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domingo, septiembre 27, 2020

Mensaje a Malvinas: Crónica del viaje

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Teatro del desencanto en dos obras salteñas

Ninfa, de corte experimental, estrenada el 3 de marzo por el grupo Kurlis Garlan recuerda a esa suerte de nihilismo en la que el hombre es un puente, la producción de un movimiento circular que no conduce a ninguna meta más que a la superación por la superación misma. Globo, estrenada en la misma sala el 4 por el Grupo Santa Rita de Rosario de Lerma, produce ese aire de frivolidad ante la muerte pero deja una luz de esperanza hacia el sentimiento del amor. Aquí, un breve comentario crítico y reflexivo del teatro que se ve en Salta apenas inicia el año, una manera de pintar la humanidad presa de falta de valores. El próximo fin de semana, los salteños podrán asistir a ambas obras en la Sala Mecano de Casa de la Cultura y sacar sus propias conclusiones

Aterrizar en la base militar no es algo grato.

Puedo decir que este viaje comenzó físicamente el viernes 30 de marzo del 2012 cuando embarqué en el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires rumbo a Santiago de Chile, pero en verdad, tuvo su inicio aquel 2 de abril de 1982 cuando se produjo la recuperación de las islas.

Mis quince años de aquel entonces, el momento de país y mi formación en escuela Salesiana, me hacían ver el hecho de recuperación como una gesta patriótica. Así mismo, yo dudaba que el patriotismo, con el sacrificio que implicara para todos los que honraron defender la patria, no estuviera exento de todos los horrores físicos y psicológicos de una guerra. Los hechos demostraron que la realidad superó a la ficción y el viaje encuadró en una dimensión real, y más terrible a lo supuesto, la guerra de Malvinas. Debo decir lamentablemente, porque lo que comenzó en la recuperación aquel dos de abril y tenía que terminar sólo unos días después con la intervención de la ONU, derivó en una guerra con altos costos en vidas humanas.

Cronología de mi viaje

Días 30 y 31 de marzo de 2012

Con muchos sentimientos encontrados y acompañado por el Dr. Juan Carlos Luján: amigo, ex combatiente, fundador de la Base Marambio, patriota y soldado de ley, partimos rumbo a Malvinas. Quise documentar todo en forma profesional para que el registro gráfico se aproximara lo más posible a las emociones y todo lo que veían nuestros ojos. Para ésto se sumó al equipo Federico Lo Casio, director de la productora Floc Films. Esperemos que mi relato y las imágenes los hagan conocer, amar y emocionarse como lo hicieron con nosotros estas islas.

Llegar a Malvinas es un largo viaje de casi 24hs. que implica hacer escala en Santiago de Chile, esperar la conexión a Punta Arenas, y finalmente hacer el último tramo hasta las Islas Malvinas.

Al llegar a Punta Arenas, conocimos a periodistas de distintos medios que viajaban en el mismo avión que nosotros para cubrir los 30 años de la guerra, y les interesó mucho www.mensajeamalvinas.com, tanto que salió publicado en una nota en La Nación (http://www.lanacion.com.ar/a-30-anos-de-malvinas-t48007). Por último, hicimos el tramo final de vuelo rumbo al aeropuerto militar en las islas, llamado Mount Pleasant.

Casi llegando, y con el aviso de ajustar cinturones, se comienzan a ver las islas entre las nubes. Es en ese momento donde las emociones y sentimientos se entremezclan y empiezan a hacer de las suyas. Una primera impresión cambia mi perspectiva al dimensionar, a tamaño real, un pedazo de territorio argentino que sólo conocía por mapas.

Aterrizar en la base militar no es algo grato, el poderío militar que se observa a simple vista intimida y reafirma la decisión que tienen los ingleses de quedarse en esta tierra. El trato es correcto (un poco frío, pero educado). De alguna manera como son ellos, que no pierden el decoro casi por nada.

Hicimos el trámite en migraciones y la verdad es que uno siente un gusto amargo en la boca cuando te sellan el pasaporte como si fueras extranjero. Esto lo sabíamos antes de venir y lo aceptamos, y sin embargo, no te prepara para ese momento.

