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martes, abril 16, 2024

La solidaridad y valentía de un diplomático yanqui

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Hoy, en las calles de Buenos Aires, Harris se siente como en su casa, más aún ahora que su silenciosa misión ha sido reconocida por el Gobierno Nacional, que le otorgó la Orden del General San Martín.

Con la ayuda de su asistente Blanca Volleinder, recogió denuncias de casi 13.000 familiares de desaparecidos. (JUAN ULRICH)/Primeras rondas de las madres, Harris y Vollenweider entregaban tarjetas para que fueran a denunciar desapariciones./Uno de los tantos doc. desclasificados por el Depto de estado norteamericano sobre las desapariciones./Patricia Derian. Figura incómoda e irritante para la dictadura entre 1977 y 1979./ Cuando Thatcher necesitó a EE.UU, llamó a su amigo Ronald Reagan.

Llegó a Buenos Aires para monitorear el plan nuclear argentino, pero debió hacerse cargo de un tema que nadie quería tomar: la cuestión de los derechos humanos.

Abrió la Embajada, recibió miles de denuncias y, alineado con la gestión de James Carter, se enfrentó con los halcones de Kissinger y los jerarcas de la dictadura militar.

El texano Allen Tex Harris tenía 38 años cuando llegó a la Argentina en junio del ’77, durante el período más sangriento de la represión ilegal inaugurada con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

El primer recuerdo de este gigante de casi dos metros de estatura fue que sobre los techos de la Embajada norteamericana habían instalado un nido de ametralladoras.

Sin embargo, de manera fortuita, este abogado, que venía con una misión distinta, fue designado para poner en marcha la nueva política de derechos humanos propiciada por el gobierno de James Carter.

A lo largo de esta entrevista, Harris –que hoy tiene 74 años– relata sus esfuerzos para juntar información de los familiares de las víctimas de la represión, y la creación de una base de datos única para la época.

En un primer momento, los familiares de los desaparecidos no se atrevían a visitar esa fortaleza armada que era la embajada de EE.UU., por eso, con un puñado de tarjetas en el bolsillo, Harris y su asistente, Blanca Vollenweider, enfilaron hacia la Plaza de Mayo y las repartieron entre los familiares que hacían la ronda.

“Con esos datos hacíamos una muestra estadística que resultó finalmente coincidente con la de los organismos de derechos humanos. Teníamos datos del número de desaparecidos semana por semana”, narra Harris.

Sin embargo, el embajador Raúl Castro, un mexicano nacionalizado que en 1975 había sido elegido gobernador de Arizona, no estaba muy convencido de que citar a los familiares en la sede diplomática fuera el método más apropiado y puso límites: que los testimonios se recibieran de 12 a 14.

Para Harris, eso era suficiente.

Harris encontró que el gobierno argentino había desatado una operación de terrorismo de Estado, que se manifestaba en su más sangrienta expresión mediante operativos que hacían “desaparecer” o que “chupaban” enemigos reales e imaginarios.

“La información enviada a Washington –rememora Harris– enseguida causaba disputas entre quienes abogaban por medidas más serias contra el gobierno argentino.

Entre ellos estaban funcionarios como Patricia Derian, secretaria de Estado Adjunta para Asuntos de Derechos Humanos durante la administración de Carter, que viajó a la Argentina y se enfrentó a Videla, Massera y Harguindeguy.

Había quienes en Washington pretendían subordinar la política de DD.HH. a las relaciones comerciales.

Entre estos últimos estaban la Agencia Central de Inteligencia (CIA), desaparecidos.jpgel Pentágono y la Secretaría de la Sección Económica y Comercial de su propia Embajada”.

