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martes, diciembre 1, 2020

Temor y Temblor: el salto hacia la fe

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El filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-1855) es considerado el fundador de la filosofía existencial. En su libro Temor y Temblor revela una profunda inquietud espiritual y una gran insatisfacción frente a la situación de su tiempo.

El pensador hace un llamado a la autenticidad y al compromiso y traza un puente entre lo real y lo ideal a través de la identificación entre espiritualidad y existencia.

En realidad Kierkegaard propone “un salto” hacia la fe, tomando como modelo al patriarca bíblico Abraham, quien no dudó en aceptar la orden de Dios por la que debía ofrecerle en sacrificio a su hijo único y bienamado, Isaac.

En la obra campea una fuerte oposición a la filosofía de Hegel, a la que toma como modelo de sistema de ideas y a la religión oficial entendida como un mero rito en el que no hay una entrega plena y un compromiso total a la manera de Abraham.

A esas posiciones le opone una afirmación radical de la individualidad, la libertad de la opción y la irracionalidad de la fe que da el salto ciego hacia el absurdo totalmente confiada en el llamado divino. Sólo en esa entrega el hombre alcanza su máxima dimensión de ser espiritual y supera tanto la materialidad sin vuelo como la racionalidad sistemática que lo aleja de lo verdaderamente humano, que es el nivel auténtico y elevado que surge de su relación confiada y sin reservas con Dios.

jpg_Kierkegaard.jpgEl filósofo danés exige la revitalización de la vida espiritual con un llamamiento a la radical autenticidad, a una postura en la cual todo el ser esté comprometido, tema retomado por el existencialismo en el siglo XX.

El epígrafe que aparece en el Prólogo del libro es enigmático y según comenta la aclaración al pie de página, es un mensaje cifrado a la novia del filósofo, Regina Olsen, con quien había roto oficialmente y era para él “la difunta de sus primeros amores”.

Plantea el tema de la duda, y hace una referencia a Descartes de quien dice que no dudó en materia de fe, ya que afirmó: “tenemos sobre todo como regla infalible que lo revelado por Dios es incomparablemente más cierto que todo lo demás”.

Luego afirma que la fe -antaño un punto de llegada, una tarea de toda la vida- es hoy un punto de partida para “ir más lejos”. Dice que el autor no es un filósofo, y que “no ha comprendido el sistema” (entendido como conjunto armónico y coherente de ideas que evita la contradicción).

Al prólogo lo firma con el pseudónimo “Johannes de Silentio”. Quizá este Silentio nos remita al silencio del que hablará más adelante, por el cual Abraham –con el que Kierkegaard se identifica- acepta mandato divino que es una prueba para su fe pero no puede hablar de él.

En las dos secciones siguientes -Atmósfera y Elogio de Abraham- el filósofo centra -con un estilo a la vez poético y trágico- su análisis en la figura de Abraham a quien Dios le pide como sacrificio la vida de su hijo Isaac. Vuelve una y otra vez sobre el tema y lo analiza y comenta con pasión, admiración y profundidad.

jpg_Abraham_e_Isaac.jpgEs la célebre historia contenida en el Antiguo Testamento: “Y Dios puso a Abraham a prueba y le dijo: toma a tu hijo, tu único hijo, el que amas, Isaac; ve con él al país de Morija, y allí ofrécelo en holocausto sobre una de las montañas que te diré”. Se trata de una prueba. De una prueba de fe. Y más allá del desgarro íntimo Abraham se entrega ciegamente al mandato divino. Está dispuesto a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide.

Y es justamente ese trasfondo de espiritualidad y ese nivel de lo sagrado que abre la fe lo que le da sentido al hombre y al mundo: “Si el hombre no tuviese conciencia eterna; si un poder salvaje y efervescente productor de todo, lo grandioso y lo fútil, en el torbellino de las oscuras pasiones, no fuese el fondo de todas las cosas; si bajo ellas se ocultase el vacío infinito que nada puede colmar, ¿qué sería la vida sino desesperación? Y si así no fuese, si un vínculo sagrado no atase a la humanidad; si se renovasen las generaciones así como se renueva el follaje en los bosques; si unas tras otras fuesen extinguiéndose como el canto de los pájaros en la selva; si cruzasen el mundo como la nave el océano, o el viento el desierto, acto estéril y ciego; si el eterno olvido, siempre hambriento, no se hallase con una potencia que fuese capaz de arrebatarle la presa que acecha ¡qué vanidad y qué desolación serían la vida!”

La angustia, la paradoja y la resignación infinita

En la siguiente sección (Problemata, Efusión preliminar) Kierkegaard contrapone el mundo exterior “sometido a la ley de la imperfección” con el mundo del espíritu “donde reina un orden eterno y divino”. La clave de la historia del patriarca está en la angustia. Desde el punto de vista moral su conducta se expresa diciendo que quiso matar a su hijo (sería un asesino). Pero desde el punto de vista religioso es un sacrificio.

Kierkeggard dice que si bien el sistema filosófico de Hegel le resulta incomprensible, cuando se pone a reflexionar sobre Abraham se siente aniquilado. “Caigo a cada instante en la paradoja inaudita que es la sustancia de su vida”.

