados y proscriptos y la segunda, la de Perón, conā cĆ”rcel y muerteā. Este cuento entronca con āEl otroā, en El libro de arena (1975), donde el Borges maduro, ciego y escĆ©ptico conversa con el āotroā,Ć©l mismo, joven, idealista, lector de Dostoievski, ingenuo casi, y le comenta como un visionario que āBuenos Aires, hacia mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro parienteā. En esta alusión irónica a Perón y al parentesco con Rosas, puede leerse que hay un territorio compartido, mĆ”s allĆ” de lo concreto: el territorio de los fantasmas. Si Perón es parecido a Rosas, y Rosas es pariente de Borges, puede inferirse que no estĆ” lejos el parentesco Borges-Perón, en ese universo de sueƱo donde transcurre la materia del relato. Pero demos un paso mĆ”s, en esa expresión estĆ” presente el escritor argentino mĆ”s admirado por Borges: Sarmiento, quien asevera que Rosas era producto de la culta Buenos Aires y por lo tanto mĆ”s perverso. De algĆŗn modo, Borges avizora que Perón no provine de la barbarie,
( Perón era un militar de carrera, egresado del Colegio Militar de la Nación, en donde solamente ingresaban los hijos de la mĆ”s rancia aristocracia argentina, y sus abuelos paternos pertenecĆan a la Ć©lite porteƱa ya que el abuelo TomĆ”s Liberato Perón habĆa sido profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Buenos Aires y habĆa combatido en la guerra contra el Paraguay, o sea que, como los abuelos de Borges, era un hĆ©roe de la Patria), sino de la querida Buenos Aires, la ciudad de sus amores, la europea Buenos Aires. En sĆntesis, muestra que la barbarie puede venir de la civilización, que surge de lo cercano y domĆ©stico, que es lo monstruoso o lo siniestro, que se convive con ella y que āla fiesta del monstruoā no sólo ataƱe a los peronistas sino tambiĆ©n a la burguesĆa, jamĆ”s dispuesta a deponer sus mezquinos privilegios.
El planteo civilización-barbarie aparece en su cruda dimensión, vista por los fantasmas del escritor, en āHistoria del guerrero y la cautivaā (El Aleph, 1949)), relato donde los elementos autobiogrĆ”ficos remiten inmediatamente al contexto familiar del escritor Jorge Luis Borges. Uno de los personajes, la abuela inglesa del mismo Borges, se ha ādesterradoā prĆ”cticamente en el fuerte de JunĆn, donde su esposo, el Coronel Borges, es jefe de fronteras. Leemos: āAlguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundoā¦āEn ese Ć”mbito rĆŗstico, Fanny Haslam de Borges, encuentra a su ādobleā, una mujer inglesa como ella pero que ha devenido en india. Apenas pueden reconocerse la piel blanca y los rasgos europeos en esa cuasi salvaje, que bebe sangre cruda de animales y habita en las pampas, que ha olvidado, en gran medida, su lengua, que lleva una vida āferalā entre fogatas, carne de potro, poligamia, magia y suciedad. Esa transculturación no puede ser entendida, en un primer momento, por el narrador-Borges, quien transmite la impresión de su abuela: āMovida por la lĆ”stima y el escĆ”ndalo, mi abuela la exhortó a no volver.ā
Sabemos que en JunĆn transcurrieron la infancia y adolescencia de MarĆa Eva Duarte, luego Eva Perón, por lo que este cuento articula nuevamente las constelaciones existenciales e históricas de Perón y Borges. La abuela y bisabuela maternas de Evita, habĆan trabajado en el fuerte de JunĆn en las Ć©pocas de la guerra contra el indio. Sin duda el apellido Borges les deberĆa de haber sido conocido, lo mismo que a Evita. No es desatinado pensar que esas mujeres hubieran visto en alguna ocasión al mismo Coronel Borges en esos aƱos difĆciles y crueles en que se decidió el exterminio de los pueblos originarios, siguiendo los postulados europeos de la llamada civilización blanca. Hay que destacar que en la economĆa del relato borgeano que nos ocupa, la historia de Fanny Haslam, explica la historia que preocupa a Borges y con la que comienza el cuento, la del guerrero lombardo Droctulft (narrada por Croce en La poesĆa, que el escritor confiesa haber leĆdo, siguiendo su tĆ©cnica de narrar, completar, glosar, anotar, reflexionar sobre historias contadas oralmente o escritas en otros textos o sea escritura palimpsesto), que invadiera Ravena para morir luego defendiendo esa ciudad. Los raveneses graban un simbólico epitafio sobre su tumba para expresarle su gratitud. El lombardo, tal vez antepasado del Alighieri, dejó su mundo bĆ”rbaro para invadir el mundo romano, ese sur atractivo y diĆ”fano, de ciudades con capiteles, estatuas, gradas y jardines, urbes diseƱadas con esmero, en sumaā la civilizaciónā. De modo paralelo, la inglesa, la cautiva robada por el malón a sus padres, vive con un ācapitanejoā indio y le ha dado dos hijos, pues ha pasado, en un movimiento inverso, de la civilización a la barbarie. Dice el narrador borgeano: āVestĆa dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubiasā y mĆ”s adelante: āEn la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. VenĆa del desierto, de Tierra Adentro, y todo parecĆa quedarle chico: las puertas, las paredes, los mueblesā.
