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jueves, octubre 1, 2020

¿Asesinar al deseo? Las Confesiones de san Agustín

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…el religioso aconseja una y otra vez, apartarse de la “trampa” del amor, de la “tentación” de las mujeres, de la “concupiscencia” de la carne, del “espanto” de la homosexualidad, del estímulo al deseo, de determinadas Artes que “corrompen” el espíritu, de la risa, etc. –recordemos la novela El nombre de la rosa…

Es conocido que Agustín de Hipona es el iniciador de una Orden religiosa y que vivió entre 354 y 430, a caballo entre los siglos IV y V d. C.; por ende, se ubica entre la compleja disolución de uno de los “representantes” de la llamada Antigüedad clásica –el Imperio romano– y entre el nacimiento enmarañado de una nueva forma de propiedad y de producción, conocida con el nombre de “Feudalismo”, modo de economía y sociedad que duró alrededor de 1000 años. No es de sorprender entonces, que como uno de los espíritus de la época, permaneciese aún, con un pie en la Antigüedad esclavista y que tuviera otro en la fase histórica que se iniciaba. Es de eso precisamente, apreciado lector, de lo que anhelaríamos decir unas pocas, tenues palabras.

No podemos referirnos aquí a la obra en su conjunto de Agustín, por lo que hemos adoptado a manera de corpus a la suerte de autobiografía que son sus Confesiones, de la que trataremos su versión española y no latina.
Comenzaremos por reseñar que allí, como en otros de sus libros, Agustín propone diferenciar las edades del “desarrollo psicológico”, gesto que es típicamente occidental…, ya que tales edades no existen así en otras culturas, en infancia, niñez, pubertad, adolescencia, juventud, madurez y ancianidad. Somos en consecuencia, actualmente agustinianos –es uno de los motivos por los cuales nos ocupamos del autor, para dejar en el aire, la sensación de hasta que punto todavía somos agustinianos.

Lo otro que resalta es la fuerte impronta religiosa por cuanto las Confesiones, además de ser autobiográfica, están hilvanadas por alabanzas y verdaderas oraciones al dios de los cristianos –en la escala en que existen cristianos, se respira el legado de Agustín.

En ese marco muy esquelético, general, se inserta lo que podríamos denominar una “dieta del alma”: el religioso aconseja una y otra vez, apartarse de la “trampa” del amor, de la “tentación” de las mujeres, de la “concupiscencia” de la carne, del “espanto” de la homosexualidad, del estímulo al deseo, de determinadas Artes que “corrompen” el espíritu, de la risa, etc. –recordemos la novela El nombre de la rosa, donde el erudito Umberto Eco señala como una de las características mentales de la Alta Edad Media, la censura de la risa, de la comedia y del reír. Esa dieta del alma tiene como una de sus finalidades, la de “limpiar” el espíritu para poder convertirlo en un “receptáculo” adecuado a un dios que mora en todas las cosas, aun en el alma de quienes no creen en él.
Esta tecnología de poder que es el cuidado de uno mismo, la auto observación, encuentra uno de sus antecedentes más remotos en Hipócrates, el fundador de la Medicina, el iniciador del discurso de la medicina. En su tratado médico, detectamos una obsesión por la correcta alimentación del cuerpo para un mejor funcionamiento del espíritu; por lo tanto y bajo innumerables precauciones, en Hipócrates y en los hipocráticos, hubo al parecer, una dieta del alma… –de ahí pues, que Agustín sea un Jano que mira hacia un pasado remoto que lo atrapa y que en simultáneo, perfila otra cosa.

En el sistema de Hipócrates, el “expeler” a través del vómito o de las purgas, guarda un papel esencial en esa dieta del cuerpo y del alma. En Agustín también, pero no bajo el modo crudo del vómito y de las purgas, sino bajo la forma suave de la confesión. Tal cual lo diría Foucault, pensador francés y teórico del funcionamiento histórico, particular del poder, de los poderes, Agustín es uno de los momentos más relevantes de la cristiandad, en el camino hacia la lenta y compleja organización de poderes alrededor de la confesión: declamación silenciosa al gran Otro, al dios cristiano; confesión a los hombres; declamación al sacerdote y después, al confesor personal.

