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jueves, septiembre 24, 2020

La debilidad de la época

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El imperativo de la época es dormir, formar parte del rebaño, repetir irreflexivamente los sintagmas alienantes que difunden los medios masivos de información…

Los seres humanos tenemos siempre la ilusión de que nuestro Yo es el centro de la personalidad, que el Yo constituye una instancia autónoma e independiente, es decir, que es amo de sí mismo y que no está dividido. El psicoanálisis, por el contrario, sostiene que el Yo es el lugar de las identificaciones imaginarias del sujeto, realizadas en función de los ideales, de los mandatos inconscientes, de las posibilidades y contingencias de nuestra vida, etc. Esa ilusión de autonomía nos hace creer que la subjetividad humana es la misma a través de las épocas y que lo único que cambia son las cosas tangibles, los objetos, la ciencia, la tecnología o las condiciones políticas y económicas.

En realidad donde mayores transformaciones se operan, como frutos de esos cambios de la ciencia y de las condiciones políticas, económicas, culturales, etc., es en la subjetividad, es decir, en la cosmovisión y en las relaciones que el sujeto establece con el mundo exterior, cambios que hacen que lo inmediato y lo cotidiano no sean vistos a través de los mismos cristales a lo largo de la historia.

Esas transformaciones de la subjetividad implican a la vez cambios profundos en la familia, en la relación entre los sexos, en la relación entre padres e hijos, en los ideales, en las aspiraciones morales y éticas, etc. No es la misma visión del mundo la de un hombre de la Edad Media que la de un individuo del Renacimiento o la de un sujeto contemporáneo, pero fundamentalmente no es la misma la relación del sujeto con lo real. En este sentido no somos libres, sino que estamos compelidos por las condiciones de una época, de una lengua, de un país, de una historia familiar, en definitiva, por nuestra propia “novela familiar del neurótico”. El asunto es saber luego qué hacer con todo ello, cómo arreglárnosla con el mandato de los otros, en definitiva, con los imperativos de ese gran Otro contemporáneo.

Decía Jacques Lacan que para constituir un sujeto se necesitan al menos tres generaciones, o sea, cada individuo es el resultado del deseo de sus padres, de sus abuelos y de sus propias contingencias y decisiones. Jorge Luís Borges solía decir: “no soy yo quien escribe, son mis mayores”. Todo eso, principalmente el lenguaje, que constituye la dimensión de lo simbólico, tiene un efecto adormecedor sobre las conciencias, un efecto hipnotizante. Esa convención, ese acuerdo arbitrario que es el lenguaje, específicamente el significante, aliena en general a los sujetos, aun cuando cada cual crea estar despierto y en plena vigilia. Y aún cuando en ocasiones el significante también nos despierte.

Podríamos afirmar: la humanidad duerme, todos dormimos de algún modo el sueño contemporáneo, padecemos la locura compartida de la época, somos arrastrados por los discursos imperantes, por los relatos que pululan sobre la superficie de nuestros días, inclusive en los casos en que, como éste que me atañe, creemos oponernos a los mismos.

En realidad lo que la gente quiere es dormir, obnubilarse, ser engañada, no despertar del sueño colectivo, de la ficción que constituye lo simbólico. Y llega a pagar fortunas por ello. Y cuanto más engañada sea, más cree y más paga. La consigna es no despertar. Está todo ese asunto de la proliferación de los libros de autoayuda, las propuestas para “dejar de sufrir”, “ayudar a vivir”, las terapias alternativas, las sustancias curativas, las cirugías estéticas, los viajes de placer, los objetos de consumo que el discurso capitalista, en articulación con el discurso de la ciencia, pone al servicio del adormecimiento y el descerebramiento general.

Y para aquellos que permanecen fuera de los circuitos laborales y no tienen poder adquisitivo, están los desechos de la operación capitalista, el paco, la pasta base, el poxiram, el delito, los grupos marginales, la violencia en las calles, la alta condensación de goce en los márgenes de lo social. Es decir, en las adicciones de esta época no hay trasgresión, sino obediencia, sometimiento irrestricto a los mandatos.

Pero principalmente están los relatos únicos, los “discursos amos”, las frases hechas, las metáforas congeladas, los sintagmas cristalizados, con los que el capitalismo tardío masifica y homogeniza los modos de goce en torno al consumo. El imperativo de la época es dormir, formar parte del rebaño, repetir irreflexivamente los sintagmas alienantes que difunden los medios masivos de información afines a los intereses de los grandes grupos de la economía concentrada, pero hacerlo con la ilusión de estar más despiertos, informados y lúcidos que nunca.

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