En el lapso de dos años, la oficina de Harris presentaría un informe sobre la suerte de miles de víctimas, así como de la estructura del aparato represivo, mencionando a los perpetradores con nombres y apellidos: “Los siguientes son algunos de los oficiales del Primer Cuerpo del Ejército ubicado en Palermo con responsabilidades de los detenidos a disposición del Poder Ejecutivo (PEN) y las personas desaparecidas. El teniente coronel Roarte, el teniente coronel Gatica, y el padre Monson, capellán del Primer Cuerpo de Ejército. ¿Alguien sabe o tiene alguna información sobre estas personas?”, reza uno de los inusuales informes del temerario diplomático que –en esos años– le podrían haber significado una sentencia de muerte en la Argentina.

El periodista Robert Cox, director del Buenos Aires Herald en aquella época, reconoce que Harris le salvó la vida cuando estuvo secuestrado: “Nunca olvidaré que por defenderme, Harris y su familia vivieron perpetuamente amenazados. Incluso él y su esposa sufrieron un atentado y un intento de secuestro. Finalmente se tuvo que ir del país y, cuando eso sucedió, uno de los máximos jerarcas de la dictadura, el general Guillermo Suárez Mason, hizo un brindis por haber logrado su expulsión”.

Harris, que durante años fue un testigo molesto para el Departamento de Estado, y recién fue reivindicado durante la era Clinton, relata en esta pormenorizada entrevista cómo logró informar a tiempo al Departamento de Estado –a pesar de la oposición de sus superiores– que el beneficiario de un préstamo del Banco Export-Import (Eximbank) sería una empresa que pertenecía a la Marina Argentina.

Hoy, en las calles de Buenos Aires, Harris se siente como en su casa, más aún ahora que su silenciosa misión ha sido reconocida por el Gobierno Nacional, que le otorgó la Orden del General San Martín.

Frente al grabador de Miradas al Sur, Harris desgrana la historia que marcó su vida, signó su carrera y sirvió para salvar muchas vidas en un momento en que muchos argentinos miraban para otra parte.
“Cuando estuve la semana pasada en la Embajada dando un discurso, comencé refiriéndome al enorme cambio que percibía. La primera vez que llegué, en el techo de la residencia del embajador había un puesto de ametralladoras aéreas debido a que el oficial de seguridad temía un ataque de Montoneros o por el ERP.
Había una línea de fuego.

Por eso ahora, cuando llegué a la Embajada y vi esa enorme fila de gente esperando para conseguir su visa, sin ningún tipo de armamento custodiando el lugar, me dije: ¡Cómo han cambiado las cosas!”, dice Harris.

Su relato se va armando como un rompecabezas: “A mediados de los setenta, todos los norteamericanos, británicos y ejecutivos de empresas multinacionales tenían equipos de varios guardaespaldas porque vivían atemorizados de ser secuestrados. Como todos Videla.jpgsabemos, el terrorismo no trata de ocupar un territorio, sino de generar temor. Y ellos sí que fueron exitosos con ese objetivo. El asesinato en Córdoba de quien era un oficial de información que se encargaba de operar sistemas de radiocomunicación fue conmocionante. Tenía en el techo de su casa todo tipo de antenas y equipamiento. Cuando alguien golpeó a su puerta, él abrió y fue asesinado ahí mismo. Por este motivo, toda la Embajada sintió mucho miedo de ser atacado, por eso comenzaron estrategias dirigidas al personal, como no utilizar el mismo camino todos los días. Fue en ese contexto que comencé a enviar reportes a Washington”, recuerda Harris.

– ¿Cuál fue el punto de inflexión, el momento en que usted dijo esto ya es otra cosa?

– Es una buena pregunta, porque hay dos niveles de cómo se percibía lo que se vivía en aquellos años.

El promedio del personal de la Embajada vivía asustado a partir del asesinato del oficial de información en Córdoba y por los ataques que se habían realizado contra ejecutivos de empresas.

La American School era como un fuerte armado, había hombres de seguridad custodiando el ómnibus escolar de la comunidad norteamericana, se vivía custodiado.