Ya con nuestro equipaje, nos estaba esperando un pequeño avión de sólo 7 plazas para llevarnos a una isla llamada Bleaker Island, que dista 50 km. de la capital. El motivo de esta extensión del viaje fue que en la capital no había alojamiento disponible hasta el día 2 de abril. Si bien significaba un esfuerzo extra lo de seguir viajando un poco más, sabíamos que el 2 estaríamos en la isla Soledad.

La verdad es que algo que tuvimos que hacer por la simple necesidad de encontrar un lugar donde dormir, resultó en una grata sorpresa por muchos motivos. Uno de ellos fue conocer a Mike, dueño de la finca, que nos esperaba con su Land Rover al pie de la pista de tierra y grava. Durante el trayecto de ida hasta la casa que nos hospedaría, nos fue mostrando diversas aves y plantas. Incluso en un momento paramos a recolectar hongos comestibles que fueron, junto con panceta, un buen desayuno a la mañana siguiente.

Día 1ro. de abril de 2012

Luego de desayunar, Mike nos llevo a recorrer las instalaciones de la finca, su sistema de generación eólico de 9 Kw, el bombeo de agua de vertiente (que se deposita en tanques sobre una loma para luego, por efecto de la gravedad, proporcionar agua a todas las casas) y la antena de recepción de WI-FI, que paradójicamente, cuenta con tecnología de punta pero está rodeada de un cerco de madera y piedras para que las vacas no usen como cepillo para rascarse el lomo.

Después de recorrer estas maravillas de organización y optimización de recursos, partimos hacia una playa donde, ya a pie, llegamos y tomamos nuestros criollos mates y almorzamos nuestras viandas rodeados de pingüinos emperador, otras aves y el sonido del mar.

La belleza de la isla, la flora, la fauna y una infraestructura edilicia impensada e inesperada para un lugar tan remoto, nos hizo disfrutar de dos buenos días en un lugar alejado e inhóspito.

Día 2 de abril de 2012

Tomamos la avioneta que nos llevaría hasta Puerto Argentino. El camino de vuelta presentaba unos paisajes maravillosos. La vista aérea de las rías, las playas y el mar mismo, es de una singular belleza. Tuvimos hasta la suerte de sobrevolar una ballena azul que emitió su característico chorro de vapor de agua. La verdad es que no podíamos pedir más de la naturaleza de este lugar.

Quiso el destino, que pasados exactos 30 años, el Dr. Luján aterrizara en el mismo aeropuerto de lo que fue Puerto Argentino, que lo vio llegar aquel 2 de abril de 1982 para llevar al continente a las tropas de asalto que retomaron las Islas Malvinas y que fue el inicio de múltiples vuelos en el avión Hércules C-130. Como hoy este aeropuerto es sólo utilizado para vuelos civiles, dejó de tener toda importancia estratégica. Por eso todo sigue casi igual que en 1982 y la emoción de Juan Carlos fue muy profunda al recordar cada palmo de la pista y los difíciles momentos que le tocó vivir allí.

Luego, nos pusimos camino a Bennet House en Stanley. Allí nos esperaba Celia, una señora que pone a disposición su casa para hospedar a los visitantes.

Ya acomodados, nos facilitaron el teléfono de Sebastián que es uno de los pocos argentinos que viven allí y que entre otras cosas, mantiene el cementerio argentino de Darwin en condiciones. Él nos pasó a buscar para llevarnos hasta el lugar. El viaje, de casi 90 km desde Stanley, llevó una hora larga porque la mayoría del camino es de ripio.

Llegar al cementerio era gran parte de nuestra misión, el motivo mismo de este viaje, traer los más de 800 mensajes a Malvinas y rendir tributo a todos los que sufrieron y sufren el conflicto.

Lo que más impacta al llegar son las cruces blancas y el sonido, llevado por el viento, de los rosarios golpeando contra ellas. Pensar en toda esa gente joven que murió, llena a uno de tristeza. En un acto breve y muy emotivo para nosotros, y sobre todo para Juan Carlos que tiene compañeros enterrados allí, procedimos a depositar los mensajes. El viaje de vuelta transcurrió en silencio casi todo el camino. Cada uno de nosotros metido en sus propios pensamientos.

