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jueves, octubre 1, 2020

La Traviata despierta sentimientos

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Verdi fue un compositor que entendió a la perfección la Italia extrovertida y vital de la que formó parte. No es fácil conmover con una de las más atractivas óperas de Verdi, sobre todo por el conocimiento que de ella se tiene por parte de los amantes del género.

Salta, viernes 14 de 2015. Teatro Provincial. La Traviata, ópera en tres actos. Música: Giuseppe Verdi. Libreto: Francisco Piave. Violeta Valery (Laura Polverini). Alfredo Germont (Juan Carlos Valls). Giorgio Germont (Luciano Garay). Flora (Mara Szachniuk). Annina (Mónica Ferri). Gastone (César Agstini). Barón Douphol (Enzo Robles). Marchese D’Obigny (Yamil Montero). Dottore Grenvil (Sergio Wamba). Director de escena (Boris). Ballet de la Provincia (Directora Maestra Paula Argüelles). Estudio Coral del IMD (Director Maestro Luciano Garay). Orquesta Sinfónica de Salta (Director Musical Maestro Jorge Lhez). Época y escena: Paris y sus alrededores hacia 1850.

Cuando se estrenó, la ópera fue un fracaso. Se dice que una obra, en ese momento, moderna, con trajes de ese tiempo, fue el motivo principal de ese fiasco. Además, el estreno en Venecia con una Violeta Valery excedida en kilos y muerta por tuberculosis no era muy creíble y aquellos oyentes manifestaron su desagrado con risas estentóreas. Es posible que también haya ocurrido que en dicho público se encontraran partidarios de Richard Wagner que odiaban la música de Verdi e iban a sus estrenos solo a gritar y silbar. Aclaro que también sucedía lo contrario. Lo cierto es que pasado ese debut, La Traviata se hizo famosa y el triunfo la acompañó siempre.

Se trata de un hecho verdadero, tal vez “aggiornado” en relación a lo ocurrido realmente. Se cuenta que el famoso novelista Alejandro Dumás (h) tuvo un corto “affaire” con Marie Alphonsine Du Plessis, la prostituta más famosa de todo Paris. Luego de su muerte a los veintitrés años, víctima de la tuberculosis, Dumás escribió su famosa novela La Dama de las Camelias, quizás en homenaje a aquel tiempo en que estuvieron unidos. Allí el personaje femenino se llamó Margarita Gautier. Una noche Verdi vio la obra y se sintió atraído no solo por el personaje, sino porque el argumento contaba con total verismo una época de vacuo esplendor del París de esos años, con una feroz crítica para toda la aristocracia centroeuropea. En la ópera construida con su letrista Piave, el personaje se llamó Violeta Valery. Lo cierto es que los restos de la Plessis muerta, están en el cementerio de Montmartre, en el pié de esa colina que preside la Iglesia del Sacre Coeur y en su tumba, nadie sabe cómo, diariamente hay un ramillete de camelias.

Verdi fue un compositor que entendió a la perfección la Italia extrovertida y vital de la que formó parte. Y la ópera de esta noche no fue excepción en su inspiración musical. Comienza con un preludio suave, tranquilo, en el registro agudo de los primeros violines seguido de una melodía fascinante, apasionada y sentimental. El pasaje muere lentamente hasta que se abre el telón.

No es fácil conmover con una de las más atractivas óperas de Verdi, sobre todo por el conocimiento que de ella se tiene por parte de los amantes del género. Se requiere una obra vibrante, transparente, infinitamente lírica y altamente expresiva en los instantes de fuerza interior. Pero esta Traviata contó en todo su devenir con una notable soprano, Laura Polverini, afinada, de cuidados “legati”, atrayentes coloraturas, timbre encantador, sin toses falsas o exagerados sollozos pero con acabada comprensión del drama de su personaje. La acompañó el tenor uruguayo Juan Carlos Valls poseedor de una buena voz y atractiva técnica, pero que en rigor de verdad durante todo el primer acto y parte del segundo no pudo estar a la altura del personaje Germont (hijo) como quedó claro en “un di felice” en dúo con la soprano.

