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Diferencias a la vista

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El próximo domingo 22 de noviembre en las urnas de la República Argentina se jugará mucho más que un resultado de segunda vuelta entre los dos candidatos más votados de la primera.

“No es tan peligroso el gringo como el que gringuea” (Arturo Jauretche)

Con una previsible paridad surgida de campañas sostenidas con incontables millones de pesos y horas y horas de pases publicitarios, y con un desprecio objetivo a toda actividad realmente política, los contendientes agotan sus últimas horas de actividad.

Esencialmente ninguno de los dos propone cambios drásticos de modelos, y ninguno de los dos sostiene siquiera tangencialmente una posibilidad de apartamiento del sistema liberal capitalista.

Ambos han surgido de una clase acomodada burguesa y ha sostenido a su turno las banderas de groseras privatizaciones de la década infame de los años noventa.

Ambos son además representantes de oficialismos gobernantes, uno del nivel nacional y el otro del distrito más rico y parasitario de la República, como lo es la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Ante este panorama y sin mucho rigor de comprensión, con un ligero y superficial e irresponsable análisis, hay quienes quieren ver en ambos postulantes a dos gotas de agua, y proponen desde su miopía –o temeridad- votar en blanco, anular el voto o abstenerse.

Esa convocatoria deja traslucir de manera muy evidente dos facetas tan viejas como las luchas sociales mismas, y que hacen mucho daño a la construcción de un movimiento social que a través del tiempo y con todos los defectos y carencias, no deja de tener un sentido nacional.

La primera faceta es que en ese camino sin vocación de poder real se sienten más cómodos en papel de focos. La segunda es una actitud más parecida a una teoría nihilista que a un ejercicio de la militancia: si no podemos construir y participar nosotros, rompemos.

Y en esta crucial jornada de nuestro País, donde con un solo voto de diferencia se puede llegar a decidir la cuestión, y donde podemos jugar a sostener una posibilidad de progreso o a retrotraernos a la peor época pasada, proponer no apoyar a ninguno de las dos opciones deviene en consigna casi temeraria.

Porque no es lo mismo que uno de ellos en la primera vuelta se reuniera con Raúl Castro durante cuatro horas, y el otro hiciera su primera llamada de augurios a la embajada Norteamericana.

Porque no es lo mismo que uno sostenga al bloque latinoamericano con Rafael Correa, Evo Morales, Dilma Roussef, Michele Bachelet y Nicolás Maduro, y el otro teja alianzas con y Álvaro Uribe, Henrique Capriles y Leopoldo López, Aécio Neves, Guillermo Lasso y Samuel Doria Medina.

Porque no es lo mismo que los voceros de la cultura y la militancia política que apoyan a uno sean Estela Carlotto, Atilio Borón, Norberto Gallasso, Noam Chomsky y Lula Da Silva –entra tantos otros- y que los que apoyen al otro sean José María Aznar, Vargas Llosa o Andrés Openheimer y hasta gente peor.

Porque no es lo mismo sostener la distribución del ingreso nacional acompañando las devaluaciones con paritarias habituales, que afirmar que el salario es un costo empresario y que hay que bajarlo.

Porque no es lo mismo en definitiva sostener como programa económico el propuesto por Silvina Batakis, que tener escondidos en la trastienda a Carlos Melconian, Prat Gay, Miguel Broda y Federico Sturzenegger.

Porque no es lo mismo escuchar los argumentos de apoyo de Adolfo Pérez Esquivel a uno, que los consejos y anhelos de triunfo que le desea al otro Domingo Cavallo, un personaje nacido de las entrañas dictatoriales del Proceso.

Porque no es lo mismo sostener como línea de vanguardia el programa de repatriación de científicos, que pregonar que no hacen falta más universidades.

Porque no es lo mismo en definitiva, quedarnos en la vereda del campo nacional, contra todos los defectos, corrupciones y fracasos, que entregarnos a los dictados de Wall Street, la Sociedad Rural, la embajada yanqui y los fondos buitres.

La historia de nuestra Argentina está plagada de ejemplos de opciones de hierro como la del próximo domingo. Irigoyen o Uriburu, Braden o Perón, Illia u Onganía, Alfonsin o la Sociedad Rural y los golpes de mercado, La Rata (*) o Kirchner.

Porque no se trata de que quiénes no somos adherentes al actual gobierno, votándolo pasemos a ser de su partido o de su frente electoral. Porque no dejaremos de ser lo que cada uno somos y pensamos por ejercer esa facultad responsable, y porque un voto contra la embestida claramente imperialista, será un voto útil.

Las diferencias están a la vista, solamente hay que hacer un simple ejercicio de memoria reciente, y se podrá comprobar que uno y otro no son para nada lo mismo.
No se trata de identidades partidarias sino de avivarse a tiempo para no cruzarse a una vereda que no es la nuestra.

La nuestra no es la vereda en la que moran especímenes cuyos ancestros mandaron a matar a otros luchadores como Lisandro De La Torre.

Nuestra vereda no es aquella en donde medra un personaje que desde el Banco Central en plena dictadura nos endosó deuda privada, reapareció para estafar entrando a la convertiblidad y nos volvió a estafar saliendo de ella con un corralito.

Nuestra posición será entonces no la de una adhesión incondicional ni de la entrega de un cheque en blanco.

Será en definitiva una estrategia de momento para que también haya un Nunca Más, que impida a los traidores de siempre volver a tener el poder.

(*) Menem

– Salta, 20 de noviembre de 2015

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