Dice que la fe es lo más sublime y es indigno de la filosofía sustituirla con otra cosa y “convertirla en irrisión”. Se trata de un “movimiento infinito”, aquello que puede transmutar un crimen en un acto de amor. Abraham llega a la fe a través de la “resignación infinita”. Este es el modelo “insuperable del caballero de la fe”. “Vuelca en la resignación infinita la profunda melancolía de su vida, conoce la felicidad de lo infinito, ha experimentado el dolor de la total renuncia a aquello que más ama en el mundo, y gusta lo finito con tan pleno placer como aquél que no ha conocido nada mejor”.

La resignación infinita es el último estadio precedente a la fe y nadie la alcanza sin este movimiento previo. Pero aún falta algo más prodigioso y sorprendente, el movimiento final: la entrega confiada a lo absurdo. “Creo que obtendré lo que amo en virtud de lo absurdo, en virtud de mi fe en que todo le es posible a Dios”. Y el filósofo señala entonces que “es necesario un valor puramente humano para ganar la eternidad, es menester el coraje humilde de la paradoja para asir toda la temporalidad en virtud del absurdo y este coraje es el de la fe. Abraham no renunció a Isaac por la fe; al contrario, lo obtuvo por ella”.

Conflicto entre fe y moral

En el siguiente capítulo “Problema I ¿Hay una suspensión teleológica de lo moral?” Kierkegaard aborda el conflicto entre fe y moral contenido en la paradoja de Abraham. Lo moral es lo general, y a ello tiende el hombre, como su telos (fin, meta). La fe es esa paradoja según la cual el individuo está por encima de lo general “en una relación absoluta con lo absoluto”. Es una paradoja “inaccesible al pensamiento”.

Abraham se coloca por encima de la ley moral que manda amar y proteger al hijo y está dispuesto a quitarle la vida. ¿Por qué lo hace Abraham? Por amor de Dios, porque Dios exige esta prueba de su fe. La ley moral queda en suspenso. Pero a través del absurdo de la fe, Abraham no pierde a su hijo sino que lo recupera. “La fe es un milagro; sin embargo nadie está excluído; porque aquello en que toda vida humana halla unidad es la pasión y la fe es pasión”, dice Kierkegaard

En el “Problema II” el filósofo plantea: “¿Hay un deber absoluto hacia Dios? Si, hay un deber absoluto hacia Dios y esto es lo que produce la paradoja que provoca una suspensión de lo moral. Desde el punto de vista moral la relación que sostiene Abraham con Isaac se expresa diciendo que el padre debe amar a su hijo. Esta relación moral está referida a lo relativo y se opone a la relación absoluta con Dios. Si se pregunta el por qué de su conducta el patriarca no tiene otra cosa para invocar que la prueba, en la que obra por amor a Dios. Kierkegaard señala el Evangelio de San Lucas como ejemplo de “una notable doctrina sobre el deber absoluto a Dios”: “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, su madre, su mujer, sus hijos, sus hermanos, sus hermanas e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo.”

Ante lo incomprensible, el silencio

En Problema III el filósofo pregunta: ¿Puede justificarse moralmente el silencio de Abraham frente a Sara, Eliezer e Isaac? Analiza varios casos de lo oculto y lo manifiesto desde el punto de vista de la ética y de la estética.

En el caso de Abraham él no puede contarles a sus familiares, a sus seres queridos lo que va ha hacer. Abraham calla. No puede hablar. “En esta imposibilidad residen la angustia y la miseria”. Nadie puede comprender lo más profundo: su voluntad de sacrificar a su hijo porque se trata de una prueba. Kierkegaard compara su situación con los héroes de las tragedias griegas que pueden llorar, lamentarse, consolarse. “Abraham no lo puede. Cuando su corazón está emocionado, cuando sus palabras quisieran aportar un consuelo bienhechor al mundo entero, no osa consolar, porque Sara, Eliezer e Isaac le dirían: “”¿Por qué quieres hacer eso? ¡Tú puedes dispensarte de realizarlo!” Y si en su miseria quisiera tomar un poco de aliento, abrazar a los seres queridos antes de dar el último paso, correría el riesgo de provocar la terrible acusación de hipocresía por parte de Sara, Eliezer e Isaac, escandalizados por su conducta. El no puede hablar. No habla ninguna lengua humana. El habla un lenguaje divino”. Cuando Isaac le pregunta dónde está el cordero para el sacrificio, Abraham respondió: “Hijo mío, Dios se proveerá a sí propio del cordero para el holocausto”.

En el breve Epílogo el autor afirma que “lo más propiamente humano” es la pasión y que “la pasión más alta en el hombre es la fe” Dice que en nuestro tiempo hay muchos incapaces de descubrirla. “Pero incluso para aquel que no llega hasta la fe, la vida tiene suficientes tareas, y si las aborda con amor sincero su vida no estará perdida, aunque no puede ser comparada a la existencia de aquellos que alcanzaron y superaron lo más alto”.

“Es menester ir más allá, es menester ir más allá”, repite Kierkegaard en el final y dice que este deseo de ir más lejos es viejo sobre la tierra. “El oscuro Heráclito ha dicho: no se puede entrar dos veces en el mismo río. El oscuro Heráclito tuvo un discípulo: éste no se detuvo en ese pensamiento sino que fue más lejos agregando: no se puede ni siquiera una vez”.

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