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sábado, septiembre 26, 2020

No hay peor pecado que la pobreza

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Teatro del desencanto en dos obras salteñas

Ninfa, de corte experimental, estrenada el 3 de marzo por el grupo Kurlis Garlan recuerda a esa suerte de nihilismo en la que el hombre es un puente, la producción de un movimiento circular que no conduce a ninguna meta más que a la superación por la superación misma. Globo, estrenada en la misma sala el 4 por el Grupo Santa Rita de Rosario de Lerma, produce ese aire de frivolidad ante la muerte pero deja una luz de esperanza hacia el sentimiento del amor. Aquí, un breve comentario crítico y reflexivo del teatro que se ve en Salta apenas inicia el año, una manera de pintar la humanidad presa de falta de valores. El próximo fin de semana, los salteños podrán asistir a ambas obras en la Sala Mecano de Casa de la Cultura y sacar sus propias conclusiones

Frase descarnada de los 90: “la sociedad te puede perdonar cualquier pecado, menos el de ser pobre”. Gula, avaricia y lujuria están fuera del léxico del indigente. Como todas las cosas buenas, esos pecados están reservados para los que más tienen.

“No se puede concebir un mundo sin gente pobre”. Suena agraviante la sentencia, pero la verdad es que desde que el hombre es hombre, la carencia de medios afectó a muchos y favoreció a unos pocos.
Para algunos es el correlato humano de la selección natural dentro de las complejas sociedades del hombre y desde siempre hubo intentos de romper ese desequilibrio. La gran mayoría fracasó y las que triunfaron generaron otro modelo de desequilibrio.

Los intentos, según la ideología dominante, son siempre lo mismo.

Si se es capitalista se busca producir más para que más gente tenga más, pero el que tiene la capacidad de producir termina siendo el dueño de la situación; el comunismo, el supuesto opuesto, es sacarle al que más tiene para distribuirlo entre los más pobres: esta vez gana el que tiene el poder de policía para determinar quién tiene más y quién merece recibir.

El resto de los sistemas se limitan a paliar una situación que la misma sociedad crea. Una sociedad está compuesta por socios, pero no todos son iguales. Cada uno cumple un rol y cada uno, por ello, recibe un estatus diferente y por ende una remuneración diferente y siempre es difícil que se logre un acuerdo que complazca a todos. Es en este punto en donde surge el contrato, la ley -si se refiere a la ciudadanía- que es en definitiva la que establece quién es quién y quién es el que manda y recibe más.

La ley regula, pero no satisface en general; pero sí al grupo que la generó. Una sociedad es democrática cuando se respeta las minorías que en ella intervienen y protege a los más débiles; sólo los protege, pero no remedia la situación.

La sociedad igualitaria es utópica

Es realmente utópico pensar en una sociedad igualitaria, en donde la riqueza sea el punto de equilibrio de todos. No existen los recursos necesarios en el planeta. La única forma de lograrlo es que todos seamos paupérrimos y vivamos al borde la supervivencia, como los animales.

Terminar con la pobreza es un problema humano sin solución, administrarla es un tema político. Sólo la sexta parte de la población mundial tiene los recursos necesarios para llenar sus estómagos en forma regular y apropiadamente, y sólo la mitad de ellos pueden acceder a los beneficios de un sistema de salud y educación.

bmp_linyera.bmpPero hay un elemento que a la hora de los análisis no se toma en cuenta, que no se puede mesurar y es el más conflictivo: el afectivo.

Sentirse pobre es la más humillante de las experiencias. Desde el momento en que se comprueba que “no soy igual al otro” la violencia y el dolor se hacen presentes.

La pobreza no dignifica, ni hace más sabio a nadie; lo hace más vulnerable y dependiente, lo rebaja, lo margina y termina matando toda posibilidad de crecimiento a sus descendientes.

Una forma de endulzar esta situación es confundiendo pobreza con austeridad, el que vive con poco porque no necesita mucho más. En realidad es vivir con poco porque no se puede tener más.

¿Cuanto daño ocasiona no tener para comer, o ver morir a un ser querido por no tener dinero para un jarabe?

Hay historias, que por ser jocosas no dejan de ser terribles. Comprar un par de patines para dos hermanos, uno usaba el izquierdo, el otro el derecho. Un par de zapatos para dos hermanos, uno se lo ponía para ir a la escuela a la mañana, el mayor para ir al colegio a la tarde, con el sufrimiento que le causaba un calzado dos números más chicos.

La pobreza también es una fuente inagotable de recursos para generar dinero y empleo, desde fundaciones y planes sociales a gigantescas campañas contra el hambre.

