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domingo, septiembre 20, 2020

Caretear una necesidad de clase

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El horror de Facebook

Con mucha resistencia y miedo a lo nuevo (neofobia: se refiere al miedo irracional, anormal y persistente hacia algo nuevo).

La noche de los lápices, ¿41 años de un mito?

La Argentina necesita esclarecimiento, verdad, justicia, historia y memoria. Pero verdaderas. Emilce Moler, sobreviviente de "La Noche de los Lápices" fue secuestrada, torturada y liberada durante la última dictadura militar. Escribe el diario Crónica que junto a los otros jóvenes que hoy siguen desaparecidos, participó de las movilizaciones por el boleto estudiantil. "Los lápices, esta vez, escriben ¿dónde está Santiago Maldonado?", concluyó Moler. Sin embargo, ya en 2010, El Pregón se refería a "la corrupción moral que recorre la República Argentina desde que la progresía, las derechas y las instituciones esenciales del Estado se rindieron políticamente a la ofensiva mediática de una izquierda decidida a borrar de la Historia sus crímenes, se podría seleccionar, por su especial carga de cinismo y manipulación, el caso conocido como 'la noche de los lápices'.

La oligarquía “mexicana” al servicio de la élite internacional: ¿Quién quiere vender lo que resta del país?

Hemos entrado los mexicanos a una etapa en la que sólo nos restan dos opciones: 1. Permanecer y morir, o 2. Levantarse a buscar un cambio.

La situación social de este momento económico obliga a amplios sectores medios, a resguardar su imagen pública en el “caretaje” vecinal. Siendo un principio de vida, la apariencia social, la adoptan como instancia defensiva y mueven sus resortes internos emocionales en el intento desesperado de que los demás no perciban la fabulosa crisis existencial –económica que soportan, en una verdadera violencia sistémica.

La desesperación por desmentir su verdadera situación doméstica (frente a los otros) los lleva a fijar su máscara social permanente. Al final, la intimidad los tropieza con una regulación forzada de sus egresos: se da de baja al cable/se controla el celular/se licencia el auto por el obligado transporte público, pero en todos los casos “guardando las formas” frente a los conocidos. Es imprescindible mantener lo exterior inalterable como una máscara intacta, en que se pulen estilos de “fachas” convincentes.

En principio, se agotan todos los recursos a la vista, como por ej. : la compra con tarjetas de crédito (por ello de que si hay pobreza que no se note), la salidas a comer afuera, el exhibirse en las zonas comerciales de moda, todo, absolutamente, para mostrarse ante los otrora iguales. Nadie quiere entregar el abolengo sin lucha previa, arriesgando el colegio privado de los hijos e incluso el aislamiento futuro de los mismos. Toda la intimidad de la familia forma parte de la teatralización colectiva, en ese intento exasperado de que la realidad no salga a la superficie. Nadie cuenta toda la verdad. Esconder y esconder, para que las manchas no salgan a la luz.

La herida narcicista

Todas las personas necesitamos sentirnos queridos y valorados (mirados).

Necesitamos sentir que nuestra existencia le importa a alguien para interiorizar nuestra propia valía y dignidad. Valor y dignidad son derechos de nacimiento, pero nuestro psiquismo sólo lo entiende así cuando en el inicio de la vida somos dignos y valiosos para la mirada del otro. Con el narcisismo está en juego la autoestima. La autoestima es la valoración, generalmente positiva, de uno mismo. Para la psicología, se trata de la opinión emocional que los individuos tienen de sí mismos y que supera en sus causas la racionalización y la lógica.

El fenómeno no sólo se remite a las pertenencias materiales, sino que también se hace visible en las relaciones humanas que se establecen con el entorno, donde el verdadero ser es ocultado por una personalidad maquillada. Una de las explicaciones para entender esta actitud se debe a la imperiosa necesidad de ser aceptado, amado y sentir que uno es importante para los demás

Ante esta necesidad surgirían máscaras o personajes que encubren la verdadera personalidad de un individuo. Desde pequeños descubrimos que no todo lo que uno dice o hace es aceptado por nuestros padres, hermanos, amigos. Entonces, comenzamos a desarrollar una serie de mecanismos de supervivencia para mantener esa respuesta amorosa y afectiva de nuestro entorno.

La gran necesidad de ser aceptado lleva a que se viva en el exterior, mostrando una máscara frente al verdadero ser que necesita aprender a aceptar que vale más ser amado que ser reconocido.

Estado pánico

Lo novedoso de lo actual es que estos sectores sociales (a los cuales no les alcanza el linaje-estirpe), repudiaron la década ganada, sin considerar que los beneficios logrados eran por las políticas sociales desarrolladas por ese gobierno benefactor.

Ahora el distanciamiento de ese proyecto ideal de vida inalcanzable, los ha bajado, violentamente, de sus pretensiones y objetivas posibilidades. Fueron reacomodados en la estratificación social que pretendían ocupar y que hoy los ordena, en ese “disciplinamiento” forzado a verse obligados (hasta donde aguanten) a dar manotazos salvadores, tales como puede resultar un viaje del “enfermo convaleciente” a Iquique a comprar útiles-zapatillas deportivas- ropa de cama-jogging, etc., cuando en casa teníamos los estrictos “precios cuidados” para favorecer la canasta familiar.

El trastorno de pánico es un trastorno de ansiedad en el que la persona afectada sufre repetidos ataques súbitos de terror en ausencia de estímulos externos que puedan desencadenarlos. Los episodios frecuentes de terror acompañados de un fuerte estado de ansiedad se denominan ataques de pánico o, en algunos casos, ataques de ansiedad o crisis de ansiedad. Burdamente se puede asegurar que estos sectores, que ascendieron con el anterior gobierno popular, están sufriendo un “julepe” desmedido, porque con sus ingresos ya no pueden sostener el “caretaje” al que la democracia pasada los había acostumbrado: vacaciones reiteradas en el año, salidas a almorzar y cenar, desayunos continentales y todo lo que ya sabemos (el plasma en casa).

Al decir de los “ricachones” a estos estamentos sociales “se les acabó la fiesta” (sic) y ahora la tienen que remar con despiadados tarifazos, aumentos desmedidos, pérdida del crédito acomodado para estos consumos especiales (ahora 12/18). Lo cierto, no como disfrute, sino como verdadero dolor de pueblo, me duele ver a estos sectores humanos, retornar a las compras colectivas, casi como cooperativas, para sostener los golpes impiadosos de este gobierno oligárquico.

Los tiempos se cumplen y el pueblo tiene, inexorablemente, que aprender a votar, para no repetir estas crueldades irónicas, en que un trabajador le regala el voto a su patrón.

Se Hará justicia.-

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