Durante los últimos días de la época de Gerald Ford en la presidencia de EE.UU., y Henry Kissinger en el Departamento de Estado, designaron como embajador en Buenos Aires a Robert Hill.

Hill era un republicano que comprobó las desapariciones, las torturas, los asesinatos y dijo que había que denunciarlo, darlo a conocer ante el periodismo. Estamos hablando del período 75/76.

Hill comenzó a solicitar al Departamento de Estado que se finalizara con la ayuda de Estados Unidos a los militares antes del golpe y ya después, comenzada la dictadura, él pudo observar la violencia de primera mano, el terrorismo de Estado.

Henry Kissinger, secretario de Estado y hombre fuerte de la política exterior norteamericana, consideraba que Hill era un loco, en términos del gran escenario de la realpolitik (ver “La realpolitik de Kissinger”).

– Conclusión…

– Esencialmente, Kissinger, el jefe, limita y silencia a Hill.

Carlos Osorio, director del Departamento del Proyecto de Documentación para el Cono Sur, reveló los documentos desclasificados, demostrando el giro que había experimentado Hill contra el gobierno militar, que lo lleva en mayo de 1976 a pedir instrucciones para elevar una queja al canciller argentino, y que como respuesta fuera abiertamente desacreditado por Kissinger.

– Para entonces sucedió una profunda transformación política en los Estados Unidos…

– Así es. James Carter fue elegido nuevo presidente.

Apostaba a que los académicos, los intelectuales y miembros del Congreso estaban hartos del tándem anticomunista Nixon-Kissinger-Ford y de su política radicalizada, que ubicaba a Estados Unidos siempre brindando apoyo a los malos, a los que eran odiados por sus pueblos y que reprimían a la sociedad civil.

Esto ubicaba a mi país en una compleja situación a nivel internacional, por eso Estados Unidos debía cambiar su política.

Hay que tener en cuenta que veníamos de derrotas, como en Vietnam del Sur, y con unas fuerzas armadas corrompidas, como ocurre hoy con Afganistán.

– Nixon es destituido en mayo del ’73. Sin embargo, cuatro meses más tarde se produce el golpe de Estado contra Salvador Allende.

– La CIA fue cómplice y pieza fundamental en ese derrocamiento. Es para ese entonces que se renueva el Congreso en Estados Unidos, dando un giro hacia una orientación más de izquierda y con una fuerte impronta en los derechos humanos.

Mientras tanto, Carter comienza a dirigir sus esfuerzos por llegar a la presidencia incorporando a su campaña el tema de los derechos humanos en oposición a las bandas de patoteros anticomunistas.

Esta política de Carter, ya presidente, tiene como primer objetivo a la Argentina que, a esa altura, era claro y evidente el hecho de que vivía bajo un terrorismo de Estado.

Las denuncias en Suecia, Francia y Gran Bretaña, por parte de organizaciones sindicales, sociales, políticas, de derechos humanos y de la colectividad judía eran cada vez más fuertes.

Fue la época en que aparecieron las Madres con sus rondas en la Plaza de Mayo, pidiendo por sus hijos. Un quiebre definitivo para aquellos días.

– ¿Cómo lo tomó esa situación?

– Llego en junio de 1977, con 38 años y el cargo de oficial de rango medio del área política. Mi misión era encargarme de los conflictos por las islas Malvinas y el canal de Beagle, pero muy especialmente de los programas clandestinos de Argentina y Brasil para construir armamento nuclear. En ese contexto, todo el Hemisferio Sur se convertiría en una zona de alto riesgo. Esa era la misión con la que llegué. El tema de los derechos humanos era nuevo, casi desconocido para el promedio del personal del servicio diplomático norteamericano…

– ¿Y cómo fue que se involucró en el tema de los derechos humanos?