La confesión guarda un aspecto “pedagógico” –aun cuando Agustín haya renegado de la Pedagogía…–, que es el de facilitar la guía del alma hacia los senderos de la fe. La confesión ayuda entonces, al pastor de espíritus –de hecho, las metáforas del “rebaño”, de la “oveja” son insistentes en Agustín, tal cual lo será en toda la cristiandad posterior (por eso, somos agustinianos y por ello, hay que ocuparse de un tema que parece “monacal”, de pensador alejado de los urgentes problemas de la existencia, cuando en el fondo, rastrear de dónde venimos en nuestras prácticas es medular para poder escapar de tales prácticas…). Fijémonos hasta dónde, la confesión, el confesar, la declamación de fidelidad ideológica es algo inherente a cierto marxismo, a determinado leninismo; esta “pastoral de las almas” es uno de los métodos para evitar el “descarrío” de la heterodoxia, del “revisionismo”, del anti leninismo.

Quisiéramos terminar para no aburrir, con subrayar que en la obra de Agustín existe una maniquea contraposición entre la vida “terrena” y la vida entregada a Cristo, a tal punto, que aflora un rechazo y hasta un odio al deseo, al cuerpo, a las mujeres, a la homosexualidad y a la vida misma. Convoca a negar la carne, a asesinar al deseo, a evitar la disipación de energía que “representa” la mujer, el contacto sexual –hay un aborrecimiento de los hombres como la “inmundicia” de la Creación. Llama a domesticar los sentidos, a vigilar la razón, a desconfiar del Arte: es que el Infierno, el imperio de los demonios comienza en uno mismo –realmente, en esta era capitalista, en esta edad religiosa, ¡cuán penosamente agustinianos somos! ¿Podremos dejar de serlo?

5 COMENTARIOS

  1. ¿Asesinar al deseo? Las Confesiones de san Agustín
    esta seguro que el capitalismo y la religiosidad van de la mano como asegura en su texto. Y cree que este es un momento de religiosidad?, sera solamente en salta. Yo considero todo lo contrario. Gracias

    • Capitalismo y religiosidad…
      Estimado “Sergio”:

      Creo que sí, que existe una relación estrecha entre capitalismo y religiosidad, pero como las religiones nacieron hace miles de años y todavía perduran, es que estamos inmersos en una edad religiosa. Aún -al igual que estamos en una era moral, al decir de cierto Nietzsche…

      En la probable (aunque no segura) superación libertaria, emancipatoria del capitalismo, habrá no únicamente que diluir la propiedad privada, etc., sino que habrá que ser capaces de vivir sin religiones -al menos, habrá que conseguir que lo religioso sea un asunto de la esfera íntima. El ocaso del capitalismo quizá debiera ser el ocaso de los ídolos y de las religiones que adoran ídolos.

      Atentamente,

      Adrián López

  2. pequeña diferencia
    Entre san Agustín y la ambientacion de la novela de Eco, El nombre de la rosa, hay mil años de diferencia. No es consistente unificar, así con ligereza, tanta diferencia histórica.

    • Matices
      Acabo de ingresar a la página web de Salta 21 y me encuentro con el parecer de una lectora, auto denomianda “Lidia”.

      No tengo más que agradecer el comentario y la participación, que siempre o casi siempre, enriquecen.

      Cordialmente,

      Dr. Adrián López

      • Gran diferencia…
        Bueno, en realidad el comentario de Lidia, no tiene demasiado asidero, con perdón. Un ejemplo, no hace a la consistencia del artículo.
        Yo me refiero a otra diferencia que creo más pertinente. De lo dicho, se infiere que se castiga al cuerpo porque sólo a través de él se alcanzaría la trascendencia, “purificándolo”. Bien, si esto es así, ¿no habría contradicción? Tomando como ejemplo la teoría de la materialidad de la escritura (Derrida, Kristeva y otros), en los poemas “místicos” de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, la “diferencia” entre ellos y cualquier poemario erótico, son las “marcas” (como las mayúsculas) en la escritura. Es “ahí” donde se alojaría lo divino.Y si con esto no bastara, hay películas, pero yo recuerdo una, inolvidable, “La fiesta de Babette”, en donde un grupo de personas, practicantes de una religiosidad “pudorosa”, que sólo participando de un festín (una comilona hecha arte) es como consiguen alcanzar la comunión con sus semejantes y con la divinidad que, hasta ese momento, había sido bastante esquiva. Aclaración, en los dos casos, es el arte (poesía-alta cocina) el que conjura las trampas del consumo fácil y ocioso. Don Agustín, usted no lo sabía, pero si el cuerpo está contento, se está más cerca de la paz, la gracia y la trascendencia, porque él es el único vehículo que tenemos para volar…

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