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Un director invitado siempre mueve, cuando menos, a la curiosidad, a la inquietud de ver cómo se desenvuelve, qué puede dejar a nuestra orquesta, cuán diferente puede ser con el titular desde lo técnico pues desde el modo de relación entre conductor y dirigidos ya es sabido: el actual no despierta precisamente, la alegría de hacer música, de convertir el sonido en arte.

Teatro Provincial de Salta. Jueves 2 de octubre de 2008. Orquesta Sinfónica de Salta. Directora Invitada Ligia Amadio (Brasil). Heitor Villa Lobos (1887-1959): Bachiana Brasilera nº 7. Antonín Dvoràk (1841-1904): Sinfonía nº 8. Aforo: 50%.

Fue a todas luces absolutamente injusto ver medio teatro lleno o medio teatro vacío según la visión sea de un optimista o un pesimista. La directora brasileña Ligia Amadio no merecía esta situación que carece de motivos o al menos para mi son inentendibles. Un director invitado siempre mueve, cuando menos, a la curiosidad, a la inquietud de ver cómo se desenvuelve, qué puede dejar a nuestra orquesta, cuán diferente puede ser con el titular desde lo técnico pues desde el modo de relación entre conductor y dirigidos ya es sabido: el actual no despierta precisamente, la alegría de hacer música, de convertir el sonido en arte. Sin embargo la excelente Ligia Amadio tuvo el teatro a medio llenar. Los que no fueron se perdieron la posibilidad de ver en acción a una conductora cuyas características mencionaré más adelante.

Villa Lobos solía afirmar que Juan Sebastián Bach era el gran traductor de todos los folclores que en conjunto representan el estilo universal. Dicho de otra forma. Sobre la base del legado constructivo del notable compositor alemán del siglo XVIII, cualquier nacionalismo musical es posible de expresarse hasta convertirse en música del mundo. Bajo esta idea, Heitor Villa Lobos escribió nueve páginas que él llamó “bachianas” por estar edificadas bajo los estilos de Bach pero en la que predominan notoriamente motivos de la música popular de Brasil que eran posible de encontrar en sambas o canciones cariocas, paulistas, etc. Por ejemplo, esta nº 7 está armada en cuatro movimientos donde el primero “Preludio” contiene un inicio que se parece al punteo de una guitarra hasta que deviene una sección de majestad sonora de elevada instrumentación. Los dos movimientos centrales son bien brasileños incluso en los “glisandi” de los cornos en el primero de ellos, una “giga” y luego en el segundo con una atractiva “toccata” plena de momentos contrapuntísticos. El remate carece de sutilezas sonoras para dedicarse a explorar el poderío orquestal a partir de una vigorosa fuga cuyo sujeto de ocho notas da pié para un desarrollo singular que finaliza con una fiesta de metales de espectacular y vibrante intensidad.

Luego vino una ejecución amplia, exultante, casi diría desbordante de la que sin tener en cuenta la Sinfonía desde el Nuevo Mundo, se trata del mejor trabajo sinfónico del checo Dvoràk. Escrita para una fiesta académica, consta de cuatro movimientos. Comienza con timidez hasta que luego de un solo de flauta ingresa en un ritmo avasallante y particularmente eslavo. El lento “adagio” cargado de contrastes donde cuerdas y maderas tratan de imponerse unas a otras dan lugar al valseado del tercer movimiento en compás de 3 x 8 que desemboca en una decidida danza tradicional denominada “dumka”. El final tiene una fanfarria de trompetas que desnuda un “allegro ma non troppo” elaborado por excitantes variaciones que anuncian un esperado y grandioso cierre sonoro.

La actitud de los músicos fue llamativamente feliz. Es que estuvo presente un notorio entendimiento entre Ligia Amadio y sus dirigidos que encontraron en la conductora, no solo mando, sabiduría, conocimiento del material sonoro, hondura expresiva y entonces la flexibilidad orquestal vino de perlas para un plausible trabajo directriz.

Ligia Amadio puso pasión, fuerza, exactitud y solvencia mediante una batuta firme y una mano altamente expresiva. La varias veces premiada directora brasileña justificó plenamente el por qué de la invitación.

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