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miércoles, diciembre 7, 2022

Montes Bradley se burla del piquete y la pobreza

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Se estrenó en Salta- luego de su estreno en Uruguay y en otras provincias argentinas- el jueves 18 a las 22 hs en el cine Ópera. Leí la crítica que le hicieron en Bs. As. y pensé que no tendríamos que alarmarnos de nada porque al final se trataba de algo “inocente”. Alejandro Arroz estuvo en el estreno y llevaron alumnos de colegios cercanos al cine para llenar la sala.

Hay tanta ambigüedad en el “documental” que uno termina por pensar que hay doble discurso. Lo peor del film es que más allá de tomárselas contra la política de un gobierno que no intercede por los problemas ambientales de la Argentina, en este caso de las papeleras, es que toma a los que hicieron piquetes y a los ambientalistas para mostrar sus carencias. Esto es un golpe bajo.

El gran simulador termina por ser el propio Eduardo Montes Bradley. Simula que está por ser franco y sacar la careta de algún impostor. ¿Quién es el impostor?

Mostrar que unos pocos habitantes de Gualeguaychú se aburrían con un video de poca monta, exhibido para que se concienticen de las consecuencias de las papeleras, fue análogo a estar mirando este documental: los pocos que estaban en la sala, terminaron por irse. Me decía: yo misma podría estar filmando un documental para que vean cómo se aburren y abandonan las butacas los que están aquí. Pero sería como mostrar lo que quiero mostrar, tal y como ocurre en la cinta de Bradley.

El término “documental” no me parece adecuado para tomar esta realización. Los documentales tienden a esclarecer, a dejar en claro, a constituirse en un material para el análisis y el aprendizaje. Tanta carga de patetismo, tanta metáfora, tanta “imagen armada”, tanta ironía, lo colocan en una película mal realizada, sin imágenes motivantes, aburrida; ni el sonido ayudaba.

“No a los papelones” termina por ser una frase de esas en las que se escupe para arriba y vuelve hacia sí mismo. Da pena ver la pobreza, es cierto, pero no por eso tenemos que decir: “tirá para arriba tirá” y que vengan las papeleras. O mostrar el barro y la pobreza de Gualeguaychú para justificar que contaminen nomás, si total “esta vida es peor”.

Recurrir a la imagen de la fábrica que contamina para hacernos ver que una mancha más al tigre no le hará nada, tampoco es manera. O decir: el cigarrillo terminará por matarnos y no la contaminación es hasta fascista.

La imagen de los piqueteros y el narrador a lo Gastón Pauls en una imitación perfecta, quiso mostrar lo lastimosos que son y con cuán pocos recursos cuentan. Se veía gente pobre, gente jugándosela, gente preocupada por la vida de sus hijos con la poca dignidad que les queda para decir “No a las papeleras”. Pero el narrador, en sorna, decía que estaban “al pedo” por eso estaban allí y mostraban niños saltando la soga, como diciendo: “son de temer, mirálos”. Realmente un desacierto que habla de la falta de humanidad del realizador aunque haya querido imitar la voz de “Humanos en el camino”.

jpg_simulador_2.jpgUna frase alarmante de la película fue: “si se acaba el papel ¿con qué van a escribir “No a las papeleras”? Es una cursilería mal intencionada que favorece la degradación ecológica y los intereses empresariales. La película no tiene un contenido formador, es una deformación mal hecha de la realidad. Encubre. Una de las estrategias de la cinta es “el distractor”. Como no “pasa nada” en estas pobres ciudades (Fray Bentos y Gualeguaychú) “mostremos” la iglesia, y se hace un paneo de una virgen en contraposición con la imagen de Gilda como el mito viviente de la gente. Otra burla. Lo único atinado fue el comentario “qué hace la iglesia cuando hay problemas”. Este vaciamiento de las instituciones es un distractor de otra frase: “tirále una papelera a Fray Bentos”.

La familia que come un guiso sin carne, de la que el documentalista aporteñado y típico canchero participa, muestra cómo se puede abusar de la gente si se quiere. Pero va a comer con esta familia porque son los que se atrevieron a escribir: “sí a las papeleras”. La crítica emerge de las imágenes: como no van a decir que sí si no tienen ni para comer. Un horror.

Y como broche final, ya que no pasa nada con este Nahuel Maciel, el gran simulador de Bradley, quien engañó a un medio grande como Clarín con una nota “mentirosa”- que además es un periodista trucho, de bajo pelo, oportunista-van en busca de los mapuches porque-irónicamente-todo lo que sabe a originario vale mucho en Europa. Y muestran cómo ya pasaron otros “simuladores” por allí. Pero también, cómo los mapuches se han puesto los nombres “nuestros” para pertenecer a esta cultura y cómo “nosotros” nos hemos puesto sus nombres para pertenecer a la suya. La paradoja refleja la simulación pero también, la falta de conocimiento y de cómo la sociedad pone los valores que se toman. Creo que puede ser una especie de “snobismo”. Mínimo acierto pero en el contexto, una hipótesis más para justificar lo que sostiene la cinta: sí a las papeleras.

La imagen de Romina Picolotti comiendo las galletitas, pretende dar cuenta de qué, quizá de su ¿falta de preocupación? Gran pecado: comer galletitas. Es que a lo mejor el intelectual de la cinta piensa que alguien no puede comer chicles y cruzar la calle. Imágenes análogas, son las que muestran gente dando discursos sobre los problemas del medio ambiente mientras otros hacen otra cosa. ¿Se habrá inspirado en las reuniones de la Cámara donde los legisladores duermen cuando se tratan las leyes u otras cuestiones? Pero aquí la inversión se mal empleó.

Los personajes del simulador son: Camalote De Lejos (ambientalista), La Cordobesa de las Galletitas (abogada), Boquita Pintada (ama de casa con tiempo), Juan De los Yuyos (piquetero) y El hombre del peluquín (empresario) , entre otros. El Indio Nahuel, columnista de un diario local de Gualeguaychú, cede el paso a estos personajes en el conflicto sobre la instalación de dos papeleras en la margen oriental del Río Uruguay.

El director condena como impostores a los propios piqueteros: “Empiezo a pensar que todo es frágil, precario. Vinimos siguiendo las huellas de un impostor y nos encontramos con medio centenar de ellos cortando una ruta”, enfatizó el director temiendo que su película naufragara por falta de mérito.

La imagen de la rata aplastada termina por cerrar lo planteado: no es un documental. La rata con las tripas en el pavimento es la metáfora de cómo vamos a morir.

Una cinta destructiva que lejos de servir para el reciclado, tiene que tirarse a la basura con cuidado porque puede “contaminar” el ambiente.

Ficha Técnica

35mm / color / 75 minutos

Dirección: Eduardo Montes-Bradley

Producción: Soledad Liendo

Compaginador: Emiliano Serra

Producción ejecutiva: Leonardo Hussen

Producción de campo: Gustavo Lanusse

Cámara / Fotografía / Guión: Eduardo Montes-Bradley

Realizado con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisules.

– Foto de portada: imagen de la película (el documentalista antes de ingresar a almorzar en casa de los autores materiales del grafitti.)

– Foto 2: reclamo por las papeleras, foto de internet.

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