– La mujer que estaba en esos días en la embajada a cargo del área de Asuntos Internos (Yvonne Thayer) era incapaz de lidiar con el tema; simplemente no sabía cómo hacerlo. Así que vinieron y me preguntaron si quería hacerme cargo. Dije que lo haría con una condición: que la puerta de la Embajada estuviera abierta todos los días para que la gente pudiera reportar y denunciar desapariciones.
Comprendí que era la única forma que podía informarse lo que estaba sucediendo, ya que ni en Clarín ni en ningún otro diario, exceptuando el Buenos Aires Herald, escrito en ingles, aparecía nada sobre las desapariciones, torturas y muertes.

– Esa condición le permitió avanzar.

– Si no hubiera sido por la condición que puse de abrir las puertas de la Embajada, no hubiera podido hacer el trabajo que realizamos con Blanca Vollenweider. Blanca era la última empleada de la USAID.

Era bibliotecaria, de manera que tenía desarrollada una gran habilidad para clasificar información. Sencillamente maravillosa.

Las denuncias de los familiares de los desaparecidos que llegaban de todas partes de la Argentina, pasaban por el Ministerio del Interior, por la Iglesia, por el grupo de gente que trabajaba con Emilio Mignone y por la Embajada.

Así fue justamente como comenzó el proceso de entrevistar a familiares de desaparecidos.

Como si fuera un consultorio médico, ella recibía a la gente que ingresaba, les tomaba el nombre, la dirección, el teléfono, el nombre del familiar desaparecido y los volcaba en una tarjeta de cartón. Luego, yo entraba a la sala de espera, tomaba la tarjeta y entrevistaba a los familiares y recibía sus denuncias.

Al poco tiempo empezamos a procesar cientos de casos por semana, armamos carpetas.

Todo a mano, no había computadoras.

Teníamos un calendario en el que poníamos la cantidad de denuncias de desapariciones que registrábamos por semana.

El gobierno nos pidió que frenáramos la divulgación al mundo de los números de denuncias que eran, a su vez, los mismos números que tenían Emilio Mignone en el CELS y la Liga por los Derechos Humanos.

Nuestros informes eran molestos, tanto como la posición de gente como Patricia Derian.“Los periodistas son como lobos que actúan en conjunto, nunca solos. Cuando ellos se enteraron, como fue en mi caso, que un extranjero llegaba a las pampas, empecé a recibir llamados de los corresponsales de prensa de Inglaterra, Francia, España, Suecia, Italia… Me convertí en un testigo creíble. Eso era muy importante porque permitió que todo lo que estaba sucediendo en la Argentina apareciera en la prensa de todos esos países, en todo el mundo, permitiendo que se supiera del horror de lo que estaba sucediendo en Argentina y, finalmente, lograr que el plan de exterminio de los militares comenzara a retroceder.

Esto sucedió cuando se comprendió que en lo que se suponía que era una guerra contra el terrorismo, estaban matando de 15.000 a 25.000 de sus propios ciudadanos, casi el 0,1% de la población argentina estaba siendo ejecutada sin juicio.

Era una matanza de la que no se tenían proporciones, sobre todo con el tratamiento de la figura del desaparecido, haciendo desaparecer los cuerpos”, rememora Harris.

– Ya había precedentes en otros países de los métodos de secuestro, torturas y desapariciones, de los centros clandestinos de detención…

– Este tipo de procedimientos fue adoptado por los militares argentinos en su adiestramiento de lucha contra el terrorismo urbano que los franceses utilizaron en Argelia y en varias de sus colonias, que consistía en raptar a la persona rápidamente, torturarla hasta sacarle información y luego exterminarla y desaparecer sus cuerpos.

Esta idea de hacer desaparecer los cuerpos fue adoptada por los militares, convencidos de que era la lucha más efectiva contra el terrorismo, sin considerar sus consecuencias a futuro ni el repudio y el descrédito que a nivel internacional iba a recibir una lucha que se realizaba de manera clandestina, como ya se había hecho en Chile.

