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martes, septiembre 29, 2020

Música de fines del siglo XIX

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Strauss compone una obra maestra de apenas quince minutos -el maestro Roel usó diecisiete- donde luce sus dotes de orquestador extraordinario. Soledad de la Rosa, exquisita, de afinación imbatible.

Salta, jueves 17 de noviembre de 2011. Teatro Provincial. Soledad de la Rosa (soprano). Orquesta Sinfónica de Salta. Director Mº Enrique Roel. Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel op. 28 de Richard Strauss (1864-1949). Sinfonía nº 4 de Gustav Mahler (1860-1911). Aforo 80%.

Richard Strauss se sentía muy a gusto en el género denominado “poema sinfónico”. El más corto de los que escribió fue justamente el de esta noche. Se trata de un cuento musical que relata las picardías de un legendario personaje que habría vivido en la primera mitad del siglo XIV en el norte de Alemania, Países Bajos e Italia. Travieso, alegre, a veces desopilante, dedicado a atrevidas correrías que hoy divierten a niños pero en su época fueron consideradas con un sentido de insolencia desacostumbrada para las formas de esos tiempos. Sus actitudes irreverentes, lo condujeron al castigo de la horca como lección para otros que quisieran emularlo. Till Eulenspiegel y su leyenda fueron el germen de no pocas expresiones artísticas una de las cuales fue esta maravillosa muestra de música programática. Strauss compone una obra maestra de apenas quince minutos -el maestro Roel usó diecisiete- donde luce sus dotes de orquestador extraordinario. Trémolos, algarabías instrumentales, cambios de tonos, cadenzas para violín solo, fantástico uso de los metales pesados en especial la trompa -su padre fue un eximio ejecutante- cuyos pasajes son de concurso, hasta llegar al redoble de la percusión cuando Till va rumbo al tribunal que lo condena y luego a su ejecución. El atrevido muere corporalmente pero queda en las mentes de sus seguidores su inmortal alegría. La orquesta local conducida por su titular entregó una vibrante y también deliciosa traducción de esta notable y socarrona página escrita en 1895.

Cuatro años después, ya terminando el siglo, el gran sinfonista que fue Mahler escribe su cuarta sinfonía. Para muchos -no me cuento entre ellos- es su trabajo más modesto. Por el contrario, estamos los que reconocemos que el autor produce una sinfonía donde se aprecia el estupendo uso del contrapunto en su particular y obsesivo modo de mostrar sus ideas. El primer movimiento en donde debía escucharse con mayor volumen el cencerro acompañando el fraseo de la cuerda, es equilibrado en lo relativo a masa sonora. El segundo movimiento continúa arrimándose a la idea primigenia de esta sinfonía. Su devenir va en búsqueda de un propósito: poder usar una canción anterior, data de 1892, que gustaba al compositor y que habla de la “Vida Celestial” del ciclo “Des Knaben Wunderhorn”. El tercer esquicio llamado Ruhewoll es de una belleza inenarrable. Su exposición es tranquila y sigue preparando al oyente para algo que era muy apreciado por Mahler: la unión de voz y construcción sinfónica. La sensación es que uno va sobre una nube de sonidos, sensible, lírico, con envidiable unión entre maderas y cuerdas. Así llega ese final donde la soprano Soledad de la Rosa, exquisita, de afinación imbatible, agudos casi angelicales, cumpliendo indicaciones precisas del compositor en el sentido que la voz pueda ser escuchada por encima del sonido orquestal –mérito de Roel– lleva a la obra a lo mas refinado de la música de esta cuarta sinfonía. Seguramente las conversaciones previas entre cantante y director deben haber conducido a este excelente resultado. Así se entendió y los oyentes aplaudieron de pie. Mahler y Strauss muy bien servidos.

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