Día 3 de abril de 2012

La mayoría de los lugares que visitamos en la isla son inhóspitos y hay que llevar todo lo que uno necesite. Por eso entre las rutinas de cada día está la de pasar por el supermercado para comprar provisiones para el almuerzo y la merienda. La verdad es que no se nota que falte nada, la variedad de alimentos y marcas es muy similar a cualquier supermercado del mundo. Luego de hacer las compras partimos un día más hacia nuestro rumbo.

Sebastian nos invitó a visitar el faro de Cabo Penbroke. Es un sitio histórico por tratarse del primer faro de mediados del siglo 18 y, además, fue testigo de aquel 2 de abril del ‘82. Se suponía que por allí se llevaría a cabo el desembarco argentino y en realidad ocurrió en otra playa. Significativamente fue apagado el día 1 de abril de 1982 y nunca más se volvió a encender.

Se trata de un faro que está casi en su totalidad construido en hierro forjado y unido mediante remaches. Se nota su fortaleza para resistir las peores tempestades. Subimos hasta su cima y la vista que se aprecia alcanza el horizonte del mar. Tuvimos el privilegio, casi atípico en estas islas, de tener una puesta de sol casi sin viento y con muy pocas nubes. Esto nos permitió ver como se transformaba el azul claro del mar en azul profundo y hasta pudimos ver delfines saltando en la costa del mar.

Cerca del faro hay dos placas de bronce. Una muestra un mapa con la distribución de los distintos montes que componen la vista desde el faro. La otra placa marca las distancias a distintos lugares del mundo indicando de alguna manera la “distancia al hogar” que muchas generaciones han sentido y sufrido estando en tan remoto lugar.

Cerca de allí se levanta también un monumento con forma de hélice, recordando al buque Atlantic Conveyor, hundido en el conflicto por la Fuerza Aérea Argentina cuando llegaba a aprovisionar a la flota inglesa.

Desde allí, y ya entrada la tarde, nos fuimos a cenar a un típico pub llamado Narrow. En ese lugar se preparan unos bistecs excelentes, que acompañados con una buena cerveza negra, representa un bálsamo para el cuerpo y el alma luego de un día de trajín.

Día 4 de abril de 2012

Para este día habíamos programado un itinerario bastante arduo, en una vuelta que nos llevaría por distintos puntos de interés y con el cual recorreríamos casi 300 kms. por caminos de ripio.

A pocos kilómetros de la salida de Stanley, existe un lugar de esos que tienen sus orígenes en las tradiciones. Tradiciones que comienzan casi por un hecho fortuito de querer comunicar algo, y la mala interpretación de las personas deja lugar al folklore. Cuenta la historia que hace unos años alguien vio una bota al costado del camino y como pensó que una persona la había perdido, clavó un palo en la tierra y colocó la bota en él. Resulta ser que el dueño de la bota nunca apareció y la gente empezó a interpretar que: colocar un calzado aquí significaba que alguna vez volverían a la isla. Así es cómo comenzó una tradición que hoy se ve reflejada en una colorida y simpática muestra. Es casi un museo del calzado, dónde se ven botas, zapatos de vestir, tacos altos, zapatillas de correr y hasta una pata de rana de buceo. En fin… un lugar simpático que se puede ver por estos lados.

Seguimos nuestro camino y paramos enfrente de Monte Kent donde una placa conmemora la dura batalla que allí se libró, mostrando la cronología de los hechos y que regimientos y batallones de ambos bandos lucharon allí. Monte Kent es un lugar escarpado y de difícil acceso, por eso la carga de artillería utilizada fue de una gran magnitud y la batalla duró más de tres días. El monte estaba, y está al día de hoy, totalmente rodeado de minas terrestres y como no todas fueron desactivadas, el campo está cercado perimetralmente con indicaciones de “No pasar, campo minado”.

Continuamos viaje por un camino que rodea al monte y que nos llevaría como destino final al estrecho de San Carlos. Durante el trayecto pudimos ver restos de dos helicópteros con sus partes casi irreconocibles por el paso del tiempo haciendo de las suyas. No pudimos determinar de qué tipo de aeronaves se trataban pero tomamos fotografías de algunos detalles y números de matriculas para que luego el Dr. Luján coteje con expertos de la Fuerza Aérea Argentina.