Tampoco tuvieron idea de la resistencia que encontrarían desde la misma sociedad, encarnada en la figura de esas madres que comenzaron a ir a la Plaza de Mayo y que se convertirían en el símbolo de la resistencia y de los derechos humanos.

– ¿Cómo mediría el efecto que tuvo esa resistencia en el plano de la política internacional?

– Ahí se comienza a romper la estrategia del anticomunista de Kissinger. Argentina fue el caso que sirvió al mundo de ejemplo de lo que no había que hacer en la lucha contra el terrorismo.

– ¿Cuándo fue el momento en el que usted tuvo conciencia del genocidio que se estaba llevando a cabo en la Argentina?

– Cuando supe que un grupo de 18 o 19 curas jóvenes, españoles del tercer mundo que profesaban la Teología de la Liberación, que hablaban de Cristo, que en los fines de semana realizaban programas sociales en los barrios pobres haciendo un trabajo que ellos llamaban responsabilidad cristiana, fueron “chupados” y luego desaparecidos.

Hasta antes de eso, en Washington, había un debate acerca de lo que sucedía y de cómo los militares estaban actuando en grupos fuera de control. Esto ya no era una guerra entre Montoneros y la Triple A.

El caso de los 19 sacerdotes de la Iglesia de Santa Lucía no tenía nada que ver con terrorismo, eran simplemente cristianos con una orientación de izquierda que pensaban que estaban haciendo una tarea que Cristo les había encomendado.

– ¿Cómo repercutió su trabajo en la Embajada?

– Mis informes, primero aceptados de buen grado por sus pares de la embajada, iban directamente a Washington. Sin enmiendas, ni tachas. Sólo contaba los hechos.

Pero la Junta Militar, encabezada por Jorge Rafael Videla, chocó con el primer obstáculo cuando le negaron en Washington un pedido de cascos para los pilotos de la Marina.

Era un indicio de que mi tarea, aunque silenciosa, estaba surtiendo efecto.

Esto disparó un enfrentamiento con el embajador Castro, que me paró en uno de los pasillos de la embajada y me dijo: “Esta es la tercera embajada en la que estoy y siempre los presidentes de Estados Unidos me enviaron para que sea su hombre en esos territorios, para dirigir la política de Estados Unidos en ese país”.

Acto seguido, me aclaro: “Soy el jefe acá, tus reportes han estado llegando a Washington cuestionando mis recomendaciones cuando yo soy el que más sabe en este lugar y no me están escuchando. En este lugar soy el representante del presidente y vos simplemente un pequeño don nadie enviando faxes e informes fuera de contexto, permitiendo que Patricia Derian y su asistente Paul Schneider le den el contexto de derechos humanos en Washington”

– ¿Estuvo usted alguna vez junto a Patricia Derian en la Casa Rosada, con Videla y Massera?

– Sí, Patricia Derian era jefa de la Oficina de Derechos Humanos del Departamento de Estado. En una de las dos o tres oportunidades que Patricia Derian estuvo aquí, la acompañé a una de esas reuniones. Era una señora del sur estadounidense, de buenas maneras y voz suave. Y con esa voz suave les soltó un “ustedes son personas terribles”. Derian podía hablar muy suavemente y podía decir cosas que yo no podía, como: “General, almirante, yo estuve en esa escuela donde la gente está siendo torturada. Ustedes están perdiendo la credibilidad internacional”.

Yo estaba fuera del despacho de Videla, con el maletín de la señora Derian.

Recuerdo que en uno de esos intervalos de la reunión, un asistente de Videla que parecía un galán de cine sacado de una película de Hollywood, a quien había conocido en algunas recepciones de la embajada, se acerca y me dice: “Si pudiéramos nosotros tener a la señorita Derian aquí una vez más, podríamos convencerla de lo que nosotros estamos haciendo”.

Con perdón de la expresión, para mí eso fue como una patada en los testículos, porque me di cuenta que no había ninguna chance de que estos tipos cambiaran de actitud. Aquí no había arrepentimiento de ningún tipo.

