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viernes, febrero 3, 2023

La mejor batuta argentina

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Solamente la mezquindad intelectual de funcionarios anteriores a la actual administración, puede ser la explicación de que la mejor batuta de nuestro país, haya tardado nada menos que ocho años en venir a dirigir en Salta.

Teatro Provincial de Salta. Orquesta Sinfónica de Salta. Solista: Xavier Inchausti (violín). Director Invitado Maestro Pedro Ignacio Calderón. Johannes Brahms (1833-1897): Concierto para violín en Re mayor op. 67. Richard Wagner (1813-1883): Idilio de Sigfrido. Richard Strauss (1857-1934): Muerte y Transfiguración op.24.

El maestro Pedro Ignacio Calderón que por antecedentes y conocimiento, debía haber integrado el jurado de principios de 2007 para designar el director de la Orquesta Sinfónica de Salta, no únicamente tenía que haber sido invitado para esa tarea sino también varias veces para conducir nuestra orquesta. No sólo lo digo en mi carácter de crítico musical sino lo dicen los músicos que al finalizar el concierto, motivo de esta crónica, expresaron su alegría, su satisfacción, por haber tocado bajo su batuta.

Calderón trajo un programa totalmente alemán. Si bien son obras de distinto carácter y épocas, hay elementos que las unen. Por ejemplo: Brahms escribe su concierto para violín el año que se da a publicidad el Idilio de Sigfrido de Wagner. Cuando se estrenó el Idilio de Sigfrido, formaba parte de la orquesta del Rey Luis II de Baviera, Franz Strauss (corno), que no solo no apreciaba a Wagner sino que detestaba sus operas. La tercera obra del programa ofrecido, Muerte y Transfiguración esta escrita por Richard Strauss, hijo de aquel notable cornista. Por supuesto son meras casualidades que si bien nada tienen que ver con el contenido musical de cada página, no dejan de llamar la atención y advierten sobre los hechos que a veces unen a distintos seres humanos.

El ilustre maestro trajo a Salta para el concierto de Brahms a un extremadamente joven volinista de apenas 17 años, Xavier Inchausti, quien aportó una visión virtuosística de la obra. Basó su artística entrega en una técnica inmaculada, digitación precisa, notable arcada, una afinación casi deslumbrante y un sonido sin extravagancias. Esto último tal vez brinde la posibilidad que alguien no muy avisado piense en la expresividad como elemento del romanticismo de la época, pero aquí entraríamos en la difícil cuestión acerca de si Brahms era romántico o no.

Creo que el compositor lo fue y casi sin límites, en sus lieder, en sus valses de amor, en sus preludios corales, tal vez en algunas de sus sinfonías o conciertos y hasta diría en su famoso Réquiem Alemán, pero también acepto que como dijo un famoso crítico argentino. “Brahms no escribió para todos sino para lo mejor de cada uno” y ese concepto es más clásico que romántico. Recordemos que este concierto fue escrito por el autor para su amigo Joseph Joachim. Inchausti atacó con decisión el extenso y bello “allegro” consustanciado con la idea que se trata de un concierto con carácter sinfónico, luego vino el elegíaco y dulce andante para cerrar con un “presto alla húngara”. El sostenido aplauso trajo nuevamente al escenario al joven Inchausti para entregar una variación de Nicolo Paganini, sobre el tema “Nel cor piu non mi sento” de La Molinera de Giovanni Paisiello, una página casi efectista y mágica en la que se lució con inocultable virtuosidad.

Triebschen es un maravilloso lugar cerca de Lucerna en Suiza. Allí compró su casa Richard Wagner y allí fue infinitamente feliz con Cósima Liszt, la ex esposa del director orquestal Hans Von Bulow. Cósima dio antes de su divorcio, dos hijas al compositor: Isolda y Eva. Pero fue el nacimiento del tercer hijo, Sigfrido, cuando el matrimonio alcanzo la felicidad plena. Fue allí, en ese ambiente cuando en la Navidad de 1870 Wagner le regaló a su mujer esa tierna página llamada El Idilio de Sigfrido pero que no se refería solo a la felicidad del nacimiento, sino a la alegría de su vida en común, ya sin el murmullo reprobatorio de la gente que no aprobaba su unión con una mujer que era de otro. El Idilio de Sigfrido es la dulzura musical que expresa los sentimientos del compositor alemán. Su estructura es tranquila, poética, basada en una escala de cinco notas que conforman la célula principal de la obra y allí Calderón dio una magistral lección de dominio orquestal extrayendo del conjunto lo mejor.

Para el final, como si hubiera faltado algo en su extraordinaria presentación, el maestro trajo ese bellísimo poema de Ricardo Strauss denominado Muerte y Transfiguración. Obra tremendamente emotiva para este cronista. Cuenta la historia de un moribundo que recuerda los mejores momentos de su vida plena de ideales, tal vez un artista, hasta que llega el momento de su muerte. Es allí, donde su espíritu se transfigura, su alma alcanza estadios que en vida no había podido tener. La composición es tremendamente descriptiva, como por ejemplo el rítmico y menguado sonido de su corazón en los timbales. Pasa por momentos alegres, felices, despreocupados, hasta llegar a la explosión de su transfiguración. Cuerdas, maderas y metales alternativamente van describiendo esos cambios y la orquesta responde con fidelidad y comunión al conductor en esta inolvidable versión.

Conozco al maestro Pedro Ignacio Calderón desde hacen más de cuarenta años. Lo he visto dirigir innumerable cantidad de veces. Desde su primera orquesta, la Sinfónica de la Universidad de Tucumán, luego la orquesta Filarmónica de Buenos Aires y finalmente la orquesta Sinfónica Nacional. Como cualquier argentino vinculado al arte musical, viví con satisfacción cuando en el año 1963 en el prestigioso concurso de dirección orquestal Dimitri Mitripoulos que organizaba la Orquesta Filarmónica de Nueva York, compartiera el primer puesto con los notables directores Claudio Abbado y Zdenék Kosler con lo que fue asistente del laureado Leonard Bernstein. Calderón ayudo a mucha gente a comprender y luego a amar la música elaborada, la música culta.

Hay gente que aun siente que el director de una orquesta simplemente mueve las manos y punto. Pues no es así, de ninguna manera. Esas manos son la extensión de lo que ya existe en el cerebro y en el corazón del conductor. Son las que le dan forma y contenido a la expresión musical que el maestro ya ha creado en su mente y ello responde a un conjunto de códigos que se conocen con el tiempo, con la práctica, con el ejemplo que se recibe de los más antiguos. Sólo así se puede conducir ese gran instrumento que es la orquesta. Esto es la técnica pero con ella sola no es posible hacer nada. Se le debe agregar fuerza musical, emoción interior, una poderosa capacidad de transmisión y finalmente todo el deseo para que el mensaje llegue de la mejor manera al oyente, explotando lo que siempre se busca, que el músico tenga encanto por hacer música.

Finalmente, recuerdo lo que hace muchos años dijo un gran maestro ruso “primero intente tocar todo lo que está escrito en la partitura, probablemente así sea un gran director, pero sepa que algunas veces no lo logrará”. Lo que distingue al maestro Calderón es que muchas, muchísimas veces, lo logra. El viernes 13 fue un de esas veces.

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