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viernes, junio 19, 2026

Obama frente a los escombros

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La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica Ășnicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. PolĂ­ticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres.

– Serge Halimi – Le Monde Diplomatique (Traducido para RebeliĂłn por Caty R.)

– 1) En primer lugar, una ruptura polĂ­tica. Es la primera vez desde 1965 que un presidente demĂłcrata aborda su mandato en un contexto de debilidad, incluso de derrota, de las fuerzas conservadoras. En 1977, James Carter los venciĂł en primer lugar (justamente) gracias a su promesa de una renovaciĂłn Ă©tica («Yo no os mentirĂ© nunca») tras el escĂĄndalo del Watergate; su mandato estuvo marcado por una polĂ­tica monetarista y por las primeras grandes medidas de desregulaciĂłn; En 1993, William Clinton se presentĂł como el hombre que «modernizarĂ­a» el partido demĂłcrata asumiendo para sĂ­ numerosas ideas republicanas (la pena de muerte, el cuestionamiento de la ayuda social o la austeridad financiera)

– 2) DespuĂ©s, una ruptura econĂłmica. El neoliberalismo al estilo de Reagan no es defendible ni siquiera por sus partidarios. Durante su Ășltima conferencia de prensa como presidente, el lunes 12 de enero, George W. Bush ha «admitido voluntariamente»: «Yo dejĂ© de lado algunos de mis principios liberales cuando mis asesores econĂłmicos me informaron de que la situaciĂłn que estĂĄbamos viviendo podrĂ­a llegar a ser peor que la Gran DepresiĂłn (la crisis de 1929)». «Peor», de todos modos, es un poco exagerado teniendo en cuenta que la crisis de 1929 hizo fermentar las «uvas de la ira» y la quiebra puso al paĂ­s al borde del caos.

Sin embargo, 2008 se ha cerrado con una pĂ©rdida de 2.600.000 empleos en Estados Unidos, 1.900.000 de ellos sĂłlo en los Ășltimos cuatro meses del año. Es el peor resultado desde 1945, en otras palabras, una caĂ­da libre. PodrĂ­a pasar si el paĂ­s tuviera las cuentas equilibradas y una posibilidad ilimitada de relanzamiento por el endeudamiento. Pero eso estĂĄ lejos
 El dĂ©ficit presupuestario va a llegar este año a 1,2 billones de dĂłlares y el 8,3 del PIB. Una cifra impresionantemente mala que no sĂłlo supera el peor resultado de la era Reagan (6% en 1993), sino que ademĂĄs marca que el dĂ©ficit se ha multiplicado por tres de un año para otro.

– 3) Una ruptura diplomĂĄtica. Nunca, sin duda, desde la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Estados Unidos en el mundo habĂ­a estado tan degradada. La mayorĂ­a de los paĂ­ses consideran que la superpotencia estadounidense desempaña un papel negativo en los asuntos del mundo, a menudo en una proporciĂłn abrumadora. Iraq, Oriente PrĂłximo, AfganistĂĄn: El statu quo aparece insostenible, tan costoso y mortĂ­fero al mismo tiempo. DespuĂ©s de todo, fue invocando la necesidad de una retirada de Iraq como Obama comenzĂł su campaña en 2007 y ha sido gracias a su insistencia en este punto como venciĂł a Hillary Clinton –su futura Secretaria de Estado
- en las primarias. Sin embargo, el calendario de dicha retirada parece que enfrenta al presidente electo (muy impaciente) con los militares (mĂĄs «prudentes» (1)). Pero la impaciencia del primero no se explica en absoluto por una posiciĂłn pacifista. La retirada, en primer lugar, conlleva la voluntad de Obama de reasignar en AfganistĂĄn una parte de las tropas retiradas de Iraq. Sin embargo no es cierto que las perspectivas de hundimiento sean menores en Kabul que en Bagdad.

PolĂ­ticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres. El paisaje de escombros que hereda va a obligar a una cierta contenciĂłn a sus adversarios polĂ­ticos. Su amplia victoria se ha beneficiado del impulso de las fuerzas vivas del paĂ­s, especialmente los jĂłvenes. Y ademĂĄs estĂĄn los sugerentes reportajes especiales, a menudo hagiogrĂĄficos, que la prensa del mundo entero ha dedicado a Obama. La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica Ășnicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. De un golpe, la «marca de AmĂ©rica» se recuperĂł. Algunas decisiones de alto valor simbĂłlico relativas al cierre de GuantĂĄnamo y la prohibiciĂłn de la tortura han reforzado ese sentimiento de nueva era. «Debemos poner el mayor cuidado en reafirmar nuestros valores y en proteger nuestra seguridad», ha declarado el nuevo presidente.