A diferencia de lo que ocurrió en Sudáfrica, donde trabajé durante nueve años. Allí los militares y las fuerzas de seguridad admitieron que se habían cometido grandes errores. En Argentina, eso nunca iba a ocurrir.

– Al mismo tiempo que Derian denunciaba violaciones a los derechos humanos, empresas norteamericanas negociaban bajo cuerda con el almirante Emilio Massera la venta de turbinas para la represa de Yacyretá.

– Yo descubrí la conexión, informé a Washington y el contrato no se firmó. Al año siguiente Videla se entrevistó con el vicepresidente Walter Mondale y acordó una visita de la OEA a cambio del contrato. Una visita “light”. No obstante, Washington no tuvo suficiente poder para que esa visita fuera “light” y el acuerdo por las turbinas fracasó una segunda vez. Hubo después cortes de fondos previstos para el país en los programas de los Estados Unidos para la compra de material militar.

– Pero su estilo acabó desatando un severo conflicto con su jefe…

– Sí, el embajador Raúl Castro sentía que mis informes le impedían controlar la política entre Estados Unidos y Argentina. El era muy amigo de Roberto Viola y trató de jugar en la interna para favorecerlo, pero Washington no tenía interés en esa guerrita. Castro era un diplomático que anteriormente se había desempeñado como embajador en El Salvador (entre 1964 y 1968) y en Bolivia (entre 1968 y 1969). Notaba que yo, que era un oficial joven, de rango medio, estaba complicándole las cosas. Yo no decidía, mi papel, en realidad, era el de un mediocampista.

– ¿Cómo se resolvió el conflicto entre el mediocampista y el embajador?

– Finalmente, llegué a un acuerdo con el embajador Castro. Se instaló una suerte de correo paralelo, acordado por el Departamento de Estado y la embajada, que me permitía denunciar al Departamento de Estado por carta cualquier información sobre derechos humanos que la Embajada no quería remitir a través de canales formales. Yo debía enviar una carta a la persona que trabajaba con Argentina en la oficina de Latinoamérica, otra a la persona que trabajaba con temas de derechos humanos en la oficina de Derian y debía entregarle una tercera copia al embajador para que estuviera informado.

– Durante esos años, ¿qué sabían sobre el robo de niños?

– Fue algo que escuchamos, sobre lo que no teníamos datos. Fue antes de Abuelas. Era algo nuevo, no estaba en nuestro foco por lo clandestino de la operación. Sin embargo, teníamos algunos informes de abuelos y abuelas. Por lo tanto, supimos que había niños. Cuando Estela Carlotto fue al Departamento de Estado y se entrevistó con Madeleine Albright, le pidió que liberara los archivos concernientes a los desaparecidos para ayudarlas en su búsqueda. Allbright le dijo que lo haría si no fuera por los complicados pasos procesales. Habló de diecisiete etapas burocráticas. Sin embargo, puso la información en el sitio web del Departamento de Estado durante dos semanas.

– ¿Tuvo miedo? ¿Nunca se sintió impotente ante las historias que escuchaba?

– La embajada era un gran edificio cercado y los familiares venían a informar sobre las desapariciones de sus seres queridos. Grabábamos sus testimonios y compilábamos una base de datos interna que fue, según me enteré años después, un esfuerzo diplomático único. La publicación de estos archivos provee una cantidad enorme de información sobre los desaparecidos. Mi fortaleza y mi debilidad es que yo tenía una base de datos, era un investigador, un diplomático investigador, el primero. Con Blanca, mi asistente, sabíamos que, además de recolectar testimonios y enviarlos a Washington, sólo podíamos darles palabras de aliento para que siguieran adelante.

