Sobre las infancias y adolescencias

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Transitamos un momento en el cual los jóvenes se ven sometidos constantemente a riesgos mayores: la pérdida de futuro, la desprotección cotidiana, la muerte precoz.

Pero también es una metáfora de la sensación catastrófica que todos padecemos, y no sólo por la corrupción y la subordinación de la vida a la voracidad económica, sino por la naturalización de la muerte.

Desde la institución venimos alertando que trabajar desde la óptica del enfoque de “enfermedad”, es una miopía. La morbimortalidad juvenil tiene la particular y relevante característica de ser desencadenada por factores mayoritariamente externos y conductuales: drogas, accidentes, suicidios, fugas, deserción escolar, embarazos, enfermedades de transmisión sexual, violencia. Esto llevó a organizar la atención para los y las adolescentes a través de estas problemáticas poniendo el acento en las conductas de riesgo y los programas dirigidos a dicho período etario enfocados de modo específico para cada uno de los problemas. Hoy la sociedad reclama un plan que atienda a la salud integral en la adolescencia. Las experiencias mostraron que los problemas se relacionan y que además del daño y los comportamientos de riesgo, existen factores protectores por lo que los enfoques deberían haberse enriquecido.

Pensemos que muchos de los aspectos en que los jóvenes afectan la “tranquilidad social” están asociados a comportamientos riesgosos; los y las adolescentes llaman más la atención cuando son externalizadores de problemas que cuando sufren de depresión, aislamiento, abusos, etc., lo que impactó en diversos sectores sociales, donde la juventud es cada vez más identificada como un segmento poblacional problemático que a menudo alcanza una perspectiva estigmatizada.

El reconocimiento peyorativo de las personas que atraviesan el período adolescente, facilita la construcción de la identidad negativa, donde preguntarse por el futuro es casi una osadía. Los jóvenes en sus trayectorias vitales, por procesos de exclusión de diversos tipos tienden a percibirse a sí mismos como causa última de su propio fracaso; se desacreditan como producto del descrédito del que han sido objeto.

En un reciente informe realizado que analiza a la niñez y la adolescencia en la prensa argentina, se deja constancia de la mirada distorsionada sobre los niños y los adolescentes en el discurso mediático. En lugar de pensarse a los niños y adolescentes como sujetos con riesgo social y desprovisto de derechos, se los mira como sujetos de peligrosidad social. Lo llamativo es que los niños pasan a ser sospechados; la sociedad debiera protegerse de ellos, potenciales sujetos peligrosos. Se pasa entonces de una consideración ingenua de la infancia a una visión criminalizante y estigmatizada. Los adolescentes ya habían sido vistos como sujetos peligrosos. Lo novedoso, entonces, es que también los niños comienzan a visualizarse como sujetos peligrosos para la sociedad. De hecho, se habla más de menores que de infancia y no es de sorprendernos que ello conlleve a la multiplicación y proliferación de las patologías y las formas de judicialización.

En este contexto, es imprescindible avanzar en la desnaturalización del “adolescente violento” que deja bajo sospecha a los adolescentes que transitan o no por el sistema escolar en espacios simbólicos que deberían torcer los destinos socialmente pre-asignados. También es importante que los jóvenes expresen lo que piensan cuando los adultos toman decisiones que los afectan.

– Por Lic. Irma L. Silva

– Fuente: rbcprofesionales

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