Sin embargo Borges no se conforma, da un paso mĆ”s. Dice: āA esa barbarie se habĆa rebajado una inglesaā y finalmente concluye: āFrancisco Borges morirĆa poco despuĆ©s, en la revolución del 74; quizĆ” mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, tambiĆ©n arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destinoā¦āO sea la āotraā mujer, la de la imagen, la par, pero tambiĆ©n la desconocida, la enigmĆ”tica, la temida, instancia determinante en la sexualidad femenina, segĆŗn Freud, pues la pregunta de la mujer remite siempre a la āotraā mujer.
De este modo, la fecha 1874, aƱo del nacimiento del padre y muerte del abuelo de Borges, cierra el ciclo pero anudĆ”ndose con ālo monstruosoā, ahora del espejo, del āotroā, temido y rechazado, pero cercano, āel monstruoā tan odiado en nosotros mismos, el semejante, el que nos refleja en su reverso, el horror al espejo que recurre en Borges. En āHistoria del guerrero y la cautivaā ese horror aparece representado por la certeza de la abuela que el narrador intenta adivinar o dilucidar: āā¦un espejo monstruoso de su destinoā¦ā
Anudamiento entre el uno y el otro, āLa fiesta del monstruoā, Juan Perón, civilización y barbarie, reflejos de un engaƱoso espejo. Tal vez esta cuestión explica los lĆmites de la tesis largamente sostenida por la ideologĆa colonialista, al tratar de arrojar luz sobre relaciones históricas, económicas y sociales, dentro de un supuesto marco teórico, que se sostiene solamente por lo que Lacan llama imaginario, sin arribar a lo simbólico de lo que es el discurso cientĆfico. La relación imaginaria conlleva la desconfianza hacia el otro, la falta del crĆ©dito, el odio y, paradójicamente, el amor, lo que serĆ” siempre engaƱoso, un āespejismoā.
Amor-odio, dos caras de la misma moneda y que se vislumbra en los duelos de los gauchos y compadres de la narrativa borgeana, dos caras de la misma moneda reveladas en el mito y en su subsidiario: la literatura.
Este punto no puede escapar a Borges, ya que se trata de un gran escritor. Entonces se pregunta acerca de la razón oculta de las decisiones del bĆ”rbaro lombardo para hacerse ācivilizadoā y defender a Ravena y de la inglesa para hacerse india. Habla de āĆmpetu secretoā, esa pulsión Ćŗltima, en terminologĆa freudiana, situada mĆ”s allĆ” de la razón y que por lo tanto los protagonistas no hubieran podido jamĆ”s justificar. Ese Ćmpetu, ese punto misterioso, irreductible a la palabra, que a menudo avizoran los poetas, puede manifestarse en la expresión del narrador-Borges:āAcaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y reverso de esta moneda son, para Dios, igualesā.
Ese encuentro de opuestos conviene al oxĆmoron, figura emblemĆ”tica de la escritura borgeana y con la cual da cuenta de las contradicciones mĆ”s Ćntimas de la existencia y el universo con las que elabora sus mĆ”s grandes ficciones.
AsĆ, la sabidurĆa del escritor Borges supera la dicotomĆa civilización-barbarie, y la historia de Drocrulft explica la historia de las dos inglesas en el desierto pampeano, destinos anudados por opuestos constituyentes.
