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lunes, enero 25, 2021

Sobre Harina, de Carolina Tejeda y Román Podolsky

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Harina es un período de ensoñación, de sospechosa vigilia, de duermevela. Es, quizás, tan solo un puñado de materia de los sueños, polvo de Shakespeare y del espíritu barroco, y de la soledad filosófica del último habitante: el soñador final con cuyo sueño morirá el mundo.

El domingo fui a ver HARINA, de Carolina Tejeda y Román Podolsky en el Espacio Ecléctico, Buenos Aires (Humberto I 730). Funciones: domingos 20.30 hs

Daulte Ex Machina

En su artículo “Batman vs. Hamlet – El argumento al servicio del Procedimiento y el contenido como sorpresa”, el dramaturgo y director Javier Daulte retoma un argumento –ya clásico en su pensamiento- contra la forma teatral monólogo: “los monólogos suelen molestarme. Los procedimientos que los ponen en movimiento me parecen perimidos y las convenciones se hacen demasiado obvias y trilladas”.

Curiosamente, esta invectiva encabeza la descripción de su propia aplicación de uno de los procedimientos más clásicos del monólogo (el monólogo de personaje imaginario, en el cual el personaje habla con otro que no vemos ni escuchamos pero él sí) y lo instala como punto de partida de su obra ¿Estás ahí? Tal vez esta negación dé cuenta de un fenómeno de expansión y dominio de este procedimiento, de modo tal quelas supuestamente perimidas convenciones de esta emblemática forma teatral estén vigentes de un modo tan abrumador que corren el riesgo de ser imperceptibles.

Veamos algunos casos. Lo que podríamos llamar la “matriz Open House”, que genera y preside desde los albores del milenio una fecunda corriente de producción dramática en Buenos Aires (puede leerse el artículo sobre Open House, de Veronese, haciendo click en: http://la-diosablanca.blogspot.com/2008/10/sobre-open-house-de-daniel-veronese-8.html ) retoma la convención del monólogo en su forma más simple y, si se quiere, más ingenua (alguien dice su verdad al público) y no sólo la utiliza como principio constructivo estructural de la obra sino que la coloca en un borde de renovación inquietante.

Las diversas formas de monólogo se expanden y atraviesan múltiples e incluso antagónicas poéticas de nuestra teatralidad (las reseñas de las obras que se mencionarán a continuación pueden leerse en la lista ordenada alfabéticamente en la columna de la izquierda del blog, o simplemente haciendo click en la nota a pie de página que acompaña cada título): las vemos, contrapuestas, en las convenciones confesionales de Mujeres en el Baño y en el clásico interlocutor mudo de Lautaro Vilo en La gracia, o en las zonas más personales de los homenajes de directores argentinos al francés Jean Luc Lagarce (la puesta de Cristian Drut de Apenas el fin del mundo ). Es, asimismo, el procedimiento de base de obras icónicas del teatro independiente como Sucio y, casi en sus antípodas estéticas, como forma rítmica en la obra del último Tantanian, Los sensuales. El monólogo es revisitado a través de autores clásicos (Strindberg en La más fuerte), e incluso llevado de regreso a sus formas primordiales, casi previas a la teatralidad -las de la narración oral- en obras como Medio Pueblo, del tucumano Giner.

Finalmente, el monólogo renueva todas sus convenciones y presenta una de las búsquedas formales más interesantes del 2008 en Rodando, de Alejandro Acobino y Germán Rodríguez. Y celebra y ofrece, en su sereno y emotivo ritual, un asombroso tratamiento de aquello a priori “no teatral”: la quietud, el tiempo muerto (el tiempo vivo) y el silencio, en este ya clásico de la escena independiente: Harina, de Román Podolsky y Carolina Tejera.

Síntesis argumental

Harina es un período de ensoñación, de sospechosa vigilia, de duermevela. Es, quizás, tan solo un puñado de materia de los sueños, polvo de Shakespeare y del espíritu barroco, y de la soledad filosófica del último habitante: el soñador final con cuyo sueño morirá el mundo.

Harina es la instrucción de “cómo hacer para dormir”, que equivale a un instructivo del ser: “cerrar los ojos, y mirar para adentro”; una última consciencia cartesiana, perdida en la llanura, donde el silencio se escucha. Es lo que queda tras el abandono. La materia de la memoria, la frágil materia de la memoria cuyo destino común es el olvido (estamos hechos de la materia del olvido, hacia donde ya nadie vendrá). La joven mujer, que es hija, es también detenida en un tiempo tan extenso como la mítica pampa enervada de vías muertas que la rodea, y canta, lamenta, duerme, escucha, recuerda, siente pero, sobre todas las cosas, deja, termina, se disuelve. Serenamente.

El sonido y el tiempo: un rasgo de vanguardia biográfica

El notable trabajo de Carolina Tejera diluye suave y contundentemente la convención de una representación. Habita una especie de tiempo real en el que se detiene e invita, como digna celebrante, a detenerse a la asamblea. La joven hija del padre habita, atrapada, el último momento del tiempo que ella llama, por algún motivo, silencio. Es el sonido uuuhh que, dice, puede oírse; es la luz blanca del proyector, que va y viene y quiere atraparla. En tanto acto performático, mientras Carolina Tejera hace un té, muestra diapositivas y, mirando para dentro de sí, evoca las imágenes que el público ve, Harina gana y sobrelleva aquellos momentos en los que cierto simbolismo –los pequeños pueblos de polvo, el llanto por la madre que se hace engrudo en la harina- tiende a sobrecargar de significado lo que no lo pide y no lo necesita.

Ser es estar, durante un tiempo breve, en esta zona donde la representación se torna invocación, rito, trance, sacrificio. Lo real se impone como el vacío, y sentimos su transcurrir; lo simbólico aún no ha llegado (o ya se ha ido). Y lo performático se eleva. Gana. Harina corre en paralelo y le saca un cuerpo real de distancia a la corriente que gesticula vanguardias: la de las bio-obras, basadas en los hechos reales de alguien que va dejando de serlo. La hija de cuerpo presente en esta obra, en cambio, es ficcional pero, al utilizar algunos remanidos/remanentes procederes del biodrama, se torna poética y real. En ella podemos escuchar, sencillamente, el suave eco final de la conciencia de un pueblo dormido que está por desaparecer.

En su sueño, una vaca viaja en tren. El tren se queda. Lo demás es silencio.

– Fuente: La Diosa Blanca

http://la-diosablanca.blogspot.com

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