Llegar a San Carlos es llegar al principio del fin… aquí es dónde desembarcaron las tropas inglesas en el ‘82. Ver el paisaje desde la cima de los montes que rodean el lugar y comparando con las filmaciones que pude ver de dicho momento, le permite a uno apreciar la magnitud del poderío y recursos desplegados con el objetivo estratégico de lograr un desembarco efectivo, contundente y rápido.

Más allá del hecho bélico, el lugar es de una extraordinaria belleza y permite ver la división de aguas que separa a las islas Gran Malvina y Soledad.

Desde allí emprendimos el regreso de esta vuelta larga y por caminos de una sola vía y ripio suelto.

Al llegar a Stanley sólo disponíamos de fuerzas mínimas como para cenar y pensar en un sueño reparador.

Día 5 de abril de 2012

Durante estos días, Juan Carlos nos había contado muchas historias de sus vuelos desde y hacia Puerto Argentino. Esto determinó que una visita detallada a los alrededores del aeropuerto se convirtiera en una necesidad vital. Hacia allí nos fuimos y pudimos ver los distintos cráteres dejados por las bombas que buscaban inutilizar la pista de aterrizaje. Algunos de estos cráteres tienen un diámetro de 10 metros y una profundidad de 2mts. También pudimos observar las trincheras de los soldados argentinos e imaginar mínimamente su sacrificio ante el frío inclemente y el viento que casi nunca para. A esto habría que sumarle la terrible tensión de esperar un ataque aéreo o terrestre en cualquier momento. Pobre gente, realmente después de todo esto debe ser muy difícil para ellos volver a tener paz en el alma.

También se observaban restos de baterías antiaéreas y esquirlas de bombas por todo el sector.

Seguimos recorriendo los alrededores y a lo lejos se ven playas que, si uno no supiera acerca del frío de su mar, las asociaría a playas tropicales. Lamentablemente estas playas son inaccesibles porque están rodeadas de campos minados, y los alambres de púas y carteles que lo señalan, realmente intimidan.

De allí seguimos por caminos, que no son caminos sino simples huellas, hasta la península que bordea Stanley y que nos permitió ver la ciudad desde una panorámica frontal, un poco distinta de la habitual, con una perspectiva casi marítima.

A nuestra vuelta y cerca de la ciudad, se levanta un tótem que señala las distancias a las distintas ciudades del mundo. Esta tradición tiene su historia que comienza en el año 1983 cuando soldados ingleses destacados aquí y añorando sus hogares, colocan la primera flecha con distancia. De allí en más se fueron sumando flechas hacia lugares de todo el mundo. Es un lugar pintoresco, simpático y que muestra las ansias que todos tenemos de volver a nuestro terruño.

Fin de otro día en las islas. Narrow nos espera con sus ricos bistecs y su cerveza bien fría.

Día 6 de abril de 2012

El día amaneció lluvioso y con un viento helado que es peor que la misma lluvia. Visitar Monte Longdon era una materia pendiente y como el camino para llegar es prácticamente una huella, le pedimos a Sebastián que nos hiciera de guía. Partimos luego de desayunar y antes de acceder al monte pasamos por un lugar que parece casi un basural y es donde se encuentran los pertrechos de las tropas argentinas. Realmente cuesta creer que se los envió aquí con esta calidad de ropa y calzado. Encontramos desde zapatillas flecha, a mantas que mojadas pueden pesar varios kilos. Ver todo esto genera muchos sentimientos encontrados. Si nuestros soldados eran los hijos de la patria, no merecían ser tratados así. Creo que a un hijo, uno trata de darle lo mejor, ¿no?

Éste es otro hecho donde se demuestra que pelearon una guerra imposible de ganar.