DespuĂ©s vienen los problemas. No es suficiente irrigar la economĂ­a estadounidense de liquidez para que la mĂĄquina econĂłmica y el empleo recuperen el movimiento. La inquietud de la poblaciĂłn en cuanto al futuro es tal, que lejos de dedicarse a consumir, ahorra mĂĄs que nunca (2). La tasa de endeudamiento de las familias, que no habĂ­a dejado de crecer desde 1952, ha conocido su primer retroceso en el tercer trimestre del año pasado. AsĂ­, algo que seguramente es deseable a medio y largo plazo, pone en peligro el relanzamiento rĂĄpido a travĂ©s del consumo y la inversiĂłn que espera el nuevo equipo de la Casa blanca. «Si no hacemos nada, esta recesiĂłn podrĂ­a durar años» ha advertido Obama, deseoso de que su programa de gastos suplementarios de 775.000 millones de dĂłlares, compuesto de gasto pĂșblico y rebajas de de los impuestos, sea adoptado rĂĄpidamente por el Congreso. ÂżSerĂĄ suficiente? Algunos economistas demĂłcratas, como Paul Krugman, consideran que es insuficiente y estĂĄ mal planeado (3).

La situaciĂłn internacional tampoco parece prestarse a un resultado inmediato. Deliberadamente o no, los dirigentes israelĂ­es han colocado a su gran aliado ante un hecho consumado –una guerra especialmente impopular en el mundo ĂĄrabe- y obligan al nuevo presidente a hacerse cargo de un asunto minado que no constituĂ­a en absoluto su prioridad. La parcialidad en este asunto tiene el peligro de demostrar que Estados Unidos ya no podrĂĄ defender nunca una posiciĂłn equilibrada en Oriente PrĂłximo, y esto podrĂ­a empañar muy deprisa su popularidad en el ĂĄmbito internacional.

Pero todo no se resume en un hombre, aunque sea nuevo. Sobre todo porque la novedad es mucho menos sorprendente cuando se examinan las actuaciones de Obama en cuanto a su gabinete. Por una ministra de Trabajo prĂłxima los sindicatos, Hilda Solis, que promete una ruptura con las polĂ­ticas anteriores, nombra a una ministra de Asuntos Exteriores, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomĂĄticas rompen menos con el pasado, y a un ministro de Defensa, Robert Gates, claramente heredado de la administraciĂłn Bush. En cuanto a la diversidad del equipo, seguramente no es de naturaleza sociolĂłgica. VeintidĂłs de los treinta y cinco primeros nombrados de Obama son diplomados de una universidad de Ă©lite estadounidense o de un encopetado colegio britĂĄnico
 Esto recuerda un poco la vuelta a la «competitividad» de los «best and brightets» (los mejores y mĂĄs brillantes) de la administraciĂłn Kennedy-Johnson. La prepotencia que caracteriza a este tipo de individuos a menudo los conduce a alardear de su poder y convertirse en fabricantes de catĂĄstrofes mundiales, como se observĂł durante la guerra de Vietnam. Pero Estados Unidos, en los tiempos que corren, estĂĄ mĂĄs bien en el abatimiento «centrista» que en la audacia del «Yes, we can», que constituirĂ­a la amenaza mĂĄs temible.

– (1) «Timetable for Iraq too slow for Obama» (Calendario de Iraq demasiado lento para Obama) International Herald Tribune, 15 de enero de 2009.

– (2) «Hard-Hit Families Finally Saving Aggravating Nation’s Economic Woes» (Las familias mĂĄs afectadas al final serĂĄn la soluciĂłn de los crecientes problemas econĂłmicos de la naciĂłn) The Wall Street Journal, 6 de enero de 2009.

– (3) Paul Krugman «The Obama Gap» The New York Times, 8 de enero de 2009.

Texto original en francés: monde-diplomatique (Francia) 16-01-09-Obama-investiture

Serge Halimi es periodista de Le Monde diplomatique y autor del libro Les Nouveaux Chiens de Garde (Los nuevos perros guardianes), Raisons d’agir, 2ÂȘ ediciĂłn, 2005.

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