TambiĆ©n de esta manera se plantea la relatividad del Norte y el Sur, pues para el lombardo la civilización estaba en el sur, lo que para la mayorĆa de los personajes borgeanos, y para el mismo Borges, es lo contrario, ya que el sur implica el atraso, la barbarie, la muerte, condicionado por la ancestral experiencia de las familias criollas argentinas que relacionaban el sur con la tierra del indio pues era āel desiertoā, el lugar de las tolderĆas que representaban en su imaginario el peligro, el malón, y los cautivos. Por eso, tanto en Borges como en Marechal, el sur se carga de una connotación negativa, la muerte viene del sur, el viento sur trae presagios oscuros. En el mapa ciudadano, el sur de Buenos Aires, encierra esa dimensión fantasmĆ”tica. Se desliza āpor la puerta que mira al surā, la tĆa Florentina con el puƱal de Juan MuraƱa para matar al āgringoā, hacia el sur se encamina Juan Dalhmann al encuentro de su fin, en el sur aguarda a Lƶnnrot, el bandolero Red Scharlch para ajusticiarlo en el cuarto y Ćŗltimo vĆ©rtice de āLa muerte y la brĆŗjulaā, hacia el sur, en un cupĆ©, es llevado el narrador-personaje borgeano para ser asesinado bajo āLas hojas del ciprĆ©sā, en su Ćŗltimo libro, Los conjurados (1985)
El norte y el sur para Perón y para Borges
Si el sur se plantea en la cosmovisión borgeana con cualidades negativas, explicadas, como hemos dicho, por un antiguo imaginario criollo, tambiĆ©n, por un movimiento inverso, ese sur representa el encanto y la reliquia del pasado. Las quintas y casonas, las pulperĆas gauchas que se pierden en la llanura conmueven al poeta Borges de la juventud y atraen de un modo fascinante al narrador de la madurez que no cesa de nombrarlas, aunque tambiĆ©n a menudo evoca el norte, ese Palermo de la infancia, lugar de fantasmas, y sombras como la sombra de MuraƱa. Palermo, norte de la ciudad, serĆ” con el paso del tiempo y desde otros lugres de la producción borgeana, tambiĆ©n sĆmbolo del sur, pues visto desde la cultura europea que reverenciarĆ” el autor de Fervor de Buenos Aires, ese Ć”mbito de guapos, tango y guitarra, pertenece indiscutiblemente al sur, con su rostro abigarrado, mestizo y enigmĆ”tico, lo que corrobora la relatividad de los puntos cardinales, como seƱala Luis Toledo Sande en su libro MĆ”s que lenguaje (2008).
Las sombras pueblan el espacio suburbano y la pampa de los criollos, dice CĆ©sar FernĆ”ndez Moreno en La realidad y los papeles (1967), en cambio para los inmigrantes, la llanura y el sur no connotan la tierra inhóspita del indio y la barbarie, el Ć”mbito de lo mortal y oscuro, sino que ven con optimismo esos espacios, pues son los lugares que intentarĆ”n conquistar con su trabajo. Por eso la dimensión del sur en SĆ”bato se amplĆa y va mĆ”s allĆ” de La Boca y Barracas, va hacia lo que era āTierra Adentroā en el lenguaje de los argentinos viejos, su personaje MartĆn, en Sobre hĆ©roes y tumbas (1961) va hacia un sur inusitado, impensado para las generaciones del siglo XIX y principios del XX, va hacia la Patagonia.
La marca negativa y tanĆ”tica del sur, lleva a Borges a concebir las muertes violentas, āsudamericanasā, como la de Laprida, en el Poema Conjetural, unidas al destino en un paĆs como la Argentina, un paĆs del sur, casi bĆ”rbaro aun, perturbador e imprevisible. AsĆ fantasea con su muerte que ocurrirĆ” en Buenos Aires y con su tumba que, asegura en mĆ”s de una ocasión, estarĆ” en el cementerio porteƱo de la Recoleta, donde, paradójicamente no estĆ”n sus mayores, Isidoro SuĆ”rez, hĆ©roe de la batalla de JunĆn, su abuelo Francisco Borges, ajusticiado luego de la capitulación de Mitre, ni su padre, Jorge Guillermo Borges, ni su madre Leonor Acevedo SuĆ”rez (āLa Recoletaā, en Atlas, 1984), fantasĆa que repite ese poema fundante que se titula tambiĆ©n āLa Recoletaā en Fervor de Buenos Aires, de 1923 y la angustia onĆrica propia de los sueƱos diurnos del poeta en āLas uƱasā (El hacedor, 1960). Esos fantasmas-o fantasĆas- lo llevarĆ”n, en 1986, a dirigirse al norte, a la Suiza que conoció en la niƱez y adolescencia, a esa Suiza serena y de plĆ”cido orden, para morir y cumplir e incumplir paradójicamente el vaticinio de su escritura.
