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lunes, agosto 8, 2022

Marta Susana López analiza la figura de Cristina Fernández y su negativa a comunicarse con la ciudadanía

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Si bien soy consciente de que este foro está integrado por muchísimos
estudiosos e interesados en la semiótica que no son argentinos, creo que resultaría fructífero el intercambio de reflexiones sobre lo que está
pasando discursivamente en este tiempo preelectoral que estamos viviendo en la Argentina. Me refiero a las muy próximas elecciones de presidente o presidenta que se realizarán el 28 de octubre.

Lo considero así por varias razones:

– 1. Porque aunque los debates teóricos (en los que personalmente he
participado en varias oportunidades) son apasionantes y frecuentemente esclarecedores, se hace necesario tratar de discutir analizando también los discursos concretos acerca de hechos o acontecimientos actuales, a los que todos tenemos acceso gracias a Internet y a la prensa internacional.

Cumpliríamos así con la necesidad del movimiento dialéctico entre teoría y praxis. Sobre todo, teniendo en cuenta que en este foro debe de haber numerosos especialistas en comunicación.

– 2. Porque el caso de la candidata a presidenta, la senadora Cristina
Fernández de Kirchner
(sobre cuyos discursos, biografía y otros datos puede encontrarse abundante material en Internet), esposa del actual presidente argentino, me parece extremadamente interesante desde el punto de vista comunicativo y semiótico.

Para un posible análisis (entre otros posibles), primeramente quisiera
acudir a los conceptos que integran la pragmática universal de Habermas y su relación con la opinión pública, según el mismo autor. Como se sabe, la teoría de Habermas implica una revalorización de la razón y del lenguaje para la solución de los problemas de cada sociedad y de la humanidad como un todo. Recordemos que Habermas distingue dos tipos de acción social: la comunicativa y la estratégica. La primera tiene como meta el consenso para la formulación de acuerdos; la segunda persigue sólo fines egoístas.

La auténtica opinión pública está basada en la acción comunicativa. De modo tal que sería el tipo de acción ideal al que debiera tender el funcionamiento de una democracia, por ejemplo, a través del parlamento o de momentos como los que se viven en un proceso electoral.

Este tipo de acción debe cumplir con las siguientes condiciones de validez:

la inteligibilidad (implica el entenderse lingüística y semióticamente entre
los interlocutores), la verdad (el compartir un saber con el otro, el dar a
entender algo), la veracidad (cualidad que implica sinceridad y coherencia en el darse a entender del hablante) y la corrección (o adecuación a un contexto determinado). Es decir, éstas parecen ser condiciones que el hablante espera naturalmente encontrar en los otros cuando hablan y que, a su vez, pretende que se les reconozca cuando él lo hace. Esto, siempre que se aspire al entendimiento, que es lo que se supone debe lograrse para ser elegido democráticamente.

En relación con la actitud comunicativa de Cristina Fernández en su campaña electoral, deberíamos considerar como sus naturales destinatarios a los ciudadanos argentinos, sus potenciales electores. Sin embargo, y asombrosamente, Fernández no cumple -como mínimo- con la condición de adecuación al contexto.

Elude e ignora a sus naturales alocutarios a través del rechazo y la negativa a comunicarse con el periodismo argentino. Esto ha sucedido en varias oportunidades en el extranjero (donde sí recibía a representantes de la prensa del lugar donde se encontrara); y también en el país, donde no ofrece conferencias de prensa, entrevistas ni acepta debates.

Con esta actitud, la candidata oficialista rompe la comunicación con la ciudadanía, la cual es sólo posible a través de los medios de prensa.

Como consecuencia de esta asombrosa conducta preelectoral, los ciudadanos no pueden evaluar si Fernández cumple o no con el resto de las condiciones de validez propias de la acción comunicativa. Fundamentalmente, no pueden juzgar acerca de la verdad de sus dichos, ni acerca de su sinceridad o coherencia.

Asombrosamente, Fernández no aspira, como hablante, a que el ciudadano argentino le reconozca sus pretensiones de validez. Es más: indudablemente, carece de tales pretensiones. Es dable concluir entonces que sus acciones -aún las lingüísticas- no son comunicativas, sino estratégicas.

Lamentablemente, todo esto ha sido naturalizado por muchos de los
ciudadanos y por la misma prensa argentina, que no reacciona. En otros
países, estas circunstancias serían inconcebibles.

El periodismo argentino parece haber resignado su función esencial de
informar, en este aspecto y bajo esta circunstancia, a la opinión pública.

En segundo lugar, quisiera enfocar esta situación desde la pragmática de la teoría de la comunicación humana de Palo Alto. De acuerdo con Watzlawick y Bateson, la mejor manera de volver loca a una persona es no verla, ignorarla, DESCONFIRMARLA en sus percepciones. Traducido a lo social, no puedo dejar de ver en todo esto una situación socialmente patológica, provocada por supuestos líderes que no parecen comunicativamente sanos y que están generando en la ciudadanía argentina una esquizofrenia social preocupante mediante la mentira (en términos de falsificación de índices evaluadores de la realidad socioeconómica), el silencio y la negación a comunicarse.

– Marta Susana López

– Fac. de Humanidades – UNNE

– Resistencia – Chaco – Argentina

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