Cuando el Departamento de Estado puso los documentos desclasificados en su página web, esta página fue visitada 750.000 veces durante los primeros tres días. La página principal del Departamento de Estado, que contiene información turística, discursos del secretario de Estado y declaraciones oficiales, solamente fue visitada 200.000 veces. ¿De dónde provienen las 750.000 visitas? Claramente, de las familias y amigos de los 22.000 desaparecidos, que buscaban información en los archivos.

– A los que se atrevían a entrar a la Embajada, no los esperaba un Falcon verde a la salida… ¿Qué pasaba con ellos?

– Nada, nada… Sé que el Batallón de Inteligencia 601 mandaba agentes con historias falsas. Tenían todos los detalles de lo que hacíamos en la Embajada.

– ¿Los militares, conocían todos sus movimientos…?

– Por supuesto, soy un tipo de dos metros de altura… Manejaba un auto muy visible, había sólo dos en el país.

– En más de una oportunidad, los grupos de tareas le hicieron notar su presencia para intimidarlo…

– En mi casa solía dar fiestas. Recuerdo un debate entre Bignone y un almirante cuyo nombre no recuerdo, pero que era mi contacto clave con la Armada. Yo no lo conocí a Massera, lo vi ocasionalmente. Tenía un trabajo terrible, estaba como esquizofrénico; por un lado viajaba por los mares resolviendo problemas de límites con Indonesia para permitir el paso de naves de guerra y, por otro, me dedicaba a los derechos humanos. Yo era el contacto con la Armada porque nadie en la Embajada quería encargarse de ella: todos querían estar cerca del Ejército, porque creían que el poder de decisión estaba ahí. Entonces, alguien dijo: “Denle la Armada a Harris, total no deciden nada”. Así que a la mañana siguiente podía estar en el cuartel general de la Armada, reunido con almirantes en mi carácter de abogado y diplomático y a la tarde, de dos a cuatro, con las madres de muchachos que estaban en la Esma. Era realmente esquizofrénico.

– ¿Recibió algún tipo de amenaza?

– Los contactos del Ejército le decían a nuestro oficial de seguridad que la Marina estaba cansada de Harris. De golpe tuve que andar con dos guardaespaldas. A los dos meses, el general Viola le dijo al embajador Castro que la Marina se quería deshacer de mí. El embajador les dijo que ni se les ocurriera porque iban a traer a alguien peor. El admitía que yo era un “grano en el culo”. Les hizo ver que mejor malo conocido que bueno por conocer. Una vez, después de una fiesta, iba manejando por una ruta desierta de la provincia de Buenos Aires y de pronto, en un semáforo, se clavan dos autos y se bajan ocho tipos armados. Pensé que venían las balas. Ni siquiera tuve tiempo para orinarme encima. Lo único que pensé era en que debía mantener las manos arriba porque de esa manera las pericias sobre mi cadáver podían demostrar que no estaba armado y no había opuesto resistencia. En esos pensamientos forenses estaba, cuando me pidieron la “cédula”, me dijeron que me había pasado una luz roja y me dejaron ir.

“Ellos, especialmente la Armada, lo que hacían de manera ostensible era tratar de asustarme. De cualquier forma, seguí haciendo mi trabajo, yendo a la Plaza de Mayo y a las iglesias, tratando de mantener el rumbo”, asegura Harris. Su relato, además, avance sobre su propio perfil. “No soy un diplomático hábil en el juego de la negociación, soy muy directo. Es mi fortaleza y mi debilidad. Mi experiencia en la Argentina fue, en cierto sentido, retorcida porque el desbordante antiamericanismo es palpable en muchos lugares del mundo, y en Latinoamérica también. La Argentina está en el tope de ese ranking. Es algo histórico. En el período de Carter fui un mediocampista. Yo no establecí la política, no tomé las decisiones. Sólo comprobé las denuncias, hablé con la gente, analicé los hechos y envié por fax mis informes a Washington”, agrega Harris.

– ¿Cuál es el balance de su experiencia como diplomático en nuestro país? ¿Lo marcó de por vida?

