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jueves, septiembre 24, 2020

Los hombres, todo el fuego

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¿Será machista desconfiar de un hombre que no sepa encender un buen fuego? Frotando maderitas no, digamos, con ciertos elementos tales como: fósforos, maderas secas, papel de diario, algunas piñas caídas. Y si tenemos parrilla, una vez bien encendido, que le agregue carbón y nos ponemos a la espera de un rico asado.

La cantante estadounidense Madonna, dijo una vez que la única diferencia entre un hombre y un consolador, es que el hombre hace asado. Esto me recuerda el caso de una prima mía quien, estando de vacaciones en un balneario de la costa bonaerense donde abundan los pinares, se dispuso a hacer un asado, aunque nunca se compró un consolador.

Para aquel entonces, mi prima Clara convivía con un hombre a quien no le interesaba en lo más mínimo responder al arquetipo del hombre argentino que hace asado, ni siquiera para complacer a mi prima, quien adora los asados. Entonces, la muchacha, muy emprendedora ella, se resiste a dejar sin aprovechar la parrilla de la casa que habían alquilado para pasar sus vacaciones y emprende ella misma la labor, recordando los sabrosos asados que le preparaba su padre y evocando también los otros preparados por los maridos y novios de sus amigas.

Compra la carne, chorizos y morcillas y algo para la ensalada. Compra la bolsa de carbón y junta del bosque más cercano maderas y piñas. Se aprovisiona de papel de diario y con una cajita de fósforos, se lanza en el emprendimiento. Como es novata en el tema, aunque había juntado bastante cantidad de madera, al agregarle a la que ya había encendido el carbón, nota que el fuego está a punto de extinguirse y le pide a su plácido acompañante, quien no ha dado a estas alturas ninguna señal de colaboración, que vaya en su lugar al bosque a conseguir más ramitas, que el fuego se apaga.

Mientras tanto, Clara hace lo que puede con más bollos de diario y, finalmente, el hombre vuelve con las manos vacías. Sorprendida, se lo queda mirando a la espera de una explicación: el bosque está a dos cuadras de la casa y su suelo está colmado de ramas y piñas; ambos recursos, excelentes combustibles. Pero él, algo aturdido y desorientado, le dice que no ha conseguido ninguna ramita.

En esta parte del relato, no puedo más que remitirme al fuego sagrado. Dice el mito que el fuego desciende del rayo y, para los griegos de la antigüedad, que esa chispa divina otorgada por los dioses se apagara, significaba algo realmente grave. Aunque evidentemente, ni de fuego ni de chispas, parecía conocer nada este señor.

No quisiera continuar con la historia de mi prima y su pareja, porque si les digo que años después se separaron, tal vez crean que fue porque el susodicho no sabía hacer asado. Entonces, alguien más suspicaz dirá que en verdad, se separaron porque él ni siquiera era capaz de aportar trayendo ramitas del bosque. En verdad, la historia es más triste. Mi prima se dio cuenta de que nunca había existido entre ella y él, ninguna chispa divina. Y a decir verdad, desde hacía un largo tiempo, no existía chispa de ninguna clase.

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, observó en su trabajo la relación entre los sueños y los mitos, desarrollando un tema central en su obra: el inconsciente colectivo. Según Jung cada persona, nace con una “herencia psíquica”, el reservorio propio de la especie humana de fantasías y de sueños y por lo tanto, común a todas las demás personas. El modo de justificar esta teoría era la similitud de los sueños de sus pacientes con los mitos, comunes a diferentes culturas.

La verdad, es que me permito reflexionar sobre el aturdimiento en el que se encontraba el hombre que convivió varios años con mi prima Clara, frente a una chica que arremetía con sus falencias arquetípicas, asumiendo ella no sólo la tarea de hacer el asado sino otras tantas más cruciales en la convivencia y en la subsistencia de ambos. Y pienso hasta qué punto el hombre hoy en día se encuentra desorientado, porque no sabe qué es lo que quiere una mujer, quien es capaz de suplirlo en cosas que en otros tiempos no.

Siguiendo con el tema de nuestro reservorio en común como especie, parece que existe un gran olvido sobre qué tenemos en común, independientemente de quién sepa o no hacer asado. También existe un profundo desconocimiento sobre cuáles son los aspectos en lo que podríamos complementarnos, hombres y mujeres, independientemente de quién sepa o no juntar ramitas, -para que no se nos consuma el fuego.

Dejemos al hombrecito de mi prima, incapaz de juntar una ramita en un pinar de la costa. Centrémonos en lo poco que se da importancia a los rituales hoy en día y que la mayoría de las personas piensa que sus propios sueños son algo puramente individual y que no se relacionan en nada con lo que lo que sueña la persona del edificio de enfrente. Vaya a saber, cuántas veces nos habremos encontrado en sueños comunes con quien más felices podríamos ser. Y sin embargo, al despertar, estamos tan lejos.

Leí que Jung consideraba la realización de rituales y la conservación de los mitos como un factor determinante en la salud de la psique. Quien no guste de encender el fuego, seguramente podrá encontrar muchos otros rituales, si se trata de mantener la salud mental. No es nada nuevo intentar simplificar diciendo que se han invertido los roles y, sin embargo, a la hora de entender por qué hay tanto desencuentro entre hombres y mujeres, no alcanza eso ni la explicación de que, como somos diferentes, cuesta que nos entendamos.

Considero que hombres y mujeres poseemos en nuestro corazón exactas capacidades. No hay diferencias. Y entonces, no puedo más que recordar al cubano que ahora está casado con mi prima, con quien además ha tenido tres hijos, que dice “Mujeres, sin nosotros, no pueden vivir, con nosotros, menos.”

Me resisto a adherir a la consabida frase “ya no hay hombres”. Decir esto, creo yo, equivale a decir “ya no hay mujeres”. Unos y otros convivimos confundidos y hemos perdido, seguramente, el hilo* del inconciente colectivo, que hacía de nexo entre los sexos.

¡Vivan los rituales! ¡Viva el homo erectus que utilizó por primera vez el fuego y contribuyó a que las relaciones fueran más intensas, las noches frías entorno a la hoguera! Hombres y Mujeres: no dejen que se extinga el fuego sagrado. Que perdure eternamente entre ambos. Con este espíritu olímpico, porto la llama de la esperanza del resurgimiento del amor y de la comprensión mutuos. Por el bien de ambos géneros que, llevando la sexualidad que sea, por sobre todo, constituimos por igual la especie humana.

Al que no le guste el asado, ¡vivan los fogones!

Por una fluida circulación del inconsciente colectivo.

*A quienes hayan leído “Los hombres: del hilo y el cordón al metro-sexual”, disculpen que sea recurrente con el tema del hilo. Es sólo para no perderlo. (El hilo, digo)


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