La pobreza es un producto de la necesidad humana de vivir en una sociedad compleja y estructurada y con el paso del tiempo se transformó en una mercancía.

Mano de obra barata, para bajar los costos de producción para que más pobres se endeuden y accedan a esos beneficios y para los trabajos más duros y desagradables.

Los pobres son la materia prima de las revoluciones, nadie provoca una revuelta para garantizar los derechos de la familia Macri o Bill Gates y son además los que engrosan las filas de los ejércitos en una guerra, que sólo terminan beneficiando los intereses de los crearon las desigualdades.

Los pobres son los que crean ídolos que no son pobres y dirigentes que no los representan y son la pieza fundamental en una de las formas más perversas de administración y dominación política: el clientelismo.

Luis Adolfo Saravia, en su libro “Salta, el campo y la ciudad. Notas sobre el clientelismo como dominación”, sostiene que “la idea de poder en Salta es claramente rural. jpg_campesino_pintura_.jpg
En la relación patrón que manda-dueño de finca –señor/ peón que obedece – conchabado – arrendatario, están las claves para comprender no sólo nuestro pasado, sino también nuestro presente” y añade “ en el campo, a través de esa relación, nacen las prácticas clientelísticas que están metidas en las entrañas de la cultura salteña”.

La necesidad de supervivencia es la que manda y aunque el análisis de Saravia está totalmente circunscrito a Salta, tiene una verdad universal.
Gregorio Caro Figueroa, en el ensayo “El clientelismo en Salta”, afirma que “la necesidad del peón de mantenerse él y mantener a su familia por encima del nivel crítico de subsistencia, no lo lleva a presionar para obtener una parte justa del ingreso, sino a la resignación, a la pasividad y a la sumisión. El temor da lugar tanto a la solidaridad con el desvalido como a la utilización por los poderosos de su miedo. La ideología del patronazgo inculca la creencia de que los bienes no se adquieren por derecho ni por esfuerzo, sino que se perciben como favores, como dádivas”.

En este extracto de su ensayo, Caro Figueroa pone de manifiesto un elemento inherente a la pobreza: el miedo.

Siendo pobre se vive con miedo: a no tener que comer, a ser rechazado, a no tener opciones, a enfermarse, a no tener una casa, a rebelarse, en definitiva a no vivir.

Las frases hechas no alcanzan a mitigar el dolor y el miedo. Nadie que sea rico de espíritu y pobre se siente bien.

Es una situación extrema que genera una vida de extremo: o se pelea por quien le da de comer o se pelea por uno. En ambos casos es muy difícil ganar.

La pobreza es un problema estructural, pero que sólo encuentra alguna solución en la solidaridad, una condición muy alejada de política. Ser solidario con el otro, no tiene nada que ver con “la redistribución de riqueza”, el primero es un mandato humano, el segundo un eslogan de campaña.

Nuevamente Caro Figueroa: “no puede haber democracia estable, consolidada y moderna sostenida en el tejido de hierro de un clientelismo empeñado en perpetuar, bajo la máscara de populista, la relación patrón, cacique, puntero, peón, cliente, desempleado votante cautivo. Tampoco puede haberla con el predominio de relaciones de desigualdad, coerción y humillación”.

En los 90 hubo una frase descarnada, pero que puede resumir el pensamiento de cualquier ensayo sobre el tema: “la sociedad te puede perdonar cualquier pecado, menos el de ser pobre”.

jpg_gula.jpgHasta los siete pecados capitales mirados desde la pobreza pueden ser discutidos: gula, avaricia y lujuria, están fuera del léxico de cualquier indigente. Sin dinero no se puede comer en exceso, ni amarrocar ganancias y muchos menos conseguir mujeres venales

Esos pecados, al igual que todas las cosas buenas, están reservados para los que más tienen.

Eduardo Huaity González


Otras notas del mismo autor en Salta 21:

La guerrilla de Orán: Una historia muy poco conocida

https://www.salta21.com/spip.php?article1065

La dulce miel de la burguesía

https://www.salta21.com/spip.php?article1006

Comentario del libro “Arizaro”, de Huaity González:

Arizaro, el entrañable mundo de Huaity González en 12 relatos
https://www.salta21.com/spip.php?article1045

1 COMENTARIO

  1. No hay peor pecado que la pobreza
    Con todo respeto debo informarles que la frase ¨ El peor pecado del pobre es la pobreza pertenece a Alfred Marshal¨ Cuando el parlamento inglés le pidió, como economista una explicación a que se debía la pobreza.

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