El acceso a Monte Longdon es un camino difícil y escarpado. Su altura y conformación le dan una visión y posición estratégica que de alguna manera explica el costo en vidas humanas sacrificadas en la lucha para ser tomado por el ejército inglés. Por sobre todo, muestra la gran tenacidad por parte de la defensa argentina, en condiciones inclementes donde el frío cala hasta los huesos y el viento te empuja. Pensar en cómo esas personas pasaron allí más de dos meses, y encima teniendo que esperar al enemigo las 24 hs, representa un nivel de angustia y estrés impensable.

Sólo el estar allí un momento, permite a uno dimensionar el gran esfuerzo que realizaron. Muchos dirán que era su deber, dirán que no tenían otra opción que cumplir órdenes. Yo digo que la locura de una guerra siempre la pagan los pueblos.

Hablar de lo que fue esta batalla no es parte de mi crónica. En primer lugar porque no soy un experto en ese tema y en segundo porque no es el fin del viaje. Sí hablar de que el dolor que produce la guerra está presente allí, con los tributos de amigos y familiares de ambos lados. El recuerdo y ausencia en sus vidas está plasmado ahí: en cada texto y cada recuerdo depositado.

Bajamos del monte con más frío y viento que cuando llegamos y a ésto se sumó una caída de granizo que duele en la piel. La decisión de volver en ese mismo momento a Stanley fue unánime.

Con el trajín de todos los días, no habíamos tenido prácticamente tiempo de recorrer la ciudad de Stanley a pie, que es a mi parecer la mejor forma de conocer cualquier sitio.

Lo primero que hicimos fue reponer energías, así que comimos nuestros clásicos sándwiches de los mediodías para volver a tener fuerzas y así salir a la intemperie.

Stanley es una ciudad pequeña, muy prolija y que denota un franco crecimiento. La pauta de ésto nos la da la gran cantidad de casas en construcción. La actividad económica aquí se basa en cuatro pilares: la gestión pública, la base de militares asentados en la isla, los permisos de pesca que otorgan en la zona y la incipiente actividad petrolera.

Se pueden ver monumentos, edificios e iglesias, que mayormente se encuentran sobre la avenida costanera. Esta avenida concentra casi toda la actividad comercial y pública del lugar.

Sobre la costa, llaman la atención de los visitantes los 4 huesos de mandíbula de ballena azul a un lado de la iglesia anglicana y que parecen simular la estructura de un paraguas. Si uno sigue caminando por la vereda angosta que acompaña toda la costanera, llega hacia el final a una curva del camino que sorprende con pintorescas y coloridas casas de construcción típicamente inglesa. Sus clásicas cabinas telefónicas londinenses y sus pubs, muestran la influencia de una cultura que lleva bastante tiempo aquí.

Volviendo en sentido contrario por la misma costanera, llama la atención también un gran mástil, perteneciente a uno de los muchos naufragios que sucedieron en torno a estos mares helados y tempestuosos. Luego, sigue la estación de policía, el correo, la sede del único diario local (Penguin News) y el monumento en el que conmemoran aquí el día en que las tropas inglesas volvieron a tomar el control (14 de junio de 1982).

Ya oscureciendo, decidimos volver a la casa que nos hospedaba para tomar un buen baño caliente y salir a comer a un hotel emblemático (de los pocos que hay aquí) llamado “Malvina Hotel”. La calidad de la cena y el buen vino acompañó muy bien a una charla distendida sobre las vivencias de este viaje y las cosas que movilizó en nosotros.

Día 7 de abril de 2012

Llegó el día de nuestra partida y comenzamos a desandar el largo camino que nos lleva de vuelta a nuestros hogares. Es el fin de un viaje que comenzó con una misión clara de traer los mensajes a la isla, sumó el tributo a un ex combatiente y finalizó conociendo mucho más sobre una tierra llena de bellezas y sobre una guerra que nunca tendría que haber ocurrido.

Dice un proverbio de aquí: “Las islas no cambian, lo que cambian son las personas cuando llegan”.

Podemos dar fe de que ésto es así y, cambiados, llegó la hora de partir.

– Por Guillermo Tornatore (blog)

CEO Dattatec.com

“La Actitud es Todo”

Leé los mensajes que se enviaron a las Malvinas:

http://mensajeamalvinas.com

Album de fotos del viaje:

http://www.facebook.com/media/set/?set=a.355824051131230.80997.240081566038813&type=3

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