– Fue una dura batalla desde la asunción de James Carter a la presidencia. Esa batalla la lideró un sector del Departamento de Estado contra la Junta Militar a causa de su política contra el terrorismo y, lo más importante, contra el modelo de la guerra sucia. Yo la llamo proceso sucio, porque no fue una guerra. No hay guerra cuando no hay bandos.

– ¿Qué piensa del resurgimiento del tema Malvinas durante la dictadura?

– Fue un gravísimo error del gobierno militar. Otro error, además del manejo que hizo de la represión y de sus consecuentes violaciones a los derechos humanos. Atacar las Malvinas fue una locura. El servicio de inteligencia argentino creyó que la Casa Blanca iba a ser neutral, o que, de última, apoyaría a la Argentina. Ni siquiera consideraron la mejor amiga de Ronald Reagan en todo el mundo era Margaret Thatcher. No estuve en la conversación, pero estoy seguro de que cuando Thatcher llamó a la Casa Blanca no dijo: “Señor Presidente, necesito su ayuda”; sino más bien: “Ronney, necesito que me ayudes con lo de Malvinas”.

– Malvinas inauguró un nuevo tipo de guerra…

– Ahora las guerras son digitales. En la historia de la guerra pasamos por cuatro etapas. La primera, consistía en confrontaciones donde primaba la cantidad de gente empeñada en el combate. Era la guerra de la superioridad del armamento en el escenario bélico, era la guerra como maniobra y estrategia. En la guerra moderna priman los medios electrónicos y digitales, que permiten saber todo sobre la tropa propia y sobre el enemigo. Si uno sabe en todo momento dónde están los amigos y dónde se esconden los enemigos, termina ganando. Ya no es cuestión de valor o de número, si no de información. Estados Unidos había puesto en órbita un satélite militar justo antes de que comenzaran los combates y la Argentina enfrentó un conflicto sin información y sin ropa de invierno. Muy duro.

– ¿Cómo imagina el futuro de los conflictos coloniales? ¿Terminarán? ¿Perdurarán?

– En Estados Unidos, todos los políticos saben cómo debería ser un acuerdo de paz en Palestina, pero no hay suficiente fortaleza política en ambas partes para lograrlo. Estuve en Sudáfrica trabajando en el pasado y tenía la impresión de que se necesitaban uno o dos Abraham Lincoln para resolver el problema. Lo que necesitan la Argentina y Gran Bretaña es un liderazgo que tenga el apoyo popular para afrontar el desafío. En Sudáfrica, finalmente, tuvieron un Nelson Mandela, pero también un De Klerk y un Dani Kotzia.

– ¿Qué piensa sobre el combate contra el terrorismo y sobre los métodos usados en la actualidad?

– Creo que hay que romper la cadena de información y las conexiones financieras del terrorismo. El problema es que el poder del Estado se vuelve increíblemente intrusivo desde el punto de vista de las libertades civiles y se olvida de los derechos humanos. Siempre digo que en mi país estamos enojados porque la Agencia Nacional de Seguridad interviene nuestros teléfonos e intercepta nuestros correos electrónicos y los de todo el mundo para analizarlos en sus enormes computadoras. Decimos que en América estamos perdiendo libertades, pero en la Argentina los militares secuestraron al uno por ciento de la población y la ejecutaron sin juicio. Algo demencial.

– ¿Piensa que en el mundo se sabe lo que sucedió aquí o es conocido por pocas personas?

– Creo que gracias a las Madres de Plaza de Mayo y a la incansable tarea de las Abuelas se sabe en todo el mundo lo ocurrido en la Argentina. En una de sus conferencias en Estados Unidos, el canciller Héctor Timerman dijo que la Argentina ha dado al mundo dos palabras: “Tango y desaparecidos”. Creo que en cierta forma es verdad.

– Walter Goobar y Francisco Balázs
– Miradas al Sur – 25/3/12

*Colaboró en la edición y traducción, Alberto Elizalde Leal

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