Sin embargo, luego de “dei miei bollenti spiriti” Valls aparece como el buen tenor que es. Allí, en esa expresiva romanza cuenta la felicidad que lo embarga por haber encontrado a Violeta y sentir que ella corresponde su amor en los días campestres. A estos dos personajes se une el tercero en importancia, el padre de Alfredo. Su dúo con Violeta “dite alla giovine”, en la que le solicita que ésta deje a su hijo para no dañar la imagen de su familia, conduce al lucimiento de Luciano Garay, barítono marplatense afincado en nuestra ciudad y por tanto ya conocido por el público local. Su presencia y su canto es altamente convincente como por ejemplo en “di Provenza il mar” melodiosa aria en la que Germont (padre) intenta consolar a su hijo Alfredo por la ruptura de su amor con Violeta resuelta por ésta como sacrificada medida que genera varias cosas: dejar al único hombre que le enseñó a amar, salvar la honra de una supuesta hermana de Alfredo, sentar las bases de lo que será el dolor y arrepentimiento de su padre que, sabiendo la precaria salud de Violeta, la presiona para que destruya el amor que siente por su hijo.

Los comprimarios señalados en el epígrafe, de buena labor cantable destacándose Flora, Douphol y Grenvil. Ya estamos en el segundo acto, mezcla de frivolidad y descarnado drama. Esa frivolidad, que intenta manifestar alegría en la casa de Flora, trae el coro de las Gitanas y luego el coro de los Matadores. Pero también desarrolla la furia de Alfredo que se siente despechado ante el abandono de Violeta sin saber, por supuesto, que esa actitud es la inducida por Germont (padre) y conduce a la despreciable actitud de Alfredo cuando humilla delante de todos a Violeta, mas el desafío a duelo al Barón Douphol. Es un muy buen momento para el tenor Valls.

Así llega el último acto. Con la tranquila belleza del preludio con que comenzó la ópera. Violeta vive casi en la pobreza. Ha gastado toda su fortuna en el tiempo que brindó a Alfredo no solo su amor sino una vida de lujo y oropeles a su costa. Pero ahora ella está cerca de su partida final. El doctor Grenvil la visita y le dice que su convalecencia está cercana. Pero quedamente le dice a Annina que solo tiene horas de vida. Violeta lee una carta de Germont (padre) en la que éste cuenta que el duelo solo trajo heridas a Douphol y que Alfredo está en el extranjero pero regresará a pedir perdón. Violeta, convencida que no llegará a tiempo canta “addio del pasatto” y Laura Polverini desata con su arte, todos los sentimientos que llegan hasta humedecer los ojos del público. La música revela infinita tristeza hasta que de pronto aparece su amado Alfredo. Violeta se siente revivir y Verdi escribe una memorable página con el canto de Violeta, Alfredo, Germont (padre) y el doctor Grenvil previo al tristísimo momento en que Violeta cae muerta cerrando el libro de una vida, víctima sublime de un amor generoso.

Esta Traviata pensada por el inteligente Boris en su escenografía, muestra un mundo doloroso, un drama sin esperanza. Tiene el buen gusto de eliminar el pasaje de las comparsas del carnaval parisino cuando en una modesta habitación Violeta se está muriendo. Se podría discutir la falta de suntuosidad de los salones de fiesta y una iluminación mejorable y sin embargo me queda la sensación que todo fue muy pensado y por tanto absolutamente válido incluyendo el movimiento de los personajes salvo la exagerada actuación de soldados maltratando a los participantes de ese vacío mundo de diversiones ilimitadas.

Las escenas de baile, dirigidas por Argüelles, muy profesionales. La orquesta irreprochable conducida sabiamente por el maestro Lhez que buscó permanentemente reafirmar la escena con pianos, fortes, sutiles intensidades y un fenomenal manejo de los tiempos como del producido vocal. Esto es Salta (Argentina), lejos de los grandes escenarios del mundo y no obstante, se pudo vivir una ópera mucho más que digna.

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