En cambio, Juan Domingo Perón, quien amaba el sur del paĆs, la Patagonia, pues allĆ habĆa partido en su niƱez, ya que su padre, Mario TomĆ”s Perón, se habĆa trasladado con toda la familia a RĆo Gallegos. Juan Domingo evoca la caravana de carretas que los llevó a la Patagonia, junto a su hermano Avelino y a su madre, recuerda las araucarias, las violetas amarillas, la ceremonia del mate, el viento, los amaneceres gĆ©lidos, la nieve, los perros y a los baqueanos, gauchos amigos y callados que los guiaron por esos desiertos. Por otra parte, doƱa Juana Sosa, su madre, descendĆa de criollos e indios, pues Juan Sosa, su padre, pertenecĆa a atĆ”vicas y provincianas familias de Santiago del Estero y su madre, Mercedes Toledo, era de origen mapuche.
En alguna oportunidad, Perón confiesa que su amor hacia los perros provenĆa de esa etapa de su vida, cuando salĆa, junto a su padre, hermano y peones, a cazar guanacos en las heladas planicies patagónicas. De este modo, la edad de oro de Perón se sitĆŗa en ese sur indómito y semisalvaje que Borges temĆa. Sabemos que los Borges viajarĆ”n a Europa y vivirĆ”n en Suiza y en EspaƱa varios aƱos. Entonces, el sur se alejarĆ” mucho mĆ”s de la vida del niƱo y del adolescente Jorge Luis.
Sin embargo, cuando regresa a la Argentina, en la dĆ©cada del veinte, su juventud le muestra lo que habĆa de fascinante en los arrabales, en especial los del sur, y se enamorarĆ” otra vez de los almacenes, las parras y los aljibes, los geranios y los zaguanes, los enrejados y las milongas orilleras, del lunfardo, el truco, el tango y los compadritos.
De ese sur huirƔ, de ese fantasma que lo atrae y repele, ese fantasma dual que sostiene toda su obra, y que encierra la cifra de lo real en el sentido de Lacan, esto es, aquello que precede al lenguaje, aquello que sucede al lenguaje, el goce definitivo, aquello que no puede ponerse en palabras. Ese lugar es temido y aƱorado por Borges, de ese lugar surgen sus sueƱos y sus textos, y de ese lugar escapa como Edipo para abrazar al Amo absoluto, en un lugar claro y cartesiano, un lugar que desdice su destino de hombre sudamericano.
Perón, en cambio, el 21 de junio de 1973, atraviesa el ecuador, en una travesĆa del Norte al Sur, que lo devuelve a Buenos Aires, a la pampa, al suelo querido, al suelo de la madre india y hace realidad los versos de Santos Vega:
Yo, que en la tierra he nacido
Donde ese genio ha cantado,
Y el pampero he respirado
Que al payador ha nutrido,
Beso este suelo querido
Que a mis caricias se entrega,
Mientras de orgullo me anega
La convicción de que es mĆa
Ā”La patria de EcheverrĆa,
La tierra de Santos Vega!
Perón morirĆ” en Buenos Aires, el 1 de julio de 1974, evocando los pehuenes de la Patagonia y los ojos de su madre Juana Sosa. Borges lo harĆ” en Ginebra, el 14 de junio de 1986, evocando a las abuelas SuĆ”rez y Haslam, una católica, la otra protestante, unidas en el lugar Ćŗltimo o primero del escalón del Ćŗnico paraĆso de las vidas.
La nostalgia por el viejo sur de la ciudad de Buenos Aires, escenario del irreversible paso del tiempo y de la melancolĆa del arrabal, tal como lo siente Borges, se plasma en la letra del magnĆfico tango de Homero Manzi (letra) y AnĆbal Troilo (mĆŗsica):
(ā¦)
Surā¦paredón y despuĆ©sā¦
Surā¦una luz de almacĆ©nā¦
Ya nunca me verƔs como me vieras,
Recostado en la vidriera
EsperƔndote,
Ya nunca alumbrarƩ con la estrellas
Nuestra marcha sin querellas
Por las noches de Pompeya
Las calles y las lunas suburbanas
Y mi amor en tu ventana
Todo ha muerto, ya lo sƩ.
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– Publicado en Revista Casa de las AmĆ©ricas, nĆŗmero 266, La Habana, enero-marzo de 2012, pgs.95-102

